Letras
Salvajes Número 8 2005
Luis suardíaz
Para llegar al Gran Zoo (1992)
Estamos juntos desde muy lejos,
jóvenes, viejos,
negros y blancos, todo mezclado
N.G.
Malicia, sabia
ironía, madurez, suelen invocarse cuando se habla o se escribe sobre El Gran Zoo,1 el poemario de Nicolás
Guillén (1902‑1989) que vio la luz hace ahora un cuarto de siglo.
Desde el principio
no pocos críticos opinaron que se trenzaban en el libro un nuevo modo de decir
y las artes y oficios del autor, experto en medir y sopesar, en quitar o poner
estrofas, para que su manuscrito no sufriera excesos y tampoco descaecieran sus
esencias a causa de los defectos.
Pero otros
comentaristas se admiraron de su rotunda, absoluta novedad, mientras que sus
contrarios prefirieron catalogarlo como una rama florida, pero no diferente de
ese fértil y para entonces añoso árbol de la poesía guilleneana.
Lo cierto es que si
la frescura y el vuelo libre de la imaginación nos engatusaban, no ignorábamos
que ese raro juntamento de fantasiosos animales, como hubiese dicho un
coloquial y antiguo principeño, venía gestándose en la propia obra de su
creador desde mucho antes.
Por eso si Para llegar a la Montego Bay,2 ‑titulo de un henchido
canto de múltiples cifras‑ José Lezama Lima (1910‑1976) tuvo que
tensar la cuerda (y sólo así pudo hallar los asombrosos gansos, los siete ríos
tirados por una pareja de bueyes, los venerables párpados del tucán, los densos
murciélagos de la bahía jamaicana, el sutil antílope volador y ese flamboyán
que semeja una albina señorita jirafa) para llegar a su personalísimo zoológico
‑que no es de cristal como en la pieza dramática norteamericana, ni de
azúcar como en la imaginación infantil‑ Guillén tuvo que hacer un largo
camino, y sobre todo, tuvo que lanzarse de nuevo al peligroso torrente
literario, no como en los días íntimos, subterráneos de Cerebro y Corazón,3 sino al estilo de sus
valientes Motivos de son4 nacidos, si atendemos a la
confesión de su autor, como de un rapto en una madrugada y un día de faena, lo
mismo que las invenciones de algunos heterónimos de Fernando Pessoa.
El sagaz y
fatalmente ya desaparecido critico Martiniqueño Alfred Melon, afirmó que
Guillén es el poeta de la síntesis,5 pero lo es también de la
paciente acumulación. La sombra que él mismo tendió durante décadas sobre sus
prístinos intentos literarios, hace que de los resultados de los años de
aprendizaje se hable con frecuencia en tono menor. A tal punto que para muchos
lectores el joven artista solo escribió y su paciente amigo Félix Nápoles
cuidadosamente mecanografió los originales de Cerebro y Corazón, algunos de los cuales se asomaron en modestas
revistas de la época y, después de un lustro de absoluto silencio, volvió al
ruedo con algunas páginas de corte vanguardista, hasta desembocar a los
veintiocho años de su edad en los Motivos
de son, en la página “Ideales de una raza” que dirigía el diligente
ingeniero y periodista Gustavo E. Urrutia (1881‑1958) en el Diario de la Marina que, sin embargo, ah, contradicción, fue siempre un órgano
enemigo de los negros y de sus ideales.
El desconocimiento
que los críticos tenían de la obra de Guillén era tal que hasta un pontífice de
la talla de Jorge Mañach (1898‑1961) al saludar el manojo de poemas de
Nicolás que Urrutia acogió en su página dos años antes de los Motivos..., el 16 de diciembre de 1928,
se pregunta admirado: ¿Quién, es este poeta?”6 Y, sin embargo, como se puede comprobar siguiendo al acucioso
biógrafo y crítico por excelencia de Guillén, Ángel Augier7 (1910), no menos de veinte composiciones de Cerebro y Corazón habían aparecido entre 1920 y 1923 en revistas
provincianas como Lís8, en otra publicación camagüeyana, Camagüey Gráfico, en Orto9 de Manzanillo, más también
en Castalia,10 El Mundo, Alma Mater y La Prensa, de La Habana.
Al libro inicial de
Guillén corresponde una de las páginas que conmovieron al autor de Martí, el Apóstol (1933), “Ala”, cuyo
titulo original es “Palabras fundamentales” (“... Ala, de tan enérgica nobleza,
basta para que urja sacarlo un poco más a la luz de publicidad. Hay plenitud y
madurez lírica en esos versos.”) Lo curioso es que uno de los timoneles de la Revista de Avance11 que se pronuncia por el arte nuevo, elogia un “canto de ayer”,
escrito en los inicios de una década que más tarde llamaría con toda justeza
Juan Marínello (1898‑1977) “critica”.
Haz que tu vida sea
Campana que repique
o surco en que
florezca y fructifique
el árbol luminoso de
la idea.
Alza tu verso sobre
la voz sin nombre
de todos los demás, y
haz que se vea
junto al poeta, al
hombre.
Más cerca de Enrique González Martínez (1871-1952) que de Rubén
Darío (1867-1914) “Alá” en efecto, se sostiene por sí misma y es un ejemplo de
cómo el joven bardo ha pagado su necesario tributo al modernismo y transita ya
hacia el postmodernismo. El valioso
intelectual jamaicano Keith Ellis, conocedor como pocos autores de lengua
inglesa de la literatura española e hispanoamericana y, en especial, de la obra
de Guillén, ha señalado la cuidadosa elaboración que se advierte en las creaciones
del Poeta Nacional de Cuba: 12
Guillén exhibe una firme maestría de los elementos musicales de la
poesía. Vence las dificultades formales del soneto y patentiza, al seleccionar veintidós,
su gusto por esa forma. Diecisiete están en endecasílabos, dos en alejandrinos,
dos en octosílabos y uno en decasílabos. Exhiben una variedad de esquemas
rítmicos que incluye los establecidos en el Renacimiento, los introducidos por
los modernistas, y una innovación que emplea en el poema “Madrigal trirrimo”
donde escribe dos cuartetas en monorrimo y un monorrimo diferente para cada uno
de los tercetos.
El cultivo del soneto por Guillén, no
sólo sujeto a las formas clásicas sino utilizando versos de dieciocho sílabas,
rimas asonantes y, como señala Ellis, aún octosílabos, le permitió a Augier
juntar ochenta de estas piezas, como un símbolo al cumplir su autor ochenta
años.13
Por lo que respecta
a los versos de los años de aprendizaje, constituyen, con fulgores y heridas,
el fundamento de toda su obra posterior. Mucho después de sus primeras dudas
ante la hoja en blanco, en su “Arte poética” ¾que es también una
declaración de compromiso político¾ puesta a la cabeza
de un libro de madurez,14 confesará: “Un pájaro
principal me enseñó el múltiple trino”. Ese pájaro de hondo cantar, no es otro
que Rubén Darío. Pero su admiración por el gran nicaragüense no lo convierte en
un epígono que ignora a otros autores. Ya para entonces conocía la obra de las
cabezas más creadoras del Siglo de Oro español, en especial Quevedo, Góngora,
Cervantes, Lope de Vega...; así como a Bécquer y Campoamor, a las dos
promociones de notables románticos cubanos y a José Martí (1853‑1895),
Julián del Casal (1863‑1893), el colombiano José Asunción Silva
(1865-1896), el ya citado mexicano Enrique González Martínez (1871-1952) y otros que pulsan la nueva lira,
o se pierden en la antigüedad clásica.
El adolescente que a
los quince años escribió sus primeros renglones cortos y perdió a su padre,
protector, mentor y amigo, declara su amor por la soledad, las cosas humildes,
los seres ignorados –aunque a veces cisnes y princesas lo asedien‑ piensa
que morirá joven, y reclama para ese acto final al más lúgubre, el más
innominado de los sepultureros. A veces se entrega a la música del verso y
busca efectos que, aunque por entonces él quizá no lo sepa, son cultivados por
ese “modernista diferente”, al decir de Samuel Feijoo (1916-1992), que fue el
colombiano León de Greiff (1895-1976): “La flauta gemía/ su melancolía./ La
flauta decía: / no hay pena tan grande como la mía.” (Solo de flauta.)
Esta sucesión de
tristezas y melancolías, este vivir provinciano que sólo interrumpen las pugnas
políticas criollas, o el eco del estruendo de lejanas guerras o catástrofes,
termina por apresarlo en su invisible y dura red. Por eso cuando realiza en
1920 su primer viaje a La Habana, con ánimo de estudiar la carrera de leyes y
hacerse, como diría su abuela, un hombre, escribe sus más ingenuos
alejandrinos: “No hay Martirio más grande que el hondo desconsuelo/ de suspirar
ausente de los paternos lares/ y deshojar la rosa negra de los pesares/ bajo la
indiferencia de otro sol y de otro suelo”(Soledad.) Mas, también hallamos en
“Gota”, un relámpago que anuncia una parcela esencial de su poesía: “Esclavo
que extraña al amo/ siempre que el amo le pega... / ¡Cuán incomprensible
esclavo!”.
Escapados de Cerebro y Corazón, pero todavía girando
en su órbita, otra veintena pasó al trémulo reino de la letra impresa. Entre
ellas “Dolorosa”, con evidentes huellas de Bécquer (“Mi vida es un jardín que
se ha secado./ El hada del Dolor ajó sus flores/ y ya no trina en el dulce y
confiado, / el pajarillo azul de mis amores.”); un débil soneto a Rubén Darío
(1867-1914); “Al oído”, con mariposas azules, princesas, arpegios, alondras,
oriflamas; mas también una limpia estrofa que anuncia ya al autor de los
novedosos madrigales mestizos (“Tu cuerpo es flexible y galano/ cual una
altanera/ palmera/ clavada en la pompa del suelo africano.”).
En “Igual que el
mar”, los enjoyados vocablos modernistas no irrumpen con su cola de colores. El
adolescente de tierra adentro apenas conoce las furias del Mar Caribe, pero ya
sabe que “Con atrevida lengua lame y toca/ la dura piedra a cuyos pies
palpita.” Ese mar, tema constante de su obra poética, volverá con esos mismos
laboriosos arreos en su célebre “Glosa”15 un cuarto de siglo más
tarde. Por lo demás, el primer terceto de este soneto nos lleva hasta José
Martí: “Sé de un amor, que como el mar, en vano/ lanza sus olas con audacia
fiera/ en pos de un corazón siempre lejano.”
Los más conocidos de
esta etapa son, sin duda, los tres sonetos de “Al margen de mis libros de
estudios”. Dedicados a Juan Francisco Saríol (1888-1968), ocuparon un espacio
en Orto, en la entrega de julio 31 de
1922; en noviembre de ese año el número inicial de Alma Mater, cuyo administrador y verdadero inspirador era Julio
Antonia Mella (1903‑1929), los reprodujo de forma destacada. En 1923
retornaron al público lector, esta vez en Lis.
En 1927, Orto, la humilde revista de Sariol que
tan grandes servicios prestó a la cultura cubana, dio a conocer al menos seis
poemas de Guillén: “El aeroplano”; “La voz desconocida”; “La nueva musa”; “Tu
recuerdo”; “Futuro”; “Sol de lluvia”. Con excepción de “La nueva musa”, todos
hallaron sitio en “Versos de ayer y de hoy”, significativa página que también
acogió el titulado “Reloj”. A ellos volveremos. Por ahora, anotemos que el ignorado
vate que despierta la curiosidad de Mañach había publicado hasta ese momento no
una breve muestra de su trabajo sino cerca de cincuenta poemas a lo largo de
siete años, y que algunos alcanzaban ya segundas y terceras ediciones, o habían
sido antologados en la lejana Barcelona.16
Solamente en las
paginas de Orto, Guillén difundió más
de veinte piezas entre 1920 y 1927, lo
que nos hace pensar que Mañach el efímero novelista de Belén el Aschanti (1924) y destacado periodista, profesor y
ensayista, ni siquiera leía la imprescindible revista manzanillera y únicamente
se dio por enterado de la existencia de Nicolás cuando se asomó en el grato ¾para él¾ papel del apostadero de La Marina.
Esto explica, en
parte, la decepción que sofocó los impulsos líricos de nuestro autor: escribir
en la provincia y publicar durante años en revistas también provincianas y en
algún órgano no relevante de la capital era como sembrar en el desierto.
El creador de Sóngoro cosongo (1931) dejó bien sentado
que a partir de su regreso a Camagüey, al interrumpir para siempre sus estudios
de derecho, se consagró al periodismo, a la bohemia, a las tertulias donde
probaban sus armas aspirantes a escritores que, en su mayoría, no dejaron obra
de mérito y, naturalmente, a juveniles aventuras amorosas.
Al evocar esta
etapa, Augier señala que a partir de 1922 ¾y durante toda su
estancia de casi un lustro en la capital agramontina¾ Nicolás no escribe un sólo verso.17 Sin embargo en una hoja suelta de 1922 cuyo objetivo es divulgar las
virtudes profesionales de su amigo, el sastre Elesbaan Torres, Nicolás transita
por vez primera por el cauce de la décima:
Es harto frecuente el
caso
de que un Juánez sin
mollera
se pase la vida
entera
sin saber lo que es
fracaso.
Le sale bien todo
paso
que da en pos del
porvenir,
y si no pueden decir
que su inteligencia
es fina,
¡alaban su gabardina
y elogian su casimir!
Dos años más tarde,
el 3 de agosto de 1924, en la sección del diario El Camagüeyano, “Pisto Manchego”, el periodista que anuncia con
impuesto fervor los productos de clientes del órgano de prensa donde se gana el
pan, apela de nuevo a la décima para llegar por el oído al posible comprador.
Las referencias al duro trópico y la ironía de buena ley de sus futuras coplas,
tienen un legitimo antecedente en estos octosílabos: “El calor las piedras
raja/ todo en el trópico arde/ y de mañana y de tarde/ suda hasta el que no
trabaja.” También la humilde condición del vate, cuya musa es forzada al
comercio más descarnado, queda expresada, en esta amarga confesión: “Si yo, por
casualidad, / al lanzar mi último aliento/ quisiera en un testamento/ consignar
mi voluntad, / nada dejara en verdad, / pues mi hacienda es bien precaria”.
