BIENVENIDOS Y BIENVENIDAS A LA PÁGINA DE GEOGRAFÍA E HISTORIA DE ESPAÑA DEL LICEO "MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA"

 

Desde “el otro lado”.

Reflexiones sobre la educación intercultural.

Por Sergio Sanchiz Torres.

Profesor de Geografía e Historia de España.

Liceo Bilingüe «Miguel de Cervantes Saavedra».

Bucarest (Rumania).

  

A la vista de las tendencias que, en los últimos tiempos, muestran la sociedad española y sus instituciones a la hora de enfrentarse al problema de la inmigración, cualquier profesor de Ciencias Sociales que pretenda ser mínimamente crítico no puede sino sentir preocupación. La primera pregunta que puede surgirnos es: «¿Hacia dónde vamos?», la segunda, «¿Por qué ocurre esto?» y la tercera probablemente sea: «¿Hasta dónde llega mi responsabilidad en todo este proceso?».

A partir de estas preguntas, que muchos profesionales nos hemos hecho en alguna ocasión, se me ocurren una serie de reflexiones que, si bien carecen de originalidad, me gustaría compartir, pues es bien sabido que el expresar los pensamientos ayuda a ordenarlos.

Como primera premisa, es necesario reconocer la existencia de una intensa presión institucional (y, a partir de ella, institucionalizada) sobre el inmigrante en el Estado español. Desde la aprobación de la fenecida Ley Orgánica 4/2000, de 11 de enero, sobre derechos y libertades de los extranjeros en España y su integración social, que sin duda supuso un avance, y sin solución de continuidad después de su sustitución por la retrógrada L.O. 8/2000, la cuestión de la inmigración ha pasado, aunque con altibajos, a un primer plano de la actualidad, con un objetivo evidente que no debemos dejar de lado: la condena social y la marginación del inmigrante, en especial de aquél que no responde a las necesidades de nuestras empresas o que, simplemente, «no se integra». De la sospecha hacia los moros, inducida por cuarenta años de Cruzada, hemos pasado en unos pocos años (a medida que el Estado español se integraba en los círculos selectos del capitalismo mundial, convirtiéndose en foco de atracción de población de la Periferia) a la agresión directa, en todas sus vertientes, y, lo que es más grave, al encubrimiento de quienes la perpetran, tanto desde la sociedad como desde las mismas instituciones: El caso de El Ejido es tristemente famoso no sólo por los tumultos de febrero de 2000 sino, sobre todo, por el preocupante consenso que produjeron en muchos sectores de la política y la sociedad y por la inmunidad de que parecen gozar los responsables. Si bien estos hechos pusieron de manifiesto, para muchas personas, las condiciones en que se ven obligados a malvivir muchos de nuestros inmigrantes, muy pronto los medios de comunicación decidieron que este asunto había pasado de moda y se hizo el silencio más absoluto, una vez finalizado el debate sobre la nueva Ley de Extranjería, presentada cínicamente como la solución más adecuada a este tipo de problemas. El papel de los mass media en este caso ha sido especialmente lacerante, por cuanto ha contribuido a crear un estado de opinión entusiastamente favorable al endurecimiento de la situación legal de los inmigrantes: el tratamiento de los mismos hechos de El Ejido, el bombardeo de cifras de llegados a las costas españolas (presentado con un burdo tinte humanitario), la difusión de esa estupidez conocida como efecto llamada... son claros ejemplos de lo que estamos diciendo. Como decía en un artículo Joaquín Navarro Estevan, «Si desde las propias instancias gubernamentales se proyecta un mensaje de restricción, miedo y recelo ante los inmigrantes ¿cómo no vamos a tener una opinión pública cada vez más cerrada y desconfiada?»1.

En mi opinión, ante esta realidad, y como segunda premisa, la postura del docente que se plantea llevar a cabo una intervención de carácter intercultural debe ser decididamente militante; es decir, debe partir de una clarificación de los objetivos que pretende alcanzar y de su asunción plena, junto a una crítica radical a la situación en la que nos encontramos los inmigrantes2; creo que sólo así podremos aspirar a dejar un poso sólido y duradero entre los receptores de la intervención educativa. La Escuela no puede aspirar a sólo dejar constancia de que hay una cosa que se llama “paz” y se representa con una paloma, una vez al año, o de que hay negritos pobres. Mientras siga existiendo la encarnizada presión de las instituciones y de los medios de comunicación de masas sobre el otro, lo único que estaremos haciendo en ese caso será llenar el expediente.

