RABI LEON DE PRAGA
Sus leyendas

Nacimiento y juventud de Rabí León de Praga
Los judíos de la ciudad alemana de Worms, situada junto al Rhin, celebraban
la fiesta de Peisaj. La familia de Rabí Bezalel se congregaba alrededor de
la mesa. Era el momento de alegrar el corazón recordando las maravillas que
el pueblo de Israel había visto y vivido, de celebrar y agradecer la
liberación otorgada por el Creador del universo, y también de olvidar las
suspicacias, calumnias y persecuciones de las que solían ser víctimas los
judíos. Las aguas del Rhin, que bordeaban parte de la ciudad, parecían
entonar un cántico de paz, como los que los judíos cantaban aquella noche,
y las luces encendidas en sus casas rompían la oscuridad de las calles y
regalaban calidez en medio del frío nocturno.
Rabí Bezalel se sentía especialmente feliz, porque además de la alegría
propia de la fiesta, su mujer esperaba un hijo. En su mesa no faltaba nada:
velas, matzá, buen vino, y demás alimentos
simbólicos bellamente dispuestos según la tradición, y una magnífica
cena, sin olvidar la ofrenda para el Profeta Elías. Pero
mientras leían la Hagadá correspondiente al Seder, la dicha de su familia
y de los demás judíos estuvo a punto de estropearse por un suceso tan
inesperado como peligroso: un hombre completamente envuelto en su capa, de
modo que resultaba imposible ver su rostro, avanzaba por las calles del
barrio judío con un saco al hombro.
Por fortuna, los soldados de la ronda nocturna pasaban por allí y al verlo,
sospecharon que podía tratarse de un ladrón y lo detuvieron, no sin fuerte
resistencia por parte del embozado. La algarabía desconcertó primero y
preocupó después a Rabí Bezalel y a sus vecinos, quienes temieron que
pudiera tratarse de alguna maldad urdida contra ellos, cosa por desdicha
frecuente, sobre todo en los días de fiesta, pero pronto se tranquilizaron:
la guardia nocturna descubrió un cadáver en el saco que el malhechor
llevaba, y lo obligaron a confesar allí mismo. El hombre juró que no había
asesinado a nadie, sino que, yendo con algunos conocidos suyos por sitios
apartados, se habían tropezado con el cadáver de un mendigo recién
fallecido y habían ideado dejarlo en alguna calle del barrio judío para, a
la mañana siguiente, cuando fuera encontrado, acusarlos de haber cometido
un crimen ritual y empleado la sangre en algún rito demoníaco propio de su
fiesta.
Los guardias se llevaron al malhechor y los judíos respiraron aliviados y
continuaron la fiesta dando gracias al Creador por haberlos salvado de tan
peligroso trance. En ese preciso instante, la mujer de Rabí Bezalel sintió
los dolores del parto y algunas vecinas acudieron para asistirla. Al poco
rato, dió a luz sin contratiempos un hermoso niño. Los vecinos salieron de
sus casas y acudieron a verlo y a dar los parabienes a su padre. Todos
comentaban sobre los hechos que habían acompañado su nacimiento y decían
que aquel niño poseía una especial bendición mediante la cual traería
paz y felicidad a su pueblo.
Lleno de alegría, Rabí Bezalel pronunció su propia bendición--que resultó
profética--sobre el recién nacido, que dormía en su cuna, pequeño y
tierno:
"Has nacido para traer a tu pueblo fortaleza y consuelo,
y en tu nacimiento ha brillado una buena estrella. Defenderás
a los judíos cuando todos los demás les nieguen su ayuda, y
harás grandes cosas por tu pueblo. Sea entonces tu nombre Yehuda,
porque, como está escrito, 'Judá es un joven león'"
A los ocho días se celebró la circuncisión del niño, y le fue puesto por
nombre Yehuda ben Bezalel.
Pasó el tiempo. Yehuda crecía y se fortalecía en cuerpo y en espíritu.