Son octosílabos bien
elaborados. No es una gran poesía, pero es poesía. El propio Augier lo admite
al incluirlas en su conocida recopilación 18 como las primeras décimas de
Guillén.
Así pues, no podemos
tomar a pie juntillas la confesión de Nicolás en el sentido de que se mantuvo
todo un lustro durmiendo, para usar
un término propio de la masonería. Sin duda repasó sus primeros textos, retocó
un verso, descabezó un adjetivo, eliminó puntos y comas, desaprobó ciertos
poemas y, 19 para auxiliarse en sus trajines periodísticos,
escribió no menos de ocho décimas, y algún que otro soneto. Además buena parte
de 1923 la pasó como director de una revista ¾Lis¾ que publicaba poesías, otros textos de imaginación y prosa
reflexiva, en un dramático intento por sacudir el ambiente provinciano. Con
pena suele decirse que Nicolás “sólo” publicó dieciocho números de su revista,
pero la cifra más que un fracaso total, representa una modesta hazaña. Otras no
pasaron de dos y casi ninguna llegó a la docena de entregas, a lo largo del
medio siglo de república burguesa.
Ahora bien, es
indiscutible que no se sentía complacido con lo logrado hasta entonces y tenía
motivos para pensar que su primer intento resultaba inferior a otros libros ya
publicados; aunque lo mismo podía decirse de obras cuidadosamente gestadas por
autores mayores que él y menos cartas de triunfo aún podían esgrimir la mayoría
de los escritores nacidos con el siglo.
Pero no todo era
paja volandera. Con sobradas razones se citan los desbrozadores o desafiantes
libros de Regino Boti (1878‑1958) Arabescos
mentales (1913), José Manuel Poveda (1888‑1926) Versos precursores (1917) y aun el más débil Ala (1915) de Agustín Acosta (1886‑1979.) Además otros de
esos años, leídos con serenidad, ofrecen páginas muy atendibles. Este es el
caso de Mariano Brull (1891‑1957) que en 1916 publicó La casa del silencio, portador de
visiones y ensueños llevados con eficacia a las letras, como ese “Sol de la
tarde” a cuyo influjo vemos abrirse “la rosa blanca de la melancolía” en la
ciudad que más tarde Guillén evocará, idealizándola, como una “suave comarca de
pastores y sombreros”.20 Ciudad que Brull hace desaparecer en la
devastadora quietud nocturna: “La noche viene, en tanto pausada y escondida, /
la campana voltea con rumor somnoliento y la llama del tedio que consume la vida,
/ arde, crece, se aviva de momento en momento.”
Sin romper
totalmente las amarras románticas, Gustavo Sánchez Galarraga, (1892‑1934)
más entusiasta que profundo, publica una docena de cuadernos en tono menor;
Federico de Ibarzábal (1894‑1955) describe paisajes poco cambiantes en El Balcón de Julieta (1916) y Una ciudad del trópico (1919). Y Manuel
Navarro Luna (1894‑1966) lanza al ruedo desde Manzanillo Ritmos dolientes (1919) y Corazón
adentro (1920), con mano todavía insegura, que no nos hace pensar ni
remotamente en el poemario por excelencia de nuestra vanguardia ‑Surco (1928)‑ y de los que sólo
rescatamos su anticipo de protesta social, en su emotiva descripción de la
mísera noche buena de los pobres.
En 1925 Felipe
Pichardo Moya (1892‑1957) y Ramón Rubiera (1894‑1973) ponen dos
notas intensas y diversas con La ciudad
de los espejos y Los astros ilusorios.
Pichardo Moya se debate entre el entorpecedor bullicio de la gran urbe y la
monotonía de la ciudad provinciana, se asoma al mundo de los negros y mestizos,
rastrea en la historia, y logra su mejor página, y una de las más conmovedoras
de la poesía cubana, con el soneto coloquial “La amiga muerta” que rompe con
los cánones del momento. Rubiera, vuelve cargado de joyas legitimas de su viaje
por las canteras parnasiano-simbolistas, y nos da en su siempre recordado poema
“El buey” un dramático episodio que va más allá de la aventura personal, para
expresar con inusitada fuerza la frustración de la época.
Cuando en 1926,
Guillén decide dar el gran salto y abandona la “suave comarca” en busca de las
posibilidades que le ofrece la dominadora capital del país, no siente más el
martirio, el desconsuelo, “de suspirar ausente de los paternos lares”. Ya no
será un estudiante universitario, sino por el momento un modesto mecanógrafo
que no sólo conoce el misterio de los tipos móviles de la imprenta, sino
también los gozos y desventuras del periodismo, que él definirá como su
profesión verdadera. Con implacable sentido crítico juzgará su poemario inicial
y años más tarde hablará de sus pobres versos
¾“La balada azul”, “El espejo”,
“Corazón adentro”, “Rosas de elegía”¾ como de “toda
aquella amalgama cursi (...) toda aquella horchatería para señoritas, todos
aquellos mantecados para niños. Vivían en su época, desde luego. Pero están
demasiado lejos de mí (...) para que me produzcan la más ligera emoción, como
no sea la morbosa y dolorosa del delincuente, en presencia de sus victimas”21
Para curarse de las
heridas de la vieja estética, nada mejor que ponerse a tono con la época. Y el
que fuera autor de baladas, madrigales, labrados sonetos y cantos de homenaje a
un maestro de tan dudosa inmortalidad como Amado Nervo (1870-1919), se entrega
a esa cura de caballo que es el vanguardismo.
Augier ha señalado
que el tono vanguardista de Guillén “es mesurado sin estridencias ni
dislocamiento. Le basta la despreocupación formal, el desdén hacia la métrica y
la rima (...) En definitiva, el vanguardismo en Guillén, como en los demás
poetas ganados por la “nueva poesía”, tuvo en su diversidad acentos peculiares
y fue solo una estación de tránsito para seguir otro rumbo”.22
Todo esto es cierto.
Pero aún no se ha estudiado con hondura lo que significó el vanguardismo no sólo
para la poesía cubana sino para la creación literaria en general, y para el
cultivo de las artes, con énfasis en la pintura. Guillén escribió en su momento
que ese confuso movimiento encarnaba “el ansia de encontrar un modo nuevo de
expresión que desposeyendo a la poesía de su propio ropaje postizo, lagrimoso
como un mendigo con tracoma, pueda dar a conocer el ansia del poeta en una
forma más sincera”. Enseguida carga contra los falsos profetas de la nueva
escuela, los ignorantes que manchan papeles sin talento ni cultura y afirma:
“todo, eso pasa. Pasará sin duda”13
Si el vanguardismo
fue una estación ‑como lo fue en algunos casos la poesía de tema negro,
social, religioso, amoroso, o la inasible poesía pura... ‑ en la mayoría
de nuestros autores de todas las promociones que coincidieron en los años
últimos de la década del veinte y principios de la del treinta, su huella no se
perdió, y en la obra más decantada, madura o definida de los que vivieron esa
experiencia, esa libertad formal, esa rebeldía que propugnaban los
vanguardistas, reaparece, voluntaria o involuntariamente. Y Guillén no es la
excepción, antes bien, su mejor poesía social, sus piezas más satíricas, sus
cantos de amor y, por supuesto, El Gran
Zoo, muestran con frecuencia giros, imágenes, soluciones que vienen del
tumultuoso ámbito vanguardista.
En arte, escribió
Horacio Quiroga (1878-1937), no hay más que el hecho consumado. Así es. Por eso
cada verso vale por si mismo, y cada etapa en el proceso creador de un autor
aporta lo suyo.
Hoy sabemos, se ha
sabido siempre ‑o, mejor, lo han sabido los adelantados de cada época‑
que las escuelas pasan y los buenos textos permanecen. Y que una estrofa
vanguardista puede ser tan postiza o lacrimosa como una tirada de versos
románticos, o un sobrecargado soneto modernista.
Sin embargo, hay
algo que no podemos pasar por alto y que está muy ligado al auge de las
vanguardias literarias y artísticas de nuestro tiempo: el mundo cambió
decisivamente a partir de la amarga experiencia que fue la Primera Guerra
Mundial, y sobre todo del triunfo de la Revolución de Octubre en Rusia (hoy tan
atacada, y cada vez con más fuerza, debido a la tendencia unipolar
predominante, pero cuya trascendencia nadie en su sano juicio puede negar) que
estremeció a todo el planeta. Eso explica que el ultraísta argentino Jorge Luis
Borges (1899-1961) publique en 1920 un poema llamado “Rusia”, con este
inesperado final viniendo de quien viene: “Bayonetas/ que portan en la punta
las mañanas”. O que el connotado estridentista mexicano Manuel Maples Arce
(1900-1981), nos diga en su libro Urbe
(1924) “Los pulmones de Rusia/ soplan hacia nosotros, / el viento de la
revolución social”.
El mundo cambió, los
adelantos de la ciencia y la técnica sobrepasaron aun a los buenos trovadores y
sonetistas, a los políticos de a caballo, a los milagreros. Y todo esto se
reflejó en el lenguaje que es la materia prima del escritor. De manera que sin
su estación vanguardista difícilmente hubiese podido lograr Guillén la rara
síntesis de Motivos de son, aunque
estos breves textos no puedan catalogarse de ultraístas, futuristas, dadaístas
o surrealistas.
Antes de retornar a
los “Poemas de transición”, que así se titula la sección que los agrupa en el
Tomo I de la Obra Poética de Nicolás
Guillén, quiero señalar que siempre me ha llamado la atención que el citado
volumen anuncie este capítulo con un ingenuo dibujo del pintor aficionado que
siempre fue Nicolás, basado en el vagabundo súper diferenciado que inmortalizó
Charles Chaplin. El vapuleado personaje ha sido uno de los más trabajados por
la poesía del siglo XX en casi todas las lenguas, al menos hasta la década del
cincuenta. Y aunque no hay aquí una línea que lo recuerde, este dibujo, que nos
hace pensar en el dramático mensaje del filme Tiempos modernos, sirve de pórtico a la suma de textos, más o menos
vanguardistas, mucho de los cuales como ya señalamos aparecieron en Orto en 1927.
Ese es el año en que
el vanguardismo tardío estalla en Cuba. No sólo por la aparición de la Revista de Avance y de los nuevos aires
que José Antonio Fernández de Castro (1897‑1951) logró insuflar al
“Suplemento del Diario de la Marina”, o por el contenido de otras revistas como
el mensuario Atuei24 piloteado por Enrique de la Osa (1909‑1996) y donde
colaboraron Regino Pedroso (1896‑1983),
José Zacarías Tallet (1893‑1989) y sobre todo novísimos como José
Antonio Foncueva (1910‑1930), Félix Pita Rodríguez (,1909‑1990) y
Mariblanca Sabas Alomá (1901‑1983), que desplegaban las banderas del arte
nuevo y pedían radicales cambios políticos, sino porque en la solitaria
universidad habanera, en las escasas escuelas de arte, en las redacciones de
los periódicos, en los cafés capitalinos y aun en capitales de provincia o en
inquietos municipios, el vanguardismo es la moda, y en el plano político el
gobierno de Gerardo Machado es, sin duda el enemigo local, al servicio de los
imperialistas.
En esas condiciones,
el Grupo Minorista, que de un modo u otro venia haciéndose sentir desde 1923,
da a la publicidad el 7 de mayo su célebre Declaración,
redactada por Rubén Martínez Villena25 (1899‑1934), y firmada por treinta y dos intelectuales entre
los que se encuentran: Fernández de Castro (1897-1951), Mañach, Marínello,
Agustín Acosta, Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964), María Villar Buceta
(1899-1977), Alejo Carpentier (1904-1980), Eduardo Abela (1891-1965), Eduardo
Maribona (1893-1964), Gómez Wangüemert, Martín Casanovas (1894-1966) y Felipe
Pichardo Moya. En un párrafo clave del documento se precisa:
La minoría sabe hoy que es un grupo de trabajadores intelectuales
(literatos, pintores, músicos, escultores, etc.) El grupo minorista,
denominación que le dio uno de sus componentes, puede llevar ese nombre por el
corto número de miembros efectivos que lo integran; pero él ha sido en todo
caso un grupo mayoritario, en el sentido de constituir el portavoz, la tribuna,
el índice de la mayoría del pueblo; con propiedad, es minoría, solamente en lo
que a su criterio sobre arte se refiere.
La Declaración recuerda que ese mismo año
los minoristas han protestado contra el atropello de Nicaragua, contra la rapaz
política que los yanquis siguen contra México y otros hechos de carácter
nacional, como el allanamiento del domicilio del maestro Enrique José Varona
(1849‑1933.). Pero lo más importante es la relación de razones y
principios que animan al grupo y a cada uno de sus integrantes, entre los que
se encuentran: “La revisión de valores falsos y gastados, la defensa del arte
vernáculo y del arte nuevo en sus diversas manifestaciones, así como la
introducción en nuestro país de las doctrinas más recientes ‑teóricas,
prácticas, artísticas y científicas”. Claramente se expresa la voluntad
política de los minoristas “Por la independencia económica de Cuba y contra el
imperialismo yanqui”, también se hace patente la necesidad de una
“participación efectiva del pueblo en el gobierno” y terminan clamando por la
“cordialidad latinoamericana”.
El 27 de julio, en
las páginas de El Heraldo de Cuba se
publica “El manifiesto número 1 del Sindicato de Trabajadores Intelectuales I
Artistas de Cuba,” donde se abre fuego desde el principio contra “los
taquimecanógrafos i horteras intelectuales” y se definen sus milites como los
que toman “posiciones agonistas en las filas del proletariado organizado”26 La obra de arte, sigue
diciendo el manifiesto, ha sido convertida en mercancía, según el “grasiento
gusto del burgués” y para liberarla luchan codo con codo junto al proletariado
para abolir el nefasto sistema de la oferta y la demanda y todo lo que la burguesía
representa. Categóricamente afirma: “negamos toda manifestación estética que no
sea medularmente nueva en forma i contenido” y más adelante: “la irradiación
del imperialismo yanqui sobre los pueblos de América nos impone en lo estético
la adopción de fórmula i motivos vernáculos ‑condenamos todo lo que no
sea auténticamente latinoamericano‑ abominamos de toda imitación
prefiriendo siempre él son al charlestón”.
