Letras Salvajes                     Número 9                                        2005

 

 

AURORA ARIAS

 

 

Selección de Fin de mundo y otros relatos (San Juan: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 2000)

 

 

INESPERADO ENCUENTRO CON LA COSA

 

La licenciada Ruiz no podía creerlo.  Era ella: La Cosa en persona.  Tanto tiempo sin verla, y ahora podía tenerla así, de frente, tocable, tangible, ¿real?

 

—¡Gran Cosa!—casi gritó—.  ¡Eres tú!

 

La Cosa sonrió.  ¡Ah, estos seres humanos!  Se asombran por cualquier cosa.  A decir verdad, no esperaba tal susto por parte de la licenciada Ruiz.  Después de todo, ella debía saber que de tanto pensar, escribir y vivir una misma cosa, ésta terminaba por hacer su aparición.  ¡Dura profesión la de la licenciada Ruiz, si tomamos en cuenta los tiempos que corren, en los que se ve cada cosa!

 

Debía ser un poco tarde ya.  La licenciada Ruiz no despegaba ni un segundo sus ojos de La Cosa.  Se pellizcó con disimulo, para cerciorarse de que no se trataba de un sueño.  No, no estaba dormida.  ¿Qué podía ofrecerle a la inesperada aparición?  ¿Agua?  ¿Té?

 

—Olvidas que no soy humana—dijo La Cosa.

 

—Si lo eres—respondió la mujer, con entusiasta ansiedad—.  Tan humana como que ahora te tengo enfrente.  Desde el inicio de los tiempos, los seres humanos te fuimos creando.  Estás hecha a nuestra imagen y semejanza.

 

—Lo sé.  Pero en realidad, realidad, creo que nos fuimos creando mutuamente.

 

La licenciada Ruiz estaba dispuesta a grabar en su memoria cada palabra dicha por La Cosa.  No desecharía la oportunidad que representaba aquel inusitado encuentro, para hacer el mayor número de preguntas posibles, y poner a su interlocutora a decir muchas cosas.

 

—Oye—dijo, como quien no quiere la cosa--, ¿Estabas tan mal como dicen, antes de que desaparecieras?

 

—Bueno, eso depende.  Para algunos La cosa, o sea, yo siempre estuvo buena.  Para otras, siempre anduvo igual: rota, pobre, reprimida.  Para los más indiferentes, daba igual como estuviese.  Nunca les importé.   “¿De qué Cosa me hablas?”, decían.  Había unos cuantos que a la menor oportunidad acababan conmigo.  “Nunca se arreglará la Cosa”, decían, y así por el estilo.

 

—¿Piensas que nunca más volverás a ser aquella cosa que antes fuiste?

 

—A mi edad, tendría que pensarlo dos veces.  Me harté de escucharles decir: “¿Tú tá en la cosa?”,  “¿Cómo tá la cosa?”, “Avísame por si cualquier cosa”, “¡Qué cosa tan grande!” y “La culpa la tuvo la Cosa”.  ¡Quiero que me olviden de una buena vez!

 

La Cosa, transparente, se inclinó hacia la mujer, y le tomó de las manos, mirándola a los ojos.  Ésta pudo sentir su piel callosa y ver la húmeda brillantez en su mirada.  Notó que La Cosa lloraba.  Quedó, en principio, convulsa.  Luego, pensó en ofrecerle un pañuelo, pero, ¿para qué?  Con un simple pañuelo no se borran las lágrimas de las cosas. 

 

—¿Vas abandonar la vida de nuevo?—dijo la Licenciada Ruiz muy bajito, llorando también—¡Yo que te creía curada de espanto!

 

—Una vez en la vida, compréndanme—gimió La Cosa. 

       

—No podemos concebir la vida sin ti.

 

—Bueno, al menos aprendan a valorarme en mis justa dimensión—dijo La Cosa, sonándose la nariz.  Y agregó—:¡Hubo una época en la que hasta les hacía difícil ponerse de acuerdo para dialogar sobre cómo arreglar las cosas en este mundo!

 

—Tienes razón, pero es que muchas veces las cosas no son como parecen.  Por cierto, Cosa, antes de irte, respóndeme.  Aquí, entre tú y yo: en realidad: ¿eres la simple realidad, o es que la realidad no es más que una simple cosa?

 

La licenciada Ruiz no pudo escuchar la respuesta a sus profundos interrogantes acerca de las distintas realidades que conforman a una misma cosa.  De repente, La Gran Cosa se desplomó, apretándose las sienes y gritando: “¡Aaaahhh!”.  La mujer se apresuró a socorrerla, tomándola en sus brazos. Al principio, La Gran Cosa sudaba fría y copiosamente, con la cabeza echada a un lado.  De nada valieron las súplicas de la Licenciada, ni el paño tibio que le colocó en la frente.  La Cosa iba cambiando de color hasta volverse transparente e inaudible.  La Licenciada Ruiz fue testigo de cómo aquella entidad de la que tanto dependía el imaginario vivir de toda la humanidad, de nuevo desaparecía, dejándola sumida en un inexplicable estado de cosas.