En tercer lugar, ¿cómo puede un profesor de Ciencias Sociales incidir de forma duradera sobre las representaciones que se forman sus alumnos respecto a los inmigrantes? Una vez más, y como ya han dicho repetidas veces los investigadores y grupos de trabajo que reflexionan sobre la práctica de las Ciencias Sociales, la Geografía y la Historia en el aula, proporcionándoles las herramientas que les permitan comprender la realidad. Nuestros estudiantes deben ser capaces de analizar los fenómenos que les rodean, descubriendo los mecanismos sociales e ideológicos que dan forma a situaciones como la que estamos tratando. Y, para la cuestión concreta de la inmigración y de la persecución de los otros, la Geografía y la Historia nos brindan unas posibilidades mucho más efectivas y enriquecedoras que mil Días del Negrito. En el caso de la inmigración y la Geografía no es necesario dar demasiadas explicaciones, puesto que éste es un tema que aparece con profusión en todos los libros de texto de la ESO y el Bachillerato y, además, ha sido objeto de numerosas iniciativas destinadas a proporcionar documentación y materiales para el trabajo en el aula, especialmente a través de Internet3. Por nuestro lado, intentamos desarrollar un proyecto de investigación sobre la situación de los inmigrantes rumanos en el Estado español. Más abajo, sin embargo, indico algunos aspectos diferenciadores que nos afectan a quienes trabajamos en el otro lado, es decir, en las regiones de origen de los inmigrantes que llegan a España.

Por su parte, el estudio de la Historia es muy rico en ejemplos de sometimiento, marginación, persecución y genocidio, hasta el día de hoy: Desde los araucanos y los mapuches de Chile hasta el Holocausto nazi, pasando por los pogroms medievales y los apartheid sudafricano y norteamericano, la lista de atentados a la integridad, la libertad y la dignidad de los otros es interminable. En el caso español, contamos con fenómenos de primer orden para el estudio histórico de esas presiones institucionales de las que hablaba y de las condiciones sociales de la persecución, así como para proporcionar al alumnado las herramientas de análisis que le permitan, al menos, comprender los motivos de esa presión social contra el inmigrante de la que hablábamos más arriba (y, así, reflexionar sobre sus propias ideas). De entre esos fenómenos, he escogido dos (la expulsión de los moriscos y la persecución de los gitanos, que muestran tantos paralelismos), por sus potencialidades explicativas, para llevar a cabo un intento de educación intercultural en una región fuente de inmigrantes: Bucarest, Rumanía.

¿Cómo trabajar por la interculturalidad con personas que, dada la situación actual de su país, son potenciales emigrantes? En primer lugar, debo señalar que no olvido que los estudiantes rumanos son, ante todo, integrantes de una sociedad con rasgos y problemas propios, que no deben ser tratados desde la perspectiva de una hipotética emigración, y mucho menos a otro país concreto. Es decir, que requieren una intervención educativa que tenga en cuenta su «aquí y ahora», tal y como se hace en los centros españoles. Sin embargo, hay dos hechos que debemos señalar: primero, es fácil relacionar las necesidades específicas de los estudiantes rumanos en educación intercultural con los fenómenos que podemos abordar en una clase de Historia de España, a través de la historia de los gitanos, por motivos que veremos más abajo; y, por otra parte, muchos de estos jóvenes van a emigrar (incluso bastantes suelen manifestar ese deseo), ya sea temporal o indefinidamente, o bien tienen una actitud negativa hacia quienes lo hacen. Así pues, sus distintos niveles de interés hacia España pueden ser aprovechados para trabajar por la interculturalidad, de forma que podamos incidir en su vida como ciudadanos de primera en Rumanía y de segunda en España.

