callejon del muerto

el callejon del muerto


Como aquel taimado viejo carlaguiento no habia otro en toda la ciudad. Los olia, por mas lejos que estuvieran. Y no se perdia uno. Nada remilgoso, habia puesto de lado las preferencias. De arriba, de enmedio o de abajo, le importaba poco. Eran, eso le bastaba, y como saeta se clavaba en ellos. Ya dentro, conseguia facil acomodo haciendose util, necesario, indispensable.

Asi vivia, O mejor, de eso vivia. Habiendo siempre a mano una casa ajena, hospitalaria y comoda, no tenia necesidad de una, sino de muebles, de sustento, menos, como que alli se hartaba y aun hacia acopio para cualquier famelica eventualidad; y de vestido, mucho menos, porque de cuando en cuando o apa�aba algo, si nada le ofrecian, o hacia meritos para que lo premiaran, muy agradecidos, de caulquier ropa en desuso.

Era feliz. Sin sudar ni gota, lo tenia todo: casa, vestido, sustento y bebida. Porque ya se sabe: no hay muerto sin velorio ni velorio sin bebida. Y si las penas con pan son buenas, las amargas penas funebre se almibaran y angullen facilmente con vino y lo que despues de el se viene. Las aguas licorosas tienen esa virtud, lo que es grato, lo agigantan, y lo que no lo es, lo vuelven nada.

El viejo aquel, como muy consumado en esos luctuosos menesteres, tenia sus sabias ma�as. No se metia asi nomas al velorio. Se arrimaba primero, a las puertas a amaitinar el panorama, a mirar quien entraba y quien salia; sin prontos, con tantito que escuchaba aqui y otro tantito que indagaba alla, fabricaba aquel conjunto de conocimientos requeridos para entrar, como quien entra a su casa y se codea entre sus amigos. Si el fenecido era de la alta, ya con todos los santos y se�as desplegadas en la memoria, se allegaba a los principales adeudos con una timidez que parecia de veras, con un aire de profunda pena que se veia muy cierto, y entre pujos y suspiros entregaba sus respetuosas condolencias, recordando que el finado lo habia querido tanto, lo habia protegido mucho, lo habia amparado y consolado en sus desventuras. Luego escogia, con muy estudiada discrecion, un lugar donde no estorbar, y donde, simultaneamente, fueran advertidos sus reprimidos y fingidos llantos. Despues, se iba arrimando a la cocina, al cafe con piquete y a las bebidas; enseguida ya en confianza iba y venia por toda la casa con diligente solicitud haciendo mandados. A su tiempo, se iba, bien comido, bien bebido y bien socorrido.

Si el difunto era de la baja, el negocio se volvia mas f�cil. Previas las averiguaciones de rigor, se hacia pasar como compadre o como viejo amigo de la infancia o del infortunio. Ahi se desenvilvia con seguro aplomo, sugeria las rondas de cafe, las cantidades de chinguere por servir, advertia lo que hacia falta. Si los dolientes estaban muy atareados por la pena y no atinaban una, el se ofrecia, o se encaramaba a tomar las riendas de la casa y a componerlo todo.

Esto le daba mas derechos a la cena o al almuerzo o a la comida o a pasar en la casa invitada los dias siguientes, consolando a los tristes, y viviendo a sus expensas.

Con tantos a�os en estas cosas, conocia todas las reglas exequiales. Era una encicopledia funeraria b�peda. Tenia su clientela, que en veces lo procuraba. Los hermanos de las benditas �nimas, muy solicitos y cumplidores en la devocion de ayudar a bien morir, de amortajar y de enterrar a los que carecian de parientes y familia, de darles la caja, la misa y los responsos, eran sus clientes mas asiduos. Por ese quehacer, no cobraba nada. se conformaba con un jarro de cafe con mucho esp�ritu, a fin de soportar el solo la desvelada con el muerto y con la cena y el almuerzo.

Unos calvatruenos, conociendo la ma�a del viejo este, de zanganear de velorio en velorio, comiendo y bebiendo urdieron darle un escarmiento para que le sirviera de ejemplaridad. Uno de ellos se haria pasar por un despreocupado forastero, conocido y amigo de los demas que, a su paso por aqui, tuvo la nada apetecible suerte de rendir la vida lejos de los suyos.

