Por las estrechas calles de Zamarripa y Xicot�ncatl, en ciertas noches y al calor de la luna, a�n se ve pasar lujosa y espl�ndidamente vestida, una bella dama con un sombrero de ancha ala, adornado con plumas de avestruz, traje largo orlado con encaje franc�s y brocados en oro; una fina piel de zorro plateado envuelve su cuello, los brazos ce�idos con guantes de seda y sus menudos pies lucen zapatillas de raso. Es la misma dama que all� por los a�os de 1917 transitaba por los rumbos de la ciudad, lleg�ndose muchas veces all� por la plaza de armas, donde gustaba dar vueltas en torno al jard�n, en tanto que la m�sica desde el kiosco deleitaba a los paseantes.Claudia Zulley Mares, es el nombre de la dama de esta leyenda que muchos potosinos conocen y posiblemente m�s de uno recuerde a la singular protagonista. Ella paseaba siempre sola y dado lo diferente de su indumentaria, era el blanco de todas las miradas; algunos hac�an comentarios mof�ndose de ella y muchos la compadec�an, pues a las claras se ve�a que no era persona l�cida.
Claudia era conocida por todos como la Loca Zulley, porque hab�a perdido la raz�n; era extravagante, exc�ntrica, caprichosa; hab�a cambiado radicalmente puesto que durante su adolescencia fue una muchacha graciosa, exquisita, amable y gentil. A pesar del cambio en su car�cter, sus amistades la segu�an frecuentando. En ocasiones, Claudia se sum�a en una profunda tristeza y mutismo. En el dedo anular de la mano izquierda llevaba una piedra acerina, engarzada en oro blanco, obsequio del amor de su vida y �nico novio. Nacida en un hogar de posici�n econ�mica desahogada, era la segunda de tres hijos: el mayor fue un var�n que a temprana edad dej� esta vida; Bertha, la menor y �nica hermana de Claudia, era su amiga y confidente, la llamaba Betty, de cari�o. Siendo a�n peque�a perdi� a su padre, quien 25 a�os antes lleg� a San Luis, procedente de los Altos de Jalisco; en sus frecuentes viajes por la Huasteca potosina, conoci� a la que hab�a de ser su esposa, la hermosa Clotilde Mares Zumaya.
Cuando cumpli� Claudia diecis�is abriles, era una linda mujercita de luminosos ojos azules, blonda cabellera, la bondad se reflejaba en su rostro. Graciosa, despreocupada, amorosa y de una rara sensibilidad, le afectaban todos los acontecimientos, ya fueran alegres o tristes. Fue entonces cuando conoci� al que ser�a su amor. Rodolfo era un estudiante de buena presencia, todo un gal�n, aunque de pocos posibles pues viv�a en la misma escuela donde estudiaba; su edad frisaba entre los diecinueve y veinte a�os, no se le conoc�a familia, porque sin dudad era de otras latitudes. Claudia y Rodolfo seguramente se conocieron en alguna reuni�n familiar; su noviazgo se prolong� por muchos a�os, durante los cuales mucho se amaron, en verdad. Ella lo quiso con vehemencia y ciegamente, al grado de advertir en �l todas las virtudes de un noble caballero, los conocimientos de un sabio, las cualidades de un gran hombre; en fin, para ella era lo m�ximo.
Claudia disfrutaba de plena felicidad, esa felicidad que proporciona el estar enamorada y correspondida. Con frecuencia ella y su hermana se refugiaban en un rinc�n de la casa, lugar florido donde hab�a un banco de piedra semicircular; all� se sentaban horas enteras a platicar, saboreando alguna golosina. Una de esas veces Claudia le dijo a su hermana:
- Pronto voy a contraer matrimonio y sentir� mucho dejar nuestra casa y sobre todo separarme de ti, de mam�; pero como t� tambi�n tienes novio, aunque no me has ocultado las penas que te causa el comportamiento de Braulio, creo que ya casados vivir�n felices.
- No estoy lo que se dice, locamente enamorada de �l, pero creo que lo quiero lo suficiente para hacerlo mi esposo y vivir en armon�a.
Era una luminosa noche de octubre, la luna brillaba en su esplendor y Rodolfo, ante la reja de la alcoba de su amada le dec�a:
- Hace tiempo llevo conmigo �ste anillo que perteneci� a mi abuela y me regal� mi madre; ahora te lo entrego en prueba de mi amor.
