|
Una de las más
patéticas historias de amor argentinas es la que le tocó protagonizar a María
Guadalupe Cuenca, casada en plena adolescencia con Mariano Moreno, que
entonces tenía unos veintidós años. Se conocieron en Chuquisaca,
"la ciudad más hermosa y bien plantada de todo el virreinato",
según sus contemporáneos; la ciudad de las leyes, las sublevaciones y los
tres nombres: Charcas, por la Real Audiencia y la Universidad, La Plata, por
ser sede del arzobispado, y Chuquisaca, antiguo
nombre indígena que revelaba la importancia del mundo indio y mestizo que la
habitaba junto a la elite hispanocriolla.
Allí convivían profesores universitarios, casi todos pertenecientes al clero,
con jóvenes de todas las latitudes del virreinato que iban a estudiar leyes o
teología, lo que le daba ese aspecto vivo, revoltoso y a la vez progresista
de los lugares donde predominan los estudiantes. Quien más quien menos, todos
pertenecían al mismo estrato social y eran siempre
invitados a las tertulias los días de recibo.
Muchos romances y casamientos surgieron de esos encuentros. Entre ellos el de
Mariano Moreno con María Guadalupe Cuenca. Él había llegado a Chuquisaca en 1800, viajando a caballo desde Buenos
Aires. Llegaba con una carta de recomendación para el canónigo Terrazas,
escrita por Fray Cayetano Rodríguez, gran amigo y
consejero. Venía dispuesto a seguir la carrera eclesiástica, pero al poco
tiempo se convenció de que su vocación era otra y cambió por Leyes. En su
decisión pudo haber influido la preciosa altoperuana
de cuyo retrato se enamoró al verlo en la tienda de un platero, con el mismo
apasionamiento con que se enamoraría de las ideas libertarias leídas en Rousseau, Locke o el jesuita
Francisco Suárez.
Por el platero se enteró de que su nombre era Guadalupe Cuenca y de algún
modo consiguió que se la presentaran. Ella, de catorce años, no tardó en
enamorarse perdidamente del joven forastero. El noviazgo fue breve y el 20 de
mayo de 1804, se casaron en la Catedral ante el canónigo Terrazas. Con la
urgencia de su juventud, gozaron intensamente esos primeros tiempos de
casados, como si hubieran intuido que el tiempo que tenían era corto y no
había que ahorrar ternura ni pasión.
Por las cartas escritas en 1811, ésas que jamás llegaron a destino, podemos
apreciar lo unidos que estaban y todo lo que habrían conversado sobre cosas
tan importantes como son el amor, la mutua fidelidad y la falta de secretos
entre ellos. También por esas cartas sabemos que en la intimidad ella lo
llamaba "Moreno" y él, "Mariquita".
Marianito, el único hijo que tuvieron, nació el 25 de marzo de 1805. Poco
después Moreno recibió una carta de fray Cayetano,
instándolo a volver a Buenos Aires sin temer el disgusto de sus padres por
tan repentino cambio de vocación. Los esposos esperaron unos meses para
emprender el viaje interminable que los llevaría a las llanuras del Plata.
La familia de Mariano recibió como una hija a la jovencita de quince anos y
al encantador nieto. Guadalupe pensaría con alivio que aunque el paisaje era
muy distinto, la gente era casi igual y las casas, aunque más sencillas, muy
parecidas.
A los pocos meses, el nuevo matrimonio se ubicó en una casa de la calle de la
Piedad entre las de la Catedral y del Empedrado, donde Mariano ubicó su
bufete de abogado. Allí se pasaba horas y horas leyendo y escribiendo, hasta
que Guadalupe lo obligaba a compartir algún paseo por la Alameda, tan
agradable en tiempos cálidos por la sombra de los árboles y la brisa que
venía del río. Según su hermano Manuel, Mariano había tenido desde niño
"la pasión dominante de la lectura (...) y rehuía la ocasión de
distraerse con otros jóvenes". El amor por esa mujer-niña de la cual se
sentía un poco protector y los juegos con su hijito eran lo único que podía
arrancarlo de su trabajo.
Las invasiones inglesas y sus irremediables consecuencias dieron un giro
completo a la relativamente apacible vida en la capital del virreinato.
