Para cualquier potosino, en cualquier tiempo y lugar donde se encuentre, o�r el nombre de Juan del Jarro significa la bella y se�orial ciudad de San Luis, porque Juan del Jarro, m�s que personaje legendario, se antoja hist�rico, por las an�cdotas extraordinaria que sobre �l voy a referir.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Seg�n se dice, Juan del Jarro surgi� en los tiempos del rom�ntico y violento San Luis Potos�. Hurgando entre los vendedores de antig�edades y vegestorios consegu� una descripci�n v�vida de tan singular personaje.
Se le ve�a deambular por calles y plazas con actitud de mendigo, si bien su indumentaria no era lo que se dice andrajosa, aunque s� desali�ada. Usaba un sombrero de copa muy alta y ala corta, una camisa de lana gruesa con cuello que hoy ser�a tipo Mao, pesada chaqueta con botones y solapa angosta, pantal�n holgado sostenido por tosco cintur�n de cuero. El jarro, al que alude su nombre y por el que fue siempre identificado, no era precisamente un c�ntaro de barro, sino que se trataba de una especie de olla de l�mina recubierta con malla de palma tejida, semejante a un cesto con asa, que portaba en el brazo derecho y adem�s tra�a siempre terciada al hombro; en suma, era una especie de cantimplora grande, seguramente para que no le faltara agua en sus largas caminatas. Ten�a un agradable rostro apacible y su edad fisaba entre los 28 y los 35 a�os. Juan del Jarro, el limosnero de los pobres, el pordiosero, el mendigo, el que ped�a ropa, dinero y alimentos para llevar a los pobres, a pesar de su notable humildad y aspecto de limosnero, pose�a una personalidad vigorosa, proyectada en su mirada penetrante aunque dulce; de l�xico sencillo que destilaba filosof�a y, sin ser un religioso predicador, es evidente que era un iluminado, un visionario, un hombre de Dios; quiero decir con esto que una vibraci�n divina emanaba de �l, porque Juan del Jarro predec�a el futuro de los acontecimientos hasta con siglos de distancia. Tambi�n adivinaba sucesos de cumplimiento inmediato, que eran los que m�s impresi�n causaban porque se pod�an constatar en el momento. Narrar� los hechos que m�s recuerda el pueblo potosino.
El Padre Jer�nimo Buend�a, oficiaba en el Templo de Tlaxcala, quiz� el primero construido en esta ciudad por frailes franciscanos. En una de tantas veces en las que Juan iba por limosna o simplemente a charlar con el sacerdote, �ste, que no pasaba de los cuarenta a�os y que se encontraba rebosante de salud, habl� a Juan en los siguientes t�rminos:
- Oye Juan, he pensado que ser�a bueno que dejaras de andar en las desastrosas condiciones en que te encuentras; yo te dar� ropa y asilo para que no tengas necesidad de pedir limosna; en cambio tu me pondr�s en guardia de los acontecimientos que est�n por venir y que de alguna manera pudieran afectarme; esto me prevendr�a y yo tomar�a las precauciones necesarias. Por otra parte, aqu� no te faltar�a qu� hacer, tengo proyectado efectuar un viaje a mi ministerio, en �stos apreciar�a tu ayuda que, desde luego, ser�a remunerada. �Qu� dices?
- Padre Buend�a, en esta ciudad hay muchos pobres, creo que hay mil pobres por un rico y ellos esperan la limosna que les llevo y la ropita que las buenas gentes me dan; es por esta causa por la que no puedo aislarme en su parroquia, aunque le agradezco su caridad.
- Pero Juan, si t� eres mucho m�s pobre que aqu�llos a quienes llevas el socorro.
- S� Padre, mas como ellos no saben pedir, yo pido en su nombre y as� seguir� mientras el buen Dios me lo conceda. Pero borre usted de su mente el proyectado viaje y no piense en establecer negocios, porque dentro de tres d�as estar� usted d�ndole cuentas al Creador.
Se escuch� una sonora y alegre carcajada del padre Buend�a.
- Pero si estoy rebosante de salud, jam�s he tenido el menor achaque y adem�s no pienso morirme tan pronto; ahora s� fallaste en tus pron�sticos, mas no por eso te voy a negar la limosna acostumbrada; ve con dios y que El te bendiga.
