callejon de las manitas

el callejon de las manitas


Por una occision nefanda se le impuso tan tierno y cari�oso nombre. No fueron, no, manos caritativas, angelicales, o de inocentes ni�os, como pudiera colegirse por el diminutivo. Ni de uno solo. Fueron 2 pares de manos, toscas, sanguinosas, adementadas, rencorosas, las que ahi, en esa preterida y derrubiada casucha del solitario y polvoroso callejon anonimo, en los suburbiales del viejo San Luis, en los confines del desaparecido barrio de la alfalfa, apu�alada fiera y frenetica, arrambalaron la vida a un buen, a un pio, a un inocuo sacerdote.... � Y todo por unas cuantas correctivas moniciones y por un triste tahali que contenia 100 miserables pesos ! .... el presbitero Don Antonio Gomez Gonzalez, cl�rigo de la diosecis de Monterrey, vino a San Luis, alla por los conmedios del siglo de ayer, en busca de aires mejores y subsanar viejos achaques. Afable, sencillo, de esmirriada arquitectura, todo dado a los latines, trasveno mucha sabiduria con enorme paciencia, adoctrinando a los mozalbillos e indoctos que incurrian en su clase en el Colegio Guadalupano Josefino, con las miras puestas en la clerec�a, o en la jurisprudencia, o en cualquier otro arte liberal. Ese era su cotidiano atareo, amen de otros desempe�os minutos en su vocacion levitica.

El buen presb�tero Don Antonio G�mez Gonzalez, como catedratico de latinidad en el nombrado Colegio, tenia su aposentamiento en el mismo. Habitaba una de las sombrosas celdas de la planta alta de lo que ahora es Universidad y antes fu� colegio de los Jesuitas. Salia poco, preferia emplear el tiempo de fuera de clases, o repasando con gran embaimiento los viejos infolios latinos o deambulando, libro en mano, por los robustos corredores de la planta baja, o leyendo su libro de horas en la contigua iglesia de La Compa�ia. Era un hombre bueno, de esos que no saben lo que es hiel, y que no han perdido la sal del bautismo.

Vivia con humilde pasar, sin malrotar jamas su modesto salario de profesor ni lo que le acercaba la estola. Tampoco era un taca�o. Socorria cuando venia el caso - y venia frecuentemente - a los colegiados pobres, dandoles generosamente para su sustentamiento y sus libros, y a alguno que otro menesteroso que a el se encomendaba. No obstante, estos favores y regalos, con el correr de los a�os alcanzo a acopiar algunas pecurnias, no muchas, que un buen dia puso en prestamo sin logro en las manos de un mercader, agobiado por el desmedro de sus negocios, de la Villa de San Nicolas de Tierra Nueva, so promesa de que restituiria religiosamente al pasar un a�o.

Paso el a�o. Se vinieron, entonces, las llamadas vacaciones chicas, no hubo clase, y el Presbitero, aprovecho el huelgo para ir a recoger su parvulo capital, y , de paso, conocer mundo y visitar algunas poblaciones del sur y reanudar sus amistades. Al final del mes de noviembre de 1850, en compa�ia de 2 muchachos, Manuel Salas y Cruz Casta�eda, por nombres, y en calidad de sirvientes, enrumbo sus pasos a San Miguel el Grande. A lo largo de varias jornadas, paso por el Valle de San Francisco, Jaral, San Felipe Torres Mochas, La Quemada, Trancas, Dolores, y asi vino vino a parar a San Miguel Allende, en donde corridos 2 o 3 dias, regreso por otra via para detenerse en Tierra Nueva algo mas de 2 semanas. Cuando hubo reparado satisfactoriamente los cansancios del largo peregrinar y robusteciendo con la pl�cida estadia en ese lugar, determino su regreso con tiempo de reiterar su catedra oportunamente, pero ya con los recuperados frutos de sus ahorros en las faltriqueras. Al cabo de 2 dias, el 13 de enero de1851, por mas se�as, antes de que la noche desplegara sus haldas sobre la ciudad, llego a ella. No se dirigio a su habitual domicilio, sino que encamino directamente - y nunca llego a saberse por que - a esa casuchilla derrubiada en ese callejon anonimo terroso y triste del Barrio de La Alfalfa, que habia tomado en arriendo unos meses antes. Fue la ultima vez que se le vio con vida.

