la calle de los espantos

La calle de los espantos


Para la anhelante de Do�a Maria de Ayala, tomar edo. y meterse por la fragosa via de la amargura, fue todo uno. El casorio, para ella, fue todo alreves de lo que esperaba, y espero mucho. Durante a�os fue amontonando con inacabable paciencia y terca laboriosidad, ilusiones y mas ilusiones; primero, como adolescente enso�adora, enseguida, como vehemente moza casadera y, por fin, como hembra madura finitima a la desesperanza. Tardaron mucho en cuajar las ilusiones, tanto que, cuando ya veia como segura, llena de pabido asombro e ineludible asombro, el quedarse a vestir santos, aparecio, asomandose a la claraboya de su expectante corazon, el recio y curtido milite Don Abel Correa, capitan segundo de milicias.

Cargada de mil ansias, y por si era el ultimo, no se detuvo a considerar la de Ayala las bondades o maldades del futuro consorte. A la embestida inicial, respondio con una provocativa y feble resistencia, para rendirse luego, con armas y bagajes. Las ardorosas palabras de su amador los fornidos juramentos, las copiosas muestras de ternura, si endoblaron sus brios para llegar a donde ansiaba llegar, el altar, del que bajo convertida en mujer legitima de su hombre, ahi mismo. Y fue cuando el amor cogio por una vereda insospechada.

El coraz�n aquel, todo arrobos y ternuras antes, resulto aposentamiento de un alma pavorosa y rebufante, a la que carcomian los celos. La que esperaba ser reyna de una mansion llena de atuendos, paro en reclusa. Ni a la ventana permitia el milite que se asomara la mujer. Y, ademas de reclusa, en esclava. El t�lamo, solo lo ocupaba en ratos, por que su colchon ordinario era el vivo suelo. Por cualquier nonadilla, la tundia a puntapies; de caricias, unicamente probo la doliente Do�a Maria, continuos atronadores y feroces mamporros.

El alacranado milite aislo a la mujer de todo y de todos. Ni a la iglesia, siquiera en cuaresma la dejaba ir; menos al mercado. Bastimientos, ropa, enseres, todo le acarreaba el esposo y carcelero. Y, para quitarle de cuajo la ocurrencia de una evasion, con descomunal candado el Correa estuchaba la puesta de su hogar. Con tama�o calvario, a la de Ayala se le seco el vientre, y no dio hijos. Hasta de ese legitimo y natural consuelo se vio desposeida.

Pero, como las cosas de esta vida no tienen permanencia y como es bien sabido que no hay mal que cien a�os dure ni enfermo que los aguante, todo se trastoco en la sufrida mujer. El amor de una principio, se le huyo del corazon y se avecindo en el, entonces, un extra�o y sutil odio llevado con mucha manderecha; dio de traves a los lamentos y deseco sus ojos; de ahi para adelante, ni una lagrima, ni una queja, una actuosa sumision y mansedumbre.

En su corazon ayermado, empezo a urdir la venganza. Aprovechando que el marido, muy de ma�ana, con los luceros se iba al cuartel -que entonces era el de la estacada - se dio a vagar por las azoteas, en busca de una casa vacia por donde ganar las calles. Fue cosa de dias y dias. Aun que siempre lo mismo, todas con gente, no callo en desanimo, el que persevera alcanza, asienta - y asienta muy bien - un dicho.

Habiendo dado con lo que precisaba, lo demas fue cosa f�cil. Muy cerca de su casa habitacion, en la hombrosa calle de la Colmeca o del Testerazo, como tambien la nominaron - hoy 2 de abril - vivia una mujer maleficiosa, llena de habilidades indecibles, que ejercia el arte cisorio, una de esas que se dedica a la nigromancia, a la sorteria y a las cerradas artes divinatorias, y que predecia futuros, cortaba males, desleia a ojos, y enderezaba entuertos con sus astrologias, sus geomancias y sus c�balas. Se hizo diligente discipula de esta y se inicio en el tenebroso arte de la brujeria. En menos de nada, compelida por las dinamicas ansias bindicativas, aprendio a manejar polvos nefiticos, pociones, toda clase de mezclas, pestilentes brebajes, elixires conformativos, mu�ecos de trapo, sortilegios, ensalmos, afrodisiacos, narcoticos y simpaticos, triacas, amuletos, talismanes, conjuros, emplastos, menjurges, y todos los menesteres y ritos �tiles necesarios para el cabal ejercicio de la diabolica magia negra.

