LAS SELKIES

Vasto, en eterno movimiento, sobrecogedor, el mar bate la costa occidental de Escocia. Hay lenguas de tierra que penetran en el mar tratando de aferrar la eternidad y perdiendo ante el constante ataque de las olas. El viento levanta el agua cargada de sal y la lleva hasta las Highlands, donde la niebla flota sobre las altas piedras erectas como los pliegues de seda en las damas más elegantes. Hombres y mujeres que no conocían esos escarpados peñascos se han extraviado en esa niebla para no regresar jamás y, en tomo de las humeantes hogueras de turba, se cuentan una y otra vez relatos de seres místicos que gozan confundiendo a los viajeros con quienes se topan. En las Highlands escocesas moran hadas y elfos.
Y, según se dice, también las brujas.
Los viejos de Escocia sonríen con tolerancia cuando los jóvenes los interrogan con respecto a su herencia de encantamientos y responden:
No tienen tiempo para eso. El simple esfuerzo de arrancar el sustento de este suelo áspero o de las aguas hostiles del mar les consume todo su tiempo.
Algunos de los jóvenes escuchan y doblan la espalda sobre el trabajo, como es debido.
Otros sólo ven lo romántico de la magia, con la esperanza de que, con su contribución, les alivie la vida. Quieren pociones. Quieren embrujos. Buscan ayuda en charlatanes y viejas que se consideran hechiceras.
Son tontos, porque cualquiera sabe que las brujas no existen.
Hasta las rocas de la costa de las Highlands cantan su magia. El viajero solitario la puede oír como la melodía de un tiempo desaparecido hace mucho, puede olería en la fragancia picante de los brezos, puede ver sus destellos en la niebla. La magia llega, irresistible, a los sitios más recónditos del alma con cada cambio de la luna, con cada cambio de la marea.
Así lo han decretado los selkies
Si son dejados en paz, la vida de los selkies es serena. Pescan en el mar, cuidan de sus crías y nadan con la gracia y la facilidad de las focas. Porque es a ellas que se parecen. Los humanos que las observan desde la costa lanzan exclamaciones viendo sus abriolas tan humanas y se sienten superiores a estas criaturas que suponen inferiores. Sin embargo, los selkies tienen dones que los humanos no pueden imaginar. Pueden ver los sentimientos. Pueden controlar las tormentas.
Y pueden adoptar diversas formas
Sí, los selkies pueden transformarse en humanos.
Una selkie puede desprenderse de su piel de foca y llegar a tierra convertida en una preciosa doncella
Cuando el mundo era joven, los selkies y su magia armonizaban con ese paisaje de maravilla. En aquellos tiempos, los hombres adoraban al sol y se asustaban de un eclipse de luna. Saludaban, asombrados, las maravillas de la naturaleza y bendecían a cualquier selkie que abandonara su piel y caminara entre los humanos.
También saben que, aunque sean criaturas del mar, necesitan aire para respirar. Deben ira tierra para acoplarse.
Fue que la mayor parte de la descendencia terminó siendo completamente humana, y sólo conservó algunos dones mágicos que fueron desapareciendo de generación en generación; fue entonces que los selkies comprendieron que los humanos conquistarían la tierra. A medida que pasó el tiempo, el mundo se convirtió en un sitio más frío para criaturas místicas como los selkies.
Si un ser humano logra apoderarse de esa piel la selkie puede verse obligada a convertirse en una excelente, aunque melancolica esposa.
Sin embargo, si ella llegase a encontrar su piel, inmeditamente volveria al mar dejando al marido langidecer y morir.
Pese a todas las advertencias de los selkies más viejos, a la dureza de la vida fuera del agua, todavía muchos selkies inexpertos se acercan a las playas con la esperanza de encontrar una pareja humana.
Existe una tradición tanto entre los selkies como entre los humanos según la cual, cuando se encuentran el humano y el selkie adecuados y se unen, entre ambos se crea una pasión diferente de cualquier otra. Resplandecen, arden, se aman una y otra vez hasta que nada más importa salvo estar juntos. Dicen que es un amor que arranca lágrimas a los ojos.