Como puede
apreciarse, el final de este párrafo ‑con rima interior seguramente
involuntaria‑ alude al torrente de música norteamericana que invade al
país y a la proliferación de los “clubes” donde los frívolos del momento se
entregan a una práctica tan vieja como las crisis sociales, la evasión. Y se
levanta la pancarta del son, escudo natural que nos ayudará a protegernos de
musicales agresiones foráneas, yanquis, para más precisión, sin que pudieran
imaginar los anónimos redactores que apenas tres años después un joven mestizo
“del interior” pasará de la difusa teoría a la praxis con sus Motivos de son.
El manifiesto exalta
la velocidad del marinismo, lo dinámico, lo eléctrico y el industrialismo
“cuidando siempre de su significación fundamental como instrumentos importados por
el imperialismo para la explotación de las masas indígenas”. En cuanto a las
corrientes de vanguardia, y sus objetivos estéticos, opinan que deben estar “al
servicio de los productores de sus aspiraciones, intereses, pasiones, anhelos i
luchas contra los opresores nacionales y extranjeros”.
En un retorno a los
orígenes, el símbolo que esgrimen los manifestantes, en su peculiar ortografía,
es el de Atuei y anuncian la
aparición de la revista del mismo nombre “que será la máxima condensadora de
las inquietudes revolucionarias de Latinoamérica i del universo”. El 30 de
agosto, en el número 10 de la Revista de
Avance, Juan Marínello publica su texto reflexivo titulado “El momento”,
que comienza en punta:
Nadie, con preocupación por las batallas ideológicas y estéticas ‑cruentas
batallas en que la sangre mana con lentitud perversa‑ puede dejar de
advertir la significación e interés del momento cubano. Nuestro beatifico
quietismo, la criolla rutina, ese “mirar en choteo” las corrientes que
inquietan al mundo, han sido suplantadas en los últimos tiempos por inteligente
curiosidad y ‑¡al fin!‑ por apasionada pugna entre lo que viene y
lo que quiere quedarse.
Con bien manejada
ironía, Marínello denuncia a los “viejos verdes del arte”, esos que están
“pronto a vestir el ropaje de la moda, olvidando que la calentura no está en la
ropa”. El joven maestro de la critica, que ese año publicaría su único poemario
Liberación, fustiga a los
representantes del conformismo criollo, a los “guardadores del orden y de la
honesta sociedad cristiana” que pretenden enviar a la hoguera a los nuevos
herejes, y advertía
La juventud que ha acogido con tan grande entusiasmo la nueva
verdad, ha de revestirse desde hoy de serenidad y perspicacia no sólo para
descubrir en el enemigo la maniobra habilidosa, sino para rechazar la legión de
los que, sin tener nada que decir ni dentro de la nueva forma ni dentro de la
vieja, se apropian de la flamante retórica ‑ya hay retórica vanguardista‑
tomando para su obra insincera lo que hay en toda nueva manera, por alta y
trascendente que sea, de externo y circunstancial.
Y es a partir de
estas consideraciones, en este clima y con tales antecedentes que examinaremos
algunos poemas de Guillén.
El titulado
“Aeroplano” es todavía un ensayo en las formas nuevas y más que sus conquistas
poéticas, lo que nos interesa destacar es que un moderno aparato, visto desde
un apostadero del porvenir, puede llegar a ser tan anticuado que ni siquiera
los sabios de mañana conocerán su origen. El lector puede tomar la iniciativa e
imaginar que tal vez para entonces los hombres puedan volar con alas propias y
se haya hecho así realidad el sueño de Icaro. “La voz desconocida” es una
página más cercana a la prosa que al verso; y poco hallamos de avant‑garde en “La nueva musa”. En
cambio “Tu recuerdo”, autopsia de un amor que fue, si convence, por el tono,
por la fuerza de sus estrofas
Siento que se despega
tu recuerdo
de mi mente, como una
vieja estampa;
tu figura no tiene ya
cabeza
y un brazo está
deshecho, como en esas
calcomanías desoladas
que ponen los
muchachos en la escuela.
Augier y Ellis han señalado lo que
pudiéramos llamar el embrión de la poesía antimperialista de Guillén que se
expresa en “Futuro”. Como antes en “El aeroplano”, el joven literato se aventura
en las dunas del porvenir. Un porvenir, digamos de paso, nada halagüeño, porque
desde la primera estrofa especula
Acaso vengan otros
hombres
(blancos o negros,
para el caso es igual),
más poderosos, más
resueltos,
que por el aire o por
el mar
nos desbaraten
nuestros aeroplanos
y nos impongan su
verdad.
¡Quisiera ver a los
americanos!
Ellos que nos
humillan con su fuerza,
modernos incas,
nuevos aztecas, ¿qué harán?
Por vez primera
aparecen en su poesía los señores del maléfico Norte, y lo hacen ya como
representantes de un odiado centro de poder. Los hipotéticos nuevos
conquistadores podrán ser blancos, negros ¿amarillos? que no es igual, ni
mucho menos, porque las buenas conciencias burguesas se estremecen solo de
pensar que hombres de piel distinta dominen el futuro, y obliguen a obedecer a
todo el mundo, yanquis incluidos. Y, lo peor, que ocurra como con nuestros
mansos indios y sean ahora también los norteños quienes se queden “sin pershing
y sin lindberg, / y hasta sin Nueva York”. Algo así como una venganza poética
expresada en agresivas minúsculas, como dicta la moda.
Sin embargo, es
bueno subrayar que si en “Gota” planteaba su inconformidad con el esclavo
sumiso, revela ya en “Futuro” quién es el enemigo de la hora, lo que constituye
el anuncio de una necesaria toma de conciencia. Aunque todavía no ha llegado
Guillén a trenzar vanguardia estética con lucha social y reivindicaciones
proletarias, como si lo hará el 30 de octubre de ese año, Regino Pedroso (1896‑1983),
al publicar en el “Suplemento Literario de la Marina” su inaugural “Salutación
fraterna al taller mecánico” donde mezcla mandarrias “que ensayan en los
yunques estridentistas”, con “ultraístas imágenes de transmisiones y poleas” y
la intencionada “exaltación soviética de fragua”.
En las “Odas
mínimas” Guillén nos regala una diapositiva del mar ‑‑“Ahora está/
inédito, / nuevo, / sin estrenar, / el mar”‑‑ que será el más
directo antecedente de ese mar “gigante azul abierto democrático: / en fin, el
mar” que aparece en Tengo, y que bien
pudo asomarse en una alegre visita al El
Gran Zoo. “Reloj”, cuando lleguemos al bestiario guilleneano se convertirá
en un familiar animal metálico. “Piedra pulida”, que Nancy Morejón (1944) tomó
para titulo de un poemario suyo, escapa de las estridencias de la vanguardia.
El titulado “2 semanas”, le parece a Ángel Augier cercano a “La amiga muerta”
de Pichardo Moya y aunque antes no me lo pareció, nuevas lecturas me hacen
coincidir con él.
Por último, quiero
destacar “Sol de lluvia”, el más vanguardista, para mi gusto, de esta serie,
pariente cercano de otros de Navarro Luna y de algunos del Pichardo Moya
ferozmente vanguardista de Antenas 28
Después del agua, el
sol entreabre un ojo
y se queda mirando el
paisaje:
el sol está borracho
tendido en medio de
la calle.
Augier consigna que
salió originalmente en Orto, en 1927,
y en “Versos de ayer y de hoy”, el 16 de diciembre de 1928, pero también se
incluyó, junto a “Futuro” en el número 4 de Antenas,
el 15 de diciembre de ese año. Y pienso que hizo bien la publicación
camagüeyana porque se trata de dos cantos representativos del momento.
Guillén conserva
intacto ‑lo conservará siempre‑ su buen decir de los días
camagüeyanos, y aun sus referencias a cosas típicas de la provincia. Todavía en
su homenaje en verso a Urrutia, titulado “Gustavo E”, apuntará de modo jocoso
“a falta de pan casabe”. Pero por propia voluntad se ha sometido a un duro
entrenamiento. El resultado no se hará esperar, el 29 de diciembre de 1929
publicará en “Ideales de una raza” la primera versión de “Pequeña oda a Kid
Chocolate” (cuyo titulo definitivo será “Pequeña oda a un negro boxeador
cubano”) que ahonda en la ruptura de un modo de decir, y sobre todo en la
ruptura con la temática anterior.
El negro y su
problemática no será objeto de una vaga mención ¾“esas viejas
cuestiones/ de los problemas raciales,”¾ como en el homenaje
a Urrutia, sino que el héroe humilde, armado más de valor que de cultura, será
un negro de fama internacional.
Ellis sostiene que
en “Gustavo E” y en la oda a Chocolate, Guillén muestra “un estilo ajeno
completamente al vanguardismo”. Esta aseveración es muy atendible en lo que se
refiere al primer texto, pero no en el caso del elástico y agresivo, y también
irónico y moderno, inspirado en el gran campeón de boxeo, que nada tiene que
ver con las odas clásicas y si debe lo suyo a las corrientes de vanguardia
Es con tus guantes,
puestos en la punta
de tu cuerpo de ardilla,
y el punch de tu
sonrisa
con los que nos estás
salvando, Chocolate.
El Norte es fiero y
rudo,
ese mismo Broadway,
que en actitud de
vena se desangra
para patear junto a
los rings,
en que tu saltas como
un moderno mono elástico
es el que estira su
hocico
como un enorme puente
húmedo,
para lamer
glotonamente
toda la sangre de
nuestro cañaveral.
En la oda hay una
referencia a “tu cuña de 1930”, es decir al automóvil del momento ¾en la segunda y más depurada versión incluida en Sóngoro cosongo, dos años más tarde, la
cuña será de 1931, siguiendo tal vez la moda que impuso la Revista de avance de estar al día¾, y se da por seguro
que al boxeador no le preocupa Waldo Frank o Langston Hughes (1902-1962), pero
sobre todo que no está al tanto de ciertas cosas nuestras, ni de ciertas cosas
de allá.
Cañaveral cuya
sangre se nos va, o más exactamente, nos roban los yanquis, con su hocico
voraz; diferencia entre las cosas de ellos y las nuestras que la gente simple o
desinformada todavía no entiende, como no entiende los peligros que nos
acechan. No hay duda que el poeta ha evolucionado mucho desde el incipiente
“Futuro”. A tal punto que aquí donde la angustia del negro y sus triunfos se
ven ya como angustia y triunfos cubanos, el protagonista que Habla un
“tenue” ¾en la versión
siguiente será “endeble”¾ español, sabe como pocos, sobre
todo ante un público extranjero y enemigo, “había en negro de verdad.”
El critico homenaje
a Eligio Sardinas (Kid Chocolate) pasa por encima de los Motivos, que, como sabemos, todavía no han sido escritos en ese momento,
y es uno de los que anuncia al poeta “universal y cubano, sin opio ni marihuana
ni cocaína” y con definida militancia política de cantos posteriores, y si lo
examinamos en su mejorada versión ‑aunque ésta tampoco será definitiva‑
de Sóngoro cosongo y no en su
verdadero contexto, cuando se escribió, cuando se hizo público, no seguiremos
atinadamente el hilo de la formación literaria y política de nuestro Nicolás.
Por último, un recado al admirado Ellis, ¿de dónde sino de la maltratada,
saqueada y pródiga cantera vanguardista, sacó Guillén ese verde slang (que) mascan las mandíbulas...”?
Motivos
de son, será el primer breve cuaderno
humildísimo, por demás en lo que se refiere a su aspecto físico, publicado por
Guillén, después no menos de cincuenta y cinco textos poéticos de varia índole,
dispersos en publicaciones periódicas. Y desde su aparición en “Ideales de una
raza” en la primavera de 1930 constituyó, como bien dice Augier “un
acontecimiento literario”. Fueron solo ocho breves composiciones que marcaron
un nuevo modo de decir, no sólo en la obra de Guillén sino en la poesía cubana.
Pero no siempre se tiene en cuenta que el 6 de julio de ese mismo año su autor
dio a conocer tres nuevos motivos (no es ocioso recordar que los iniciales
fueron: “Negro bembón”, “Mi chiquita”, “Búcate plata...”, “Sigue...”, “Ayé me
dijeron negro”, “Tu no sabe inglé”, “ “Si tu supiera...” y “Mulata”) los
titulados “Curujey”, “Me bendo caro” y “Hay que tené boluntá.”
Algunos ‑“Curujey”,
“Ayer me dijeron negro...” y “¡Me bendo caro!”- fueron suprimidos por el autor
en ediciones posteriores, con buen sentido critico, a mi parecer, pues poco
añaden a lo ya conseguido.
Roberto Fernández
Retamar (1930)29 afirmó que “estos cuadros de costumbre
constituyen la parte más exterior de su poesía”, y también que “Lo acompañará
siempre esa conquista de lo popular que le permite crear poemas con su sabor y
fuerza. Pero prefirió, vencido ya ese mundo, aventurarse hacia una poesía más
amplia, más riesgosa. Surge así su libro Sóngoro cosongo en 1931.”
Fernández Retamar
también ha llamado la atención en el sentido de que Guillén tuvo la virtud de
no encasillarse en esos logros iniciales, de no repetirse. Y ese es un mérito
grande que no siempre se tiene en cuenta.
Ya Cesare Pavese (1908-1950) advirtió que “el inventor de un género, de
un estilo, de un tono, el descubridor de una tierra desconocida resulta más
exhaustivo y eficaz que sus epígonos”,30 pero subraya el gran
escritor italiano que ese regodeo con lo ya conseguido entraña también un grave
peligro en el caso de la poesía porque “uno puede siempre convertirse en
epígono de si mismo: ceder a la tentación de detenerse más de lo licito para
aprovechar el territorio ya conocido y conquistado”.
Guillén supo evadir
esos peligros y no se dejó ganar por la comodidad sino que se planteó nuevos
retos, por eso cada libro suyo nos ofrece no sólo nuevos temas sino también
nuevas maneras de abordar el hecho poético. Es cierto que, con mayor o menor
fortuna, algunas de las páginas de los últimos años, retoman viejas formas,
pero se trata de casos aislados, no de poemarios.