Sus acompa�antes, los fulanos Casta�eda y Salas, mientras el sacerdote se tendia a descansar, se dieron a la tarea de desensillar los caballos y de proveerlos de pastura, enseguida salieron al viejo mercado de La Alhondiga a degustar su cena. Serian las 9 de la noche, cuando, despalancados los ojos por el terror, llegaron, pegando gritos dolorosisimos y muchos ayes, valgames, y malhayas al contiguo Hospital Militar, con el terrifico aviso de que su amo habia sido asesinado, un golpe de soldados, otro de serenos, enfermeros y algunos curiosos, que aprehendieron la nueva, corrieron a la casa pareda�a, teatro en sacrilego acaecimiento. A la zaga de los �ltimos, que nada tenian que hacer ahi, llegaron las autoridades. En medio de la sala, a ras del suelo, trancido fieramente por el acero que le metieron y sacaron varias veces, con un fuerte golpe en la mejilla derecha, virtiendo sangre aun, estaba el cuerpo yerto, vacio de vida del buen sacerdote, sin admitir ya restituirlo a la existencia.

Con una celeridad de acuerdo con tama�a causa el alcalde segundo dio principio a las diligencias. Mando encerrar a los mozos, traslado el cuerpo, y finalmente se dio con sus mejores ayudantes a pescudar pruebas, con semejante suceso, jamas visto en el viejo San Luis, estemeciose toda entera la ciudad, quebrandose de repente su consueto sociego. A grito unisono y urgido se pedia justicia, antes de las 2 semanas, substancio felizmente la causa: a resultas de lo averiguado, condeno a Manuel Salas y a Cruz Casta�eda al �ltimo supicio, como autores que fueron, lo cual quedo satisfactoriamente comprobado, de la sacr�lega muerte del buen cl�rigo.

De alli a poco, en el mismo mes de enero, se turno la causa del Supremo Tribunal de Justicia, el cual, habiendo leido y releido con extrema escrupulosidad el expediente advirtio ciertos yerros de alguna monta, de modo que no podia confirmar la terrible sentencia. Se les lleno el pecho de temores a los estrictos magistrados y muchos escr�pulos les rebu�an la conciencia. Acordo el tribunal por consiguiente, amplificar las actuaciones a fin de que el ejercicio de la justicia ni dejara libres a los malhechores, ni incriminara a los inocentes, antes bien, aplicara condigna pena a los desalmados delincuentes. En menos de 5 dias, el supremo tribunal esclarecio, sin dejar campo a ningun dubio, los espeluznantes hechos.

Al renovarse las diligencias, la excelentisima sala, aguzo su inquisicion en las declaraciones de Cruz Casta�eda: Se le pusieron frente a sus asombrados ojos las manchas de sangre que muy comprometedoramente aparecian en sus calzones, y en las puntas del raido jorongo. Aun que este, en un principio, muy porfiado, dijo que no y que no, que era inocente, y terqueaba en su denegacion, y ponia por testigos ciertos y fidedignos a todos los santos y beatos del cielo pero sin dar explicacion de las manchas de suso; acabo por desencordar la verdad. Y asi dijo que su primo Manuel Salas, habia sido el matador del buen presbitero, y mas dijo, que lo habian robado, y tanto los dineros como el belduque, los habian enterrado en el linde del camino del cerro de San Pedro. Con tan clara y voluntaria explicacion, de inmediato la policia llevandolo bien guarnecido lo condujeron al lugar de la ocultacion. Ahi reconocio el lugar y descubrio el pu�al, todavia cubierto de sangre y el costalito con el hurto que era de 98 pesos, solo faltaban 2 pesos para completar los 100 que se enumeraban en la causa, y fueron los que entre ambos gastaron despues del crimen en las almuercerias de la alhondiga. Esa misma tarde los se�ores jueces menos se daban a partido. Aceleraron las diligencias, esta ves con Manuel Salas, le mostraron el acero y el costal para desalmenarle la terquedad. Cosas tan comprometedoras le trabucaron el juicio y con muchos reniegos dijo conocer el arma pero no el costal y que aquel lo habia mandado a hacer en Tierra Nueva con tan mala suerte que lo perdio en Santa Maria, nego haber tomado participio alguno en la nefanda occision pero la ma�ana del 30 de enero, evacuo todo lo que sabia, dijo que �l y su falaz compa�ero y nadie mas habian perpetrado el crimen. Confirmo su dicho en el careo que se siguio luego frente a frente ambos declararon que desde la Villa de Tierra Nueva, mal aconsejados por los resentimientos del bachiller Gomez Gonzalez porque les iba a la mano por sus desviados procederes, hicieron pacto y contrato de acortarle la vida robarle el dinero, y que pusieron por obra lo que les atronaba en la mente a poco de la llegada a las 7:15 pm, cuando el el polvoso y alejado callejon no habia mas que soledad, silencio y frio. A la hora concertada, cuando el desprevenido sacerdote, oreaba su cansancio, Salas empu�o el tan traido y llevado pu�al y Casta�eda a mas no haber cogio la tranca, aquel hundio el acero, este lo tundio en la cara. El padre reacciono al asalto y a tientas y a palpas se le hecho encima al fulano Salas, por lo que el tal le propino por delante otros fieros golpes por lo que se le fue la vida, aqui sucedio una contradiccion y fue lo unico en lo que se manifestaron discordes. Mientras Casta�eda profiaba en que �l fuera de la contusion con la tranca, no ejecuto mas, que despues de ella corrio a guarecer la puerta y que fue Salas el que le asesto las pu�aladas al padre, cuando ya estaba este en el suelo; el otro contradecia el dicho afirmando que fue Casta�eda y no �l el de los postreros y superfluos herimientos, luego declararon que tuvieron por cierto que el sacerdote habia fallecido, se encaminaron a ocultar el pu�al y los dineros, en seguida enrrumbaron sus pasos a las fondas de la alhondiga donde lavaron los sustos con sendos jarros de atole, finalmente fueron muy solicitos a procurar la cena que el sacerdote habia dispuesto y con todo el artificio posible corrieron a poner el accidente en oidos de quien les parecio oportuno, los regentes del hospital militar.

