Letras
Salvajes Número 8 2005
Luis suardíaz
LA SIMIENTE
AVISO
En La simiente se juntan poemas aparecidos en Haber Vivido, de l966 (“El venado”. El XII de “Correspondencia Acumulada”,
“Canción” y “La simiente”) de Cómo quien vuelve de un largo viaje de 1975 (el
que le confiere título a ese libro y “Cura de caballo”) de Leyenda de la justa
belleza de 1978 (el titulado “La última cena”).
En 1988 se publicó en Venezuela Un instante que sostiene toda la luz, y
el poema de ese nombre aparece aquí.
“Nueva canción del arpista” se incluyó en Nuevos cuadernos de clase, de
1989. Un año después en Papel mojado
figuraron “Tango de la vacía primavera” y “Paisaje inventado por la lluvia”. La
versión definitiva de “El navegante” sólo se ha publicado hasta hoy en el
segundo número de la Revista de la Biblioteca Nacional de 1992.
“Diago se va en la niebla de Madrid”, “Chino de vuelta” y “Deuda
externa” se incluyeron originalmente en Voy a hablar de la esperanza de
1996. Los titulados “Volver”, “Qué
tendrá la princesa” sólo han aparecido en publicaciones periódicas de Cuba,
España y Estados Unidos. Por último “Pálido
centenario”, “A Benny Moré sin sombrero ni bastón” y “Suspenso” se publican por
primera vez.
El
Autor
Un
instante que sostiene toda la luz
Alguna vez,
mañana,
levántame y
dispérsame,
entrégame con el
triángulo
fatal de tu inocencia
el continente oscuro
y breve
de tu vida.
Y que la sangre
suba entonces,
mientras la carne
deja
su existencia en el
tiempo.
Sin un asombro, sin
un grito,
circundando el vacío.
Correspondencia
acumulada
XII
Si alguna vez, como
quien dice, nos tropezamos por ahí,
ten en cuenta el agua
de tantas primaveras y de cómo las piedras
terminan por quedarse
únicamente con su alma. Como quiera que jamás
te escribí un mísero
papel, no entenderías mi firma y como
por el momento han
transcurrido quince años, mis señas personales
han sufrido transformaciones decisivas.
La brava flor de aquel domingo
de mayo demoró en
sucumbir, pero al cabo....
Tu primo se fue a
Detroit en el 54 y allí se acabaron nuestros
diálogos a
distancia. Al principio se levantaba
intacta la canción
( Voy caminando /por las mismas calles que ayer caminaba /
para irte
a ver... ), después fueron otras las canciones. No te imaginas
la mezcla de
vergüenza y candor que me ganaba cada vez que recorría
Bembeta, Hospital y
hasta tu misma calle, nada más que por verte.
Si es que algún día
volvemos a encontrarnos, recuerda que he caminado
otras calles y esas
mismas en busca de otra gente, a lo largo
del tiempo. Ya no soy el muchacho azorado de los
domingos, de los
encuentros a la
salida de las clases de inglés en el invierno.
Mas, como todo
empezó a ser
contigo (la aventura, el peligro, los
olvidos) ponme
de cuerpo entero en
tus ojos y dame en tu memoria el lugar que tenía
y aquel rostro.
El venado
Es como la tristeza
mira, como los hombres en invierno.
Y, como el huérfano, apenas pone
sus huellas en la yerba.
Es como la tarde:
crece su piel hacia la soledad oliendo el monte.
(Por su perfil transcurren el disparo y la noche,
la memoria imprecisa del acoso.)
Pero bajo su ramo, angustioso de cuernos,
no cabe el pensamiento y muere, como de un salto,
con los ojos abiertos.
Volver
I
Bajo la misma lluvia
aérea
salta mi niñez una tapia
de ladrillos rojos.
II
Las cercas de alambre
dulce
son tomadas por la
flor del coralillo
con su olor de amor
adolescente.
III
Evoco
sin ninguna piedad
para mi alma
las calles de
invierno
en las que nadie me
esperaba.
IV
La mariposa pasaba
(¿o tú pasabas? y
dejaba
en mis manos el polvo
en fuga
de sus alas.
V
Volver.
Llueve sobre los
escombros
y los techos ocres de
la ciudad...
Empecinada,
inútilmente,
yo compongo los hilos
rotos
de los desencuentros.
Tango
de la vacía primavera
(Homenaje
a Gardel)
Pasas en tu fuga
blanca
por el sendero en que
te vas.
El cabello crecido
por tu espalda sin prisa
baja suave en su olvido
y mi ensueño en la brisa
retorna a lo vivido.
Una danza y un beso,
una mano que dice no,
cuando lo dice.
Tus ojos severamente
lejos
de mis ojos callados.
Tu boca que fue tanto
sin ser mía.