Sin nadie en esta ciudad que le diera enterramiento, ellos muy compasivamente, se lo darian. Y el velorio, que seria en una apartada callejuela, extramuros, colindante con el panteon del Montecillo.

Tan sola y tan dejada se encontraba esa callejuela, que no habia nada por ahi, unicamente una troje vieja que nunca habito nadie y las espeluznantes bardas, cacarizas y ensalitradas del cementerio. En esa troje se tenderia el finjido muerto, y en lo mejor de la noche se levantaria, prorrumpiendo en ademanes y palabras feas, para asustar al viejo y con una ferocidad y brio suficientes, como para hacer que se le apeara el alma.

Todo bien concertado, aquellos hombres sin juicio, fueron a ver al viejo. Le explicaron la falsa desgracia y le rogaron muy ahincadamente que les hiciera a ellos y a lfinjido muerto la caridad de velarlo. Unicamente serian unas horas, de la media noche al clarear el dia; y para evitarle mortificaciones, lo llevarian en carretela al lugar del velorio.

Prosiguieron el escarmiento, antes de la media noche recojieron al viejo en la plazuela de San Juan de Dios y lo llevaron a la deshabitada troje, donde le presentaron al falso muerto que ahi estaba, a media pieza con 4 velas de rigor por toda luz; le encarecieron el cuidado del amigo, lo proveyeron de la bebida necesaria para superar la soledad, lo dejaron con el pseudofinado y se alejaron, para esconderse en la noche a espera de los frutos de la perversa leccion.

Rodo el tiempo y nada. Ni gritos de espanto, ni carreras despavoridas. Ni ruidos siquiera. "Se durmio aquel", pensaron. Y siguieron en espera, hasta que ellos tambien calleron en el sue�o. Paso la noche, y fueron las primeras claridades las que los sacaron a la memoria. Despertaron pezarosos por no haber gozado el espectaculo, y decidieron regresar a la troje, donde de seguro, estaria el viejo z�ngano con el alma en los pies.

Encontraron todo tal cual, a la luz modorra de las candelas, y el viejo acurrucado en un rincon adormilado, en el centro de la caja, media abierta, con el yacente mas tranquilo, mas descolorido y mas frio de como lo dejaron.

Un temor vago, informe, les pellizco el alma, retacandolos de sobresalto. Se les fue el gozo. Olvidaron la picardia. Con impulsos de tullido acercaronse al feretro. Desperto el viejo.

- Buenos dias les de Dios �Ya volvieron?, bostezo.

- �Nuestro amigo?, susurro uno.

- Ahi esta....como que se estan acabando las velas.

Las mechas carbonizadas de una en una resbalaban flojerosas en los charcos de cera. Mientras renacia el silencio y se hinchaba la oscuridad.

De veras lo querian - Penso el viejo - . Se veian muy tristes.

Lugubres certidumbres, que no presentimientos, aplastaban a los sobresaltados. Desfallecian por saber lo sucedido y tenian miedo de saberlo.

�Nuestro amigo? - repitieron al rato- �Que paso con nuestro amigo?

- Lo que pasa con algunos. Ha de haber muerto de empacho o ya tenia mucho de difunto, y los gases los levantan. A veces me sucede, pero ya se lo que se hace, con un candelazo en la nuca se vuelven a tender... y si escupen sangre, es mejor.

Desde entonces esa abandonada callejuela, en la que nunca nadie habia fallecido por que nunca nadie habia vivido en ella, la llamaron "Callejon del Muerto"

Corria al lado norte del antiguo cementerio de la ciudad, empezando en una esquina y concluyendo en la otra. todabia en el plano de San Luis que el Sgto. del ejercito frances J.B. Laurent levanto en 1864, y que Don Florencio Cabrera alegaba que era vil plagio del suyo, se ve, aislada, solitaria, lejana, ladicha troje.

El ferrocarril acabo con ella, con el cementerio y con el callejon.

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