Así
es: la única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las
canciones de los Beatles. Cada quien por motivos distintos, desde luego, y
con un dolor distinto, como ocurre siempre con la poesía. Yo no olvidare
aquel día memorable de 1963, en México, cuando oí por primera vez de un
modo consciente una canción de los Beatles. A partir de entonces descubrí
que el universo estaba contaminado por ellos. En nuestra casa de San Angel,
donde apenas si teníamos donde sentarnos, había solo dos discos: una
selección de preludios de Debussy y el primer disco de los Beatles.
Por
toda la ciudad, a toda hora, se escuchaba un grito de muchedumbres;
“Help, I need somebody”. Alguien volvió a plantear por esa época el
viejo tema de que los músicos mejores son los de la segunda letra del catálogo:
Bach, Beethoven, Brahms y Bartok. Alguien volvió a decir la misma tontería
de siempre: que se incluyera a Bosart. Alvaro Mutis, que como todo gran
erudito de la música tiene una debilidad irremediable por los ladrillos
sinfónicos, insistía en incluir a Bruckner. Otro trataba de repetir otra
vez la batalla a favor de Berlioz, que yo libraba en contra porque no podía
superar la superstición de que es oiseau de malheur, es decir, pájaro de
mal agüero. En cambio, me empeñe, desde entonces, en incluir a los
Beatles. Emilio García Riera, que estaba de acuerdo conmigo y que es un
critico e historiador de cine con una lucidez un poco sobrenatural, sobre
todo después del segundo trago, me dijo por esos días: “Oigo a los
Beatles con un cierto miedo, porque siento que me voy a acordar de ellos
por todo el resto de mi vida”. Es el único caso que conozco de alguien
con bastante clarividencia para darse cuenta de que estaba viviendo el
nacimiento de sus nostalgias. Uno entraba entonces en el estudio de Carlos
Fuentes, y lo encontraba escribiendo a maquina con un solo dedo de una
sola mano, como lo ha hecho siempre, en medio de una densa nube de humo y
aislado de los horrores del universo con la música de los Beatles a todo
volumen.
(....)
Esta
tarde, pensando todo esto frente a una ventana lúgubre donde cae la
nieve, con mas de cincuenta años encima y todavía sin saber muy bien
quien soy, ni que carajos hago aquí, tengo la impresión de que el mundo
fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles empezaron a cantar.
Todo cambio entonces. Los hombres se dejaron crecer el cabello y la
barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el
modo de vestir y de amar, y se inicio la liberación del sexo y otras
drogas para soñar. Fueron los años fragorosos de la guerra de Vietnam y
la rebelión universitaria. Pero, sobre todo, fue el duro aprendizaje de
una relación distinta entre los padres e hijos, el principio de un nuevo
dialogo entre ellos que había parecido imposible durante siglos.