Si la irónica y
peleadora oda a Kid Chocolate, salta por sobre los Motivos... este cuaderno
anticipa a su vez una obra más rotunda pues el celebérrimo estribillo de “Si tú
supiera” ‑dicho, cantado y bailado en todo el planeta‑ sirvió como
titulo de un volumen clave de nuestra cultura: Sóngoro cosongo.
No es nuestro
propósito someter a examen toda la obra de Guillén, sino señalar algunos
aspectos esenciales de su desarrollo literario y político que, de un modo u
otro, se reflejarán en El Gran Zoo. En
ese sentido, anotamos que Sóngoro cosongo,
es el primero de sus libros que lleva un sonado prólogo, lo que no volverá a
ocurrir hasta la segunda edición de su peculiar bestiario. En ese prólogo
reconoce que muchas personas mostrarán su profundo desagrado con sus versos
“porque tratan asuntos de los negros y del pueblo” y añade: “No importa. O
mejor me alegra”. Así pues, el delicado mozo modernista y posmodernista, el
vanguardista, el bohemio, el mago del humor callejero y de la transposición del
habla de negros y mestizos al lenguaje literario, se define ya como autor de
versos que se ocupan de asuntos de negros y del pueblo, lo que vale decir que
no se encasilla en las peripecias de la llamada “gente de color”. Pero hay más,
el prólogo se encarga de precisar que en opinión del cantor “el espíritu de
Cuba es mestizo y del espíritu hacia la piel nos vendrá el color definitivo.”
Nada mejor para
ejemplificar su ideario que el texto que abre el cuaderno: “Llegada”, uno de
los más perdurables cantos de los que se escribieron en nuestra lengua por esos
años. No es un himno a la negritud.31 Es la gran poesía del idioma enriquecido con más de cuatro siglos
de entrecruzamiento en un mundo nuevo. Por eso el defensor de esos esperanzados
y humildes protagonistas de la historia afirma: “Traemos/ nuestro rasgo al
perfil definitivo de América.” Un perfil que no será idéntico al de los
antiguos conquistadores ni al de los conquistados o esclavizados y cuyos rasgos32 mostrarán la fuerza de la
tantas veces burlada América mestiza.
En “Llegada” cada verso reluce como
esa gota de oro virgen que le sirve para definir el grito de hombres flagelados
en busca de la libertad. Y se hará fiesta y realidad el misterio de la poesía:
La ciudad nos espera
con sus palacios, tenues
como panales de
abejas silvestres;
Sus calles están
secas como los ríos cuando
no llueve en la
montaña,
y sus casas nos miran
con los ojos pávidos
de las ventanas.
Los hombres antiguos
nos darán leche y miel
y nos coronarán de
hojas verdes.
Con razón ha
señalado R.F.R. que “lo social está dado en especial por “Llegada” y “Caña”.
Mas también se manifiesta claramente esa temática, que tanta importancia va a
tener en la obra de Guillén, en la nueva versión del ya comentado poema a Kid
Chocolate (esa “lengua húmeda” que lame de manera obscena “toda la sangre de
nuestro cañaveral”, esa diferenciación entre las “cosas nuestras” y “ciertas
cosas de allá...”.) La jitanjáfora ¾otra ganancia de la marea vanguardista¾ que ya se había asomado en el estribillo de “Si tu supiera”, será
ahora un elemento esencial en “Canto negro” (Mamatomba,/serembe euserembá”) o
en el “Pregón” (“¡Quencúyere, quencúyere,/quencúyere!”) y uno de los madrigales
incluidos logra la maravilla de la síntesis, pues en sólo seis líneas, deja
atrás los madrigales de la adolescencia y se mete de lleno en el tono del arte
moderno, que no pide baladas nacidas del pobre corazón enajenado, sino versos
bellos, originales y distantes de las lacrimosas catarsis de ayer:
De tus manos gotean
las uñas, en un
manojo de diez uvas moradas.
Piel,
carne de tronco
quemado,
que cuando naufraga
en el espejo ahúma
las algas tímidas del
fondo.
West
Indies Ltd. (1934) es un titulo afortunado. La ironía se asoma en el mismo
rótulo, y también la maestría ascendente del autor. Cierto que “Palabras en el
trópico” no tiene la fuerza de “Llegada”, pero el segundo texto “Balada de los
dos abuelos”, es otro paso firme de Guillén en el camino de la verdadera
integración nacional y una alta muestra de su magisterio literario.
La critica ha
señalado la influencia de Federico García Lorca en Sóngoro cosongo; aquí es visible todavía esa influencia. Sobre todo
en la magnífica “Balada del Guije” (con el fondo de tu río/ está mi pena
soñando/ y con tus venitas secas/ y tu corazón mojado...”) pero prevalece la
voz propia de Guillén. Una voz que no rechaza las primeras enseñanzas y nos
llega a través de romances, de complejas combinaciones métricas que tienen su
mejor representante en esa canción protesta de alto rango que es “Sabás”.
El severo
endecasílabo resulta muy apropiado para desarrollar una grave y poderosa página
que parece pintada sobre un lienzo oscuro, “Nocturno en los muelles”, cuyos
tercetos van mostrando primero el áspero paisaje (“Bajo la noche tropical, el
puerto/ El agua lame la inocente orilla/ y el faro insulta el malecón
desierto”) y enseguida el ser humano golpeado, pero no vencido:
La gran quietud se
agita. En este seno
de paz se mueve y
anda un grupo enorme
que come el pan
untándolo en veneno.
Ellos duermen ahora
en el informe
lecho sin descanar.
Sueñan acaso,
y aquí estalla el
espíritu inconforme
El mito del Guije, la
integración racial de los dos abuelos, el misterioso “canto para matar una
culebra” ‑“Sensemayá”‑ el extenso poema que le confiere titulo al
conjunto y acoge ya no sólo el drama cubano sino el vasto drama de las islas
antillanas, y los sones que trepidan junto a la caña, personaje principal en un
momento de este viaje espiritual por “las islas dolorosas del mar”, como las
llamó Martí, pasan en esta cinta fílmica, con acompañamiento de son, en la
ejecución de Juan el Barbero y su charanga
Me matan, si no
trabajo,
y si trabajo me
matan;
siempre me matan, me
matan,
siempre me matan-
El poeta que tan
solo una década antes había cerrado, quién sabe si para siempre, las tapas
duras de su primer libro, herido por la decepción, por el desaliento, seguía
siendo un humilde cantor discriminado y pobre. Pero ahora tenía una razón para
luchar, se sentía ganado, más que por el ansia oscura de venganza o por el
resentimiento, por una ideología que no posponía para un lejano más allá los
conflictos terrestres.
Había partido del
apacible ámbito familiar que se prolongaba en la ciudad, entre sus “iglesias
torrenciales” y sus “machetes campesinos”, y de pronto, al despuntar la
adolescencia, soldados al servicio de la reacción habían asesinado a su padre.
Tuvo entonces que pasar a la escuela nocturna y trabajar durante todo el día.
Más tarde no encontró sitio adecuado en la universidad habanera, todavía
distante de las reformas que ya se venían imponiendo en otras regiones del
continente. El regreso a la ciudad natal tampoco le brindó sosiego, pero
descubrió el trémulo mundo de las aventuras amorosos, el suave ulular de los
barrios, la mentirosa alegría de las tabernas, la magia de las guitarras que
desafiaban los doce toques de las campanas en la medianoche de serenatas. Y
volvió a la gran ciudad, esta vez para conquistarla.
No fue fácil: la
politiquería lo manchaba todo, el crimen prosperaba en las calles, la
discriminación no cedía ni en asuntos de piel ni en asuntos de economía. Así
pues se enroló, cautelosamente en la nueva estética, descubrió filones
ignorados en los barrios humildes, llevó el habla musical de los negros a los
salones y las publicaciones de los amos blancos,33 y entendió que todos debían
juntarse ‑blancos, negros, mestizos‑ más que por motivos de raza o
por reclamaciones parroquiales, por necesidad histórica, por la urgencia de
cambiar los rumbos políticos. De la unidad cubana pasó a la unidad antillana,
del rechazo a las deleznables prácticas de los gobernantes domésticos, a la
denuncia del enemigo mayor, el imperialismo. Todavía no había conocido otros
paisajes que los de nuestro archipiélago, pero ya su voz se levantaba junto a
los hermanos de estos pueblos saqueados, esos que recibían golpes mortales si
trabajaban, y también si no trabajaban, si protestaban o bajaban la cabeza, si
pedían permiso para vivir o si se atrevían a desafiar a los mandones, nativos y
foráneos, de la época.
Sin odio, pero sin
olvido, el testimonio de más aliento concebido por Guillén hasta entonces Cantos para soldados y sones para turistas
¾publicado en México en 1937¾ llevará una sobria y explicita dedicatoria: A mi padre, muerto por
soldados. Las baladas, las elegías, los sones, las canciones de intención
social se proyectarán desde la capital azteca a todo el ámbito del idioma. Su
voz es una voz esperanzada ‑para decirlo con versos de un canto a España
que pronto Nicolás va a escribir‑ porque al demandar la incorporación de
los soldados honestos a la lucha social, no vacilará en afirmar:
que así ha de ver el
mundo suspendido
nuestro futuro
abierto,
fragua la una mitad y
la otra nido,
y sobre el lomo del
pasado yerto
el incendio
implacable del olvido.
La experiencia
española, en el sentido del contacto vivo con el paisaje y los hombres, mas
también con el rostro horrendo de la guerra, marcó hondamente a Guillén. Su
arte se hizo más militante, y a la vez más universal. Y su dramático testimonio
España poema en cuatro angustias y una esperanza, impreso también en 1937, es uno
de los más notables de los que inspiró esa tragedia.
En la tierra del
abuelo blanco, Guillén no sólo conoció a los mejores hijos de la península
ibérica sino a hombres de todas las razas, venidos de todas las latitudes,
entre ellos casi un millar de cubanos, decididos a luchar y a morir en nombre de
la gran humanidad. Ese mismo año, en Valencia, ingresa en el Partido Comunista.
En Buenos Aires en
1947, una selección de viejos y nuevos cantos se publica con el apropiado
titulo de Él son entero. La voz de
Guillén se deja escuchar en esta grávida suma que toca, revela o ahonda en
asuntos muy diversos. Desde la insoslayable guitarra, con “voz de profunda
madera/ desesperada” a los sones que describen con severa música la tragedia
del pueblo cubano, desde los madrigales, siempre contenidos, pura selección de
palabras imprescindibles que sean capaces de trasmitir sentimientos sin
traicionar el ritmo, al homenaje a nuestra saqueada selva cubana: ese tronco
fundador del ébano real; esa palma sola “cazadora de las nubes” que no
vacilamos en poner en el jardín de El
Gran Zoo; ese poema sustantivo, nuevo y antiguo, misterioso y claro que es
“Acana”.
El libro entra
trémulo en el cambiante paisaje de América: Por las aguas colombianas del río
Magdalena “islas de pluma y arena/ graznan a la luz solar”. En Venezuela
escribe su memorable “Barlovento” y en pinceladas maestras deja noticias del
violento territorio y de las vicisitudes del semejante ultrajado: “El mismo
canto/ y el mismo cuento/ bajo la luna de Barlovento./ Negro con hambre,
piernas de soga, / brazos de alambre”. Pero no faltan ráfagas de humor: “Sobre
una palma/ verde abanico/ duerme un zamuro/ de negro pico.”
En publicaciones
cubanas y extranjeras, y principalmente en Sóngoro
cosongo y otros poemas, (1942) editado por el escritor español
Manuel Altolaguirre (1905-1959) en su imprenta La Verónica, oasis de los poetas
cubanos de entonces, se habían dado a conocer la mayoría de los argumentos de El son entero, entre ellos el antológico
“Son número 6” cuya primera estrofa es un verdadero hallazgo
Yoruba soy, lloro en
yoruba
lucumí.
Como soy un yoruba de
Cuba,
Quiero que hasta Cuba
suba mi llanto yoruba,
que suba el alegre
llanto yoruba
que sale de mí.
El protagonista del
enjundioso son precisa además “y cuando no soy yoruba,/ soy congo, mandinga,
carabalí”. Pero sólo los asustadizos verán en estos sonoros, rotundos, alegatos
una declaración de guerra por cuestiones étnicas. Publicado por primera vez en
plena guerra mundial, cuando su autor era ya un conocido y perseguido comunista,
defensor ardiente de la fraternidad universal, el son no hace sino reconocer la
importancia de elementos de las culturas africanas, integradas o disueltas en
gran ser cubano. Por eso empieza así:
Adivinanza
de la esperanza:
lo mío es tuyo,
lo tuyo es mío;
toda la sangre
formando un río.
Lo principal es que
“Estamos juntos desde muy lejos” hombres y mujeres, niños, jóvenes y viejos, de
todas las razas, aunque “uno mandando y otro mandado”. En esa mezcla entra el
San Berenito de sus días camagüeyanos y la blanquísima Santa Maria. Todos
bailan al compás del interminable, “son de todos”, el de la patria todavía
irredenta, pero nunca vencida.
Aunque generalmente
inmersas en el río anónimo de la literatura de campaña, de la lucha social, tan ardua como la puramente militar,
Guillén publicó combativos octosílabos entre 1949 y 1953 que Augier creyó
conveniente rescatar bajo él titulo general de Sátira política34. La disciplina del
antiguo joven bohemio era para entonces de buena ley; solo así un poeta de gran
aliento pudo someterse a la difícil prueba de buscar un tema y escribir casi
una décima por día ‑en los tres primeros meses de 1949‑ que
aparecía en la primera página del combativo periódico comunista Hoy.
Políticos locales
que el tiempo ha borrado, acontecimientos propios de aquel “picadillo a la
criolla” que la política al uso imponía, mandatarios corruptos, jefes
imperialistas o pro imperialistas de varios países, son crudamente retratados
por el creador de las elegías, los madrigales y los sones. Rescatamos esta
décima del 11 de febrero de 1949, titulada “Igual”:
Investigando con celo
se ha podido
averiguar
que hay un relajo sin
par
en el Presidio
Modelo.