Tres d�as despu�s los habitantes del poblado se conmovieron ante la fatal noticia de la muerte del Padre Buend�a. Juan del Jarro asisti� a la Misa de R�quiem del Siervo de Dios, quien podando los rosales del jard�n del curato, el inocente piquete de una d�bil espina le ocasion� un mal que la gente llama de arco: el virus del t�tanos iba con el esti�rcol del abono.
Mucha gente se burlaba de Juan el taumaturgo. En una ocasi�n en que se constru�a una de las pocas casas de dos pisos que por entonces se levantaban, y que hoy ocupa un conocido hotel en las calles de Iturbide, uno de los j�venes alba�iles que estaba trepado en un alto andamio, le grit� en son de burla:
- Oye Juan, dime cu�ndo me voy a morir, para hacer mi testamento, porque te quiero dejar la mitad de mi gran fortuna. A lo que Juan, el pordiosero, le contest� tambi�n a gritos, pero con un dejo de tristeza y compasi�n:
- Ya no tendr�s tiempo de hacer testamento alguno, porque estas agonizando.
No bien acababa de decir Juan del Jarro estas palabras, cuando dio un traspi� el alba�il y cay� de tan gran altura que, por supuesto, encontr� una muerte instant�nea.
Otra de las cualidades de nuestro h�roe, es que era todo bondad, al mismo tiempo que ingenuo, sin intenciones de malquitarse con nadie, como corresponde a un hombre con las virtudes y videncias con que la naturaleza lo dot�. Cuando le hac�an preguntas capciosas o con el �nico prop�sito de burlarse de �l, Juan contestaba seg�n los dictados de su poder intuitivo y adivinatorio. Ocurri� as� que una noche en que andaba por las encrucijadas callejuelas de la zona de tolerancia, en donde era muy solicitado por las mujeres de vida galante para que les dijera algo sobre su futuro, a cambio de lo cual le daban algunos centavos que, como de costumbre, llevaba para aliviar las m�s ingentes necesidades de sus pobres, como �l los llamaba, se encontr� de manos a boca con unos soldados entrados en copas, que pertenec�an a las fuerzas acantonadas en la ciudad y que estaban de guarnici�n, bajo las �rdenes del Gral. Vidaurri, prepar�ndose para ir a combatir a los "mochos" que se acercaban pretendiendo tomar la plaza; lo atajaron cogi�ndolo de la solapa del saco arrugado:
- �Eh, t�!... infeliz mendigo, ahora nos vas a decir cu�l ser� el resultado contra las fuerzas reaccionarias �les vamos a dar en todita la madre o nos va a llevar la tostada?
El andrajoso limosnero, tras serenarse un poco y acomodarse el saco estrujado, contest�:
- Se�ores de uniforme, de galones y charreteras, esta alegr�a que ahora gozan pronto se tornar� en tristeza, porque dentro de pocos d�as en un lugar a veinte leguas de aqu�, habr� un encuentro en donde ustedes ser�n diezmados, aniquilados, en una palabra mis buenos soldados, derrotados.
Jam�s les hubiera contestado en tal forma nuestro humilde y beat�fico pordiosero, pues los borrachos uniformados pusi�ronse furiosos y lo golpearon a m�s no poder, dej�ndolo tinto en sangre, tirado a media calle.
Poco tiempo despu�s, el 29 de septiembre de ese mismo a�o, 1846, d�a de San Miguel Arc�ngel, al enfrentarse las fuerzas de Vidaurri y Miram�n en un sitio llamado "Puerta de Carretas", las primeras fueron derrotadas, tal como el profeta Juan lo pronostic�.
Pasados algunos d�as, uno de los soldados que particip� en la tremenda golpiza que le propinaron al del Jarro, vestido de civil para no ser reconocido y ocultando una herida que ya empezaba a infectarse, se lleg� a Juan pidi�ndole perd�n y le cont� los pormenores de la derrota sufrida, a lo que el beat�fico taumaturgo contest�:
- Te perdon� desde hace tres d�as, porque s� que me andabas buscando; ya que est�s sanando de la herida del alma, d�jame curarte la herida del cuerpo que tambi�n te martiriza.
Juan cort� las hojas de una planta silvestre que all� cerca crec�a, las estruj� en la palma de su mano para molerlas y aplic� esa pasta sobre la herida; minutos despu�s el soldado se cur� como por arte de magia.