Adoctrinada por su preceptora, Do�a Maria alcanzo a llegar hasta lo mas intrinseco de la brujeria. Aprendio, lo primero, y de cuerito a cuerito, el libro infernal de Jonas Sufurino, que es como la cartina de la geomancia; el libro de San Cipriano, o el tesoro del hechicero, un voluminoso manual, indispensable en la libreria de cualquier brujo que se respete; los admirables secretos de Alberto el Grande, y otros libracos de este jaez.

Aprendio tambien, la rigurosa jerarquia y trato con los espiritus infernales que todo nigromante debe tener a su disposicion mediante el pacto: Lucifer, emperador; Belceb�, principe; Astorotch, Gran Duque; y los espiritus superiores subordinados a estos y todas las funciones de c/u de los entes del averno, y todas las ma�as de estos seres de la nigromancia.

Con esta larga cauda de conocimientos niogromanticos, Do�a Maria, enderezo todas sus terribles baterias en contra de su mal humorado conyuge para deslavarle los impetus y satisfacer su ansia ardiente maciza y tras a�eja de vindicta. Ni que decir que volco en el, ya en efigie, ya en persona, todas sus habilidades. Los indomitos brios, y el fosforico temperamento, lo insufrible, se fue enmolleciendo poco a poco hasta quedar nada. Dejo de ser el de antes. Ya no volvio a masticar oscuras palabras a somormujo o a grito abierto. Olvido el candado, francas dejo todas las puertas, no volvio a ponerle las manos encima a su mujer, ni a gritarle cosas, paro todo en miel, conmedimientos sin fin y amabilidades exquisitas.

Y Do�a Maria volvio al sol. de triguito de dolores que parecia recobro las chapas y embarnecio muy saludadora y parlera, se dio a conocer a las vecinas, y con sus buenos modos les robo la voluntad. Muy bien quista por sus amables procederes, entraba y salia de todas las casas del vecindario, no dejando detras de si mas que muy honrosos comentarios. Atesoraba simpatias. Era como el gorron sobre el cua lgiraba la vida entera de la pava comunidad del callejon de Zarzosa, apellidado asi desde muy antiguo.

El marido mientras tanto por las satanicas hechicerias de su mujer, proseguia adentrandose en una indefinida insanidad, cual si se le stuviera zafando la razon. Ya no tenia nada de aquella preterita impetuosidad y dureza. Todo mansedumbre,no hacia mas que escagularse en el patio de la casa a chupar sol.

De pronto, el callejon de Zarzosa, tan lleno de quietud, tan vacio de estrepitos, tan colmado de amisisimos afectos, se inundo de sobresaltos y temores. En las noches, y mas en las noches umbrosas de menguante, o en las argentadas de plenilunio se cernian sobre toda la calleja emanaciones pestiferas, insoportables, ruidos de resquebrajar los timpanos, de cadenas, de tambores, de fogonazos, roncos unos chillones otros, ayes despavoridos de arrugar el corazon, y clangores de partir el alma; humos negros, morados rojos; sombras en vuelo; carreras por las azoteas como de todo un tropel desbocado arrastrando cadenas; retumbares so tierra , de tambalearse las casas.

Los vecinos, converito el silente y recoleta callejon en saturnal o aquelarre del averno, se vieron forzados a poner las cosas en oidos de la utoridad. El alcalde mando al jefe de los serenos a observar los extra�os acontecimientos. Y en la misma noche al apretar la oscuridad, una bolas igneas, como de una vara de diametro, empezaron a rodar por las azoteas. Salian pegando brinquitos de la casa del capitan Correa, y despues de rondar por los demas pretiles, volvian a ella; las arreaban unos silvos fortisimos revueltos con palabras malsonantes de la peor calidad. De cuando en ves, aparecian pestiferas tulfaradas e informes lenguas de humo que borraban las bolas, se quedaban remeciendose en los aires, al par que unos gritos destemplados que no parecian salidos de ningun pecho humano, atronaban los aires. A estos se sumaron el llanto de los ni�os, las exclamaciones de las mujeres y los denuestos de los hombres, todos se api�aron en el medio del callejon y de los labios espantados barbotaban oraciones a las benditas animas y a todos lo santos.