Rodolfo puso en el dedo anular de la mano izquierda de Claudia el anillo y le sujet� la mano durante mucho tiempo; en tanto ella le dec�a:
- Siempre lo llevar� conmigo, toda, toda mi vida.
- �Me amar�s como me amas ahora, suceda lo que suceda?
- Te amar� eternamente como ahora, porque no creo que haya forma de amar m�s de lo que ahora te amo. Yo en cambio, nada te pregunto, porque si dudara de tu amor en el futuro, empezar�a a llorar en este instante.
Al tiempo que lo dec�a lo besaba en los ojos, en las mejillas y por fin en los labios.
Muchas citas como �sta hicieron las delicias de los enamorados; tambi�n sal�an con frecuencia a divertirse, iban al cine, al teatro, a diversos lugares.
Una noche, en uno de esos encuentros felices, Claudia le dice a Rodolfo:
- Tengo algo que informarte.
- �De qu� se trata?
- Pues un amigo de mam�, que es escultor, me pide que pose para �l porque tiene el encargo de hacer nada menos que la Virgen de la Soledad y dice que mi rostro le parece bien para su prop�sito.
- Pero, �por qu� la Virgen de la Soledad? Si t� tienes siempre compa��a, y, sobre todo, me tienes a m�.
- Es que no esculpir� mis sentimientos, sino s�lo mi rostro, pero claro, yo le dije que le resolver�a despu�s de consultarte. �Qu� te parece?
- Estoy de acuerdo, mi amor, no le costar� mucho trabajo, puesto que esculpir� el rostro de la Virgen copiando el de otra virgen. Rodolfo era considerado en la casa de su novia como un futuro miembro de la familia, era lo que en ese tiempo llamaban novio oficial.
Pasaron los d�as, los meses, los a�os, y por fin una ma�ana, coincidiendo con la fecha del nacimiento de Claudia, su casa luc�a con adornos y flores blancas; todo era ir y venir, entrar y salir, era el acontecimiento del siglo: �Claudia se casaba! La boda se celebrar�a a las 12:00 horas en el templo de San Miguelito, del Barrio del mismo nombre. A las 11 de la ma�ana, la casa era peque�a para contener tanta gente que se hab�a dado cita para asistir a la boda. Claudia estaba feliz. Bertha, su hermana menor, hab�a llegado con su esposo y su peque�o hijo, procedentes del puerto de Tampico, donde radicaban desde que se casaron.
Ya muy cerca de las doce Claudia se encamin� a cumplir su juramento de amor ante Dios. Rodolfo a�n no llegaba, cosa que molest� a la novia, aunque lo disimul� muy bien. Son� la �ltima campanada de la tercera llamada a la misa y el novio no aparec�a a�n. La inquietud se empez� a notar en toda la concurrencia.
Claudia no estaba intranquila, sino molesta, pues ten�a la certeza de que su amado llegar�a. Media hora m�s tarde todos mostraban apuro y pena; ella estaba terriblemente apurada, suponiendo que algo muy grave ocurr�a a su novio. Pas� algo m�s de una hora y entonces la situaci�n se torn� en dram�tica, Claudia exclam�:
- �Rodolfo ha muerto! S�lo as� pudo haber faltado.
La madre de la novia no lloraba a�n para no mortificar m�s a su hija. No hubo boda. A�n Claudia ten�a puesto su vestido blanco y fino velo de tul que dos pajes segu�an sosteniendo, cuando su madre quiso quitarle la corona de azahares; ella no lo permiti�, cosa que a muchos extra��, y m�s se extra�aron cuando con voz clara y alegre dijo:
- Vay�monos a casa a comer y a beber, porque tenemos muy buen vino.
Los familiares y amigos �ntimos la acompa�aron a casa, pero ella reclamaba la presencia de los dem�s, como si todo fuese normal; los hizo pasar a la mesa donde saborearon viandas y brindaron; la novia levant� su copa y dijo "�Por este d�a feliz!". La concurrencia brind� pregunt�ndose por qu� ser�a feliz.
Quiz� en Claudia nunca se eclips� la felicidad porque en el atrio del Templo de San Miguelito a la una y media de la tarde, hab�a perdido la raz�n. Casi al t�rmino de la "fiesta", al despedirse de una de sus amigas m�s �ntimas, se empe�� en acompa�arla hasta su casa, a�n ataviada con el traje nupcial y la corona de azahares; en cuanto llegaron, le dijo: - Me voy, porque Rodolfo me espera.