Sin embargo, el
desconsuelo
no cunda ni el
pesimismo,
pues si el colmo es
del cinismo
lo que allá por
dentro pasa,
no es sólo en aquella
casa:
¡por fuera pasa lo
mismo!”
Juan Descalzo
irrumpe también, de la mano de Nicolás, con sus coplas justicieras, una, de
agosto de 1952, ridiculiza a un personaje propio de entonces, el conocido
Clavelito, autor de tarifadas décimas, curandero radial, mediante su “agua
magnetizada”. Dice el Juan Pueblo: “Si tu poder es bendito/ (como asegura la
gente) dime, amigo urgentemente/ dónde pudiera encontrar/ el modo de trabajar/
sin llegar a delincuente.” Esa musa zumbona, reaparece en la espínela de “A la
virgen de la Caridad”, incluida en Tengo
(1964) y reinará libremente en El Gran
Zoo.
En La paloma de vuelo popular prevalecen
los recuerdos de intensos viajes, los homenajes y las soberanas elegías, pero,
aunque, dispersos, hallamos motivos juguetones, irónicos, graciosos, tocados de
intención social, como la canción de cuna que se propone despertar al negrito
que Ballagas convidaba al sueño; o la sabrosa “Epístola”. Por cierto que, como
veremos más adelante en el caso de su peculiar colección de animales “de
variadísima calaña”, esta epístola le ganó admiradores y críticos. Los críticos
dijeron entonces ¾como a su tiempo de El Gran Zoo¾ en voz baja, en corrillos, que un
comunista no podía permitirse el lujo de escribir desde París en 1957 un poema
donde se habla simplemente de libar y yantar.
Dedicado “A dos
amigas cubanas que invernaban en Palma de Mallorca” ¾Águeda y Nora, que con el tiempo se mostraron en otras ediciones
con sus nombres verdaderos, Ángela y Flora, dos damas camagüeyanas residentes
durante largo tiempo en Europa¾ el poema como otros de Guillén
tiene varias lecturas. El crítico apresurado, y acaso prejuiciado que es capaz
de beber y comer en una boda, en un cumpleaños, en una fiesta popular, en el
discreto rincón familiar, en el escondido sitio del amor clandestino, no admite
que el desterrado hable de fabadas y huevos fritos, pues su función, según un
concepto estrecho, es desenmascarar bandidos y solamente debe tomar sus
instrumentos para armar la trama de la denuncia, de la exaltada lucha popular.
Ese regodeo, en todo caso sólo será permisible cuando termine el fragoroso
combate y se imponga la justicia revolucionaria en el país y en el mundo. Ahora
bien, si los poetas, los literatos fueran demasiado obedientes una pavorosa
literatura unilateral, una obra artística más cerca del idealismo y la
metafísica que de la indagación social y el incesante descubrimiento de la rica
y cambiante realidad, se impondría en el mundo. Un mundo conventual, sujeto al
dogma, un mundo en extinción.
Pero además de ser
un magnifico poema, matizado por la ironía y el humor, la nostalgia de Cuba
está presente siempre y gracias a él ahora está en la poesía lo que siempre
estuvo en el paladar, en el sentir inexpresado del vivir cotidiano: los
“orondos huevos fritos”, “el solemne aguacate”, “el rubicundo plátano amarillo”
y, por supuesto “el chicharrón de puerco con su masa/ dándole el brazo al
siboney casabe”. No faltan “la cristalina yuca”, “el quimbombó africano”, “el
cilíndrico ñame poderoso” o “la calabaza femenina”.
Un gran intelectual
comunista, que conoció cárceles y exilios sin cuento, Nazim Hikmet (1902-1963),
el inmortal turco, amigo entrañable de Nicolás, contó que una vez fue llevado
un poeta al paraíso y exclamó con tristeza: “Ah, mi país”. De esa índole es
“Epístola” donde se evoca la distante tierra natal, prohibida por entonces para
Guillén (“y hasta el cielo de Cuba (...) puesto que allá en La Habana está
presente/ ¡digo La Habana! nuestra islita pura”) que no podía imaginar que solo
dos años después, expulsado de Francia, rechazado en México, aceptado en
Argentina, estarla en Cuba libre. Y es que en el exilio todo convite es un
momentáneo paraíso artificial, y “el fu‑fu montañoso” y “el maíz de oro
fino”, con su humildad devienen símbolos de la patria que sufre. Por eso los
admiradores de “Epístola” que entonces fueron muchos y ahora son más, reconocen
y proclaman sus valores, ya que la poesía es una dama gentil que, aun en estos
tiempos, requiere a menudo la defensa de los valientes caballeros.
Mirta Aguirre
(1912-1980), Ángel Augier, Manuel Navarro Luna, Cintio Vitier (1921), Roberto
Fernández Retamar, han realizado esclarecedores estudios o han hecho oportunas referencias
a las Elegías, tema que también ha
reclamado la atención de Juan Marínello, José Antonio Portuondo (1911- ), Nancy Morejón, Raimundo Lazo (1904-1976)
y Keith Ellis, entre otros poetas, ensayistas e investigadores. No he de extenderme
sobre este asunto, tan importante por otra parte en la obra guilleneana, ya que
las elegías no constituyen el punto más cercano a El Gran Zoo en la obra general del cantor cubano por excelencia de
nuestro siglo; únicamente comentar brevemente el ensayo del poeta y critico
camagüeyano Luis Álvarez (1950) titulado “El poeta elegiaco Nicolás Guillén” 35 quien ve la elegía en él
como un “recipiente muy personal de su pathos lírico, y por ello también un
testimonio de resortes esenciales de su poesía”. Sin duda, es ese un aspecto
principal en la obra del autor de “Elegía a Jesús Menéndez”, al que habría que
añadir su lado risueño, no frívolo, que le permite con frecuencia burlar las
finas redes de la melancolía (“Otros lloran, yo me río,/ porque la risa es
salud:/ lanza de mi poderío/ coraza de mi virtud.”) y asumir, como hubiese
dicho la soviética N. Dimitrieva, en un excelente ensayo36 el descongelante, liberador
“papel heurístico del humor”.
Álvarez también
llama la atención en torno a la presencia de José Martí, concretamente en la
“Elegía cubana” y asume que Nicolás tributa aquí un transparente homenaje a
nuestro Apóstol (¿Dónde, fino venado/ de bosque en bosque en bosque y bosque
perseguido,/ bosque hallarás en que lamer la sangre/ de tu abierto costado?”).
Este es quizá el momento lírico en que Martí influye con más fuerza en la obra
de Guillén. Hacia 1961, en nuestros paseos por las calles camagüeyanas, hablé
de esto con Jesús Orta Ruiz, Naborí (1922), a propósito de los amplios recursos
presentes en la obra de Nicolás y de su ligazón con la gran poesía cubana. Años
más tarde volví sobre ello en talleres poéticos, lo abordé con Roberto Branly
(1930‑1980), Luis Pavón (1930) y Roberto Díaz (1942) y subrayé su
relevancia en algunas exposiciones en torno a la continuidad de nuestra
historia poética, y no sólo de las casi siempre saludables rupturas.
Martí toma su ciervo
herido de los clásicos españoles ‑más tarde Manuel Altolaguirre lo usará
como titulo de una colección de su imprenta La Verónica‑ Nicolás, por su
parte, convierte el ciervo en fino venado, el monte en bosque, la herida en
abierto costado y, lo más significativo: ya no será el bello animal o el verso
herido, sino Cuba, su patria, la de Martí, la nuestra, que en su hora de dolor
junta las llamas vivas y el amor de dos de sus más grandes poetas.
En 1962, con motivo de los festejos por los
sesenta años de Nicolás, Mirta Aguirre (1912‑1980) afirmó que pronto un
pino nuevo escribirla “el gran poema nacional alegre que Nicolás Guillén no ha
escrito todavía. A no ser que lo escriba antes Nicolás Guillén”. Dos años más
tarde aparecería Tengo 37 un libro cuyo poema del
mismo nombre es ya un canto pleno, donde hallamos no sólo un recuento alegre de
lo conquistado y un apropiado ritmo de himno victorioso, sino humor y
desenfado, presentes también en otras secciones, aunque numerosos textos de
este volumen son todavía serios, severos, a veces muy rígidos, fenómeno que
estuvo presente en buena parte de la poesía cubana, excesivamente testimonial,
de esos primeros años de la revolución triunfante.
II
La
cuestión es conservar siempre un pedazo interior de niñez, mientras eso exista
podemos estar seguros de que aún podemos mejorarnos (ser más compresivos,
prender cosas nuevas, ser capaces de generosidad) y así podemos alegremente
acercarnos a la vejez, mientras algo no sólo permanece joven, que está
caminando hacia la juventud dentro de nosotros.
Rubén Martínez Villena.
La canción tiene muchas alas;
con todas puede volar N. G.
Los poemas de El Gran Zoo, conocieron la fama antes de
que aparecieran en libro. La primera noticia pública de algunas composiciones y
del proyecto general de la obra se produjo a mediados de 1959. Recuerdo bien
ese momento grávido, sustentado por altos sueños y oscurecido por amenazas
imperialistas. Guillén, que cada cierto tiempo volvía a su ciudad natal para
respirar un aire antiguo en el aire nuevo,38 arribó a Camagüey el 5 de julio de 1959. Lo conocí por azar en el
mismo aeropuerto internacional Ignacio Agramonte, y sin pérdida de tiempo pacté
con él una entrevista, que pude llevar a vías de hecho dos días después, en
compañía de José y Ramón Nodal, Paris Costa y el poeta Rubén Galdés Ochoa.39 Mas no fue ese nuestro único encuentro, durante casi una semana nos
vimos con frecuencia y asistí a su memorable lectura de poemas en los salones
de la Sociedad Lyceum, en la barriada de La Vigía. En una de esas tardes de
extensos diálogos en que, como era de esperar, la revolución y la poesía
ocupaban un ancho espacio, me preguntó por qué se había publicado una antología
de autores camagüeyanos el año anterior donde no aparecía un solo verso suyo.
Le expliqué que se trataba de una colección40 que no tenía un carácter
antológico, ni mucho menos histórico, sino que su propósito era reflejar el
movimiento poético de esa etapa y los autores, camagüeyanos o no, que
convergían en la ciudad cuando se fraguó el libro. Por entonces La paloma de vuelo popular acababa de
llegar a nuestras librerías y una semana antes un suplemento cultural de amplia
circulación, Lunes de Revolución
había dado a conocer siete breves composiciones que habían llamado mucho la
atención.41
Con agilidad y humor,
estos textos se ocupaban de extraños personajes: usureros y ríos; el Caribe y
la guitarra; el Aconcagua y la pajarita de papel. Nicolás me preguntó enseguida
qué comentarios habían despertado en la ciudad, y sobre todo en los jóvenes
aspirantes a escritores, le respondí que algunos lectores se habían
desconcertado, pero la mayoría aplaudía la audacia y el aire juvenil que traían
a nuestra poesía. Entonces me contó que los había escrito en Buenos Aires
durante sus últimos meses de exilio y que aún seguía trabajando en ellos. Me
confió: “Yo trabajo con mucha calma, con mucho trabajo, lo cual ha dado lugar a
que haya varias versiones de un mismo poema mío”.
Las inquietantes
criaturas de Nicolás, no tardaron en viajar al exterior: El Papel Literario, suplemento del periódico El Nacional de Caracas, con la complicidad de los poetas Miguel
Otero Silva y José Ramón Medina, en su edición del 12 de noviembre de 1959,
reprodujo los poemas publicados por Lunes.
Hacia 1965, en La
Habana, volví a dialogar más de una vez con Guillén en torno a estos certeros
disparos, estos novedosos estallidos. Ya los presentados en sociedad en 1959,
además del titulado “Pesca” ¾que después se llamó “Señora”¾ habían ganado un sitio en su Antología
mayor, ¾Ediciones Unión, 1964¾ y no tardaría el poeta Augier, uno de sus más fervientes
admiradores, en mostrar nuevos animales de diverso pelaje en el suplemento del
periódico El Mundo, El Mundo del Domingo, el 2 de enero de
1966. En este caso se trataba de “Las Nubes”, “Los vientos”, “El tigre”,
“Ciclón”, “Ave Fénix”, “Lynch”, “Gángster”, “Las águilas”. “El cangrejo” y con
su titulo definitivo “Señora”. De modo que casi la mitad de lo que seria el
cuaderno de 1967 estaba ya en la calle haciendo de las suyas.
El 13 de junio de
ese año El Mundo publicaba una
entrevista con Guillén42 en la que se
anunciaba la aparición de El gran Zoo,
integrado por treinta y cinco textos. “Considero, dijo su autor, que se trata
de una renovación total de mi poesía, a pesar de que su contenido sigue siendo
el mismo, sólo que ahora está dicho de una forma diferente (...) todo el libro
está hecho con una economía terrible de medios de expresión. Por ejemplo un
poema que tenía 30 versos al inicio ha quedado reducido a 8 ó 10 en su versión
definitiva (yo diría provisionalmente definitiva)”. Más adelante retomando lo
de que trabajaba sin una prisa loca, precisó: “Siempre he tenido por divisa que
es preferible tomarse cuatro años para escribir un libro que escribir cuatro
libros en un año.” y terminaba diciendo risueñamente: “Cuando me creían
jubilado, me aparezco con un libro que yo creo bastante joven.”
Los numerosos
lectores de la revista semanal Bohemia,
tuvieron la oportunidad de conocer, en la edición del 9 de junio cuatro
representantes de la original fauna: “La sed”, “Monos”; “KKK” y “Tonton
Macoute”.
Un número de La Gaceta de Cuba, correspondiente a
mayo‑julio, incluyó “Luna”, “Policía”, “El chulo”, “Bomba atómica”. Por
su parte el número 3 de la revista Unión,
que comprendía los meses que van de julio a septiembre le hizo un sitio, con el
titulo general de “Poemas del Gran Zoo”, a “Oradores”, “La estrella polar”, “El
sueño” “Reloj” y “Luna”.