Cuando se hubo desvanecido aquello les fue volviendo el alma a los cuerpos. Todos se sintieron entonces cargados de osadia, y como vieren que de la casa del capitan Correa salian las causas de espanto y de alli no se asomo nadie, decidieron violarla.

Con recias aldabas llamaron muchas veces a la puerta; la zarandearon con impaciencia, sacudieron las ventanas. Ninguna se�al, ninguna respuesta. Ya no les cupo la duda, juntaron mas y mas enojo, se lleno el callejon de curiosos dispuestos al asalto, como no les abrieron se derramaron por las casa vecinas para ganar las azoteas y meterse a las de los Correa.

Un enjambre de valientes metiches comandados por el sereno, se apretaron al abordaje, y cuando buscaban el modo de bajar al patio, un deslumbrante fogonazo los lleno de luz, quitandoles la facultad de ver; una sombra negra con una larga estela de chispazos salto hacia los aires y una carcajada violenta larguisima cerro el tranquilizo. A los valientes violadores se les fue todo ejercicio de la voz, del movimiento, del repiro, los volvio a recoger el miedo. Algunos se fueron de aguas, y los mas quedaron agarrotados.

El puntillo de la honra los vio en si, les aflojo la lengua y el cuerpo, les despercudio el seso, y como eran muchos, pronto enderezaron sus animos para dar cabal fin al abordaje.

Con sogas y escaleras alcanzaron el patio, donde se arracimaron todos para reparar miedos. Un espantoso silencio emanaba de las piezas con las puertas destrancadas y oscuras, oscurisimas. La recorrieron sin encontrar persona alguna, y fue en la ultima, en la del corral, donde a la mortecina luz de las lamparas de cebo, encontraron la oficina de la correa, bien abastada en cuanto a menester para el ejercicio de la magia negra; y en el suelo, sobre una cruz de tierra con las extremidades fuertemente amarradas con cuero crudo a sendas estacas, al infeliz consorte, con el cuerpo transido por largas y afiladas espinas, vomitando liquidos mal olientes y espumosos y los desorbitados ojos clavados en inalcanzables lejanias. Como no encontraron a la mujer, los maliciosos concluyeron que, cuando ellos estaban para bajar el patio, la bruja huyo montada en una escoba y por eso el fogonazo.

Con tama�as muestras de criminalidad a la mano, las autoridades entraron de lleno en el asunto. Al capitan lo condujeron al hospital, por esa noche cerraron y sellaron la casa; y , al llegar la claridad, cuando de nuevo con notario que diera fe y testigos, entraron a la desolada mansion, encontraron a la bruja tirada en la puerta del taller, inhundada de sudores y carente de sentido. Bajo fuertes custodias, la llevaron a Las Recogidas, donde, en el mas seguro calabozo, la cargaron de grillos y cadenas.

Largos meses corrieron mientras se le sustanciaba la causa a la bruja, esta se refugio en un consistente mutismo que no rompio ni la aplicacion del potro y el garrote. Al adementado milite, no hubo como sacarlo de su insania, unos parientes radicados en el nuevo reino de Leon, lo recogieron y no se supo mas de el. La nigromantica mujer al poco tiempo, se convirtio en una vieja carcamal, espantable y repelente, que solo sabia derramar miedos entre las reclusas. Jamas dijo palabra. Sello su boca para siempre. Y solo se abrio para que le huyera el alma, el Callejon Zarzoza, se vacio. Ni los perros osaban transitar por el, durante mucho tiempo, mientras siguieron los ruidos y las diabolicas apariciones que cesaron del todo al morir la malfamada y malaventurada Do�a Maria de Ayala. Y, Por eso, las gentes del viejo San Luis, apellidaron a esa parva y recondita rua: "La Calle de los Espantos"

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