Aquí incluiremos diversos trabajos que hemos elaborado y que están relacionados con los temas que tratamos en esta página, aunque desde una óptica diferente: humorística, poética... Intentamos, así, dar rienda suelta a nuestra vena literaria y, al mismo tiempo, amenizar nuestra labor y vuestra navegación.
Que aproveche.
Leyendas sobre la historia del arte. De las Crónicas del crítico de arte
Por Daria Iordan. Archivo .rtf comprimido (zip)
Por Daria Iordan. Archivo .rtf comprimido (zip)
Leyendas
sobre la historia del arte.
De
las Crónicas del artista desconocido.
Por Daria Iordan
La pintura.
Después de haber acabado un día normal de trabajo, una pandilla de salvajes llegaron a la cueva de Altamira, que por lo demás era el dormitorio común de ellos, y se reunieron así alrededor de l fuego. Pero el silencio no duró mucho. Empezaron a darse mazazos en la cabeza a causa del reparto de una gran pieza de carne.
Tranquilizándose, se sentaron a charlar un poco, porque ya no tenían motivo para pelearse y nada que repartir. Se sentían muy aburridos.
De repente uno de ellos, en un momento de lucidez debido a un mazazo, se levantó y dijo con aplomo: «Me voy a pintar algo». Toda la tribu se asombró mucho y murmuraba. Algunos se desgarraban las pieles de animales que los cubrían y gritaban: «¡Se ha vuelto loco! ¡Ha entrado un espíritu malo en él!».
Desde entonces, se pasaba todo el día pintando bisontes en las paredes de la cueva y, cuando algunos lo miraban con compasión o llenos de temor, él les mostraba los bisontes, reía y decía: «Son nuestros antepasados».
Ya nadie lo llevaba de caza por temor a que los espíritus malos que habían entrado en él alejaran a los animales. Nadie lo entendía y lo dejaban solo y aislado. Pero con cada día que pasaba él entendía mejor el lenguaje de los colores y el mundo mágico del arte le envolvía y le “alimentaba” el “corazón incomprensible”. Desde entonces, los otros empezaron a despreciar a los artistas.
Esta es la historia del pintor desconocido de la cueva de Altamira.
Un día, un salvaje golpeaba a su mujer con un hueso de dinosaurio. Tan fuerte la golpeaba que el hueso se rompió en la cabeza de la mujer. Para contener su ira y no matarla, lleno de nervios como estaba comenzó a soplar en el hueso. Y de repente se quedó sorprendido de los sonidos que sacaba de ese instrumento de palizas. Hizo otros agujeros en el hueso y se maravilló porque así sonaba mejor. Tan grande era su alegría por haber descubierto semejante cosa, que empezó a brincar. Así apareció el baile.
Su mujer no entendía nada, pero se alegraba por haber escapado de las manos asesinas de su esposo. Desde aquel momento, nuestro salvaje quedó muy pensativo y ni él mismo podía creer que hubiera sido tan inteligente. Empezó a mirar la naturaleza con otros ojos. Dejó la caza para deleitarse todo el día con el murmullo de las hojas movidas por el viento, escuchar los trinos de los pájaros y medir el cielo. Trataba cada noche de contar las estrellas, mientras que su maravilla de hueso hacía sonar miles de cantos nuevos.
Este fue el primer músico anónimo de la historia.
P.S. Los huesos de dinosaurio pertenecían al patrimonio de la tribu. Cuando se celebraba algún matrimonio, el jefe de la tribu afrecía a cada esposo un hueso de dinosaurio que se transmitía de generación en generación. El hueso de dinosaurio, además de ser un objeto sagrado, tenía gran importancia porque mantenía el equilibrio en un matrimonio y el diálogo entre marido y mujer. El marido golpeaba a su mujer cada vez que tenía ganas de desahogarse y ella gritaba; de esta forma se obtenía una buena comunicación entre ellos y nunca se daba el divorcio causado por una escasa comunicación entre los dos. Así que la durabilidad de un matrimonio dependía en gran manera del tamaño del hueso.
Los hombres de la tribu se guiaban por el lema: «La paliza está rota del hueso de dinosaurio».
Como cada día había menos mujeres accesibles, los hombres ya no sabían qué hacer y cómo actuar para conquistarlas. Algunos cazaban animales y llevaban las pieles a la mujer amada. Otros traían flores y miel. Sin embargo, las mujeres no parecían nada contentas. Se estaban aburriendo y despreciaban a los hombres.