Su inteligencia y sus dotes asombraban a todos. Cuando llegó a la
adolescencia, y una vez celebrado su Bar-mitzvá, Rabí Bezalel decidió
enviarlo a continuar los estudios rabínicos en una de las más famosas y
respetadas Yeshivas que por entonces se conocían, situada en la ciudad de
Praga. El joven se llenó de alegría, porque su sed de saber era
inagotable. Así viajó a Praga y pronto se convirtió en el más destacado
de los estudiantes. Su inteligencia floreció aún más y su nombre se hizo
conocido entre los judíos de muchas comarcas.
En aquellos años vivía en Praga un rico comerciante judío llamado Samuel
Schmelke, que tenía un hijo ya casado, que se ocupaba de sus negocios en
Polonia, y una hija adolescente llamada Perla, de la que se decía que era
en verdad una perla escogida entre las jóvenes por las numerosas virtudes
que la adornaban. Como era costumbre prometer en matrimonio a los hijos a
temprana edad, el padre se preocupó por elegir un novio adecuado para ella,
y se decidió por Yehuda ben Bezalel, cuyas buenas cualidades eran alabadas
por doquier. El compromiso se celebró según la tradición y los jóvenes,
al conocerse mejor, se enamoraron profundamente.
Poco después, el señor Schmelke envió a Yehuda a Polonia, a casa de su
hijo mayor, para que completara su formación en las escuelas talmúdicas
del país.
Mientras el futuro yerno descubría nuevos tesoros del saber, los judíos de
Praga fueron oprimidos con impuestos y contribuciones cada vez mayores,
precisamente cuando los negocios de Samuel Schmelke no iban tan bien como
antes. De este modo, entre pérdidas financieras y pago de tributos, el
futuro suegro se encontró un buen día completamente arruinado y en la
miseria. Lleno de pesar al verse en semejante situación en su vejez,
Schmelke escribió una carta a Yehuda:
"Querido hijo, te había prometido a mi hija Perla con una
cuantiosa dote que os permitiría vivir libres de preocupaciones, pero he
perdido toda mi fortuna y apenas nos queda para vivir. Como no puedo cumplir
lo acordado, te libero del compromiso con ella y te deseo que contraigas un
matrimonio mejor".
Aunque entristecido por el contratiempo, Yehuda no quiso romper el
compromiso con Perla. Sin embargo, hizo saber al padre que, en caso de
presentarse para ella un pretendiente de fortuna que pudiese ayudar a la
familia, estaría dispuesto a renunciar a la joven en favor de la
prosperidad de los Schmelke.
Pasó algún tiempo y Perla, incapaz de soportar la visión de sus ancianos
padres agobiados por la miseria, se las ingenió para abrir una panadería
con cuyas ganancias pudiera aliviar las necesidades familiares. Trabajaba de
la mañana a la noche y no obtenía mucho dinero, pero al menos no pasaban
hambre ni frío.
Un buen día, un soldado llegó a la panadería de Perla. En países vecinos
había guerra, y a menudo los soldados atravesaban a caballo la ciudad de
Praga en una u otra dirección. El soldado iba cubierto de polvo y
hambriento, y tras ensartar una hogaza recién horneada con su lanza, intentó
huir, pero Perla corrió a su encuentro y le interrumpió el paso, llorando
y gritando que no se fuera sin pagar, porque de sus modestas ganancias
dependía el sustento de sus padres.
- No he comido nada desde hace días--respondió el soldado--y no tengo
dinero con qué pagarte. Déjame el pan, te lo ruego, y a cambio te daré en
prenda un fardo de lino. Si no vuelvo antes de la noche con el dinero, quédate
con él y que te sea de provecho.
Perla aceptó, y el soldado sacó de sus alforjas una gran pieza de lino,
que le entregó. Llegó la noche y el jinete no regresó. Perla esperó
durante muchos días hasta que consideró que había transcurrido el tiempo
suficiente como para dar por suya la prenda. No había hecho más que abrir
el fardo, cuando cayó de él una lluvia de ducados de oro.
La alegría de Perla y de sus padres no tuvo límites: con tanto dinero no sólo
podrían vivir holgadamente, sino también pagar la dote de la joven y
celebrar su boda con Yehuda. Samuel Schmelke escribió al yerno y le contó
las buenas noticias. También le dijo que aquel jinete había sido sin duda
el profeta Elías, quien es sabido que socorre a los pobres y no abandona a
los necesitados.
