NO HAY FLORES PARA AMADOU

Era negro e inmigrante africano en Estados Unidos: 41 balazos por portar piel oscura y no entender bien el idioma internacional, sentenciaron sus asesinos. Las balas de la guerra civil de la convulsionada Africa, de donde era oriundo Amadou y de las cuales logró huir en busca de una mejor posibilidad de vida, lo alcanzaron desde otras armas, por más que estuviese a miles de kilómetros y en la “democracia modelo” del mundo. El brutal asesinato de Amadou demuestra el pacto de sangre firmado de antemano entre los guardianes del primer mundo: fueron cómplices dado que no se puede determinar qué bala lo mató (cada cargador tenía 16 balas) y, por ende, quién fue el “responsable”. A los cuatro asesinos, pertenecientes a la policía de Nueva York, no les tembló el pulso para disparar cuarenta y un veces contra un hombre flaco y desarmado. “Pensamos que estaba armado y seguimos tirando porque no caía”, declaró uno de los asesinos. Y Amadou no caía porque la furia de las balas no lo dejaban caer. Este caso, como tantos otros, no hacen más que demostrar, con una franqueza inaudita, hasta qué punto estan dispuestos a llegar los asesinos a sueldo del gran capital, dando el ejemplo a sus colegas del mundo sobre cómo se resuelve la búsqueda de un sospechoso. Y es justamente de esta “institución” de la que Duhalde habla como modelo para la policía bonarense. El alcalde de Nueva York, Giuliani, orgulloso de su policía, una semana después del brutal asesinato, huyendo hacia adelante, dispuso que los miembros de esta fuerza utilizacen balas de fragmentación, que fueron prohíbidas por el Convención de Ginebra por su gran poder destructivo: “se trata de no hacer gastos extras innecesarios”. En la “gran democracia del norte” la mano dura y la tolerancia cero la vienen aplicando desde hace tiempo. Las 41 balas que le metieron a Amadou no constituyen más que otra muestra: de los sesenta estados norteamericanos; cuarenta viven en toque de queda desde las 22 hs a las 6 hs; el 2% de la población está procesada; en la mayoría de los estados han reinstalado la pena de muerte para disciplinar a negros, chicanos, centroamericanos y puertorriqueños, pero sin lograr reducir los índices de criminalidad, ejecutando en muchos casos a inocentes; de las 11.000 quejas presentadas contra los abusos policiales en el ’97 sólo hubo 29 procesados; en el ’98, de las 27.000 detenciones de negros y latinos que efectuó la “policía modelo” de Nueva York, sólo 1 de cada 5 detenidos fue luego procesado: las causas eran tan nimias como arrojar una cáscara de banana en la calle; acaban de ser indemnizados con una cifra millonaria, cuatro reclusos negros que pasaron 18 años en prisión, hasta que una investigación periodística demostró que eran inocentes; suprimieron la enseñanza de la lengua hispana y se multa a los hispanos que la utilizan en la vía pública y a comercios que tienen sus nombres en esta lengua; extendieron el muro de México y sofisticaron su estructura para detener la oleada de inmigrantes pobres; se incendian clínicas en las que se practican abortos legales; en Alabama se mata a hachazos y se incendia el cuerpo de un obrero textil, por ser homosexual; la mayoría de los estados suprimió el derecho al casamiento interracial_ ¡Esa sociedad es la cabecera del primer mundo! Si uno recuerda el caso de Rodney King, quien fue golpeado furiosamente por cuatro policías de Los Angeles, cuya filmación recorrió todo el mundo, y el estallido de indignación que provocó en la población, del cual surgieron numerosas manifestaciones y enfrentamientos con la policía, y los compara con la casi nula reacción ante el asesinato de Amadou, comprueba cómo la población ha ido incorporando la brutalidad de las fuerzas represivas como una cuestión cotidiana y ante las cuales no hay capacidad de asombro ni reservas de reacción, dado que cada caso es más terrible que el del día anterior. Asesinatos como el de Amadou cumplen una función social de gran importancia: disciplinar a la población. Cuando más aberrante es el caso, mayor efectividad sobre la conciencia de los explotados. La violencia que ejercen las clases dominantes, como su hipocresía son moneda corriente. El escándalo armado alrredor del intento de juicio político a Clinton por el “incidente de polleras” es una de las tantas lacras que utiliza el imperialismo para la estupidización de la población: Mónica Lewinsky ocupa la primera plana de los medios de comunicación, mientras se bombardea Irak (en particular las zonas pobladas por los kurdos) como una noticia menor. El gran imperio del norte, el de la estabilidad y el progreso continuo ya no tiene “enemigo comunista”, el muro cayó y, con él, el gran discurso que le dio lata por mucho tiempo. Su esencia violenta, queda ahora completamente al desnudo.

BLAROUSON

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