Como el poeta
haitiano, entonces residente en La Habana, René Depestre (1926), trabajaba con
fruición en la traducción al francés del libro, ya terminado pero aún no
impreso, el semanario parisino Lettres
Francaises, pudo presentar ese mismo año media docena de criaturas
guilleneanas. En septiembre estuvo en La Habana el extraordinario poeta griego
Yannis Ritsos quien logró llevarse una copia de la versión francesa y de
inmediato la tradujo al griego.
El poemario, que
debla enriquecerse con ilustraciones de maestros de la pintura cubana, no salió
ese año.
En enero de 1967 la
Casa de las Américas convocó al Encuentro con Rubén Darío, que se efectuó en
Varadero. Guillén asistió y entre una sesión y otra nos mostraba sus criaturas,
como niño con hermoso juguete nuevo. Hizo también una lectura pública que fue
recibida con alegría por un numeroso grupo de escritores, venidos de América y
Europa, entre los que recuerdo a Carlos Pellicer (1899-1977), Roque Dalton
(1935-1975), Francisco Urondo (1930-1976), Manuel Pedro González, Enrique Lihn
(1929-1988), César Fernández Moreno, Ya desaparecidos, y también a Noé Jitrik,
Alejandro Romualdo (1926), David Viñas (1927), Mario Benedetti (1920), César
Calvo (1944), Gianni Toti, Lumir Chivirny, Jorge Teillier (1935-1996), Thiago
de Melo (1926)... Asimismo asistieron representantes destacados de las
distintas promociones de bardos cubanos.
En febrero Guillén
hizo una memorable lectura de los textos del bestiario en los salones de la
UNEAC, lo que de nuevo encendió la pólvora.
En su edición del 20
de ese mes, el vespertino Juventud
Rebelde fue el encargado de poner en manos de los jóvenes lectores “El
Aconcagua”, “Bomba atómica”, y “Los ríos”.
El 22, el poeta y
pintor Fayad Jamis (1930‑1988), director de las Ediciones Unión, anotaría
en El Mundo que la lectura de Nicolás
en la UNEAC estuvo acompañada por una proyección de diapositivas del destacado
pintor rumano‑cubano Sandú Darié. Y añadiría: “Creo que con ellos Guillén
inaugura una nueva etapa de su poesía, entra de nuevo en la edad juvenil de las
palabras, permite que los guijes de su imaginación se sienten a su mesa (...) tiene
además ese mensaje necesario y justo a que nos tiene acostumbrados desde sus
primeros poemas”.43
Una experta
narradora y critica, Loló de la Torriente (1907‑ ), al comentar la lectura también en El mundo, el 7 de marzo, señala “No es
una feria de animales sino una gran exposición de sugerencias (...) con una
emoción que con anterioridad no había sido sentida en nuestra lírica” y elogia
el modo que tiene el poeta de presentarnos “ese mundo fabuloso que no es el de
los sueños sino el de la realidad soñada.” 44
El 18 de ese mes le
tocó el turno a otro veterano agudo, el asturiano Rafael Suárez Solis (1881‑1968)
que nos ofrece sus impresiones de esa lectura: “Un buen poeta puede ser nuevo muchas
veces (...) lo siempre igual puede causar sospecha de agotamiento borrar ese
miedo.”45
Por su parte, el
jueves 6 de abril el narrador e historiador Raúl Aparicio (1913‑1970) se
apoderó de la tribuna abierta de El Mundo.
“Los animales de este zoo ‑escribió‑ vienen a ser la soberbia, la
codicia, el engaño, la ira, la gula, la inconstancia (...) cada pieza está
revestida de malicia de pies a cabeza, según había concretado el viejo Baltasar
Gracián. ¡Pero qué malicia fina!
Coloquiando sin caérsele la mano poética... Guillén puede repetir con el
Dante: Aquí comienza la vida nueva.”46
La llegada de
algunos ejemplares de la edición en griego, traducida por Ritsos y auspiciada
por la editorial Zemelio, promovió nuevos artículos notas y comentarios. Por su
parte el laborioso Pierre Seghers lanzaba en Paris una edición bilingüe, a
partir de la traducción a la lengua de Víctor Hugo de René Depestre. El critico
galo René Lacoste publicó un comentario en Lettres
Francaises, que nuestro Juventud
Rebelde insertó en su edición del 22 de noviembre.47
Lacoste hace suyas
las observaciones del poeta y traductor haitiano, quien apuntó en el prólogo:
“Por primera vez en la historia de los zoos y de los bestiarios simbólicos de
la cultura mundial, un poeta soberano escribe y se arma con la fuerza y el
impulso magnético de una gran revolución social, para domar los principales
monstruos que deshumanizan nuestra vida díaria”. Por su parte, Lacoste destaca
la novedad, la concisión explosiva del lenguaje, el acertado empleo de la forma
elíptica, así como el rigor y la unidad muy clásicos del poemario.
Cuando a principios
de 1968 El Gran Zoo comienza a
circular en las librerías cubanas, lo saludamos como a un viejo amigo que
vestía traje nuevo. No podía decirse que
nos permitía conocer un titulo enteramente nuevo, pues en la última década se
habían publicado en revistas y periódicos fragmentos del poemario y además
numerosos artículos, crónicas, reseñas, notas, anuncios y entrevistas se habían
referido ya a las piezas publicadas y a las lecturas públicas realizadas por su
autor. Por otra parte conocíamos las ediciones en griego y en francés así como
algunas opiniones de críticos y periodistas extranjeros.
Entre los jóvenes
poetas de entonces, le cupo a Guillermo Rodríguez Rivera (1944) el honor del
primer comentario que con el sugestivo titulo de “Animalia” 48 plantea, que se ha insistido
demasiado en el carácter juvenil del libro, cuando a su parecer se trata de “un
producto lógico, coherente” de su quehacer anterior. Apunta que “El Aconcagua”
brinda ejemplos de recursos de estilos muy semejantes a los de “Elegía a un
soldado vivo”. Además señala que la rítmica del cuaderno examinado “está casi
totalmente construida sobre la base de los ritmos endecasílabos (...) que caracteriza
otras zonas de la poesía del autor”. Otras pruebas que esgrime el joven critico
están referidas a los poemas de juventud ¾cercanía evidente
entre “Aviso‑El Gran Zoo de La Habana” y “El aeroplano”; hermandad entre
el “Reloj” zoológico y el de su mocedad¾ rechaza también, a
mi juicio con toda razón, el parentesco que algunos le atribuyen con el Estravagario de Neruda, o los por
entonces de moda “artefactos” de otro chileno, Nicanor Parra (1914). Pero
admite entre sus “antecedentes probables” el Bestiario de Apollinaire, opinión que no comparto, como no sea
simplemente porque el del influyente francés apareció antes.
Sin embargo el
estudio más extenso y minucioso de los nuevos indagadores de la poesía cubana y
de nuestro Zoo en especial apareció dos años después en una humilde publicación
provinciana. Con el titulo de El nuevo
Bestiario.49 Su autora, Margarita García Veitía (1945), nos propone no un rápido
y superficial paseo sino un valioso examen de cada pieza. Resume su opinión
sobre el conjunto de composiciones de este modo: “Decir que es otro Guillén el
que había es desconocer los acentos peculiares de su estilo. Desdeñar lo nuevo
es, igualmente, inadmisible.”
A continuación
comienza el viaje por el libro, realiza el estudio de cada recurso empleado y
se refiere a sus más cercanos antecedentes ‑esa “Luna” de hoy que refleja
la luna (posmodernista, en mi criterio. L.S.) de su “Elegía moderna del motivo
cursi”; esa guitarra que ya venia sonando en El son entero; esa referencia al hambre que recuerda la adivinanza
que la tiene como protagonista en West
Indies, Ltd.‑ y también la novedad, así como “el equilibrio perfecto
del poema, la adecuada correspondencia entre los planos lingüísticos y de la
realidad” y también “la elección de palabras que logran el preciso efecto
buscado (...) el Hambre es un animal, mientras el KKK es un cuadrúpedo.”
Mario Benedetti
figura entre los que piensan que gracias a la Revolución, Nicolás
“rejuvenecido; recupera su bienhumorada manera de imaginar, y crea su experimental
travesura poética que es El Gran Zoo50 Pero en este caso no
compartimos la observación del agudo intelectual uruguayo. Hemos visto que aun
en sus angustiosos días del exilio el autor de “Epístola” dio muestras de
imbatible buen humor. Asimismo la obra que comentamos ¾cuyos primeros exponentes, como también vimos, surgieron antes del
triunfo de nuestra Revolución¾ es más, mucho más que una
“experimental travesura”. Es un importante aporte, a la altura de la mejor
poesía de su momento en cualquier parte del planeta.
La lista de
bestiarios ¾que puede ser muy extensa¾ evocados a propósito de este afortunado libro de Guillén, incluye,
según Ellis, a Esopo, La Fontaine, Apollinaire, Valle Inclán, Borges y Neruda.
Por ese camino podemos llegar hasta las más bien tenebrosas fábulas de la Edad
Medía, desenterrar el Physiologus de
los primeros siglos de nuestra época en Alejandría, y el Bestiaire d’ amour, de Richard de Fournival, sí viajamos hasta el
no tan cercano 1250 de nuestra agitadísima era. Pero ese es el cuento de nunca
acabar, porque ya T.S. Eliot se aventuré a decir: “La poesía empieza, diría yo,
con un salvaje tocando un tambor en una selva, y retiene siempre ese elemento
esencial de la percusión y el ritmo, hiperbólicamente podría decir que el poeta
es más viejo que el resto de los humanos...”.51 Mas, también el cantor debe
ser más joven, y a la vez más culto,
que otros literatos.
Saber retener el
ritmo que está en la raíz de la poesía y conciliar lo esencial de la cultura
acumulada sin desdeñar lo nuevo, todo eso se le pide, más que a ningún otro
artista de la palabra al poeta, que aun en sus largos cantos está obligado a
ser un maestro de la síntesis. Y de esta prueba sale victorioso Guillén en El Gran Zoo.
Por nuestra parte
solo mencionaremos dos colecciones de animales de las letras latinoamericanas:
en el Bestiario,52 del laureado mexicano
Juan José Arreola (1918-2001), uno de los buenos poetas en prosa de nuestra
América, trágico como Faulkner, más también artesano del humor negro y de otros
tonos, hay monstruosos o delicados especimenes, parientes del mítico zoo
habanero de Nicolás.
Siguiendo una pauta
del poeta Marcelino Arozarena (1912‑1966), de la que ya hablaremos, hemos
puesto en versos arbitrarios su rinoceronte que también figura en Confabularío
“El gran rinoceronte se detiene./ Alza la cabeza. Recula un poco./ Gira en
redondo y dispara su pieza de artillería./ Embiste como un artista/ con un solo
cuerno de toro blindado,/ embravecido y cegato/ en arranque total/ de filósofo
positivista.”
He aquí un delicado
saltarín de charcas y ciénagas: “Salta de vez en cuando,/ solo para comprobar/
su radical estático./ El salto tiene algo de latido:/ viéndolo bien el sapo es
todo corazón”.
En rápidos trazos, más
poéticos en los siervos, más agudos en la hiena, Arreola nos da su versión del
fascinante mundo animal.
Y un compadre de
Nicolás, Andrés Eloy Blanco (1896-1955), el mismo de las coplas de amor,
escribió un breve “Bestiario”53 venezolano. Aquí el caimán
del Orinoco es un “zorro dormido,/ viejo Neptuno,/ con ese dolor de eternidad
de los que se salvaron del diluvio”(...) “Alacrán de orilla,/ comadre orillera/
oculta como una mala intención/ rencorosa como una mala lengua” ¾La raya. “(...)Bólido entre dos aguas,/ gota de tempestad,/ gato de
agua” ¾ El temblador.
“(...)Desde el árbol más alto, donde se toca el cielo/ colgado de la cola al
pico de una estrella,/ con las manos tendidas,/ nos saluda el abuelo” ¾El mono.
Andrés Eloy mete en
su bestiario a un voraz “caribe” que es “la distancia más corta que hay del río
a la muerte”, pero en este caso no se trata del mar común, evocado también por
él desde Cumaná, sino de la insaciable piraña que en Venezuela es conocida, por
su ferocidad, con el nombre de caribe. Lo que nos hace recordar el combativo
verso final del verdadero Mar Caribe cantado por Nicolás, de evidente intención
política: “cuidado: muerde”.
Ahora bien, en
materia de antecedentes hay uno de especial interés, sobre todo para el lector
cubano: Marcelino Arozarena, que ya en julio de 1971 había escrito un simpático
artículo sobre la numerosa presencia de animales de todo tipo en el habla
popular cubana, 34 volvió sobre el tema un año después, pero ahora con una
buena pieza cobrada: en una carta de José Antonio Saco (1797‑1879) a su
amigo Gonzalo Alonso, enviada desde Paris en octubre de 1859, este satiriza a
su persistente enemigo, el español largamente vinculado a Cuba Ramón de la
Sagra; Arozarena, trasladó al estilo de los versos del zoo guilleneano un
párrafo de Saco de suyo agresivo: “La Sagra, / animal anfibio y
presupuestivoro./ Tiene el cuerpo en España./ La boca en las cajas de
Ultramar./ Animal muy raro./ Se halla un ejemplar en las cortes españolas.55
Nicolás se encantó con el hallazgo de
este sabroso antecedente, y como bien anota Augier, quiso que apareciera como
exergo a El Gran Zoo cuando se
reeditó su Obra Poética en 1981.
La primera edición
de El Gran Zoo contenía 39 piezas de
varío calibre y extensión, pero breves en su mayoría, y aún brevísimas. Después
de un simpático anuncio, como suelen hacer todos los centros culturales que se
respetan, desembocamos en el ya mencionado “El caribe” que, no podía ser de
otro modo si seguimos la línea de la poesía guilleneana, es “marítimo y enigmático”
y con “grises aletas de ciclón”.
Uno de los más
sugerentes momentos del cuaderno recrea una página literaria, en apariencia
lejana a la poesía de nuestro autor, “El escarabajo de oro”, narración
excepcional de Edgar Allan Poe. Este prestigioso coleóptero que en la ficción
es donado por su creador, muere fatalmente en cautiverio. Para Ellis esto
significa que la fantasía es débil cuando se compara con la realidad.
