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Recopilado por Andreea Giura.
Preguntado
sobre cuál era su opinión sobre la diplomacia nortemericana, Baroja dijo: «Los
Estados Unidos no tienen diplomacia; tienen dólares».
Al terminar
el acto de su ingreso en la Academia, sus amigos notaron que Baroja tenía los
ojos húmedos; conociendo la rigidez de su carácter, que creían incapaz de
conmoverse por nada, le preguntaron si tanto le había emocionado el honor que
se le había conferido. «Lo que me emociona es la conjuntivitis que tengo»,
gruñó el gran vasco.
Tanta mala
uva tenía Baroja que él mismo recuerda en su libro Las horas solitarias
que Bagaría solía decirle: «El porvenir de usted es el aeroplano. Tendrá que
andar por el aire preguntándose para bajar a tierra: «¿Dónde habrá un sitio
por ahí del que yo no haya hablado mal?»
En vísperas
de exámenes se presentó en casa de don Miguel de Unamuno uno de sus alumnos de
griego, quien le dijo: «Vengo a pedirle un gran favor. Mañana me examinaré y
no sé una palabra. Pero es que viene mi padre a Salamanca exclusivamente para
presenciar mis exámenes porque el pobre cree que soy todo un helenista. Me
duele defraudarle, y por eso me atrevo a suplicarle que me pregunte usted una
lección convenida, que yo me aprenderé esta noche lo mejor que pueda. Después
usted me hace otras preguntas, yo no las contesto, y usted me suspende. Pero mi
padre se irá contento». Le hizo gracia a don Miguel el pedido, y convino en
preguntarle la lección diecisiete. Al día siguiente, en plena solemnidad
salmantina, ordenó el gran catedrático: «Dígame usted la lección diecisiete».
Para su mayúscula sorpresa, dijo el alumno: «No la sé». Intrigado susurró
Unamuno: «¿Es que no era la lección diecisiete?». Y dijo el examinado: «Sí,
pero es que no ha venido mi padre».
Durante los
disturbios de la Segunda República preguntaron a Unamuno si llevaba pistola. «Más,
mucho más», respondió el gran vasco. «¿Una ametralladora?», bromeó el
preguntón. «Un crucifijo», dijo Unamuno.
Jugando a los
naipes comentó don Miguel de Unamuno que quien los había inventado había sido
el hombre más listo del mundo. Uno de sus compañeros de juego le preguntó: «Y
¿qué diría usted del que inventó la cama?». «Nada –respondió presto el
gran pensador. Porque estoy seguro que era el mismo».