Los placeres y los días
FRANCISCO UMBRAL


La caza del zorro

    Por fin los ingleses se han tomado en serio ese criminal deporte que es la caza del zorro, decidiendo abolirlo, mas he aquí que el presidente socialista aplaza la aplicación de tal decreto, porque hay socialistas muy delicados y comprensivos con las viejas pasiones sanguinarias de la aristocracia (la caza del zorro con jauría es un deporte carísimo y sólo lo practican los lores y de ahí para arriba). Pero al día siguiente de la prohibición, Camilla Parker Bowles, la otra/la otra, cogió su caballo temprano y se fue a cazar el zorro, con un par. Diana no lo hubiera hecho.

    Los hijos de la Gran Bretaña suelen desfallecer mucho en España cuando asisten a ese crimen ritual de la fiesta de toros, pero ellos son igualmente crueles, o más, con el zorro, cuya caza, encima, es un deporte clasista, mientras que los toros, al menos, son una fiesta popular, aunque hoy carísima. Uno cree que los ingleses odian al zorro por su cara de Voltaire (también la inteligencia de este bello animal es volteriana). O sea que le odian por francés, en fin, como odian y mimetizan todo lo francés.

El Canal de la Mancha es como un by/pass de galicismo que necesita el cansado corazón inglés. De momento, los conservadores, aun derrotados, han vuelto a poder más que los laboristas y encima tienen a Camilla, la primera dama supernumeraria, como amazona de la causa aristocrática de la zorrería o caza del zorro.

Aquí en España también se practica la caza del zorro, pero más entre los políticos que entre los nobles. La caza del zorro nacional es televisiva, periodística, ambiental, judicial, y últimamente hemos asistido a una espectacular caza del zorro con jauría, como pide el reglamento británico. Esta jauría, a más a más, como dicen los catalanes (vengo de Barcelona), estaba armada de vídeos, cámaras y otros artefactos «antipersonas». El personal ha asistido complacidamente al espectáculo y sólo unos cientos de antitaurinos nos hemos pronunciado contra ese deporte tan aristocrático y tan villano, así como contra el peligro de difusión, ya que el gentío, un poco cansado de fútbol caro y malo, puede entregarse a la caza del zorro para nutrir sus personales videotecas, poniendo encima y en el centro, según el esteticismo cinegético, la cabeza del zorro cobrado: un periodista, un político, un intelectual, un hombre de negocios, un locutor, un columnista, un hombre honrado. El ejemplo inglés, lamentable, de los socialistas no atreviéndose a aplicar una ley anticonservadora, lo ha dado algunas veces también nuestro socialismo, y en asuntos más fuertes que la caza del zorro, o paralelos: ningún político español se atreve a prohibir los toros, ese crimen genealógico. ¿Se ha impuesto en España la caza del zorro? Nos tememos que sí. Los manuses del vídeo manipulado también trabajan con jauría: prensa, espontáneos, boca a boca, «imparciales» y trileros del Rastro.

    Aunque se digan de izquierdas, trabajan para la ultraderecha nazi del Salón Kitty madrileño. No hacen espionaje político, uso común en las novelas de Graham Greene, sino espionaje personal, íntimo, particular, como los viejos detectives de adulterios y maridos mosqueados, sólo que con peores intenciones, más largo alcance y la singular habilidad de crear la situación que su industria requiere, y que a lo mejor no se da. Todos estamos amenazados por la caza del zorro, que ha llegado a ser casi tan contradictoria como la inglesa. Nuestra Camilla Parker Bowles yo sé quién es, amazona y capitana en la caza del zorro, ese noble animal según Rodríguez de la Fuente. Sólo daré un dato: está entre las que únicamente usan EL MUNDO como támpax.

El Mundo, abril de 2.002

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