El laborioso crítico jamaicano ha
rastreado también en los anteriores títulos de Guillén en busca de antecedentes
que expliquen la aparición de este poemario. De ese modo remite “El mono” a West Imdies Ltd.; “El chulo” a Motivos de son, y Sóngoro cosongo. Otro señalamiento suyo, que a mi parecer es
acertado, es el siguiente:
Hay gran evidencia en Tengo
de que la imaginación del poeta,mientras escribía (...) este libro, estaba
empeñada en la actividad conjunta de la composición de (...) El Gran Zoo, puesto que en el primer
libro el uso de la imaginería animal se vuelve intensivo. En el texto inicial
de Tengo “Bonsal” el protagonista es
descrito como
Animal
ojiazul, peliplúmbeo,
de color
rojicarne, que Había
un inglés letal.
En tres versos
hallamos en el Zoo una tierna
evocación de la pajarita de papel, y también en tres versos se anuncia a un
raro animal, el Ave Fénix, que aún no podemos ver, pero el final queda abierto,
porque “En diciembre llegarán sus cenizas” y de ese modo, como quiere la
poesía, la vida renacerá. Otro breve texto es “Luna”, solo que aquí sobra
ingenio y falta la síntesis poética. Lo mismo ocurre con “Papaya”, más extenso
pero igualmente insuficiente. El inocente fruto que en Camagüey puede usar su
nombre original sin censura alguna, pero en La Habana se torna un moderno
representante del “pecado original”, no aparecía en la edición príncipe, y poco
aporta en la segunda donde su autor decidió insertarla.
Los poemas moderadamente extensos ‑“Avio
mamut”, “Las nubes”, “Las águilas”, “Policía”. “Los vientos”‑ figuran
entre los mejores del poemario.
En “Los vientos”,
pongamos por caso, la ironía se suaviza. Los cambiantes aires atmosféricos ¾animalizados, porque aquí tienen “ojos centelleantes” y largos
rabos¾ andaban por el mundo trastocándolo
todo con su peligrosa inocencia
Hasta que esta mañana
los trajeron atados,
lentos enamorados,
cuando vagaban
pensativos
junto a un campo de
dalias
El mismo tono
hallamos en “Las nubes”
las matutinas
hechas al poco sueño
labrador
y a las albas vacías
Aquí y allá se
advierten ráfagas irónicas
Sin embargo,
las de raza Polar, rarísimas,
no hubo maneras de
traerlas vivas.
Llegaron en salmuera,
expresamente
de Groenlandia,
Noruega, Terranova
(La Dirección ha prometido
exhibirlas al público, en vitrinas.)
Pero antes de llegar
a ese final jocoso, las letras no evaden un conveniente tinte sentimental
También nubes
románticas,
como por ejemplo las
que empañan el cielo del amor. Las
coloreadas hace
sesenta años
en los augurios de
Noel.
La primera estrofa de
“El Aconcagua”, es moderada y descriptiva. No prevalece aquí el relámpago del
humor ni la delicadeza de, por ejemplo, “Guitarra” sino el retrato severo de la
mayor montaña de América
El Aconcagua. Bestia
solemne y frígida.
Cabeza
blanca y ojos de
piedra fija
Pero enseguida el
tono coloquial pone una nota de simpatía que abarca todo el majestuoso espacio
andino
Anda en lentos
rebaños
con otros animales
semejantes
por entre rocallosos
desamparos.
Y al final nos
parece que es muy discutible su “frigidez” porque la sorprendemos “humanizada”
y amorosa
En la noche
roza con belfo blando
las manos frías de la luna
“Los ríos”, apto
para niños de todas las edades, nos recuerda quiénes son los verdaderos defensores
de estas tierras y estas aguas sorpresivamente halladas por Cristóbal Colón y
tiranizadas durante cinco siglos
duermen los ríos, los
sagrados ríos.
El Mississippi con
sus negros,
el Amazonas con sus
indios
Los líquidos gigantes
no son feroces enemigos, al contrarío se dejan querer por la desprejuiciada
gente menuda; por eso
Riendo los niños les
arrojan
verdes islotes vivos,
selvas pintadas de
papagayos,
canoas tripuladas y
otros ríos
En cambio “Los
usureros” son descritos con afilados, duros versos donde, como es de suponer,
no hallamos ni un asomo de piedad
Monstruos
ornitomorfos,
en anchas jaulas
negras,
los usureros.
“Buitre”, “torpedo
vulgar”, “vampiro” le parece cada uno de estos bandidos que chupan la sangre
del pobre. Pero nada pueden hacer por que están sometidos al cautiverio y
En el ocio forzado
de sus enormes jaulas
negras,
los usureros cuentan
y recuentan sus plumas
y se las prestan a
interés
El cáncer, que suele
aparecer en las notas necrológicas como una “penosa enfermedad” se llama aquí
“cangrejo”, porque en el lenguaje popular el inocente crustáceo encarna al
maligno, persistente enemigo de la humanidad. Nada se le concede al odiado
“animal” que es forzado a un
Destino limitado, pues
no tiene
carne de estreno que
morder,
linfa potable o
sangre.
Azote, fiera sin
entrañas, se exhibe en su justo lugar
A la derecha, junto
al gángster
Si no pueden ser
atendidas las horrendas necesidades nutritivas del cáncer, tampoco lo serán las
del KKK ¾“Cuadrúpedo (...)/ de Joplin,
Misuri./ Carnicero. que, “sin su dieta habitual de negro asado”, y para bien de
todos
Acabará por sucumbir.
Un problema
(insoluble) alimentarlo.
Guillén como quería
Rubén Martínez Villena, supo “siempre conservar un pedazo interior de niñez”.
Por eso, pues los niños no son ingenuos, al menos en el sentido que los adultos
lo entienden, hay más ingenio que ingenuidad en esa colección de amigos,
enemigos y conocidos. Y por eso, entre otras razones estos animadisimos dibujos
mantienen plena vigencia y se proyectarán hasta el cercano y aun así enigmático
siglo XXI.
En América del Sur suele decirse cuando las
penas golpean o se hace larga la espera: “Qué le importa una raya más a un
tigre”. Aquí “El tigre” solitario “Anda preso en su jaula/ de duras rayas
negras”. Pero, oh, sorpresa, no es un gangster, un general al servicio del
crimen, ni siquiera “el puñal del amor” sino “Un tigre real”. La observación es
válida, porque en este zoo, a diferencia de otros que le anteceden, son pocos
los animales que brillan en su pelaje o asoman sus verdaderos picos o garras.
Sin que su nombre se
pronuncie jamás, hallamos a la “Señora” ballena; a la jirafa ‑que “ama en
silencio a un alumno elefante”‑ a las águilas ‑las verdaderas, que conviven
con otras más inquietantes, convertidas ya en símbolos o elementos de
propaganda política y comercial‑ los monos, también desdoblados en
metafóricos personajes, y los gorilas, obligados
por el poeta a humorísticas o pavorosas transformaciones.
Sensaciones,
representantes del mundo mineral o vegetal, armas letales, herramientas
cotidianas, ocupaciones indignas, fenómenos naturales, caricaturas agudas de artistas, políticos y otros hombres
públicos, trágicos conflictos sociales, todo le sirve a Guillén para componer
el originalísimo “mundo de cosas” que nos ofrece. Y Aún sus madrigales le
asisten para dibujarnos una grácil “Guitarra”, no trajinada y antigua como la
inolvidable de El son entero, sino esta, adolescente, que “apenas vuela”, y que
acaso por eso nos cautiva
pálida, fina, esbelta
ojos de inagotable
mulata,
cintura de abierta
madera.
Si el Mar Caribe
“muerde”, la guitarra “cazada bajo la luna llena”, lleva una inscripción que debemos
atender, porque se trata de la palabra en estado de gracia: “Cuidado: sueña”.
En El
Gran Zoo la fantasía libre vuela.56
La mano que sabe cortar los hitos sobrantes
para que mejor luzcan los cantos breves, también sabe añadir joyas legitimas
del lenguaje para que no se malogren los más extensos.
Ahora bien, no se
trata de un raro viaje a la evasión, porque en el libro figuran la sed y el
hambre no saciadas, los militares al servicio de las tiranías; los racistas
asesinos; los gángsters que trafican con drogas; humanoides ebrios de sangre,
como el “Tonton Macoute”, la “Bomba atómica”. Y la misma severa condenación
merece Lynch que los tenebrosos agentes que persiguen al comunismo local e
internacional.57
Y sin embargo no
faltaron los que criticaron la levedad del poemario, su lejanía con los
problemas de la época, su desasimiento, su alegre humor en tiempos “malos para
la lírica”, para recordar la aguda definición de Brecht. No dejaron, a saber,
testimonio escrito, pero si se entretuvieron en murmuraciones, en comentarios,
en desaprobaciones más o menos públicas.
Esto explica que en la segunda edición
de El Gran Zoo58 el autor hiciera insertar un prólogo de su puño y letra.
Tal vez se piense ‑señaló
Guillén‑ que el salto es un poco arriesgado, aunque no mortal... Del
bongó a la pajarita de papel ‑dirán algunos. Del cañaveral a la nube. De
Viet Nam al cangrejo. Y el gangster ‑diré a mi vez. Y Mr. Lynch ‑volveré
a decir. Y la bomba
atómica‑ diré todavía.
Se ha escrito, y yo
creo que es cierto, que un autor no tiene más que un solo libro. Los otros,
cuando los hay, son variaciones sobre el primero. Esto me viene al papel ahora
pensando en El Gran Zoo, pero sin
ánimo de cohonestar su aparición, que no es el caso.
Guillén reclama el
derecho de “decir lo viejo con alguna novedad” y de escribir no solo para los
lectores del día sino también para aquellos que todavía no han nacido, y añade:
La canción tiene
muchas alas; con todas puede volar. Del Vietnam ardido, del viejo Vietnam
aullador y hondo nos han llegado sones de amor en los labios de artistas
combatientes; y versos a la luna sobre el lago, que el héroe lee junto al fuego
del vivaque.
Si El Gran Zoo, libro de madurez y de
muchas alas de victorioso vuelo, inquietó a ciertos lectores del patio que
pedían más asuntos sociales y políticos, no logró, sin embargo, pasar toda su
carga por las aduanas españolas, pues la edición madrileña59 de 1969 sufrió cortes y
censuras. Eliminados quedaron versos como “los generales con su sable de cola”
o “en su caballo estatua el héroe mono” y algunos como el titulado “Policía”
fueron devorados por los desconfiados censores.
Si, como hemos visto
en esta búsqueda no exhaustiva, la anterior obra de Guillén se proyecta con mayor
o menor intensidad en sus sabias composiciones zoológicas, este cuaderno
enjundioso no terminara en la última página de su jaula de papel. El propio
autor advierte en “Salida”
Aquí termina la
visita de hoy.
Mañana será otro día
y volveremos al Gran Zoo.
Así es. Si el severo
tono elegiaco, el desgarrado grito de dolor, la nostalgia, el exilio, están
presentes en la mayoría de sus poemarios, a partir del Zoo prevalece con frecuencia la sátira, el juego poético, los
claros colores del jardín de la infancia, el humor. Prueba el canto son sus
tres principales títulos posteriores: El
diario que a diario (1972) La rueda
dentada (1972) y Por el mar de las Antillas (1978).
Y más aun, el
memorable bestiario influye directamente en algunos textos: en La rueda dentada aparecen un tomeguín y un
sinsonte intensamente líricos, mas también “un Retrato del gorrión” que si
parece escapado de las invisibles jaulas del Zoo.
El gorrión es un ser
municipal,
electoral,
gritón,
su vestido habitual
es una parda blusa de
algodón;
el pantalón de tela
igual.
(No lleva cinturón)
Por último glotón (...)
objeción capital:
Demasiado normal,
¿No habrá un gorrión
genial?
Diez años después de
este gorrión “demasiado normal”, lo que vale decir incapacitado para la
creación artística, Guillén incluye, en la sección tercera de Sol de Domingo, algunos poemas
por avulsión, como si una fuerza mayor se los hubiese extraído sin miramientos.
Entre ellos advertimos dos haikais. El primero, muy lejano oriente, nos
describe al viento sobre un manso lago y la luna, seguramente blanca, rota en
mil pedazos. El segundo si tiene la fiebre del Zoo:
El gallo se pasea
hinchado y rojo
un samurai parece.
Fechado en 1978 este
haikai con gallo prolonga sus breves visiones sobre sensaciones, animales,
gentes, y no relata sino sugiere, con perfumado humor, una escena donde el ave,
conquistadora y valiente, un guerrero parece, o viceversa.
La predilección que
Guillén tenía por su poblado jardín de animales, se manifiesta también en el
hecho de que incluyó las piezas que lo integran en Poemas manuables (1975). En la sección “Poemas mulatos” de ese
libro aparece “El caribe”.”E1 hambre”, “Las águilas”, “Bomba atómica” en
“Poemas sociales y políticos”. En “El aeroplano y otros poemas”, que rinde
homenaje a un texto suyo de juventud, cercano como ya vimos al Zoo, incluye 22 composiciones, entre
ellas “Institutriz”, “El cangrejo”, “Reloj” y “Tenor”. Ocho hallan sitio entre
los “Poemas Satíricos”.
A mi juicio es
acertada la distribución en las secciones de este manual, de textos no muy
extensos, propios para lecturas públicas o para poner en murales de centros de
trabajo o instituciones educacionales. Sólo me parece situada fuera de lugar
“El caribe”, pieza singular del Zoo y una no declarada arte poética.
Con buen viento, y
únicamente algunas ligeras ráfagas en contra, El Gran Zoo ha seguido navegando en nuestras aguas y en otras.
Numerosas son las traducciones a otras lenguas ¾la última de que
tengamos noticia se publicó en Suecia, en 1987¾ y sus mejores
exponentes aparecen con frecuencia en revistas y antologías de todo el mundo,
lo que prueba su vigencia universal.
Guillén dijo alguna
vez que su bestiario pudiera haber sido escrito por un joven poeta de los
sesenta, como comentaban dolidos algunos novísimos de ese momento, que
admiraban la capacidad renovadora del Poeta Nacional de Cuba y a la vez se
lamentaban de no poder mostrar una obra semejante concebida por un bardo de su
modernísima promoción. Pero añadió
que ese hipotético joven hubiese necesitado “cincuenta años de experiencia
poética”.