Yehuda regresó a Praga en cuanto pudo y las bodas se celebraron. Sobre los
novios llovieron las bendiciones y los elogios, pues si él poseía sabiduría
y dotes en abundancia, a ella la adornaban tantas virtudes que hacía honor
a su nombre de Perla. Muy pronto Yehuda se convirtió en el rabino de la
ciudad y desde entonces lo llamaron Rabí León de Praga, pues era
considerado por los doctores de la Ley como el León de los sabios y un
favorecido del Señor.
Rabí León se enfrenta a la epidemia
En aquellos tiempos era frecuente que la peste, también llamada muerte
negra, asolara las ciudades y sembrara por doquier el terror y la
muerte. Al ser desconocidas entonces sus causas y las posibles medidas
preventivas, la epidemia se consideraba un castigo divino y se culpaba de
provocarla a herejes y hechiceros supuestos o reales, y sobre todo, a los
judíos. De éstos últimos se decía que envenenaban las fuentes y pozos de
agua para exterminar a los cristianos, sin que el más elemental sentido común
hiciera comprender que los judíos tenían que utilizar el agua de esas
mismas fuentes, pues no había otras, y se veían tan diezmados por la peste
como los demás.
En vida de Rabí León tuvo lugar una de esas terribles epidemias. Como
ocurrió con el resto de la ciudad, el barrio judío fue fuertemente atacado
y murió más de la cuarta parte de sus habitantes. Pero lo más terrible
era que la peste se cebaba sobre todo entre los niños, y los padres creían
morir de dolor al presenciar impotentes la agonía de sus hijos. El
cementerio judío no daba ya abasto para tantas víctimas y no había una
familia que no tuviera que lamentar al menos una pérdida. A toda hora del día
se rogaba en la sinagoga y en las casas por el auxilio del Cielo, pero la
mortandad de niños no mermaba.
Rabí León decretó un riguroso ayuno para implorar la misericordia divina,
pero el ángel de la muerte no se apartaba de la ciudad y menos aún de los
niños judíos. Rabí León no descansaba un instante, brindando asistencia
espiritual y presidiendo las súplicas y las oraciones fúnebres, y permanecía
despierto durante la mayoría de las noches buscando en los libros sagrados
y en las obras de los sabios judíos alguna solución para tanta desgracia.
Toda su sabiduría le parecía inútil ante el poder devastador de la muerte
y temía que la grey infantil judía desapareciera, si no ocurría un
milagro.
Una de esas madrugadas, Rabí León se sintió exhausto por el trabajo y por
las penas, y el sueño lo invadió. Apenas se había dormido, cuando apareció
ante él la figura del profeta Elías, quien le indicó en silencio
levantarse y seguirlo.
Rabí León siguió al profeta Elías por las calles más desiertas de Praga
hasta llegar al cementerio judío. A la luz de la luna contempló las tumbas
de los niños recién enterrados, con la tierra aún suelta. En eso, el
carrillón del Ayuntamiento inició las campanadas de medianoche. Con la
primera, la tierra de las sepulturas fue removida y de ellas salieron poco a
poco los niños muertos, envueltos en sus mortajas blancas, que comenzaron a
correr y a saltar entre las tumbas y a danzar en coro. Sorprendido ante
semejante visión, el rabí dirigió su vista hacia el profeta Elías, que
permanecía silencioso e imponente junto a la puerta del cementerio y vió
como su silueta desaparecía en la oscuridad de la noche. Rabí León quiso
preguntarle qué significaba todo aquello, pero de su boca no brotaba sonido
alguno. Entonces se despertó, sudoroso y angustiado. Miró a su alrededor y
sólo pudo vislumbrar las paredes de la habitación, en medio de la
oscuridad.