En cierta ocasi�n, una dama encopetada llamada Nin� Berlanga, pretendi� divertirse con las predicciones del hombre de nuestra historia. Al t�rmino de dos d�as ella contraer�a matrimonio con un apuesto gal�n, don David de la Pe�a; la aristocracia potosina estaba pendiente de tal boda, esperando concurrir para lucir sus galas, que por aquellos tiempos distaban mucho de ser minifaldas, pues hab�a trajes que se llevaban una pieza entera de los mas finos brocados importados de Europa, en seda y raso, con encajes de filigrana de oro. Hab�a quienes adornaban sus vestidos con diamantes aut�nticos y perlas de fino oriente; los vestidos de las damas linajudas, rozaban las alfombras de los salones, iluminados con candiles de cristal checoslovaco, cuyos prismas centelleaban con m�gico encantamiento. Pues bien, la futura novia que miraba la calle asomada por una ventana de su casa, vio a Juan que en ese momento pasaba por all� y le pregunt� graciosa pero con sorna, al tiempo que le tiraba una moneda de oro, que por aquellos tiempos era de uso com�n y corriente:
- Dime cu�ndo me caso, Juan.
- Ni�a m�a, mis pobres agradecen tu limosna, pero t� nunca te casar�s.
Profundamente disgustada, la dama cerr� con furia la ventana; cont� iracunda a sus familiares lo sucedido; ellos rieron del mendigo juzg�ndolo como un charlat�n.
En esa �poca las reyertas no ten�an semejanza con las de ahora, pues la mayor�a terminaba en duelo.
Para despedir de la solter�a a don David de la Pe�a, sus amigos organizaron una fiesta que acab� en farra. Estaban todos entrados en copas, y Tirso Grande, que era uno de los concurrentes, solt� palabras atrevidas sobre la persona de Nin� Berlanga, futura c�nyuge de David; por supuesto que �ste no pudo soportar tal ofensa y al momento ret� a duelo a Tirso Grande, reconocido por su certera punter�a. Tal duelo fue funesto para el novio, ya que David perdi� la vida.
Ese lance conmovi� a la ciudad, que enterada de lo ocurrido, al mismo tiempo que lamentaba los hechos, confirmaba una vez m�s que el mago de San Luis no se equivocaba en sus videncias.
No todo lo que dec�a Juan, era predicci�n de muerte y de tristeza; hab�a muchos acontecimientos saludables que advert�a a la gente pobre a los labriegos, a los campesinos, ya que les vaticinaba muchos acontecimientos meteorol�gicos y de otra �ndole que les beneficiaba.
Ya hemos dicho que mucha gente adinerada obsequiaba a Juan del Jarro con buenas prendas de vestir, pero �l siempre las regalaba a los dem�s, dejando para s� solamente lo indispensable. Cierta vez un se�or de nombre Gabriel Espinosa, le regal� a un humilde trabajador un traje que guard� en un ba�l y que nunca us�.
Juan del Jarro el bondadoso, fue a la penitenciar�a a visitar a los presos; un hombre p�lido en cuyo rostro se asomaba dolor, angustia y miseria, se acerc� a Juan dici�ndole:
- Notables son los beneficios con que colmas a tus protegidos; mucha gente no cree en tus profec�as, pero yo si creo, por eso quiero pedirte ayuda; puesto que todo lo adivinas, con seguridad t� sabes que estoy aqu� injustamente, porque mi poderoso patr�n me acus� de haber robado una valiosa joya con brillantes, esmeraldas y rub�es, que dicen vale una fortuna; ya tengo aqu� dos a�os y sabr� Dios cu�nto tiempo m�s, si es que puedo resistir este tormento de saber a mi familia abandonada y yo sin libertad para trabajar y poder probar mi inocencia. Ay�dame, buen hombre, habla con mi patr�n, porque a ti te guarda consideraciones; dile por favor que soy inocente. Juan medit� un momento, mir� fijamente el rostro del presidiario y le contest� con estas alentadoras palabras, que el preso recibi� con alegr�a inmensa:
- T� patr�n tampoco en m� confiar�, porque sabe que ayudo a los desvalidos; solamente creer� que eres inocente ante pruebas definitivas; pero de todas maneras Anselmo, antes de tres d�as estar�s libre.