Guadalupe y Moreno no escapaban a esta situación. Todos los habitantes,
españoles o patricios, se unieron en un interés común, para expulsar a los
invasores.
El 14 de mayo de 1810 una fragata inglesa procedente de Gibraltar, trajo la
noticia: los franceses habían tomado Sevilla y Málaga. No existía, pues, la
Junta. Vecinos y jefes militares pidieron Cabildo abierto para decidir, según
palabras atribuidas a Moreno "si había caducado la autoridad del virrey ". Lo demás es historia conocida: las
distintas opiniones en el cabildo abierto del 22, la renuncia de Cisneros, la
formación de la Junta Provisoria del glorioso día 25... Jornadas decisivas,
pletóricas de entusiasmo patriótico, en las que Mariano Moreno llegó a la
cúspide de su gloria: "fue como si toda la luz de la Revolución, como si
el sol naciente de Mayo hubiese entrado con él en el Fuerte de Buenos Aires".'
¿Cómo se vivirían estos momentos en la intimidad familiar de los Moreno? Las
posteriores cartas de Guadalupe la muestran muy enterada de las novedades
políticas, y esto debía ser para ella algo habitual. Sus cartas nos acercan
los acontecimientos de ese conflictivo año de 1811 en que los revolucionarios
no lograban ponerse de acuerdo, divididos en "saavedristas"
y "morenistas", mientras en las fronteras
los ejércitos defendían con su sangre el camino hacia la independencia. El 25
de mayo Guadalupe no había querido ir a ningún festejo porque "no tengo
el corazón para esto ni puedo sufrir la presencia de los autores de nuestra
separación y enemigos mortales nuestros. Ni parece que vos aprobarías que
mientras estés ausente ande yo divirtiéndome. Por todos estos motivos no he
salido de mi casa a ninguna función".
Moreno había caído en desgracia ante los "saavedristas"
por sus opiniones revolucionarias. Pero lo que más lo perjudicaba ante la
sociedad era la desmesura de haber mandado matar a Liniers
y sus compañeros sublevados en Córdoba. Aunque toda la Junta, con excepción
del canónigo Alberti, había firmado la sentencia, se culpaba a Moreno de
haber sido el ideólogo. Todos los fusilados eran grandes personalidades,
desde el gobernador de Córdoba, Gutiérrez de la Concha, hasta los respetables
y ricos vecinos Victorino Rodríguez y Santiago Allende, pasando por el obispo
Orellana y por Joaquín Moreno, funcionario de la
Real Hacienda. Fue el error más grande del secretario de la Junta, pero él no
lo veía así. Mariano Moreno respondía a sus ideas: había que sofocar
cualquier conato contrarrevolucionario, sobre todo éste, dirigido por alguien
a quien el pueblo veneraba. Sabía que si Liniers
entraba en Buenos Aires nadie se hubiera animado a fusilarlo y en ese momento
se lo consideraba "el enemigo".
El 2 de junio de 1810 el secretario de la Junta anticipó la salida de La
Gaceta de Buenos Aires, el nuevo periódico semanal que daría a conocer a los
ciudadanos "las noticias exteriores e interiores que deban mirarse con
algún interés" y todas las actividades del Gobierno, porque "El
pueblo tiene derecho de saber la conducta de sus representantes (...)"
La misma transparencia que Moreno quería para la Junta, la exigía Guadalupe
para las acciones de su marido, así se lo recordaba repetidas veces como si
sospechara de alguna misión oculta que éste no le hubiera querido revelar:
"No dejes de escribirme a menudo, y basta de guardar secretos a tu mujer
que nadie los callará mejor que yo; no te olvides de las promesas que me
hiciste."
A través de los artículos de la Gaceta, Moreno había comenzado a exponer un
plan político de gran envergadura. Fue el primero en hablar de
"independencia" sin ampararse en la "máscara de Fernando
VII" como hacían los más conservadores. El ideal de Moreno era una
república moderada, fundada en un equilibrio de poderes, como en Inglaterra.
Pero la medida tomada por toda la Junta y atribuida a él, de fusilar a Liniers, le dio fama de "jacobino", es decir,
de extremista de línea dura.