Con lo depuesto de los malhechores convictos y confesos siguio adelante la causa, la excelentisima Sala para acallar el vocerio y considerante la gravedad descomunal del delito, concurriento actos tan feos y vituterables como lo fueron el robo a mano armada, el abuso de confianza, el homicidio, sacrilegio y falsedad en declaraciones confirmo la sentencia de la primera instancia, en lo que ata�e a Manuel Salas, o sea, disponiendo que el cadaver quedara a la expectacion publica y que luego, separara el cuerpo la mano malechora, se enclavara en la testera de la casa con esta terrorifica leyenda "Por Homicida, Alevoso y Sacrilego ", en cuanto a Cruz Casta�eda, la Sala unicamente le hecho encima la pena de 10 a�os de reclusion y por vida de castigo y escarmiento, presenciar la ejecuacion de su socio Salas, el defensor del los reos apelo al indulto, pero no se concedio, pero en la revista, donde todos traian muy atareado el entendimiento, de tal manera que lo que el infeliz Casta�eda, tenia ganado lo perdio, tambien el quedo incurso en la ultima pena y con el indulto denegado, la plevania se encontraba tan furente, el gobernador tan decidido a la ejecucion y los magistrados tan persuadidos de la maldad del hecho, que el gobierno decidio que los asesinos pagaran su delito puntualmente, no en el paredon, sino ahorcados por la pena del garrote.

Las autoridades eclesisticas por su nefando homicidio sacrilego, otorgaron la excomunion a Salas y Casta�eda, como los tramites no fueron ocultados, la novedad se darramo por aqui y por alla, el 28 de febrero, un bullente gentio se dio cita en la Plaza de Armas, frente al atrio de la catedral, frente a la puerta mayor, para presenciar la ejecucion.

Pasadas las 8 llegaron los presos, atravesaron orillados por la guardia, diciedo devotas palabras a su murmujo, como sin darse cuenta de lo que acontecia, el juez leyo las cartas curiales, y todos bajaron y se encaminaron al interior de la iglesia, entrando tanta gente cuanta cupo, dictada la sentencia y otorgada la absolucion sobrenatural, se levanto un cadalso de dos metros de alto, suficiente mente alto en el lado poniente de la plaza de la lagunita donde se hacian las ejecuciones, ahi iban a pender los cadaveres a lo largo de tres horas en espantosa exhibicion, despues de tres hors el verdugo debia cortar a la vista de todos, la mano derecha del par de ajusticiados, por ultimo el verdugo, debia llevar las manos matadoras a la casa, clavarlas en la pared, testera, y dejarlas ahi hasta que se volvieran nada, con su respectivo letrero.

En la misma cuadra donde se llergue el Templo del Se�or San Jose, por la calle de Negrete, al sur de aquel, estuvo el viejo hospital militar, a la vuelta de localizaba la casa del crimen, entre la susodicha calle de Negrete y la otra al oriente, corria el malfamado callejon llamado de "Las Manitas", las cuales todavia aparecen de ves en cuando para escarmiento de posibles malechores.

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