LA
NUEIBUENA MÁGICA
Leyendas del Solsticio Invernal
Leyendas aragonesas

El ritual del Fuego
En algunos lugares de Aragón las hogueras o xeras se encienden al raso, al igual que en la Sanchuanada. El fuego de la tierra anima al fuego celestial a volver a brillar, a encenderse de nuevo tras el solsticio. La luz en la calle servirá también para mantener alejados a los seres malignos que esta noche andan cerca, como luego veremos. El fuego más tradicional, sin embargo, se enciende dentro de la casa, en el fogaril. Y no sirve cualquier madera. Un antiquísimo culto a la Naturaleza pervive en esta costumbre. Hay que elegir un tronco especial, el de un árbol fuerte y longevo, pedir permiso y perdón al espíritu que habita en su interior antes de talarlo, y luego llevarlo hasta el fogaril. Es el rito de la Tronca o del Tizón. Prueba de su importancia en todo el territorio aragonés es la diversidad de nombres que recibe: tronca, tizón, tió, troncada, toza, tronc, choca, zoca, pullizo, rabasa, corniza, cabirón...
El fuego en el centro del hogar, reunida toda la familia en torno a él, un lugar mágico que conecta con el mundo de las almas, de las almetas. Los espíritus de familiares fallecidos se guiarán por el resplandor para volver esta noche a la Casa. La protegerán con su presencia fantasmal, y garantizarán su continuidad. A los espíritus hay que dejarles ofrendas, se les pone en la mesa comida, sobre todo, alubias. Esta costumbre de las donaciones a los antepasados es la que posiblemente evolucionó a través de los siglos a la de los regalos de Navidad.
Y la tronca, ¿sólo había que quemarla en el hogar? No, por supuesto, algo tan importante exige un ritual ancestral, repetido a lo largo de los siglos, y oficiado por algún miembro especial de la Casa. El fuego de Navidad aseguraba la continuidad de la Casa, garantizada por la presencia de los difuntos. Por ello, los encargados del ritual eran el varón más anciano o el más pequeño de la familia. Antes de quemar la Tronca había que bendecirla. Con la bendición y el encendido terminaba la ceremonia en el Pirineo y prepirineo occidental. El oriental y algunas otras zonas de Aragón incluían las baradas para que cagara la Tronca. Había fórmulas para uno y otro caso.
Mientras el crío o el biello recitan las palabras ceremoniales, vierten el vino del porrón sobre la Tronca haciendo una cruz. Se puede bendecir además con las migas de una torta.
Cuando la Tronca tiene que cagar golosinas para los niños, estos deben darle baradas, golpes con las varas, una vez mojadas en agua o rebozadas en ceniza. La cancioncilla infantil es más larga que la bendición y admite más variantes.
Algunos pueblos combinan las dos modalidades rituales, bendiciendo y golpeando al Tizón
Con la Tronca bendita se prende el fuego sagrado, comenzando por un extremo, y haciéndolo durar el mayor tiempo posible, variable según las zonas. El poder sobrenatural de la Tronca se transmite a las cenizas. Con ellas se garantiza una fértil siembra si acompaña a las semillas, se mezcla con el fiemo para fertilizante, sirve contra las plagas de los campos y como emplaste sanador de las heridas del ganado. La ropa más blanca es la que se lava con esas cenizas, dicen las ancianas. Además, un trozo de la Tronca no quemado, una tozeta, es talismán protector de entradas a la casa y a las mallatas, y defensor contra las tormentas.
Las bruxas y fadas en la nueibuena
Muchos poderes maléficos se desatan en estas fechas. Se piensa que las bruxas pueden campar a sus anchas en Nueibuena, pues "de las doce a la una anda la mala fortuna". En las casas entran por las chamineras en las que no arde la Tronca, o en las que no hay una cruz dibujada en las cenizas o las tenazas abiertas sobre el calibo; en otras son capaces de penetrar a dar el mal por el estrecho agujero de la gatera, convertidas en gatos negros o en liebres, y sacar por allí al bebé raptado. En esa noche, en muchos pueblos, las bruxas-gato han saltado al cuello de las caballerías y, año tras año, han desangrado lo mejor de la cuadra, clavándoles uñas y dientes. Algunos han tenido la suerte o la picardía de hallar al causante, y han molido a palos al gato. Y al día siguiente se han dado de bruces con la realidad: la anciana de la casa se ha levantado de la cama llena de moratones y magulladuras tras su desgraciada aventura nocturna.
Las iniciadas en las oscuras artes de la brujería, saben que en la Nueibuena tendrán que sacrificar un gato negro, y sacarle los dos ojos. Luego los conservarán en lugar seguro hasta la noche de San Chuan. Con ellos saldrán a las encrucijadas para convertirse en bruxas si son capaces de superar las duras pruebas. Otras bruxas y bruxones tratarán de invocar al Diaple y se atreverán incluso a realizar sus hechicerías en la iglesia durante la misa de Gallo, depositando polvos de murciélago incinerado en el altar y bajo los corporales. En un carrascal que hay entre Rodellar y Las Almunias, en la Sierra de Guara, las bruxas te saldrán al paso si te atreves a cruzarlo en la Nueibuena. Se convierten en gatos y en fuinas, y se plantan delante del caminante, con el pelo erizado y bufando.
Presencia de la muerte y del misterio. El lupo, el lobo, es el símbolo del invierno. Es el cazador del frío, el único que mantiene su fuerza en los meses invernales, que recorre las montañas y congela los corazones de las gentes con sus tristes aullidos. En torno al hogar, las historias del abuelo van desde las del portal de Belén y los pajaricos resucitados por el Niño Dios, hasta las leyendas de los Omes Lupo, o las del Lupo de la Cuesta, que se atreve a llegar hasta las puertas y llevarse a los más pequeños, o las de Mauro, el Pastor de Lobos, capaz de lanzar a la manada salvaje contra el rebaño.
Otro grave riesgo se cierne sobre los habitantes de las montañas aragonesas en la Nueibuena: las Fadas d'os Ibons, las Hadas de los Ibones. Los ibones, como es bien sabido, son el hogar de seres feéricos que reciben diversos nombres: fadas, lainas, moras, donas d'aigua. Es un hábitat sagrado, de ahí que subsista el tabú de no escupir ni arrojar piedras en él. Las fadas se encuentran solas en el fondo de sus ibones, de sus moradas gélidas. Por eso tratan de atraer al caminante, y cantan con voces mágicas, como las sirenas. Porque no es tiempo de viajar por el Puerto hacia Francia, la desgracia acecha en la noche del solsticio. Las Fadas d'os Ibons aparecen sobre la superficie, recitan sus encantamientos y caes en sus redes irremisiblemente, desapareces para siempre bajo las aguas negras.
En la memoria de nuestros antepasados, permanece la lucha omnipresente entre las oscuras fuerzas del mal y las del bien, tan incomprensibles y sobrenaturales las unas como las otras. Su primitiva fe, no obstante, les permite creer que si dejan encendida la Tronca de Navidad cuando acuden a las "tres" misas de esa noche (sólo ha pervivido la del Gallo), la Señora y su Hijo entrarán en sus casas para calentarse y secar los pañales.
Y luego queda la esperanza de que en la Nueibuena nazcan niños y niñas. Serán personas especiales, porque tendrán Almas Blancas o Espíritus Fuertes. Estarán dotados de un poder innato contra el Diaple y los seres maléficos, combatirán el Maldau de bruxas y bruxones, serán saludadores y sanadores.