Hasta que, un día, un pobre salvaje desilusionado y no correspondido en el amor, lleno de tristeza porque la mujer más hermosa de la tribu le había despreciado, tomó su cuchillo de piedra y decidió acabar con su vida en las montañas. Pero en su camino encontró un ciervo muerto. Le gustaron mucho las astas del ciervo y pensó: «Serían un buen regalo para mi amada». Su esperanza resucitó pensando que a lo mejor la iba a conquistar así. Y, para su desgracia, le llevó como regalo esas cuernas. Pero la mujer fatal de la tribu se llenó de ira cuando vio semejante regalo: tomó las astas y se las puso a él en la cabeza. De aquí la expresión «Poner cuernos a alguien».
Lleno de amargura, el hombre decidió entregarse al viento, vivir una vida errante muy lejos de ella, la mujer de sus sueños. Pero no podía, la veía por todas partes. Las hojas de los árboles le recordaban sus ojos, viendo correr el río recordaba su voz. Al sentarse bajo la sombra de un árbol, el pobre salvaje vio una piedra. Y estaba enamorado de tal manera que le pareció que veía en esa piedra el rostro de su amada. La tomó y comenzó a esculpirla. Así salieron de su mano la Dama de Elche y después la Dama de Baza, porque había encontrado por fin una manera de mitigar las heridas causadas por el amor.
“La pasión” hizo nacer en el hombre la necesidad de esculpir.
Tras varios años haciéndole la corte a la hermosa de la tribu, un salvaje logró conquistarla casi cuando ya nadie la quería. Estaba coja, le faltaban varios dientes y se había quedado un poco calva a causa de las peleas con las mujeres celosas de la tribu.
Y juntos tomaron la decisión de hacerse un hogar confortable para criar a los futuros niños y tener un matrimonio feliz. Así que escogieron para ellos una cueva muy sencilla pero coquetona y se separaron del resto de la tribu.
Pero la paz y la felicidad no duraron mucho. Muy pronto el vivir juntos fue una pesadilla y el matrimonio se convirtió en un calvario. Ella no cesaba de ofender a su marido diciéndole que de nada era capaz y él le reprochaba el haber tenido tantas relaciones anteriores con los hombres de la tribu. Cada vez que recordaba eso, la golpeaba con el garrote en la cabeza, así que le había sacado los últimos dientes que le quedaban. Cuando ella le reprochó un día que el hogar que tenían era una porquería, él se puso nervioso de tal manera que levantó un pedrejón y lo arrojó con fuerza contra una pared de la cueva. El golpe fue tan fuerte que la pared se dislocó, formando un hueco como un nicho. El hombre quedó muy asombrado de lo que había sido capaz de hacer. Finalizó el nicho y colocó en él todos sus instrumentos de caza. Y cada día hacía nichos golpeando con el pedrejón, porque la mujer también necesitaba un nicho para meter la vajilla. Las paredes empezaban a redondearse. Su mujer estaba muy contenta y cuando tomaba café con sus amigas les contaba las maravillas que hacía su marido. Así es como el nicho salvó un matrimonio.
Este es el primer estilo arquitectónico de la historia que tiene como característica definitoria los nichos obtenidos con el procedimiento de “cueva aplastada”.
Estos genios, estos maestros, estos padres del arte, tuvieron la desgracia de hacerse en un mundo superficial y tosco. La gente no les entendió y no les reconoció sus méritos. Pero lo que ellos dejaban atrás, sus obras, no eran nada más que trocitos materializados de sus almas ardientes.
Los artistas no fueron entendidos, no son entendidos y no serán entendidos porque ellos no pertenecen al mundo.
Leyendas
sobre la historia del arte.
De
las Crónicas del crítico de arte.
Por Daria Iordan
Lo que
diferenciaba a un crítico de arte del resto de la gente de la tribu era la
calva. Todos los calvos se hacían críticos de arte.
El primer
crítico de la historia fue al principio un hombre de su casa, un padre cariñoso
que amaba mucho a sus hijos y a su mujer, un buen cazador y un buen pescador.
Nadie conocía mejor que él las técnicas de caza.
Pero
sucedió que un día, cuando buscaba miel para sus hijos, encontró un panal en
el hueco de un árbol. Y metió la cabeza en el hueco. Se asustó tanto de las
abejas que el pelo se le quedó enredado en la oquedad. Y cuando sacó la cabeza
vio que no le había quedado ni un pelo en ella. Se había depilado sin querer
con un método muy natural.
Al verlo, la gente de la tribu se espantó y se asombró al mismo tiempo porque su calva brillaba a la luz del sol. Muy pronto empezaron a evitarlo porque parecía muy raro. También su mujer lo abandonó y sus hijos empezaron a avergonzarse de tener un padre con calva brillante. Todas estas cosas le hicieron caer en una profunda depresión. En los momentos de tristeza máxima acudía a un amigo suyo que era pintor de cuevas. Y mirando las pinturas que su amigo hacía le vino la idea de hacer comentarios. No le gustaban los colores ni el estilo que su amigo utilizaba. Hablaba sin que nadie le preguntase. La primera vez le dijo a su amigo estas cosas a la cara. El pintor se sintió muy ofendido y comenzaron una discusión que acabó en violencia. Desde entonces tomó la decisión de ser más cauteloso y envolver las palabras en lenguaje estético, más cultivado, con rodeos. No podía perder al único amigo que tenía, porque todos los de la tribu le despreciaban. Ellos no podían concebir que un hombre se pasara todo el día sin hacer nada.