En el primer caso, la investigación sobre el caso concreto de los moriscos nos va a permitir no sólo estudiar los antecedentes históricos del problema (y, con ello, los aspectos más importantes del siglo XVI), sino también establecer ciertas premisas que pueden trasladarse al estudio de la situación de otras minorías (interrelación de las decisiones políticas y las filias y fobias sociales, la creación del enemigo interior, la cohesión interna de las minorías frente a la agresión exterior, el papel de los rasgos culturales en la definición de los otros...). Un estudio que, por otra parte, permite utilizar los rudimentos del método científico, va a poner al descubierto las causas profundas de la exclusión, posibilitando el acercamiento desapasionado al problema (perspectiva que, además, es favorecida por la lejanía temporal y geográfica). Una vez solucionado el problema morisco de forma racional, es de esperar una predisposición favorable de la mayor parte del alumnado hacia una minoría tan injustamente tratada. Sin duda, para la mayoría es muy fácil solidarizarse con los moriscos, los araucanos, la población negra en Sudáfrica o los EE.UU., los judíos de la Alemania nazi... Bien. Es entonces el momento de enfrentar a nuestros alumnos con sus propios fantasmas y plantear el estudio de la evolución histórica de otro pueblo cruelmente perseguido, marginado, vilipendiado... sólo que no pudo ser expulsado: los gitanos; los rrom.

No voy a recordar aquí de forma pormenorizada cuál es la situación que viven en la actualidad los dos millones de personas que se estima que forman la población gitana de Rumanía. Los informes anuales de Amnistía Internacional y la Unión Romaní pueden proporcionar los suficientes datos como para poner los pelos de punta a cualquiera: negación de ciudadanía, palizas, asalto de casas, construcción de guetos... Por no hablar del profundo odio y desprecio que sienten por los rrom la mayoría de los rumanos, que han asumido sin la menor vacilación la consigna gubernamental de que la emigración de gitanos rumanos a los países de la UE (forzada por la situación que viven en su país) es la principal causa del descrédito de Rumanía en las altas esferas de Bruselas. Este mensaje hace que, por otro lado, se muestre una actitud cuando menos ambigua hacia los emigrantes, lo que dificulta la comprensión de los problemas que deben afrontar durante su estancia en el extranjero, especialmente entre la mayoría acomodada de nuestros estudiantes.

De esta manera, el estudio de la persecución (poco más es lo que podemos obtener de la Historia oficial de la España moderna) de los gitanos va a permitir a los estudiantes, si no asumir plenamente valores de solidaridad y respeto hacia todas las minorías, sí al menos descubrir la contradicción patente entre la actitud provocada por el conocimiento de las causas y consecuencias de un fenómeno y la derivada de las ideas dominantes en su entorno social y cultural respecto a otro que, en realidad, es muy semejante en sus rasgos generales. Este problema debería llevarles a reflexionar sobre el origen último de sus ideas, dependiendo de su mayor o menor tendencia al conformismo. Por otra parte, se verán obligados a explicitar sus ideas sobre un conflicto de la mayor importancia a nivel nacional que es, a la vez, un lugar común en la conciencia colectiva de los rumanos. Van a tener que explicar (y por tanto preguntarse) por qué repudian la expulsión de los judíos, el Apartheid y la esclavitud, condenados de forma prácticamente unánime y totalmente opuestos a lo que se ha dado en llamar “corrección política”, pero aceptan de forma natural la segregación racial contra los gitanos. Obviamente, si el rechazo se extiende a cualquier minoría tal contradicción no existe, pero en cualquier caso creo que es un avance el verse obligado a razonar los motivos que subyacen a este tipo de posturas.

Respecto a lo segundo (la inmigración), debemos emprender nuestra intervención desde el doble punto de vista que señalábamos con anterioridad. Ello se debe a que, a partir de observaciones personales y a falta de un estudio pormenorizado, podemos inferir que en nuestro Liceo nos encontramos en un contexto social en general acomodado, como muestran las pautas de consumo, próximas o equiparables a las occidentales, del alumnado. Paralelamente, advertimos la existencia de aspiraciones claras en relación con la emigración a España, como decíamos más arriba. En consecuencia, al introducirnos en la situación de la población rumano-española deberemos atender a la doble visión que supone el clasismo de unos y los anhelos de los otros, dos esferas que en muchos casos se interseccionan. Así pues, será necesario favorecer el acercamiento empático de los estudiantes a la vida de sus compatriotas emigrados y la reflexión sobre su hipotética realidad de emigrantes, dándoles a conocer la dura realidad del inmigrante en España y su dependencia de decisiones ajenas y, corrientemente, injustas: Ley de Extranjería, superexplotación, dificultades en los alquileres, choque cultural, insolidaridad en los propios grupos de inmigrados... Y, por otro lado, deberemos hacer ver a nuestros estudiantes que puede estar en su mano el cambiar las realidades sociales (aquí y allí), dándoles a conocer los factores que las condicionan (estudiando la Constitución de 1978 y la Ley de Extranjería, debatiendo artículos de prensa y/o documentales de televisión, investigando la respuesta del Estado a los problemas de las personas de origen extranjero...) y orientándoles sobre la conveniencia de la autoorganización y de la acción colectiva y solidaria, así como acerca de la diferencia entre la integración que desean muchos inmigrantes y la aculturación que les exigen los sectores más reaccionarios de la sociedad española.