Rabí León no pudo dormir más. Pasó el resto de la noche meditando sobre
su extraño sueño y el mensaje que sin duda encerraba. Con las luces de la
aurora, su mente se iluminó y lo comprendió todo. Entonces trazó su plan:
entre sus discípulos había uno especialmente virtuoso y temeroso de Dios,
cuya alma no conocía el miedo ni retrocedía ante ningún peligro. Lo mandó
a buscar y le habló de este modo:
- Sé que tu corazón es puro y valeroso, y por eso quiero que me ayudes a
salvar a nuestra comunidad, sobre todo a los niños. Estamos siendo azotados
por la cólera divina y aún no sabemos la causa. Para averiguarla existe sólo
un medio: debes ir hoy, tarde en la noche, a nuestro cementerio y aguardar
allí la medianoche. No te asustes, pues el profeta Elías estará a tu
lado, aunque no puedas verlo. A medianoche se abrirá la tierra, y de las
tumbas saldrán los niños judíos muertos por la epidemia, que envueltos en
sus mortajas, comenzarán a correr y a bailar entre las tumbas. Escóndete
lo más cerca posible de ellos y vigílalos. Cuando alguno pase por tu lado,
le arrebatarás la mortaja y correrás a traérmela. Te estaré esperando
aquí mismo.
El discípulo prometió cumplir con el mandato y así lo hizo: a la noche
siguiente fue al cementerio y se ocultó tras una de las lápidas
infantiles. Al sonar las campanadas de medianoche, los niños salieron de
sus tumbas, envueltos en sus mortajas blancas, y comenzaron a correr y a
bailar. Entonces extendió su mano hacia el más cercano e intentó
apoderarse de su mortaja, pero la mano, temblorosa por la fuerte impresión,
no logró asirla con fuerza y el niño escapó. El discípulo elevó su
corazón hacia lo Alto y pidió serenidad. Sólo al séptimo intento,
consiguió arrebatar la mortaja a uno de los niños, y marchó a toda prisa
al encuentro de Rabí León. A sus espaldas, las danzas y juegos de los niños
continuaban.
Rabí León velaba, en espera de su discípulo. Al llegar éste, cerró la
puerta y le indicó seguirlo hasta una pieza desde cuya ventana podían ver
cuanto pasara en la calle. Allí aguardaron, iluminados tan sólo por la
luna, a que el carrillón diera la una de la madrugada, pues a esa hora los
niños muertos debían regresar a sus tumbas. Pero ésto resultaría
imposible para el niño al que habían robado la mortaja.
Al sonar la campanada, ambos vieron deslizarse por la calle a la luz de la
luna la figura de un niño hasta la casa de Rabí León. El pequeño tocó a
la puerta y gritó:
- ¡Devolvedme mi mortaja, os lo suplico! ¡Sin ella no puedo volver a mi
tumba y no encontraré el descanso!
- Te la devolveremos con una condición--respondió Rabí León--, y es que
nos digas por qué han muerto tantos niños judíos.
- ¡Por favor, devolvedme mi mortaja!--replicó el niño--¡No puedo ni
quiero revelaros ese secreto!
- Entonces no te daremos tu mortaja--le aseguró el rabí
El niño se echó a llorar amargamente, y tan tristes eran sus lamentos que
el corazón del discípulo se conmovió y pidió al rabí que le entregara
la mortaja y lo dejara ir sin más, pero Rabí León sabía que la única
forma de detener tantas muertes, indicada por el Profeta Elías, era
mantenerse firme. De tal modo, dejó al niño llorar e implorar cuanto
quisiera sin hacerle caso, hasta que el pequeño se dió por vencido y dijo
- Os diré cuanto queráis saber: en el callejón de la izquierda hay una
casa que tiene un cántaro dibujado en el dintel. Allí viven dos
mujeres malvadas y pecadoras que sacrificaron a sus propios hijos en
horribles ceremonias de hechicería, y desde ese instante, el ángel de la
muerte hace estragos en la ciudad, pero sobre todo entre los niños.
Rabí León devolvió la mortaja al pequeño, que voló hacia el cementerio.
Llegada la mañana, envió al discípulo a casa de las dos mujeres con la
orden de comparecer ante él. Quedaron tan sorprendidas como aterrorizadas
al escuchar por boca del rabí su pecado, que creían oculto, y no fueron
capaces de negarlo. Rabí León convocó al tribunal rabínico, que tras
conocer el espantoso crimen y verificar los hechos, las condenó a muerte.
Una vez cumplida la sentencia, el ángel de la muerte abandonó la ciudad de
Praga. Los habitantes dieron gracias al Señor por su misericordia y la fama
de Rabí León creció y se esparció a los cuatro vientos, hasta llegar a oídos
del emperador.