Sin la
ayuda de los demás, tenía que procurarse él solo la comida. Pero como él había
sido el mejor pescador gracias a las tácticas que empleaba, no le resultó muy
difícil conseguirlo. Una de las técnicas que usaba para pescar era «El
desayuno de los peces». ¿En qué consistía esa técnica? Pues él entraba con
las piernas en el agua del lago. El olor de sus piernas era tan fuerte que los
peces se desmayaban de repente y después podía cogerlos fácilmente con la
mano. Esta técnica la aprendió de su abuelo, que le decía que para sobrevivir
nunca hay que lavarse. Esta costumbre ha perdurado hasta hoy día y, así,
encontramos gente que no se lava, probablemente a causa de esta tradición de
nuestros antepasados.
En
un principio, el crítico de arte tenía el cerebro del tamaño de una nuez. A
medida que comía pescado y se dejaba acariciar por los rayos dulces del sol,
sentía cómo su cerebro crecía, cómo su razonamiento evolucionaba. En aquel
entonces el crítico no razonaba más que una gallina. Los cambios climáticos,
sin embargo, le influyeron mucho. El viento y la humedad le ayudaban a
desarrollarse de forma plena tanto física como espiritualmente. Y él con cada
día que pasaba estaba más feliz.
Otro
factor sumamente importante en su evolución fueron los golpes sin fin que le
administraban los otros miembros de la tribu, con o sin motivo. Después de las
palizas que recibía (por robar comida u otras cosas), se quedaba dos semanas
tranquilo para recuperarse y comenzaba de nuevo. Nunca escarmentaba. Sin
embargo, estos tratamientos fueron realmente útiles para el desarrollo de su
consciencia. Y se dio cuenta de que era muy malo robar la comida que otros habían
obtenido con el sudor de su frente. Y quedaba muy asombrado de lo inteligente
que se estaba volviendo. Así elaboró la concepción filosófica que dice que
«cada patada significa un paso adelante».
Y su
cerebro crecia día a día. Cuando le aplicaban las palizas su cabeza se
hinchaba, mientras su cerebro se inflamaba y crecía. [Hoy en día vemos que el
cerebro de quienes no recibieron el tratamiento no creció, conservándose el
especimen que nunca evolucionó].
En esa época
había uvas salvajes que la gente de la tribu recogía con el mayor gusto. Un día,
una mujer que no tenía nada que hacer metió algunas en el hueco de un árbol y
se olvidó de ellas. Las uvas fermentaron y los salvajes vinieron y bebieron.
Muy pronto el vino se convirtió en una delicia. Lo bebían porque les
proporcionaba un estado agradable, sin saber que eso era emborracharse. A causa
de las frecuentes borracheras, nacían niños con malformaciones, por ejemplo
con el cerebro mayor. Esta podría ser otra causa del crecimiento del cerebro,
pero fue principalmente el clima el que produjo estos cambios.
Aunque
trataba de usar palabras bonitas acerca de las obras de los maestros de la
Academia, aunque intentaba no ofender a sus amigos, el crítico de arte tenía
algunas ideas fijas en la cabeza. Muy pronto los artistas llegaron a odiarlo
porque se les subía la sangre a la cabeza cuando él les decía que dejaran de
pintar los bisontes en verde. Pero lo que ellos no sabían era que nuestro crítico
tuvo la desgracia de volverse daltónico. Así que veía los bisontes en verde
aunque los pintores se esforzaran en pintarlos en rojo como el crítico quería.
Así que los artistas, hartos de las observaciones del crítico, tomaron la
decisión de matarlo para librarse de tal apuro. Y lo arrojaron a un precipicio
después de haberlo atado.
Pero
pasaron los años y los cambios climáticos favorecieron la aparición de la
conciencia. Y los artistas se arrepintieron de haberle hecho semejante cosa a un
amigo. Y buscaron su esqueleto y pensaron que deberían desagraviarlo de una
manera u otra. Para esto inventaron los ritos funerarios. Uno de los mejores
pintores de la Academia pintó el esqueleto del crítico, bailaron y cantaron en
su memoria. Después un arquitecto proyectó su tumba y cubrió los huesos de
flores. De esta forma sintieron sus almas libres y la conciencia más ligera.