El cabello tan libre,
tu risa que se apaga:
las historias posibles
y un vuelo que se acaba
en la tarde apacible.
Uno entre tantos
reclamos,
con la música triste.
Yo no tuve más rosa
que un amor entre
espinas
y esa tarde sin
lumbre
y tu fina escultura
y ese verde camino
de la fuga sin duelo
de tus pies que se
van.
Paisaje
inventado por la lluvia
La lluvia de
diciembre
apacigua la yerba,
cubre de mínimos
planetas a las naranjas,
me convida en su
viaje.
Qué otro país sino la
infancia
viene con la lluvia:
Un tazón de leche
cruda, una jícara
caliente de café,
unos lápices
de grasientos colores
y la gramática,
la misteriosa
geografía, los números.
Tiemblan quizá de
gozo las plantas
en las desguarnecidas
terrazas.
Un cielo muy gastado
deposita en el mar
sus huevos grises.
Es así este paisaje
pintado a mano por la lluvia,
fina, familiar, sin
prisa, de diciembre.
Canción
Cuánto amor
en un sorbo de café compartido...
En las manos
que de pronto se funden en una sola música.
En la tarde
que se abre y se cierra sobre los ojos de los enamorados.
Como quien vuelve de un largo viaje
Como quien vuelve de un largo viaje
me aprieto contra mi mujer.
Quiero extenderme junto a esa llamita que es mi mujer
Porque regreso cada vez de un viaje más lejano
Ella duerme.
Disuelve la fatiga bajo los tibios edredones.
Como quien llega después de un siglo
al castillo donde la leyenda hace que duerma
la muchacha de larga cabellera,
sacudo el polvo, acomodo los papeles
y me tiendo a su lado.
No para interrumpir el sueño que es mi
mujer.
Sacudo el grave polvo de la nieve, echo a un lado
los espejismos del invierno, para recogerme
cerca de ese perfume y aún soñar
junto a esa llamita que es mi mujer,
como quien vuelve de un largo viaje.
Cura de caballo
Para que salga de su melancolía el animal
se le baña con ensañamiento
desde los belfos a la luna casi llena de los cascos.
Las ramazones, los guijarros trazaron cangilones desiguales
en el trapecio, la grupa, las coronas y en ellos entró con rapidez el
foete.
Para que despeje los agrios olores del monte,
se le baña de norte a sur y se le aplica el fuego en sus dolores.
Es una ciencia aguda, una cura bárbara
que despliega una herida grande sobre las muchas heridas imprevistas.
Sus ojos de gente en agonía ven llover los ásperos remedios.
Para salvar al animal, para que vuelva entero a los peligros,
de nuevo a los arroyos, de nuevo
a la rosa de los vientos.
Para que monte en pelo la aventura en su lomo, para que no haya lejanías
más duras que sus ancas.
La cura es un dolor desnudo y es un rayo
que alza en dos patas la bestia y le hace morder y cargar contra el
viento.
La cura pone su galope en el vacío y una creciente espuma tibia
en sus ollares.
Para que se enderece el animal,
para que brillen sus ijares y vuelva entero a los caminos.
Diago
se va en la niebla de Madrid
A los infiernos
lo ve caer Orfeo
sin que su lira
acierte
a cantar el desastre.
¿De dónde vino Diago
con todas las
lecciones
desde siempre
aprendidas?
Plumillas sin
retóricas
nuevas o antiguas.
Altares aéreos
de un auténtico
templo
lucumí.
El negro sobre negro
y negro
revela la claridad
del mundo.
nadie se atreverá
a sentarse en la
penumbra
de su silla.
En la angustia
de sus ojos abiertos
establecen su reino
los enigmas.
Chino de vuelta
(Wilfredo Lam)
Salvado
milagrosamente
por la guerra,
desde la jungla,
o más exactamente,
desde la húmeda manigua,
asistido
por dioses humildes,
palos de savia mítica
y diablos estremecidos,
Lam
nos convoca
a la raíz del sueño.
Qué tendrá la princesa
Lady D, con su
hostigada boca de fresa,
se baña en la alberca
fría de un día sin sol.
Los fotógrafos han
seguido su rastro hasta Mallorca
--y el de su amiga,
su doble de sonrisa mustia—
pagando, pulsando y
prometiendo, y al fin
la toman, cuando
duerme de espaldas, cuando cruza
o descruza las
piernas, cuando bosteza
con aire de plebeya.
Buscan la foto
millonaria
que les permita
veranear, vagar
entre supermercados y
autopistas, beberse
el descanso de las
cervezas enlatadas,
o su pinta de whisky contra el tedio.
Lady D, siempre
acosada
por las impúdicas
revistas del corazón,
desertora de sí
misma, estruendosamente triste,
desciende al
mallorquino cristal de las aguas,
al nirvana de no
tener memoria,
y se despoja de su
blusón azul.