 

 

 

FIN DE MUNDO

 

Desayunando con Yves Saint Laurent, dispuesto a trasladar su atelier, porque un viejo satélite ruso se acerca vertiginosamente a París.  Antes de salir de casa, recibo una tarjeta de invitación a la interesante charla “El anticristo: ¿ya está entre nosotros?”.  Salgo rápidamente, y mi vecina me comenta que mañana viene un eclipse, el último del milenio, “y es posible que hasta se acabe el mundo”.  Mi madre me llama a la oficina desde Nueva York, para advertirme que compre mucho conflé, pues mañana comienzan tres días de oscuridad, “pero sobre todo, mi hijo, consíguete dos o tres cajas de velas, que sean velas benditas, porque si no, no prenden”.  Almuerzo en un restaurante, y un par de telépatas ambulantes, se acercan a m mesa gritando: “¡Concéntrese profesor!”, “¡Estoy concentrado!”, “¿Qué clase de futuro le espera a este caballero?”, “¡Incierto!”.  En la sala de espera de mi dentista, escucho sin querer una conversación acercad e una Gran Cuadratura Astrológica.  ¿Qué significa eso?, pregunto por curiosidad. Que lo que viene mañana es tan grande que ni los televisores van a funcionar.

 

De regreso a casa, un tipo parado en la esquina me arremete con un altoparlante: “¡Arrepiéntete que Cristo viene!”. 

 

Enciendo el televisor mientras ceno, y me topo con las profecías de Nostradamus, según las cuales, ya se acerca una tercera guerra mundial, y perdido el apetito, me siento en la santa paz del inodoro, y para entretenerme hojeo el último ejemplar de la revista Karma-9, cuyo artículo central se titula: “La inminente llegada del fin del mundo”.  La cierrop rápidamente, y tomo la del mes pasado: “¿Por qué la Nasa oculta que existe vida en el planeta Marte?”.  (¿Existe vida en Marte?, menos mal).  Chequeo el correo electrónico y encuentro un e-mail de mi mejor amigo, anunciándome que se muda de Los Ángeles a Colorado, porque los de su secta ya se comunicaron con los extraterrestres, y es seguro que el fin del mundo comience por San Francisco, posiblemente mañana. 

 

Decido dormirme y, para terminar el día, busco refugio en una lectura edificante, y recurrro a la Biblia, sólo para cerciorarme de mañana, o cuando sea.  Y entre “Dios dijo: ‘Hágase la luz’, del Génesis, y ‘el sol se puso tan negro como vestido de luto, la luna toda se volvió como sangre y las estrellas del cielo cayeron a la tierra… El cielo se replegó como un pergamino que se enrolla, y no hubo cordillera o continente que no fuera arrancado de su lugar…”, del Apocalipsis, casi me caigo muerto.

 

Qué vaina.  ¿Qué clase de futuro le espera a este caballero?  Tres días de oscuridad “y lo que viene es tan grande que ni los televisores van a funcionar”.   “¡Mamá! ¿Por qué la Nasa oculta que existe vida en el planeta Marte?” “Pero sobre todo, mi hijo, consíguete dos o tres cajas de velas”.  Un viejo satélite ruso se acerca vertiginosamente a la Tierra.   ¿Qué significa eso?, pregunto.  “Un eclipse, el último del milenio.” Tan negro como vestido de luto.  ¡Arrepiéntase que Cristo viene!  Y no hubo cordillera a continente que no fuera arrancado de su lugar.  ¡Ni los televisores van a funcionar!  ¡Ni los televisores van a funcionar!  ¡Ni los televisores van a funcionar!  ¡Concéntrese profesor!  ¡Estoy concentrado!

 

“El anticristo: ¿ya está entre nosotros?”

 

Y es seguro que el fin del mundo comience por San Francisco, Nostradamus nunca se equivoca.  ¿Tres días de oscuridad?  ¡Qué vaina!  Casi me caigo muerto como un pergamino que se enrolla.  ¿Qué clase de futuro le espera a este caballero?  “La inminente llegada del fin”…  ¡Mamá!  ¡Mamá!  Existe vida en Marte, menos mal…  “pero que sean velas benditas, porque si no, no prenden”.  Se acerca una tercera guerra.  Que compre mucho conflé.  “Es posible que hasta se acabe el mundo”.  ¡Arrepiéntase!  “La inminente llegada del fin”.  Sí, sí, mañana, mañana…  las estrellas del cielo cayeron.  ¿Qué significa eso?, pregunto.  ¡Que compre mucho conflé!.  Saint Laurent, por favor, comunícate con los extraterrestres.  ¡Mamá… la luna toda se volvió como sangre!  ¡Estoy concentrado!  ¡Y ni los televisores van a funcionar!  “¡Y es posible que hasta se acabe el mundo!” ¿Qué clase de futuro le espera a este caballero?  Tan negro como vestido de luto.   ¡Incierto!...  ¡Incierto!...  ¡Incierto!...  Nostradamus nunca se equivoca.  ¡Y ni los televisores van a funcionar!  ¡Arrepiéntase!, le ordeno.  ¡Sí, sí, mañana, mañana!  Sí, mañana, mañana; sí, sí, mañana, mañana…  ¡Mamá!, ¡Mamá!, el sol se puso tan negro como vestido de luto, y Dios simplemente dijo: “hágase la luz”. 

 

 

Aurora Arias.  Nacida en Santo Domingo en 1962.  Estudió arte y psicología.  Ejerce también el periodismo, siendo co-editora de “Quehaceres,” órgano del Centro de Investigación para la Acción Femenina (CIPAF).  En poesía ha publicado Vivienda de pájaros (1986) y Piano Lila (1994).  Es también narradora.  En 1994 obtuvo el premio de Cuento de Casa de Teatro por Invy's Paradise.  La Editorial de la Universidad de Puerto Rico publicó su colección de relatos Fin de mundo (2000).  Sus poemas figuran en la antología de reciente poesía dominicana Juego de Imágenes, compilada por Frank Martínez y publicada por la editorial Isla Negra en 2001.

 

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