Estas son, en fin, algunas ideas sobre las que creo que se podría desarrollar una intervención de carácter intercultural en un medio como el nuestro. Naturalmente, se trata de una vasta tarea que no se puede dar por acabada en junio. Sin embargo, creo que es la propia convicción del docente la condición primera para recoger los frutos deseados; y, afortunadamente, creo que eso es algo que nos sobra a todas las personas que apostamos por la interculturalidad como medio de cambiarle la cara a este mundo que, muy a nuestro pesar, se vuelve cada día un poco más gris4.

 

Notas:

1. Joaquín Navarro Estevan: «Inmigrantes a la intemperie», La Estrella Digital, 23 de octubre de 1999.

2. A partir de ahora, dejaré de utilizar el “nosotros” para referirme a los inmigrantes, porque está claro que quienes más sufren la presión social e institucional no somos los inmigrantes de cuello blanco, sino los grupos sometidos al trabajo sumergido o precario y al paro.

3. Véase, por ejemplo, la estupenda página de la «Red de recursos en educación para la paz, el desarrollo y la interculturalidad», en http://www.pangea.org/edualter/

4. Finalmente, me gustaría reflexionar sobre un par de asuntos anejos a los que acabo de tratar y que nos afectan particularmente a los docentes que nos encontramos en el extranjero, aunque no de forma exclusiva. En primer lugar, se trata de discernir cuál es nuestro papel en las instituciones educativas del exterior. Podría pensarse, a primera vista, que somos una especie de agentes del Gobierno que desarrollan una política educativa en el exterior con unos objetivos claros y perfectamente planificados. En contraposición con esta idea, la realidad es que este tipo de trabajo cuenta con una pésima remuneración y depende casi totalmente del voluntarismo del profesorado y de los representantes de la Administración española en la zona. Es cierto que las donaciones bibliográficas son cuantiosas, pero ¿es esto suficiente? Por otro lado, no nos engañemos: Atendiendo a la propaganda gubernamental, a los contenidos de nuestros propios currículos y a la predisposición del alumnado, podemos concluir sin ambages que los profesores españoles debemos propagar la visión de un país superdesarrollado y democrático, perfectamente integrado en su medio internacional y que lleva a cabo labores dirigentes en el contexto internacional, ante lo cual los estudiantes de un país periférico no pueden sino postrarse maravillados y deseosos de contemplar la tierra prometida y abandonar todo lo que recuerde su origen. Ante esto, podemos plantear dos cuestiones: ¿Qué ocurrirá cuando se den de bruces con la realidad? Y, ¿favorece esta visión su formación como ciudadanos críticos y autónomos que valoran su propio patrimonio histórico y cultural?

El segundo problema que debe ser resuelto cuanto antes es el del papel social del docente. Mucho se ha escrito ya sobre los cambios sociales que están afectando al profesorado y a su trabajo, en especial desde los años 1990 y la LOGSE. Ante estas transformaciones, el docente se aferra a sus métodos enciclopedistas, investiga para amoldar su trabajo a la nueva realidad o, en muchos casos, apechuga con la que se le viene encima con toda la fuerza de su desorientación. Sin embargo, mientras paralelamente a esto la valoración social del profesorado cae vertiginosamente en beneficio de la Corona, el Ejército o los payasos de la tele, nadie parece acordarse de que, en tiempos no muy lejanos, el profesor no era solamente alguien respetado sino que, además, intervenía en la vida comunitaria. Tal vez ese menosprecio por la docencia, que acompaña al del saber en general, tenga mucho que ver con la desaparición de los profesores de las tribunas sociales (las pocas que nos han dejado), con la absoluta preponderancia de la prensa en la creación de opinión pública y, salvo honrosas excepciones, con la equiparación de su trabajo con el de los oficinistas, cuando es evidente que su función social no tiene nada que ver con la de éstos. Si tenemos claro que el cambio social no se puede fabricar en las aulas, parece una conclusión lógica el reivindicar una mayor dedicación de los docentes a su entorno social, político, económico y cultural. Trabajemos, entonces, por la interculturalidad, pero hagámoslo también en la calle.

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