Qué tiene, qué tuvo,
qué no tendrá nunca
la princesa.
A
Benny Moré sin sombrero ni bastón
Apagando el sudor de
su frente
que retenía el sol de
Lajas, de México, de Maracaibo, de Vertientes,
te inclinabas en la
sombra fértil de los plátanos
para enfrentar los
enigmas del por ciento, los residuos,
los quebrados que te
pedían para aquel año 61 y la gran
campaña del saber.
-Ya los voy domando, dices, y das
de beber
a las plantas del
conuco, aunque sería más fácil
que los alambres espinosos
de los números, sangrar tus décimas
guajiras en adhesión
al tiempo nuevo, ese que ligeramente
verán tus ojos,
asateados por la neblina del bar.
de la descarnada
trova, del club, del cabaret...
(Sones
del monte en su lenta espiral, trampas
del guaguancó, órbita sinfónica del mambo, pimienta verde
de guarachas, tintinean en el vacío de las botellas,
pero...)
...es en la espuma
amarga y dulce de la cerveza donde por ti
aguardan los boleros
que tu voz ha de esparcir
con el pólen de la
noche a los repentinamente felices,
los insomnes, los
tumultuosos solitarios, porque
de todas las voces
gravemente heridas, ninguna tan alegre
como la voz nocturna
del Benny, que cantó y cantaba y cantará
hasta que se
disuelvan en la luz las estrellas del alba.
Elogio
Nadie sabe
las lágrimas que
vierte
el agua
para llegar a ser
la fuente cristalina.
Suspenso
Un silbato
raja la mañana.
Ese sonido
Entorpece los
tímpanos
Y levanta en armas al
barrio.
Todos salen a ver.
¿Será un niño
en su angélica
majadería,
un agente del
tránsito,
el anuncio de
tómbolas?
¿El circo?
¿O será el temido y
ansiado cartero?
No se oye más ese
ruido sin música
Y el resto esta vez
sí es silencio.
Deuda Externa
Nada se marchita
tan rápidamente
como el dinero fresco
en las fúnebres
bóvedas bancarias
de los países pobres.
La
última cena
En una mesa
discretamente bombardeada por sones de orquesta,
se están comiendo las
entrañas del gran amor.
El mantel está
dispuesto como para auspiciar una alegre aventura,
semilla de las
catástrofes galantes. Los cubiertos, el
vino,
las copas con sus
largas patas de grulla, sirven de prólogo.
El vestuario de la
pareja resplandece, las manos, esas
ágiles,
huesudas arañas
blancas, nos llevarían por la pista falsa
de una perfecta
comunión sustentada en el júbilo
del pecado carnal. Y
la delgada sonrisa de la mujer que examina
la impresionante
lista de platos extranjeros del menú y la verde
llamita en los ojos
de su Romeo, entrarían sin esfuerzo en los tonos
cálidos de un nuevo
idilio en la disolvencia de la ciudad
nocturna.
Sin embargo, en la
mesa, en sus cuchillos,
se fragua la escena
final del gran amor. Los dos dijeron
eternamente siempre,
ni siquiera la muerte. Y cantaron sin
saber
cantar y escribieron los
deficientes y temblorosos versos
que se traga el río
anónimo de los amantes, esos en los que ya
no podrían
reconocerse. Los dos edificaron su reino
en los teléfonos,
los barcos, los
bosques, las espumas, los catauros de luces,
y el polvo sinuoso de
la madrugada. Dijeron nací en tus ojos,
o bien, vivo para
siempre en tu corazón, eres la cifra que no se apaga
nunca, la parte más
pura de mi alma, mi descanso, mi lucha.
Así que al parecer
murió lo inmortal, se cansó de ser eterna la eternidad.
A la hora del pan,
ligeramente atontado por la mantequilla,
surge la primera
estocada y viene con el consomé
un golpe de
sangre. El gran amor se desmenuza en la
misma partitura
que el pollo, se va
poniendo frío con la ensalada, dicta
con la dulzura de los
postres su tímida y última voluntad.
Le han dado a beber
no la diabólica cerveza de los días felices,
sino el vino solemne,
el líquido sello de las cortesías.
El camarero, que asiste con sus botellas
protegidas por tibios
pañales y su oscuro
traje de campaña, hace a su tiempo la señal
para que baile el humo del concilio en las
tazas de café.
Pero ellos no vienen
a reconciliarse. Están aquí
correctamente
sentados, pulcros, hermosos como los arquetipos
del cine comercial,
para comerse las lonjas ahumadas de la ilusión,
para consumir el
cigarrillo que él enciende y ella
convierte
en ondulantes cangrejos grises, para torturarse
con los artísticos
cubiertos y con el
fuego blanco del hielo frappe.
