FR  WN
FREEREBELS WORLDNET

 
CARTA ABIERTA DE UN/A CIUDADANO/A LATINOAMERICANO/A AL GOBIERNO DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

    A LOS CIUDADANOS LATINOAMERICANOS:
    El siguiente manifiesto (no publicado hasta la fecha desde su redacción en 1997),  podría haberlo escrito cualquier otra persona de la América Latina: lleva un poco el pensamiento y el sentir de todos y cada uno de los que poblamos esta parte del planeta, por lo que creo que será representativo de la mentalidad que aquí predomina ante la realidad que aquí se vive. Por lo cual, los invito a retransmitir esta carta por todas las vías y hacia todos los destinos que les sean posibles. Quizá no tanto con el propósito final de que el gobierno estadounidense nos escuche, sino más bien con la intención de que podamos escucharnos a nosotros mismos y estrechar vínculos, que nos lleven a trascender las absurdas rivalidades que exhibimos en las competencias deportivas internacionales, y en las mezquinas disputas sobre territorios limítrofes en litigio, así como las especulativas economías nacionales que nos dividen en vez de integrarnos regionalmente para la producción y el comercio, mientras estas divisiones nos hacen fácilmente dominables y explotables desde afuera, por parte de las potencias mundiales.
    Que todos aquéllos que concuerden con la esencia del mensaje aquí transmitido y sientan que en él hay muchas voces representadas, y deseen enviarlo por e-mail a Washington
 

[email protected]
[email protected]
[email protected]
[email protected]
[email protected]

le llenen la casilla de mensajes al gobierno, para que compruebe que ALGO SE ESTÁ MOVIENDO bajo los pies del gigante... y tiembla el suelo... porque una voluntad no menos gigante, se levanta en la faz de la Tierra... como cuando los primeros patriotas abanderados de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, no podían concebir la continuidad de una Francia bajo la tiranía, de una Europa dueña del mundo, de una América explotada por Coronas europeas; patriotas, libertadores que levantaron en el continente las nuevas y hermanadas naciones. Hermandad continental que las ambiciones y limitaciones de posteriores generaciones de gobernantes no supieron valorar, generando conflictos bélicos tales como el de Honduras con El Salvador hace tres décadas, Chile y la Argentina hace dos décadas, Perú y Ecuador en esta década... como si todavía no entendieran nuestros gobiernos que a nuestros pueblos no les importa tan poca cosa como alguna franja de territorio por la cual pelearnos, y pretendieran adoctrinarnos con su politiquera mediática propaganda para que odiemos al "enemigo" limítrofe.
    Pero nosotros sabemos que unidos podemos, y este es el manifiesto que nos muestra ante la Casa Blanca y ante el mundo, en nuestra condición de rebeldes con causa: la misma causa por la que nuestras naciones nacieron; causa por la cual debemos hacerlas renacer como naciones, pues han vuelto a ser colonias explotadas. Esta es la carta de la nueva alianza continental que latinoamericanos y ciudadanos norteamericanos debemos establecer, más allá de nuestros gobiernos, para que después de dos siglos podamos revivir los ideales de Washington, Franklin, Bolívar, San Martín y muchos otros luchadores por la Unión y Libertad de América.

Latinoamérica, 8 de marzo de 1999
 
 
EL MANIFIESTO

    A LOS CIUDADANOS ESTADOUNIDENSES:
    El hermano pueblo estadounidense debe saber algo que tengo que decirle a sus gobernantes, y confío en su solidaridad para con nosotros, ciudadanos de Latinoamérica, para que hagan circular entre ustedes, copias de este mensaje, de modo que algunas de ellas puedan llegar a la Casa Blanca.

    A LA PRENSA ESTADOUNIDENSE:
    Pido a la prensa norteamericana cooperación en este sentido, y que, al brindarla, lo haga en defensa de las democracias y las libertades de América, conforme al ideal que impulsó a George Washington y a todos los forjadores de vuestra nación, y de todas las naciones liberadas de los imperialismos europeos.