Rabí León y el Emperador
Cada cierto tiempo, los judíos de Praga y de toda Europa eran víctimas de
malvadas campañas de difamación, dirigidas no sólo a desprestigiarlos,
sino a exaltar al populacho contra ellos. De ese modo, además de la muerte
y el destierro forzoso de muchos inocentes, los instigadores conseguían
apoderarse de los bienes de los judíos y no pagar las deudas contraídas
con ellos. La más utilizada de todas las mentiras era que los judíos
asesinaban cristianos, preferentemente niños, para emplear su sangre en
ritos satánicos, que el fanatismo y la ignorancia asociaban a su religión
Así las cosas, Rabí León fue informado de que aquellos rumores se esparcían
una vez más por Praga y por las ciudades cercanas, y quedó extremadamente
preocupado, porque sabía cuán delgado era el hilo que separaba las
calumnias de los más crueles ataques. Tras mucho meditar sobre una posible
solución, Rabí León pensó en el Rey y Emperador Rodolfo II, que en
aquellos tiempos gobernaba el país y muchos otros territorios.
Rodolfo II tenía fama de monarca tolerante y justo, amante de las artes y
las ciencias y de todas las formas del saber. En su corte de Praga se reunían
los más sobresalientes talentos de toda Europa y aun encontraban acogida
los perseguidos por el Santo Oficio a causa de sus ideas o de sus
descubrimientos. No faltaban tampoco astrólogos, alquimistas, magos y demás
sabios, sobre todo científicos y filósofos, mirados con gran recelo en
otros países. La fuerza de los astros, el elixir vitae o la piedra
filosofal se tenían por temas tan dignos de atención como la veracidad del
sistema de Copérnico o las más novedosas observaciones anatómicas.
Todo eso hizo pensar a Rabí León que el Emperador sería capaz de
escucharlo y de comprenderlo y, ¿por qué no?, de hacer justicia y de
proteger a los judíos. Pero sabía que no era nada fácil obtener una
audiencia privada con Rodolfo II, y decidió arriesgarse por caminos más
inusitados.
Rabí León sabía que el Emperador acostumbraba a viajar dos o tres veces
por semana desde la orilla del Moldau a la parte más antigua de la ciudad,
atravesando el puente de piedra. A la primera oportunidad, se mezcló desde
temprano con la muchedumbre de curiosos que aguardaban el paso de la carroza
imperial. Cuando ésta se hizo visible, el pueblo comenzó a dar vivas al
Emperador. Entonces, Rabí León salió de entre la multitud y se colocó en
mitad del camino por donde debía pasar el carruaje.
- ¡Fuera de ahí, judío! ¡Quítate del camino!--gritaba la gente.
Pero el Rabí no se inmutó.
-¡Largo de ahí, judío!--repitieron, y comenzaron a lanzar piedras y bolas
de fango contra Rabí León para obligarlo a apartarse del camino, pero unas
y otras se transformaron en las más bellas y perfumadas flores que cayeron
a los pies del rabino.
Desde su carroza, el Emperador escuchó los gritos y exclamaciones de
asombro, y se asomó curioso. Entonces los caballos vacilaron, como si
hubieran encontrado un invencible obstáculo y se detuvieron ante Rabí León,
quien se aproximó a la ventana del carruaje y rogó al Emperador que le
concediera una audiencia privada. Rodolfo II, maravillado ante lo ocurrido,
le prometió recibirlo al cabo de siete días.
Una semana justa después, en la judería de Praga sucedía algo nunca
visto: un carruaje imperial se detenía ante la casa de Rabí León y un
lacayo llamaba a su puerta para llevarlo al palacio imperial. Todos los
vecinos, que habían salido de sus casas a presenciar el inusitado
acontecimiento, quedaron estupefactos al ver al rabino subir a la carroza,
que partió en dirección a Palacio.
Al llegar, otro servidor condujo a Rabí León a un lujoso aposento cuyas
paredes estaban cubiertas por inmensos cortinajes. Allí lo aguardaba un
gentilhombre, que le ofreció un sillón y tomó asiento frente a él.
- Debo informaros de que el Emperador ha debido ocuparse de ciertos
imprevistos y me ha encargado escucharos y atender vuestra petición. Os
ruego entonces que habléis con confianza.