Una y otro con sus más caros adornos, amables,
civilizados,
huérfanos de la menor
tristeza y armados de paciencia,
de humor rosado y de
sonrisas. Ni una sola inconveniencia
ha sido dicha, ningún
brote de lágrimas ha despertado de su sueño
a los pañuelos, pero
los músicos, los bulliciosos comensales,
los maitres de frente despejada y hasta el
novísimo pinche de cocina
saben que en esa
mesa, prestigiada por densas corolas de rosas,
se están comiendo las
crudas, las sangrantes entrañas del gran amor.
Pálido
centenario
Air France
repartió carpetas con
sus versos incendiarios,
el dibujo del pelo
sobre los hombros
y la pipa forjando
interrogantes de humo.
En los foros
socialistas
los diplomáticos de
su país
asumieron con fingida
admiración
sus días en La
Comuna.
Volaron los pájaros
del otoño.
Danzaron en su tumba
los huesos
ya polvo de
Verlaine.
Más de dos tercios
de la moderna
humanidad
siguieron festejando
su Temporada en el Infierno.
Y todavía, todavía,
todavía
estamos en vísperas
de cambiar
la vida.
El
Navegante
Siempre que nos metíamos
en la aventura
del Diario, nos admiraba el raro idioma
de los pájaros, los
feroces gritos y juramentos,
y el confuso sentido
histórico
de los tripulantes.
El Almirante se
empeñaba en conciliar
el orden con el buen
éxito a toda costa,
y se desplazaba como
un primer actor
entre los insultos y
las amenazas
que golpeaban cada
vez con más fuerza
en las velas y en el
palo mayor.
El 19 de septiembre ,
cómo olvidarlo,
Amaneció con un
alcatraz a bordo.
Otro mayor pasó en la
tarde, y decían unos
que se trataba del
espíritu divino
y los más que esas
nuevas tierras parecían,
después de todo,
cercanas.
La joven ballena, las
gaviotas, la yerba muy espesa
y los peces que iban
y venían sin pizca de temor,
¿qué era sino anuncio
de cosa grande?
El miércoles 10, sin
embargo, sopló
Un viento de
desgracias. Entonces fue
Que El Almirante
habló, sacudiéndose
imaginarios pájaros,
y esgrimiendo el temor a Dios, con gran demagogia
según la costumbre de
la época,
y prometiendo sedas,
glorias y castigos,
a los flojos que
gemían, a los templados
que se cruzaban de
brazos, y a los mansos
que seguían
trajinando para que las naves
no se fueran a pique.
Aprovechándose con
creces de la algarabía
Dictaba aforismos que enseguida amortajaban
Las ondas y el
viento:
No es por maravedis
que navego estas aguas,
no busco las Indias
sino el tiempo.
Me empleo como
Almirante, porque es mi modo
de inventar los
mundos que otros
dibujan en los falsos
mapas del verso,
Noche grande. El mar.
Y el miedo,
Y otra vez el ruido de
las almas...
Y el silencio.
¡Tierra!
La conquista. La fundación. El crimen.
Nueva
canción del arpista
No hay liberación final
ni tampoco ningún alma en
otro mundo.
Brihapasti
Mi antigua cama,
como la de Francisco
de Quevedo,
es un campo de
batalla
donde se juntan
gérmenes de crónicas
y versos, y la
imperceptible ceniza
de las estaciones.
Cuando el día entra
en su hermoso
mestizaje y parece
una hoja
llena hasta los
bordes,
y se disputan todo el
espacio:
informes, memorandas,
hipótesis
de Parménides,
fragmentos
florecientes del
Diálogo
de un desengañado con
su alma,
inventos de
Protágoras, revistas,
intentos de lejanos
talleres
literarios,
antologías de cuentos
rusos y franceses,
finuras
casi perdidas del
Ramayana,
soy el que fui, el
que alguna vez
seré, enfrento los
abismos del ser
y aun extravío los
precarios
Talismanes que me
salvan del tedio.
Debo entonces
apaciguar la marcha,
echar a un lado esos
lápices
que ya no pueden
contar
la historia de nadie,
esas teorías que se
vuelven
estatuas de sal,
y posponer para una ocasión
justa, las notas
sobre un poeta
arrebatado por la
muerte, la novela
gótica, el idealismo subjetivo
y las lecciones
escolásticas.
Mi cama vuelve a ser
un sitio de paz, de tierra
intima, de compartido
amor,
de siembras en el
corazón de la noche.
Desde ella, y acaso
con música de arpa,
me anticipo al viejo
día que vuelve.
Me dispongo al asalto
De la fugacidad
eterna
La
simiente
Nos dijeron:
esta es la belleza.
Para que no
pudiéramos
verla con nuestros
ojos
ni hacerla con
nuestro
propio esfuerzo.
Por ahora sería
difícil
decir: esta es la
belleza.
Y no lo hacemos
porque
fatalmente nos equivocaríamos.