A fines del año 10 se fueron ahondando las diferencias entre los más
decididos "morenistas" y los más
prudentes "saavedristas". El 12 de
diciembre llegaron las banderas tomadas a los vencidos en la primera gran
victoria de Suipacha, que tanto regocijo trajo a
los patriotas. Un banquete en el regimiento de Patricios en el que se
tributaron excesivos homenajes a Saavedra y - ¿por error? - no se permitió la
entrada al secretario de la Junta y a su esposa, provocó el famoso
"Decreto de suspensión de honores", verdadero código de moral
republicana redactado por Moreno y aprobado por la Junta, que ahondó las
diferencias con los saavedristas. Pero el detonante
de una colisión esperada, fue la decisión de incorporar a la Junta a los
delegados del interior, lo que atrasaría la reunión de un Congreso que
proclamara la independencia, como urgía Moreno, apoyado por Juan José Paso.
Viendo el fracaso de su plan, Moreno renunció el 19 de diciembre. Su renuncia
no fue aceptada: en una solución que aparentaba ser una salida digna pero que
a la vez alejaba a un agudo y peligroso crítico, la Junta lo designó agente
diplomático en Londres. El propósito principal de la misión era comprar armas
y tratar de negociar un acuerdo secreto con Inglaterra para que protegiera la
revolución. Acompañado por su hermano Manuel y por el joven Tomás Guido,
Mariano se embarcó el 24 de enero de 1811, dejando una mujer desolada y un
pequeño sin padre. "Se aumentan mis males al verme sin vos y de pensar
morirme sin verte y sin tu amable compañía. Todo me fastidia, todo me entristece
(...) porque tengo el corazón más para llorar que para reír (...) procura
venirte lo más pronto que puedas o si no, hacerme llevar porque sin vos no
puedo vivir." Esta era la primera carta escrita por Guadalupe el 14 de
marzo, a sólo un mes y medio de su ausencia. ¿Podría haber imaginado que el
cuerpo sin vida de su adorado marido había sido arrojado al mar hacía ya diez
días?
A medida que iban pasando los días, a cuatro meses de la partida ya resultaba
un poco extraño no recibir ninguna noticia. Era natural que estuviera triste
y hasta por momentos desconfiara. Parece increíble que esta mujer siguiera
escribiendo durante largos meses sin recibir contestación ni noticias. Su
pesar sin embargo, no le impedía comentarle los sucesos políticos, con la
naturalidad de quien estaba acostumbrada a hacerlo en forma cotidiana. Pero,
en general, las noticias estaban supeditadas a la manera en que pudieran o no
influir en su situación.
En Londres se iban acumulando las cartas que volverían cerradas a su poder.
A pesar de su aparente fragilidad, Guadalupe estaba decidida a ir en busca de
su marido, pero ¿a dónde, si por el momento no había tenido más noticia que
la de un capitán inglés cuyo barco se había cruzado con el de los dos
hermanos?
En todas las cartas le habla del hijo de seis años, que ya va al colegio y
parece ser tan inteligente como sus padres. Impresiona la autenticidad que
transmiten estas cartas, llenas de amor y dolor.
Por momentos intuye la verdad que no quiere creer y que incomprensiblemente
tardaría tanto en llegar. La noticia
La noticia debió llegar a Buenos Aires el 14 de octubre de 1811, nueve meses
después de su partida. Los tres últimos meses habían sido un desgarro
constante para Guadalupe que pasaba de la esperanza al desaliento, de la
ansiedad a la desesperación, siempre apoyada por su familia política y el
cariño de su hijo a quien no sabía ya qué decir. Manuel explicaría la
sorpresiva muerte de su hermano, como un accidente mortal causado por una
dosis de emético (4 gramos de antimonio tartarizado).
El antimonio tartarizado, sobre todo en esa cantidad, era algo
contraproducente para lo que padecía Moreno, por lo que puede decirse que
murió envenenado. ¿Intencionalmente? A muchos les convenía su desaparición, y
Ana Perichon de O'Gorman,
amante de Liniers, tenía motivos para odiarlo. No
puede asegurarse pero tampoco negarse en forma enfática que ella o algún otro
lo hayan mandado matar.
María Guadalupe Cuenca de Moreno vivió hasta el 1º de septiembre de 1854.
Nunca se volvió a casar. Nunca podría amar a otro hombre como había amado a
su "Moreno", aquel primer amor que Dios le había mandado de manera
tan providencial para luego, misteriosamente, arrebatárselo.
|
|