El optimismo se reflej� en el rostro del pobre hombre que sab�a que de no probar su inocencia, se pudrir�a en la c�rcel. Al d�a siguiente Juan se dirigi� a la casa de Don Gabriel Espinosa y le dijo:
- Se�or, su criado Anselmo G�rate, est� padeciendo en la c�rcel por una injusticia; �l no rob� la valiosa joya que se perdi� en esta casa.
- �Te refieres al peto de diamante, rub�es y esmeraldas? Sospechaba que alg�n vendr�as con esa embajada; no me duele tanto la p�rdida de la joya, que ciertamente es valiosa, sino el haber perdido un buen sirviente, en quien yo confiaba; pero por desdicha nadie m�s que �l pudo efectuar ese robo; eso est� comprobado.
- Mire Don Gabriel, tal vez usted no recuerde, pero hace m�s de un a�o, usted regal� este traje a un sirviente suyo, traje que jam�s us�, guard�ndolo en un viejo ba�l, porque se sent�a inc�modo al vestir un lujo que a �l no le quedaba, pues seg�n sus propias palabras, la gente se hubiese re�do de �l. Ayer fui al cuartucho donde viven los familiares de Anselmo, me permitieron buscar donde yo sab�a y encontr� la joya perdida; mire usted, en el mismo lugar donde tanto tiempo estuvo guardada; meta su propia mano en los bolsillos.
Con gran sorpresa, verg�enza y alegr�a, el se�or Espinosa encontr� la joya en uno de los bolsillos interiores del saco, as� como un documento del cual se hab�a olvidado. No le cupo la menor duda de que �l mismo los hab�a puesto ah� tiempo atr�s, pues as� lo evidenciaba el polvo acumulado en todo el traje arrugado, en el que nadie antes hab�a metido la mano. De inmediato el preso sali� libre y nuevamente fue recibido y recompensado en la casa de su antiguo patr�n, quien le dio disculpas y de ah� en adelante lo trat� con mucha solicitud. Una leyenda m�s de Juan del Jarro, es la que a continuaci�n voy a relatar.
Cierto d�a del mes de enero, cuando en San Luis Potos� hace un fr�o intenso, Juan del Jarro se lleg� hasta la casa de un humilde trabajador, quien al verlo se alegr� y le dijo con j�bilo:
- �Qu� te traes por aqu�, Juan! Pasa a esta tu humilde casa pues como yo, t� tambi�n debes tener mucho fr�o, y no se siente tanto aqu� adentro; el fuego est� encendido y tengo algo de comer que bien puedo compartirlo contigo.
Juan acept� la invitaci�n de Anacleto Elizalde y comi� con �l y su familia compuesta por la esposa y sus dos hijos; durante la comida todos charlaron amigablemente. Cuando terminaron de comer, dijo Juan:
- Cleto, vengo a que me ayudes con alg�n dinero para que remedie en parte las necesidades de tanto pobre del barrio del Montecillo; aunque donde quiera hay pobres, parece que all� ha sentado sus reales la pobreza.
- Te vienes a burlar de m�, Juan, o est�s de muy buen humor y me quieres hacer re�r, aunque ninguna gracia tiene que me pidas ayuda econ�mica conociendo mi extrema pobreza; estoy tan miserable como tus pobres del Montecillo, aun cuando ahora fue buen d�a porque tuve comida qu� compartir contigo.
- Lo s�, - contest� nuestro h�roe -, pero dentro de muy pocos d�as ser�s m�s rico que tu patr�n, que hoy te tiene trabajando como barrendero, y conste que �l tiene la mejor tienda del barrio, adem�s de algunas casas que renta.
- �Y c�mo ser� que voy a tener tanto dinero?
- No s� la manera, pero t� ser�s muy rico; para entonces prom�teme que me ayudar�s.
- Si es como dices Juan, te prometo que te dar� la mitad de la gran fortuna que me anuncias.
- No prometas lo que no podr�s cumplir, pero s� te pido que me ayudes para mis pobres.
- Te lo prometo Juan, pero te aseguro que me vas a tener sin poder dormir muchos d�as, pues no veo por qu� tendr� ese dinero del que me hablas.