    AL GOBIERNO DE LOS ESTADOS UNIDOS:
    Les digo ahora, señores gobernantes de los Estados Unidos de América, que estoy dispuesto a negociar con ustedes. Que aquello que pretenden de mí, yo se los conceda, sin más resistencia, sin más patriotismo, sin más esperanzas inútiles de vivir en un país al que ustedes vayan a respetar.
    Ustedes creen que nos respetan, o por lo menos (dejo a consideración de todos el beneficio de la duda) quiero creer yo, que ustedes creen respetarnos. Que ustedes, como buenos sucesores de Washington y Lincoln, desean la grandeza de todas las naciones americanas, para formar, juntas, un bloque continental de recíproca ayuda internacional, en hermandad y hacia el progreso de todos los estados miembros.
    Pero lo que ustedes pretenden de mí, no me sugiere que tengan interés en comportarse fraternalmente para con mi pueblo, ni que deseen nuestro progreso y libertad. Tampoco creo que se interesen en lo que piensan los ciudadanos que ustedes gobiernan: no creo que les importe que el pensamiento del pueblo estadounidense no formula planificaciones de imperialismo económico y de sometimiento de naciones hermanas. El ciudadano estadounidense quiere la grandeza de su nación, y trabaja día a día para que así sea.  Pero no formula planes para debilitar a las naciones amigas, y manipularlas política y económicamente. Eso es cosa de ustedes, eso es lo que ustedes comienzan a hacer desde que dejan de ser pueblo para convertirse en candidatos a gobernantes. Llegan al gobierno con ideas imperialistas a las que se adhirieron desde que lograron la candidatura. Y el pueblo los elige, no para que sigan con el imperialismo, sino para que trabajen hacia adentro del país. Pero ustedes no son, para mí, el gobierno de los Estados Unidos; el gobierno de todos esos ciudadanos a los que dicen representar. Ustedes son parte de un gobierno mundial, que tiene una de sus sedes en la Casa Blanca. Ustedes representan a un poder ancestral que siempre actuó sobre la Tierra, desde el origen de la civilización humana. Un poder que siempre se caracterizó por la ambición desmedida y por el dominio de territorios y la explotación de seres humanos en condición de esclavos.
    Ese poder milenario ha ido cambiando de manos y de lugares geográficos, pero es siempre el mismo. Según los antiguos faraones, césares y monarcas, era un poder divino, es decir, concedido por la deidad que dirige los destinos del mundo. Debo señalar que eso que decían era la verdad, ya que no representaban al pueblo, sino que lo dominaban, y esta acción dominadora se corresponde con la idea de que el mundo está bajo el dominio de cierta deidad que utiliza como instrumentos a los gobiernos del mundo, para que la humanidad cumpla con el mandato "divino". Claro que esta "divinidad" o "deidad" que controla el mundo, es quien Jesús se encargó de desenmascarar, cuando reveló que este mundo no es del Padre, sino del demonio. Decían la verdad los reyes que se consideraban representantes del poder divino, sí, pero ese poder venía de una deidad antagónica al Ser Supremo.
    Un gobierno anticrístico, que se excede en ambición de poder y que explota a otras naciones, debilitándolas y pagándoles miserias por sus riquezas naturales, no es un gobierno del pueblo. Ustedes no son el gobierno de nuestros hermanos norteamericanos.  Hermanos a quienes ustedes utilizan para fabricar los productos con que inhiben nuestras industrias nacionales. Hermanos a los que aquí casi todos odian, porque aquí se cree que ellos desean que vivamos en esta pobreza que les debemos a ustedes. Aquí se cree que todo norteamericano es parte pensante de este plan de dominación que padecemos. No somos muchos los que sabemos que el ciudadano común estadounidense es ajeno a vuestros propósitos y que, si es usado por ustedes para vuestros fines imperialistas, no es conciente de ese propósito. Pero ustedes son muy concientes de lo que quieren de nosotros. Saben muy bien lo que pretenden de mí, y yo también lo sé.
    Por eso les escribo, para que sepan que estoy con plena disposición a negociar con ustedes. De ayudar a ustedes, negociación mediante, a que todo lo que están haciendo llegue a un feliz término para todos, esto es, para ustedes y para todos los pueblos sometidos de América. Por eso les propondré algo que, si llegara a dar resultado, podrá ser imitado por muchos, y tal vez, un día, por todos mis compatriotas y por mis conciudadanos del continente.