Rabí León contó al gentilhombre sus preocupaciones y temores, y el nombre
de todos los judíos del lugar pidió la protección imperial contra
calumnias y agresiones. Por último, explicó los principales artículos de
la fe judía, e hizo hincapié en la prohibición de ingerir sangre y en que
hasta los sacrificios de ovejas y bueyes indicados en la Biblia habían
dejado de hacerse después de la destrucción del templo, por lo que las
acusaciones de emplear sangre cristiana en sacrificios rituales era tan
absurda como malintencionada.
Rabí León acababa de concluir su exposición, cuando uno de los pesados
cortinajes se movió, y apareció el Emperador, que había estado escuchando
durante todo el tiempo y que había quedado nuevamente impresionado por el
Rabí, esta vez por su sabiduría y honradez.
- Os haré una pregunta, Rabí León--dijo Rodolfo II--y de vuestra
respuesta dependerá que tome o no a los judíos bajo mi protección
directa. Decidme: ¿son o no son culpables los judíos de la crucifixión y
muerte de Jesucristo?
- Permitidme, Majestad, que os responda mediante una parábola--dijo Rabí
León--: un poderoso rey tenía un hijo, y ese hijo tenía a su vez un gran
número de enemigos. Dichos enemigos acusaron al príncipe ante su padre el
rey, de querer destronarlo. El rey hizo venir a su hijo y lo interrogó al
respecto, pero el príncipe no dijo ni una sola palabra en su propia
defensa, aunque era completamente inocente. Entonces fue llevado ante un
tribunal. Muchos testigos declararon contra él, de parte de sus enemigos,
pero el príncipe tampoco respondió, y los jueces pronunciaron sobre él la
sentencia de muerte. Sólo cuando los verdugos lo llevaban al cadalso, el príncipe
se dirigió a su padre el rey y le suplicó que apartase de él los
tormentos y la muerte, pero el rey calló, y el príncipe fue ejecutado.
Pensad ahora, Majestad: ¿quién tuvo mayor culpa, los jueces o el rey?
Rodolfo II miró a Rabí León, profundamente impresionado y conmovido, y
respondió
- Os he comprendido. Tenéis mi protección y mi apoyo para vos y para
vuestro pueblo.
La conversación entre el Emperador y el Rabí se prolongó durante otras
tres horas, pues Rodolfo II no se cansaba de escuchar a Rabí León, y éste
a su vez se alegraba de la inteligencia y comprensión del Emperador. Este
hizo venir a algunos de los sabios que vivían en su corte, para que
participaran también, entre ellos al astrónomo Tycho Brahe, quien se
convertiría en un ferviente admirador del Rabí.
Ya entrada la noche, el mismo carruaje devolvió a su casa a Rabí León,
quien llegó muy contento. Cuando le preguntaron por su visita a Palacio,
respondió:
- El Emperador ha prometido que no tolerará injusticia alguna contra los
judíos. Cuando un cristiano quiera acusar de algo a un judío, tendrá que
acudir a un tribunal ordinario y presentar las pruebas establecidas por las
leyes para todos los casos. Si un judío fuese hallado culpable de algún
delito, queda prohibido castigar por ello a toda la comunidad judía, y
desde ahora será obligatorio convocar al rabino y a un representante de la
comunidad judía a todo juicio celebrado contra un judío.
Las palabras del Rabí llenaron a los judíos de alegría. Todos sintieron
que había llegado una época de paz y de justicia, y los ancianos y padres
de familia de la comunidad bendijeron a Rabí León con estas palabras:
"El sabio de corazón es llamado prudente
Los labios justos son el contentamiento de los reyes
y éstos aman al que habla lo recto"
Pasó un tiempo. El Emperador recordaba siempre la asombrosa transformación
en flores de las piedras arrojadas contra Rabí León en el puente de Praga,
y la extraordinaria conversación mantenida con él en Palacio. Se había
informado sobre el Rabí y le habían hablado de sus profundos conocimientos
cabalísticos. Ansioso de escucharlo nuevamente, pero sobre todo, de
presenciar otros milagros, envió un día su carroza a buscarlo, y quedó
asomado a una ventana, en impaciente espera. Al fin vió llegar su carruaje
y descender de éste a Rabí León.