Su amiga no pudo contener las l�grimas, y llorando la llev� a su domicilio: calle de Zamarripa No. 21.
Trataron a Claudia muchos m�dicos que ella rechazaba por regla general, asegur�ndoles que no estaba enferma. Por fin dejaron de verla, ya que u mal consist�a en una santa locura de amor. La Loca Zulley nunca se mand� a hacer ropa nueva, pero vest�a muy elegantemente con las prendas que sus amigas le obsequiaban, lo mismo que otras damas le regalaban su guardarropa; pose�a muchos vestidos y adornos, pero no sab�a escoger las prendas adecuadas para cada caso, siempre usaba trajes lujosos aunque se tratara de quehaceres en su propia casa.
Desaparecida su madre qued� sola, jam�s quiso vivir con alg�n pariente, pero sus amigas no la abandonaron; as� mismo, una Instituci�n Cristiana, La Conferencia, la proteg�a y ayudaba. No dej� de asistir a pasos, fiestas, funciones de teatro, circo, etc., pero siempre sola.
Por muchos a�os La Loca Zulley pase� por las angostas calles de San Luis con su peculiar vestimenta, que la distingu�a, siempre andaba de gala vestida; sobre todo, siempre llevaba el sombrero de ala ancha. El anillo de piedra negra acerina, jam�s se lo quit�; as� paseaba fuese de d�a o de noche, por las calles de la ciudad.
La gente se asomaba a las puertas o a las ventanas y al verla pasar dec�a:
- Ah� va La Loca Zulley.
Desde el principio de su locura, a�n joven y bella, cuando se encontraba con alg�n hombre que le agradaba, lo deten�a, dici�ndole: "Rodolfo, ll�vame a tomar algo, un refresco o lo que sea". Y "Rodolfo" la llevaba. A cualquier hombre con quien ella hablaba, porque le gustaba, lo nombraba Rodolfo, con esa naturalidad con que se habla a una persona amada y conocida. En muchas ocasiones disfrut� la dicha de estar con "Rodolfo", que para ella, sin duda alguna, era su amado.
Los primeros Rodolfos se la disputaban como exclusiva y sol�an estar con ella por temporadas; mas ocurr�a que en un momento los desconoc�a como si jam�s los hubiera visto y no hab�a poder humano que la hiciera volver a ver a quien ya no deseaba. Hab�a "Rodolfos" muy gentiles que para no perderla pronto la llevaban fuera de la Capital Potosina, a alg�n municipio o tal vez a otra ciudad, mas Claudia siempre regresaba a su casa, con �l o sin �l.
Se dice de un caballero que lleg� a quererla en verdad; la protegi� y trat� de divertirla; no obstante, al convencerse de que �l s�lo estaba usurpando un nombre, despu�s de varios desprecios y desconocerlo en repetidas ocasiones, dicho caballero opt� por dejarla. Muchos romances parecidos disfrut� Claudia en su extravagante vida. Algunos hombres, que sab�an de su debilidad o su locura, la buscaban dici�ndole que eran Rodolfo; algunas veces les cre�a, sin embargo no a todos y en eso era terminante. Algunos "Rodolfos" la buscaron tan s�lo para robarle.
Todo pas� como un torbellino de pasiones, de penas, de alegr�as, de dolor, de burlas y de locura.
Cuando ya vieja entreg� su alma al Creador, como mortaja la vistieron con el lujo y elegancia que ella siempre acostumbr�. Fue sepultada en el pante�n denominado "El Tecu�n" que posteriormente demolieron para construir viviendas y el Centro Escolar Manuel Jos� Oth�n; cuando derribaron los monumentos funerarios, excavaron las tumbas, quedando al descubierto las osamentas. La gente buscaba entre los escombros objetos de valor; muchos encontraron joyas, piedras preciosas, oro y monedas. Don Jos� Lachica, un joyero relojero que ten�a su negocio en "La Merced", se encontr� una piedra negra acerina engarzada en oro blanco y como el anciano deb�a una presea a la Virgen de la Soledad, la llev� al Templo del mismo nombre, poni�ndola a los pies de la Virgen, quien ahora lo porta en el dedo anular de la mano izquierda.