Anacleto Elizalde era hijo natural de un hombre muy rico, propietario de una gran hacienda en San Luis Potos�, quien antes de morir hab�a dejado un legado consistente en muchos miles de pesos en oro; dicho hacendado dio la orden de que se buscara a su hijo a quien jam�s hab�a vuelto a ver desde que la madre, en un tiempo sirvienta de la casa, hab�a desaparecido, con el fruto de su romance. Ya muerto el hacendado, su fiel administrador comision� a uno de sus confianzas para localizar al hijo de su patr�n, a quien una vez identificado cono Anacleto Elizalde, le fue entregada la cuantiosa herencia.
Anacleto cumpli� la promesa que hizo a Juan del jarro. Si el barrio del Montecillo se benefici� en mucho o en poco, no es el objeto de nuestro relato, sino el puntual cumplimiento de la palabra del profeta de San Luis.
Al buen Juan del Jarro lo asediaban las damas casaderas para hacerle preguntas acerca de su futuro; una vez una bella y distinguida muchacha de la aristocracia potosina, cuyo nombre callo para no inquietar a sus descendientes que a�n viven, pregunt� al vidente:
- Juan, quiero que me digas si voy a ser casada o me voy a quedar para vestir santos.
- No, bella se�ora; t� no te quedar�s para vestir santos, si con eso te refieres a quedarte soltera toda la vida; t� te casar�s, pero a�n casada, muchos santos vestir�s; mas ten por seguro que tu marido no ser� el padre del hijo que llevas en las entra�as. Como la pregunta hab�a sido hecha en presencia de numerosas amistades, ya se comprender� la molestia que caus� a toda la concurrencia lo dicho por Juan, a grado tal que por algunos a�os la dama linajuda abandon� la ciudad a la cual regres�, ciertamente casada y con un hijo que no era de su marido.
Pasando el tiempo, el hijo de la dama, ya viuda, se orden� Sacerdote y ella estuvo encargada del guardarropa de la Parroquia del pueblo al cual fue enviado el Sacerdote por el Obispo de la Di�cesis para el desempe�o de su ministerio. Ella, confeccionaba los vestidos de los santos.
Otra vez un grupo de j�venes prepar� una broma para re�rse del pordiosero, uno de ellos se hizo el muerto tir�ndose en el suelo, sobre una calle que Juan recorr�a invariablemente, ese d�a el pedig�e�o tard� m�s de lo acostumbrado por lo que los bromistas, inclu�do el "muertito", tuvieron que soportar el fuerte sol de la ma�ana por casi una hora, sin embargo, la espera se vio coronada por el �xito, pues hacia el mediod�a apareci� Juan del Jarro que caminaba lento, como siempre. Los mozalbetes empezaron a fingir que lloraban y daban gritos, dijeron al mendigo que su amigo hab�a muerto y le ped�an que lo resucitara. Juan se aproxim� al joven tirado en la banqueta, lo observ� con cuidado y despu�s se quit� el sombrero, se santigu� y dijo:
- Descanse en paz, nada se puede hacer.
Se fue en silencio y no bien hab�a dobledo la esquina, los muchachos irrumpieron en risas, dijeron al amigo que se levantara, y festejaban su broma. El actor no se levant�, una hemorragia interna, provocada tal vez por el intenso calor, cort� en efecto su vida.
En la ciudad de San Luis Potos�, como tambi�n en sus alrededores, especialmente en la zona norte, siempre ha sido notoria la escasez de precipitaciones pluviales, y la falta de presas para contener el poco l�quido que cae en �pocas de lluvia; la falta de agua ha sido una constante calamidad para la poblaci�n. Por estas circunstancias, a�n ahora no es posible el establecimiento de grandes factor�as.
En aquellos remotos tiempos, el preciado l�quido llegaba a la ciudad por el rumbo de la Merced, mediante un estrecho acueducto que iba de un bello paraje a unos ocho kil�metros llamado "La Ca�ada del Lobo", donde brota un manantial que forma poco m�s abajo una peque�a laguna azul donde los escolares suelen ir de excursi�n.
El acueducto, construido de tabique de barro, desciende con una suma facilidad, pues empieza su curso desde gran altura; contin�a sobre unos peque�os arcos que el pueblo ha dado en llamar "Los Arquitos" y sigue por la lomita hasta llegar a la ciudad, donde por fin el cristalino l�quido desemboca en la famosa "Caja del Agua", obra en cantera rosa de la �poca colonial construida por un famoso Arquitecto, joya digna de ser admirada.