- Os he mandado a llamar porque tengo entendido que tenéis poder
para realizar múltiples prodigios como el que todos presenciaron en
el puente. Tengo huéspedes muy distinguidos en el castillo, y quisiera que
vieran lo que voy a pediros: que convoquéis ante nosotros a los Patriarcas
Abraham, Isaac y Jacob y a loss doce hijos del último.
Rabí León meditó durante unos minutos y al fin respondió:
- Majestad, vuestro deseo no es nada fácil de satisfacer. Dadme un poco de
tiempo para que pueda prepararme a fin de intentarlo
- Sea--respondió Rodolfo II--. Pasado mañana habrá un gran banquete y ese
día nos mostraréis lo que sois capaz de hacer.
El día señalado, la carroza imperial recogió a Rabí León en su casa.
Todos los judíos habían acordado permanecer orando hasta su regreso.
Al llegar al castillo, el banquete tocaba a su fin. Los servidores que
recibieron al Rabí, lo condujeron hasta un amplio salón situado en un ala
apartada del castillo, y fueron a avisar al Emperador.
Al poco rato, los convidados comenzaron a entrar al salón, precedidos por
Rodolfo II, quien saludó a Rabí León y le indicó que podía comenzar con
el prodigio.
- Majestad--respondió el Rabí--, antes debo rogaros que hagáis apagar
todas las luces y me permitáis advertir a los presentes que, pase lo que
pase, nadie en este salón debe reirse.
Así se hizo: los servidores se llevaron las antorchas y los cirios y la
sala quedó en completa oscuridad. A los pocos instantes, surgió ante los
presentes una nube que se expandió y experimentó varias metamorfosis, y
fue generando varias figuras humanas, hasta que una de ellas, la del
Patriarca Abraham, pudo distinguirse claramente.
Abraham caminó lenta y majestuosamente por la sala, y su larga barba blanca
parecía agitada por el viento, aunque en el salón no soplaba brisa alguna.
De pronto, Abraham desapareció y surgió una nueva nube, de la que salieron
las figuras de los Patriarcas Isaac y Jacob, y los doce hijos de éste.
La visión dejó a los presentes sobrecogidos y casi sin aliento, pero se
sintieron más relajados al distinguirse a Neftalí, el hijo de Jacob, un
mozo pelirrojo y pecoso que entró saltando con pasitos danzarines. El
Emperador estalló en una sonora carcajada y los presentes le hicieron coro.
De inmediato se oyó un crujido en los artesonados de madera del techo.
Miraron hacia arriba y vieron que una nube flameante como un meteoro salía
del techo, que comenzó a hundirse. Cundió entonces el pánico. Todos
intentaban salir, pero la oscuridad y la confusión les impedían hallar la
salida, de modo que se golpeaban y estorbaban los unos a los otros.
- ¡Rabí León, ayudadnos, por amor de Dios!--gritó el Emperador.
Rabí León alzó sus brazos hacia el Cielo y pronunció unas palabras
incomprensibles para los presentes. El techo volvió poco a poco a su posición
original, como si hubiera sido apuntalado con columnas de acero. Entonces
los lacayos pudieron abrir las puertas y entraron con antorchas para
conducir al exterior a la aterrada concurrencia.
Pero las huellas del hundimiento quedaron bien visibles en el techo, y nunca
más el Emperador se atrevió a celebrar reunión alguna en aquel salón,
por temor a que el prodigio se repitiera.
Pasado un tiempo el Emperador, ansioso de presenciar nuevos prodigios, hizo
saber a Rabí León que deseaba visitarlo. Pero como conocía cuán pequeñas
eran las casitas del barrio judío, le advirtió que llegaría con todo su séquito,
curioso por saber cómo se las arreglaría Rabí León para recibir a tanta
gente.
Rabí León aceptó gustoso y pocos días después se produjo otro singular
acontecimiento en el barrio judío de Praga: la comitiva imperial llegó en
varias carrozas a la puerta de Rabí León. Pese a lo presenciado tiempo atrás
en el palacio, se permitían dudar de que el Rabí lograra albergarlos a todos
en su modesta vivienda.
