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EEUU y Suramérica:
el gran contraste hoy |
El barón de Montesquieu, inspirador de la
Constitución Federal de Estados Unidos, maestro de los próceres de
nuestra independencia y uno de los grandes filósofos de la política universal,
escribió en sus mocedades un libro que tituló Cartas persas.
Allí cuenta cómo un supuesto príncipe persa decide recorrer a Europa
y de cada país, en extensas misivas dirigidas a sus familiares en Persia,
consigna sus impresiones con toda franqueza.
El príncipe persa, en definitiva, es un burladero para eludir en este caso las
responsabilidades o las molestias que acarrean siempre las opiniones críticas.
Nosotros podríamos hacer lo mismo e, imitando al barón francés, escribir
nuestras cartas persas sobre la América en que nos ha tocado
vivir.
El supuesto persa de nuestro relato, si viniera al mundo americano entre 2003 y
2004, habría notado un contraste desconcertante entre América del Norte
y América del Sur en cuanto a la política como misión
liberadora. En América del Norte, el persa del cuento
registraría las grandes protestas que ha suscitado la intervención de
mister Bush en Irak, país vecino de la Persia
de Montesquieu; mientras en el Sur le llamarían la atención
unos demagogos deplorables cotorreando todo el día contra el imperio, pero sin
hacer nada concreto para combatirlo, atajarlo o molestarlo. Al persa de
nuestro cuento le llevaría casi a la estupefacción el caso de Hugo Chávez,
presidente de Venezuela, que denosta del imperio americano, pero al mismo tiempo
garantiza a Estados Unidos el normal abastecimiento de petróleo. Es como
sacrificar al Irak, pero con la suficiente hipocresía y la sobrada cobardía de
un mercader doblado de tahúr.
Una hora menguada
Dejemos ahora al barón de Montesquieu para caminar del brazo
de otro escritor aficionado a las fantasías: nuestro Rómulo Gallegos.
Doña Bárbara, su principal personaje, era, como se recordará,
supersticiosa y desconfiada por encima de todo. Tenía ella, por tales rasgos,
gran temor a lo que llamaba "horas menguadas". América
del Sur vive, desde hace algunos años, una de esas horas menguadas.
Unos demagogos de esquina, sin grandeza, sin alcurnia ideológica ni
relevancia intelectual, llamados Lula, Chávez, Lucio Gutiérrez o Evo Morales han
tomado el cayado de la conducción política. Y sólo han dado lo que ellos pueden
dar: farsas por epopeyas, argucias por ideologías, escamoteos por realizaciones.
Venezuela es el caso más patético en esta falsificación histórica.
Mientras se invoca a sus próceres, discípulos de Montesquieu todos ellos, se
prorratea entre las transnacionales del petróleo y del gas todo el patrimonio
energético de la nación. La plataforma deltana, la faja del
Orinoco, el subsuelo del lago de Maracaibo, donde Venezuela tiene algo valioso:
se ha llamado a las transnacionales, con la aquiescencia de Hugo Chávez, para
hacer allí la repartija de rigor. El único deber o tarea del Estado venezolano
en este proceso es el de "crouppier" en los garitos. Preguntar quién da más.
Nuestro nacionalismo hace aguas
A Chávez, a Lula, a Evo Morales o a Gutiérrez les ha pasado lo mismo
que a Kadaffi, Arafat, Bouteflika y otros especimenes del nacionalismo árabe que
no han sido capaces de enfrentar a los gringos ahora que ellos ocupan Irak, pero
siguen recitando su salmodia nacionalista de hace 30 años.
Cuando los gringos no tenían un solo soldado en el Medio Oriente,
estos saladinos del nacionalismo árabe desafiaban al imperialismo. Ahora, cuando
el imperialismo tiene en Irak 150.000 hombres, ocupando a un
país árabe, callan contritos y acobardados. Lo mismo hacen, en
otro contexto, Chávez, Morales o Lula. Aquí no han salido hasta
ahora las huestes de nuestra Juana de Arco, Lina Ron, a tirarle
una pedrada a la Embajada de Estados Unidos, ni se han oído en
boca de la pasionaria tachirense, Iris Valera, los denuestos
contra el imperio que ella suele proferir contra pacíficos ciudadanos o contra
personajes que ya no tienen poder.
El nacionalismo árabe está muerto. Arafat de lástima y los otros merecen
desprecio. La dignidad de los árabes, me duele decirlo, pero es inevitable, la
encarnan hoy Bin Laden, Hamas, Hezbola, los chiitas de Irak y otros movimientos
o personajes. No tengo la culpa de que quienes debieron inmolarse
porque estaban obligados a ello, como lo hizo entre nosotros el granadino
Antonio Ricaurte, hayan dejado el campo a unos fanáticos
religiosos que hoy constituyen el único grito de protesta o la única pedrada de
repudio que se oye o cascabelea en el Medio Oriente.
Estados Unidos y nosotros
En Estados Unidos ha habido grandes manifestaciones de
repulsa contra la invasión a Irak, sobre todo en Nueva
York, San Francisco y Washington. Aquí la UCV no ha
sido capaz de convocar siquiera uno de esos aburridos foros de la Sala E,
suerte de velorios para viejos.
En Estados Unidos, además, ha resurgido una izquierda
revolucionaria que junta en un solo torrente, pequeño hoy día, pero prometedor,
a marxistas ortodoxos, trotskystas, anarquistas, guevaristas, etc., todo el
Arca de Noé de la revolución, como dice un amigo mío, y a la
cabeza de los cuales se han colocado figuras consagradas como Tom Hayden
y John Zerzan. Ahora les acompañan grandes intelectuales como
Gore Vidal, Naomi Klein o figuras de Hollywood como Michael
Moore, cuya película Fahrenheit 9/11 es el éxito de
taquilla más grande en este momento.
Duele el contraste con una América del Sur cretinizada o postrada, donde
los politiqueros, con charreteras o sin ellas, pasan por héroes y se discute si
el ente electoral admite unas máquinas de procedencia gringa todas ellas.
Es posible que América del Sur esté viviendo la etapa más mediocre de sus
últimos cien años. La llama de la resistencia ha pasado al Medio Oriente y a
Estados Unidos y ella no está en manos de revolucionarios de pensamiento
radical. La política teme también al vacío, cuando los revolucionarios capitulan
como ha ocurrido con los árabes, otros recogen la bandera.
* Domingo Alberto Rangel