    Mi propuesta consiste en RENUNCIAR A MI NACIONALIDAD. Declararme ESTADOUNIDENSE, habitante del país que, el día de mañana, será (si todo sale bien) uno más entre los estados de vuestra Unión. Aprenderé bien el Inglés, y no tendré necesidad de aprender qué pasó un 4 de julio, porque aquí eso se sabe más que cuándo fue la independencia de nuestros países limítrofes. No tendré que empezar a usar jeans, porque desde mi niñez los uso. También veo cine de Hollywood, escucho vuestros cantantes, probé hamburguesas Mc Donalds, vi a la NBA, a Jimmy Connors, a Mario Andretti, a un Armstrong con la trompeta, y al otro caminando en la Luna. Y todo eso lo hice aquí, en mi país, sin necesidad de haber viajado nunca a Estados Unidos para estar integrado, como lo estoy, a vuestra cultura. Desde aquí estoy en condiciones de ser un "americano" como el que más: aquí donde habito, no nos falta absolutamente nada de todo lo que nos hace sentir parte de ustedes. De hecho, hace rato que venimos hablando entre nosotros de que no somos más que una colonia yanqui.
Aquí no nos faltan ni Coca-Cola, ni Pepsi, ni Marlboro, ni Eveready, ni Ford, ni Chevrolet, ni Windows. Vestimos Topper o Nike para ir a jugar contra otros países. Somos exponentes de vuestras industrias, de vuestra cultura. Todavía quedan entre nosotros algunos pocos inadaptados que los sábados a la noche bailan nuestras danzas populares, y no al ritmo de Madonna o de Michael Jackson. Que ignoran el Inglés básico y que no saben quién es Carl Lewis. Que en vez de aspirinas fabricadas bajo licencia de ustedes, toman un té de hierbas. Y que si tienen un comercio y se quiere pagarles con dólares, no los aceptan, como si se pudiese desconfiar de esa moneda, que ya ha demostrado ser la que más nos conviene. Pero ustedes sabrán comprender que esta clase de gente inadaptada todavía exista entre nosotros; suponen ser patriotas, pero no hacen más que dificultar la definitiva aceptación de cuál es nuestra verdadera cultura, nuestra verdadera nación, de la cual, como dije, no somos más que una colonia.
    Cuando estos nacionalistas anacrónicos a la realidad que se impone, reconozcan al poder que domina el mundo, y se entreguen a él en vez de resistirlo tan inútilmente, quizá, juntos, arriemos nuestro pabellón nacional e icemos la bandera de las franjas rojas y blancas y de las estrellas sobre el azul, para dejar de ser ciudadanos de segunda, de una simple colonia, y que ustedes, o sus futuros sucesores en Washington D.C., nos declaren como Estado; uno más, unido a los ahora cincuenta, que espero sean como cincuenta más, si otros países-colonias se incorporaran a la Unión, y si se los aceptara como Estados.
    Pero eso para más adelante, y para cuando todos mis hermanos latinoamericanos me comprendan. Por ahora, esto es entre ustedes y yo: empiecen por mí, háganme tan estadounidense como admito que lo soy; ADMITAN QUE LO SOY, por mi cultura, por mis hábitos, por lo que consumo, por lo útil que soy a la economía norteamericana, desde mi niñez, cuando consumía "Los tres chiflados" o tomaba  "7Up"; por lo útil que fui para la expansión de la cultura estadounidense, cuando en vez de aprender de qué país de la región es capital determinada ciudad, y quién fue determinado patriota de la independencia latinoamericana, aprendí que Denver queda en Colorado y que el general Lee era confederado. Mi Inglés no está muy bien que digamos, pero no por eso la Gran Nación  norteamericana me tratará con demasiadas exigencias, luego de mis servicios prestados desde aquí, en lo económico y cultural, para bien de ése MI PAÍS, del cual recién ahora hago un reconocimiento público de mi condición ciudadana; de segunda o de última clase, pero ciudadana al fin, en esta colonia invadida y explotada, a la cual ustedes tuvieron que tratar así, cuando podría haber sido estatizada y administrada desde la Casa Blanca, de no ser por esta hipocresía de no admitir la dependencia en que vivimos, ya que con esa resistencia psicológica sólo se posterga la integración de estas tierras a la Unión.