En los tiempo de Juan del Jarro, San Luis Potos� se reduc�a como casi todas las provincias de la �poca, a muy poco territorio; los barrios se encontraban aislados del centro de la ciudad. Santiago y Tlaxcala fueron los primeros lugares habitados y, por tanto, los m�s populosos.
Despu�s de una sequ�a de varios a�os, el ganado hab�a diezmado y la gente apenas ten�a para beber. Entonces Juan del Jarro pronostic� que San Luis se acabar�a por una inundaci�n. Los incr�dulos se rieron.
Sucede que mucho tiempo despu�s, fue construida la "Presa de San Jos�", hermosa obro orgullo de la ingenier�a de la �poca, adornada en la parte superior por una balaustrada. De la compuerta que casi constantemente est� abierta y que desemboca un canal de distribuci�n, atravesando una serie de escalinatas, el agua brota a raudales y forma una cascada. Al frente de una de las compuertas est�n grabadas esta palabras: "Dominar las fuerzas naturales es el triunfo del esp�ritu humano".
Posteriormente, en una angostura que se encuentra siguiendo el curso del r�o de Santiago, se construy� una represa que, aun cuando no qued� terminada, s� fue suficiente para contener muchos miles de metros c�bicos de agua.
En una temporada de lluvias septembrinas, la represa no pudo contener la avalancha de agua y ocurri� el tr�gico suceso: al sonar las doce campanadas de la noche del 15 de septiembre del a�o de 1933, en los momentos en que el gobernador daba el tradicional Grito de Independencia, la inundaci�n sorprendi� a los habitantes del barrio de Santiago, pues la mayor�a estaban dormidos. La represa revent� arrastrando el poblado, fueron cientos los muertos entre mujeres, hombres y ni�os. Luto y desolaci�n embarg� a Santiago y a toda la ciudad.
Juan predijo "San Luis acabar� por una inundaci�n alg�n d�a". �Ser�a en esa ocasi�n cuando se cumpli� la profec�a!
La pintoresca figura del c�lebre Juan del Jarro, personaje de los tiempos de la Colonia, es parte de la historia potosina. Son famosos los vaticinios que profetiz� durante su vida beat�fica y piadosa. Juan, el superdotado de virtudes que s�lo le son dadas a los predestinados.
Sin embargo, lleg� el d�a en que Juan muri�. Fue una tarde en que su cuerpo f�sico dej� de existir; dicen que se vio en el cielo una claridad que desped�a reflejos brillantes, cuando se eclipsaba una vida que dejaba atr�s una estela de luz, de amor, de bondad; luz que jam�s se extinguir� porque la gente recordar� siempre a Juan del Jarro, tanto que cuando lo fueron a sepultar, el pueblo humilde condujo el cad�ver a su �ltima morada terrestre; era una multitud tal, que parec�a romer�a; todos rezaban en voz alta y entonaban cantos religiosos. M�s el descanso mortuorio de Juan fue breve, porque su cuerpo peregrin� por diversos panteones, pues cuando demolieron el peque�o pante�n del Montecillo, donde primero fue sepultado, algunas damas piadosas trasladaron su cuerpo al pante�n del Saucito de cual, por causas desconocidas fue robado, dejando �nicamente su calavera, misma que una rica familia potosina deposit� en una cripta, a la vista de todo aqu�l que por ah� pasara. Hubo testimonios de que desped�a luminosidad, que algunos atribuyeron a la fosforescencia natural del hueso humano; sin embargo, tiempo despu�s fue secuestrada la calavera y el sitio del piso de la cripta donde repos�, a�n sigue vertiendo luz, puesto que se observa por las noches una luminosa mancha blanquecina.
En la cripta de la familia Tessier, en el Pante�n del Saucito se encuentra una placa de m�rmol que a la letra dice:
"Al Gran Bienhechor de los pobres Juan de Dios Azios, "JUAN DEL JARRO". Naci� en Matehuala, S.L.P. falleci� en esta Ciudad el 8 de Noviembre de 1855 a los 53 a�os. D.E.P. San Luis Potos�, S.L.P."
Alguna familia piadosa, ocult� los restos de Juan del Jarro, ap�stol del m�s bello ideal como es el de servir y amar al pr�jimo. En San Luis Potos� no falta quien todav�a lo invoque, solicitando su ayuda para remediar tribulaciones, llevando al sitio donde estuvieron sus restos, flores y l�mparas de aceite.