Lo que no dicen es que, cuando se encuentran y se unen el humano y el selkie equivocados, los resultados son trágicos y eternos, y las lágrimas que se vierten no son de dicha sino de pena y de miedo.. y de venganza.
Cuando los selkies salen de entre las olas para recorrer la tierra, convencen a los incautos de que los sigan. Pues cuando adoptan forma humana son bellos como la noche, con ojos oscuros que chisporrotean con reflejos de plata y pelo negro que reluce como la piel de la marta. Cuando un hombre ve a una mujer selkie, siente que un hechizo crece dentro de él y sabe que hará cualquier cosa por poseerla eternamente. Y cuando un macho selkie desea poseer a una hembra humana, utiliza todas sus habilidades para cautivar a la mujer, invitándola a un viaje colmado de tales deleites que ella nunca deseará a ningún otro.
Algunos humanos, despechados por la felicidad ajena, dicen que este uso de la magia es injusto.
Los selkies, en cambio, dicen algo completamente diferente, que es el equivalente del encantamiento:
—Todo vale en el amor y en la guerra. Hay en Escocia un refrán que dice que aquellos hombres y mujeres con un encanto especial «tienen una gota de sangre selkie en sus venas». Los caballerizos que pueden domar a un caballo respetando, al mismo tiempo, su temple salvaje. Las mozas de lechería que pueden convencer a las vacas de dar la leche más dulce. Las comadronas que logran aliviar los dolores del nacimiento sin recurrir a las hierbas.
Por cierto, un selkie es capaz de encantar a cualquier criatura de esta tierra. Cuando un selkie se acopla con un bípedo, puede que se casen o no y, si conciben un hijo, es preciso seguir un protocolo. Primero, los mayores deberán examinar al niño y determinar su naturaleza. ¿Es humano o selkie? Lo revisan y, si el recién nacido es humano, el padre selkie debe permanecer en tierra. A un selkie se le conceden 12 años hasta el momento en que debe volver al mar. 12 años de exposición al aire que lo reseca, el sol malévolo, el sufrimiento de vivir entre extraños. Pero el marchitamiento gradual del cuerpo y el alma tiene su recompensa porque los niños nacidos de esas uniones siempre son especiales. Siempre diferentes. Siempre mágicos.
El hijo de una unión entre un selkie y un ser humano está bien dotado por los dones del otro mundo. Suelen ser hermosos y llenos de garbo, de huesos grandes y músculos fuertes, favorecidos con tanta capacidad de magia como el Señor juzgue apropiado, y reciben plata y gemas como regalo.
Aun así, en ocasiones los inunda la pena. Son seres en los que se mezclan dos razas y se encuentran desgarrados entre la tierra y el mar, entre el animal y el mortal. No se adaptan a ningún medio. El ridículo o la repulsa los persiguen. A veces parecería que lo que retiene a sus parejas no es el amor sino un encantamiento y, con frecuencia, ni el encantamiento es suficiente.
A veces, los mestizos que andan sobre la tierra intentan renunciar a sus derechos de nacimiento pero eso es imposible: esa herencia forma parte de ellos.
También la magia atraviesa toda la existencia. Puede ser vista en el arco iris, oída en el graznido del cuervo, saboreada en un sencillo estofado. Y sin embargo, como el mal, la magia puede causar estragos. Cada vez que se usa se comporta como una piedra arrojada a un estanque. Sus ondas se amplían hasta que tocan todas las orillas. Afecta todas las vidas, provoca cambios que ni los más clarividentes pueden anticipar.
El mal destruye. La magia engaña
¿Qué poder sobre la tierra de Dios es capaz de equilibrar esas poderosas fuerza?
Vasto, incansable, arrollador, el mar socava la costa occidental de Escocia. La tierra se interna en el agua como si fueran dedos que trataran de atrapar la eternidad; la perdieron sin cesar ante el batir incansable de las olas. El viento transporta la sal y la deposita en las Highlands, donde la niebla se cierne sobre altas piedras como los pliegues de la seda sobre la dama más elegante. Allí donde se encuentran la tierra y el mar hay un sitio de especial encanto, de seres especiales, de humanos y de selkies.