    Pero yo no merezco cargar con las consecuencias de obstinaciones ajenas: solicito para mí, y para todos los que imiten mi actitud, ser reconocidos como ciudadanos estadounidenses, no de segunda, sino como cualquier habitante de cualquiera de los actuales cincuenta Estados. He hecho méritos para reclamarlo, y pido a los hermanos norteamericanos, al pueblo de los norteamericanos, que intercedan ante su gobierno para que se me acepte. Les pido a ustedes, hermanos estadounidenses, compatriotas, que me acepten, a la luz de las razones ya expuestas. Se los pido a ustedes, porque ustedes sabrán comprender, y querrán ayudar, pues sé que, si pudieran, tratarían de ayudarnos a todos los latinoamericanos que sufrimos por lo que, desde vuestro país, nos han hecho los poderosos del gobierno y de las corporaciones. Tanto ustedes como yo, hemos trabajado para un mismo proyecto: engrandecer a la nación norteamericana, y a sus empresas que aquí operan. Por eso, que las circunstancias hayan hecho que ustedes estén allí y yo aquí, sólo nos diferencia en aspectos secundarios; soy uno de ustedes, actuante y habitante en esta colonia. A menos que en vez de considerar mi conciudadanía, ya sea de segunda o de última, me consideren servil, usable y explotable para vuestros fines, para consumir vuestros productos, ver sus series y películas, escuchar sus músicas, vestir sus jeans, y rogar por que no repitan genocidios como en Hiroshima y Nagasaki, quizá en mi propia ciudad, pues nunca se sabe...
    Somos pueblos esclavos para ustedes, señores de la Casa Blanca. No quisiera pensar que nos consideran también esclavos de ustedes, hermanos de los cincuenta estados. Porque hemos estado trabajando para ustedes, y quisiera saber si ustedes piensan que nos han usado y que han disfrutado de ejercer ese poder sobre nuestra miseria, o si sólo nos ven como a unos simpáticos admiradores y consumidores de lo que nos venden, y creen que tal vez lo hacemos de tan buena gana, que les parecemos libres y no condicionados y limitados por ustedes.
    Les hago llegar, entonces, pueblo y gobierno de los Estados Unidos de América, esta SOLICITUD DE ADMISIÓN. Si era esto lo que pretendían de mí, si es esto lo que pretenden de cada uno de nosotros, señores poderosos del mundo, con sede central en Washington, cuenten entonces conmigo. Ésta mi disposición de negociar está ahora en sus manos. Podría también negociar con Inglaterra, pues me gustan Los Beatles, el Fútbol, las polleras escocesas, las aventuras de Robin Hood, las historias del Rey Arturo, y el Inglés que aquí se enseña es el de Oxford. Pero eso ya se verá... quizá ustedes me permitan una doble nacionalidad con vuestra madre patria, y quizá la Corona valore mi reconocimiento a todo lo británico que forma parte de mi vida, y me admita.
    He vivido en el engaño, creyendo en la independencia de una nación que, como dependiente que es, no es una nación. No quiero nación: quiero dependencia. El vacío orgullo de la independencia, ya no me llama. Admito que dependemos. Por lo tanto no me resisto. Y acepto y apruebo ser dependiente. Tengo una clara visión de la realidad, y no un fanático patriotismo ciego a lo que realmente sucede.
    Por eso merezco la consideración de ustedes, señores gobernantes, porque estoy en disposición de servir a la Gran Nación de los Estados Unidos, no como esclavo, sino como voluntario. Por lo tanto, les reclamo mis derechos de ciudadanía estadounidense, con el consecuente respeto que desde entonces ustedes me deberán.
    Me despido de ustedes, señores de Washington, sin que sepan bien si les estoy escribiendo desde el Caribe o desde los Andes del Sur; desde áreas mediterráneas o a orillas del Pacífico; desde una región selvática o desértica; desde alguna de las grandes capitales o desde algún pequeño poblado. Mi raza puede ser blanca, negra, india, o híbrida. Puedo ser una persona adolescente, adulta o vieja. Puedo ser hombre o mujer. Puedo ser cualquiera y estar en cualquier parte, porque cualquiera puede ser y pensar como yo; soy la voz del latinoamericano.

 LATINOAMÉRICA, EN EL DÍA DE LA
 INDEPENDENCIA DE MI PAÍS, 1997
 
 
 

 
    P.D.: De no admitírseme, sepan que Latinoamérica es muy grande, que unida será más fuerte, y que aquí los anti-imperialistas somos muchos y capaces de llevar adelante un MOVIMIENTO DE RESISTENCIA AL SOMETIMIENTO ANTINACIONAL que, si bien quizá no veamos dar frutos inmediatos, tal vez, algún día, logre la verdadera libertad y la verdadera independencia de futuras generaciones latinoamericanas.
 



 
<< a página principal de FRWN
 
 
Hosted by www.Geocities.ws

1