Rabí León los esperaba para darles la bienvenida y los invitó cortésmente
a pasar. Rodolfo II y sus acompañantes quedaron asombrados: no podían
concebir cómo en una casa tan pequeña podía haber tan espaciosos salones,
ni de dónde había sacado el dueño tan lujosos muebles, espejos y adornos.
No faltaban tampoco los más valiosos objetos de arte, bellamente dispuestos,
y el Emperador, buen conocedor de obras maestras, tenía que reconocer que
nunca las había visto iguales, aunque las decoraciones se limitasen a
filigranas, flores y frutos.
Después de mostrar la casa y hacer los honores a sus huéspedes, Rabí León
los obsequió con una deliciosa colación: en una mesa de banquete, sobre un
mantel exquisitamente bordado, estaban dispuestos exquisitos dulces de varios
tipos, panecillos dorados, salsas, pasteles y otras golosinas, y el mejor
vino. Aunque era otoño, tampoco faltaban las frutas propias de las cuatro
estaciones.
Los invitados comieron y bebieron a placer, y tuvieron que reconocer que
aquellos manjares eran incluso superiores a los que se servían en el palacio
imperial.
Entre los miembros del séquito imperial se hallaba un noble al que
aquellas maravillas dejaron desasosegado. En lugar de alegrarse, como el
Emperador y los demás cortesanos, comenzó a idear estratagemas para adquirir
los poderes nunca vistos que habían permitido a Rabí León recibirlos tan
fastuosamente. Pensó entonces en sustraer alguno de los lujosos objetos que
adornaban la casa para intentar comprender su secreto antes de que se
desvaneciera lo que creía magia. De este modo, mientras el Emperador se
despedía de Rabí León, se apoderó de una copa de oro, la escondió bajo su
capa y la llevó a su casa.
Día tras día observó la joya robada para descubrir algún cambio en
ella, pero permaneció inalterable. Unas semanas después, llegó a sus oídos
una noticia que lo paralizó: en los alrededores de la ciudad, un suntuoso
palacio había desaparecido sin dejar rastro, y, pasadas algunas horas, había
retornado a su lugar inesperadamente. Nada en él faltaba: ni muebles, ni
objetos preciosos, ni cuadros o adornos. Sólo se echaba de menos una copa
dorada.
En cuanto supo esto, el noble creyó tener al fin en sus manos la vía para
poseer el secreto de tales prodigios, y se apresuró a visitar a Rabí León.
Le contó lo que había oído, y como prueba, le mostró la copa de oro
creyendo sorprenderlo.
- Sé muy bien, Rabí—dijo el noble—que sóis un Maestro en las artes de
la Kabbalah, la doctrina secreta de los judíos, y no podréis engañarme.
Enseñadme entonces lo que sabéis. Soy rico y tengo muy buenas relaciones
que podrían seros de utilidad.
- Señor--respondió Rabí León--, no puedo enseñaros lo que pretendéis
saber. Os ruego que no me preguntéis el motivo. Olvidemos la cuestión y
hablemos mejor de otra cosa.
- ¡Escuchadme, Rabí!--casi gritó el noble, enfurecido--Podría hacer
mucho por vos, pero también contra vos, así que, ¡tened cuidado, por vos
y por vuestro pueblo
- Señor, no quería continuar esta conversación, pero la seguridad de mi
pueblo me obliga a hacerlo. Me permitiré preguntaros algo para comenzar: ¿Nunca
habéis cometido una injusticia? ¿Nunca habéis hecho daño a nadie? ¿Nunca
habéis hecho sufrir a un inocente? ¿Estáis totalmente libre de culpas? Sólo
quien lo esté, quien sea un hombre justo y bueno puede ser instruído en la
Kabbalah, pues sólo un hombre así la emplearía para el bien y no para fines
malvados y egoístas.
- Estoy totalmente libre de culpas-- respondió el noble con arrogancia.
- No obstante, señor, os invito a examinaros-- insistió el Rabí
suavemente.
El noble quedó en silencio y palideció. En su mente apareció una figura
triste, como envuelta en niebla, en la que reconoció a su hermana: hacía años
la había llevado a la muerte mediante intrigas, con el fin de apoderarse de
sus bienes. Como llevado por las Furias, el noble salió de la casa del Rabí
y nunca más volvió a molestarlo.