Exageraba, sin duda,
pues el genio no es siempre una larga paciencia sino, en ocasiones, un heroico
asalto al altísimo cielo. En más de una ocasión se mostró complacido por el
aire juvenil que su libro traía a la poesía cubana, lo cual es explicable si
tenemos en cuenta, solo cuando se trata
de grandes artistas, que los viejos sabios son capaces de ser imaginativos,
profundos y audaces como los niños, y que los adolescentes tocados por la
gracia suelen adelantarse a su tiempo.
Nicolás Guillén que
a los veinte años exigía con toda justeza: “¡sacude el ala del atrevimiento/
ante el atrevimiento del obstáculo” supo ser fiel a ese principio poético. Uno
y diverso, como él solía decir. Autor de un solo libro que son muchos, o de
muchos libros que son uno solo, y en cuya vasta y alta saga poética, una de las
más auténticas y universales del siglo que pronto llegará a su fin su pequeño Gran Zoo atesora el trabajadísimo oro de
su asombrosa orfebrería lírica, y el oro virgen de la palabra nueva.
NOTAS
1. El Gran Zoo, poemario de Nicolás Guillén, fue traducido al francés
y apareció en griego antes que en español en 1967. El 15 de diciembre de ese año
se terminó la impresión de la primera edición en nuestra lengua en la Colección
Contemporáneos de Ediciones. Unión, en La Habana.
2. En el libro Dador (La Habana, 1960) de José Lezama
Lima, aparece su extenso canto “Para llegar a la Montego Bay”. Debajo del
titulo puso entre paréntesis: Permiso para un leve sobresalto. Ese leve o
intenso sobresalto es el resultado de uno de sus pocos desplazamientos físicos
fuera de la isla. Pero, naturalmente, las imágenes que restallan sobrepasan las
sugerencias del paisaje y su gente, lo que no le impide describir escenas tan
explicitas coso esta: “Las piscinas donde se sumergen los herederos de coral,/
los herederos ingleses que han sonreído en las excavaciones egipcios,/ fruncen
el rizo, disecándolo, de la decadencia capitalista.”
3. Cerebro y corazón recoge 46 poemas de Guillén y lleva la fecha de
1922, cuando su autor solo tenia veinte años. Se publicó por vez primera como
apéndice del tomo I de Nicolás Guillén,
notas para un ensayo biográfico‑critico, obra de Ángel Augier, en su
segunda edición que, como la primera, fue publicada por la Editora del Consejo
Nacional de Universidades, Universidad Central de Las Villas en 1965. En ese
entonces el Departamento de Publicaciones estaba bajo la responsabilidad de
Samuel Feijóo.
4. EI 20 de abril de
1930 publicó Guillén las ocho piezas de Motivos
del son en la página “Ideales de una raza” del Diario de la Marina. Se las dedicó al ensayista y periodista José
Antonio Fernández de Castro. Aunque el poeta sólo ha vivido cuatro años su
experiencia habanera, los motivos recogen lo esencial de la calle, los solares
o cuartetas, los barrios marginales capitalinos, a ritmo de son literario, poco
después de su aparición, su amigo el impresor Bouza sufragó una edición de sólo
80 ejemplares de los Motivos... en la
Imprenta y Papelería de Rambla, Bouza y Cia.
5. El profesor y critico
Martíniqueño Alfred Melon, estudioso de las literaturas antillanas, y
prestigioso profesor en universidades francesas, recientemente fallecido,
escribió artículos y ensayos y dictó conferencias sobre la obra de Guillén. En
el cuaderno titulado Tres ensayos sobre
Nicolás Guillén (Ediciones Unión, La Habana, 1980) aparece su valiosa
contribución titulada “Guillén, poeta de la síntesis” en la que sostiene que
Guillén “fue en poesía el verdadero descubridor de Cuba, el poeta de la
totalidad cubana” y también que “es uno de los artesanos de mayor envergadura
de la poesía total, es decir, de la realización a escala mundial, de la poesía
como síntesis”.
6. Mañach publicó este
comentario con el titulo “Sobre Guillén”, en El País, La Habana, 18 de diciembre de 1928.
7. Ángel Augier en Notas y variantes, Tomo I de Nicolás Guillén, Obra poética, Editorial
Letras Cubanas, La Habana, 1972,
8. Lis revista artística, literaria y social, salida a la luz en
Camagüey, ciudad Natal de Nicolás Guillén, a partir del 10 de enero de 1923.
Nicolás fungía como director y su hermano Francisco como subdirector, la
jefatura de redacción estaba a cargo de Félix Nápoles. La revista, cuya
gestación demoró dos años, pretendía según sus editores “realizar una doble
labor: dotar a Camagüey otra vez de un órgano que sea vocero amoroso de sus
virtudes más altas, y contribuir(...) a la difusión de la cultura, y al
progreso de la hidalga cuna de Agramonte. ,
9. Orto, revista semanal, ilustrada de ciencias, artes y letras
publicó su primer número el 7 de enero de 1912, y con diversa periodicidad se
mantuvo hasta diciembre de 1957. Juan Francisco Saríol, poeta, narrador,
periodista, impresor y, sobre todo gran animador cultural fue su fundador y
director. Saríol y su revista pueden ser invocados a propósito del heroísmo
intelectual, su constancia y fervor hicieron que la publicación de ese tipo
alcanzara nueve lustros de vida en una república donde imperaba el desamor a la
ciencia y la indiferencia o el rechazo a las artes y las letras.
10. Castalia. Antología de poetas. Se publicó en La Habana desde el 15
de marzo de 1920 y todo parece indicar que su último número corresponde al 20
de mayo de 1921. Dirigida por Roger de Lauria (seud. de Ramón Rivera Golury) y
Paulino G. Baéz. Primitivo Corodero Leyva fue su jefe de redacción y más tarde
subdirector, lo que dio paso al poeta Andrés Núñez Olano como jefe de
redacción. Entre sus colaboradores se encuentran Rubén Martínez Villena,
Nicolás Guillén, Agustín Acosta, Manuel Navarro Luna y Enrique Serpa. Además de
poemas, publicó narraciones de autores cubanos y de otros países de
Hispanoamérica.
11. Revista de Avance, Se publicó en La Habana a partir del 15 de marzo
de 1927 con un carácter quincenal, Su número cincuenta y último apareció con
fecha 15 de septiembre de 1930, aunque en rigor se termina de imprimir a
principios de octubre, después del asesinato de Rafael Trejo. Trinchera
principal de los vanguardistas, su nombre cambiaba cada año, por eso hay
referencias a 1927, ó 1929, de modo que el nombre por el cual se le conoce fue
en verdad un subtitulo. El primer número tenía como directores a Juan
Marínello, Alejo Carpentier, Jorge Mañach, Francisco Ichaso y Martín Casanova.
A partir del número dos Carpentier hace mutis y en su lugar se incorpora José
Zacarías Tallet. En 1927 Martín Casanova, de origen catalán es expulsado de
Cuba por motivos políticos, de modo que a partir del número 11 entra en el
colegio de directores Felix Lizaso. Tallet abandona la empresa en el número 26,
así pues se mantuvieron hasta el final Marínello, Mañach, Ichaso y Lizaso. A
partir del número 18 el carácter de la publicación fue mensual. La revista
desbordó sus páginas, auspició conciertos, exposiciones, ediciones de libros e
influyó grandemente en la cultura cubana en su momento.
12. Keith Elllis (Jamaica,
1935) profesor del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de
Toronto, Canadá. Ha publicado, entre otros, estudios sobre Rubén Darío,
Francisco de Ayala, y Guillén. Sus reflexiones citadas en este trabajo aparecen
en su libro Nicolás Guillén poesía e
ideología publicado en la colección Perfil Libre de Ediciones Unión, La
Habana, 1987.
13. Nicolás Guillén: El libro de los sonetos, compilación y
prólogo de Ángel Augier, Ediciones Unión, La Habana, 1984.
14. Nicolás Guillén: La paloma de Vuelo popular. Elegías. Editorial Losada, Buenos Aires,
primera edición: 23 de diciembre de 1958.
15. “Glosa”, se publicó
originalmente en El Nacional de
Caracas, el 21 de abril de 1946 ¾con él titulo de “Glosa a una copla
de Andrés Eloy”, a partir de «Coplas del amor viajero” de su gran amigo y
notable poeta venezolano Andrés Eloy Blanco. Con el titulo de “Glosa”, Guillén
la incluyó en la edición de El son entero ¾que acoge una amplia
selección de su obra poética¾ auspiciada por la Editorial
Pleamar, de Buenos Aires, en mayo de 1947.
16. Paulino González Báez,
co‑director de Castalia,
publicó en la Casa Editorial Maucci de Barcelona, España, en 1923, una
antología de Poetas jóvenes cubanos
en la que incluyó poemas de Guillén.
17. Augier, en su prólogo a
Nicolás Guillén Obra Poética,
Ediciones ICL, 1972, dice: “es difícil explicar las causas por las cuales
Guillén no escribe un solo verso a partir de 1922”.
18. Nicolás Guillén. El libro de las décimas, prólogo de
Ángel Augier, Ediciones Unión, 1980.
19. EI profesor, narrador y
critico camagüeyano Ernesto Aguero (1954) en una ponencia que, hasta donde sabemos
no ha sido publicada, analizó las sustanciales variantes que sufrió “La canción
de los sauces”, en sucesivas apariciones en revistas y antologías entre 1920 y
1923.
Por su parte Ellis, op. cit, afirma que “Al seleccionar poemas para
la colección (se refiere a Cerebro y
corazón) Guillén dejó fuera un número grande (8) de sonetos alejandrinos.”
20. En el Tomo I de Prosa de prisa, Ed. Arte y Literatura,
1975, que recoge las principales colaboraciones periodísticas de Guillén, se
incluye una extensa crónica publicada en Orbe
el 5 de febrero de 1932 titulada “Camagüey, la ciudad enferma”. El paisaje
exterior no le ofrece entonces bucólicos pastores, sino hombres sin empleo y
niños mendigos, y la propia ciudad se le antoja dominada por el tedio, el
agobio diario (“Con el alma voy mirando las casas aplastadas de grandes
ventanas, o de menudas ventanitas de hierro comido por los años. Hay pobreza en
el pueblo.)”
Más también hallamos unas líneas que germinarán un cuarto de siglo
después en su Elegía a la patria chica: «Al llegar esta noche aquí, todo el
pasado se me atropella en la memoria, pugnando por salir. Sólo que aquí me
parece estar viendo las cosas a través del sueño.”
21. “Estas amargas
confesiones aparecen en la carta que Guillén envió a Camagüey a su fraterno
Félix Nápoles en mayo de 1929. Augier la recoge en su Nicolás Guillén Estudio
biográfico‑critico, Ediciones Unión, 1984.
22. Augier, en el prólogo a
Nicolás Guillén Obra poética.
23. Nicolás Guillén, así lo
declara en su ya citada carta a Félix Nápoles.
24. Atuei, revista de perfil vanguardista, pero sobre todo de marcada
preocupación social y política, apareció en noviembre de 1927 y sólo alcanzó
seis números hasta agosto de 1928. Sus directores fueron Enrique de la Osa ¾que entonces firmaba Delahoza¾ y Francisco Masiques, cuyo seudónimo era
Nicolás Gamolin. Además de los ya citados, colaboraron en Atuei, Carlos
Montenegro, Gerardo del Valle (1898-1973), José Manuel Valdés Rodríguez, Ramón
Vasconcelos (1890-1965), y otros autores cubanos y extranjeros.
25. El Grupo Minorista, que
no tenía presidente, vocales, estatutos o sede, se hizo sentir a partir de la
llamada Protesta de los Trece, en mayo de 1923, cuando se pronunciaron
públicamente contra los desmanes del corrupto gobierno de Alfredo Zayas. Sus
integrantes solían reunirse una vez por semana para almorzar en el Hotel
Lafayette de la capital cubana, o en las célebres tertulias del café Martí.
Aunque carecían de un órgano propio, los minoristas colaboraban en las más
influyentes revistas y periódicos cubanos de la época, señaladamente en Social, El más esclarecido de sus
integrantes, Rubén Martínez Villena fue no solo un alto poeta sino la figura
política más radical de los minoristas. Páginas de la mayoría de los bardos del
singular grupo se incluyeron en la importante antología La poesía moderna en Cuba ¾en la que no figuró
Guillén¾ realizada por dos connotados
minoristas, Felix Lisazo (1891-1967) y Fernández de Castro (1856-1920). La
compleja situación política que vivía el país, entre otros factores, precipitó
los deslindes, mis en el aspecto político que en lo estrictamente cultural, y a
partir de su difundida “Declaración” el grupo comenzó a desintegrarse. Pero la
mayoría de sus miembros mantuvo una activa participación en la sociedad cubana.
26. El investigador Ricardo
L. Hernández Otero, que ha examinado con atención este convulso momento cubano,
localizó el Manifiesto en El Heraldo de
Cuba. Que sepamos el “Sindicato” nunca se constituyó. La mención de Atuei nos lleva hasta Enrique de la Osa,
Francisco Masiques, Mariblanca Sabas Alomá, entre otros animadores de la
revista. Su publicación en el nada vanguardista diario cubano no pretendía
difundir los postulados de los manifestantes sino contribuir a justificar el
proceso conocido como “causa del comunismo” de julio de 1927. Hernández Otero
hizo llegar copia del Manifiesto al investigador chileno Nelson Osorio T. quien
lo incluyó en su utilísimo libro Manifiestos,
Proclamas y polémicas de la vanguardia
literaria hispanoamericana publicado por
la Biblioteca Ayacucho, en su volumen No. 132, Caracas, Venezuela, julio de
1988.
27. Liberación, recoge poemas escritos entre 1917 y 1925. En su ensayo
“La nueva poesía en Cuba”. Liberación,
7, por Juan Marínello, que apareció en el número 173 de Cuba contemporánea, en mayo de 1927, el poeta y critico Regino Botí
sitúa este poemario “en el vórtice de la nueva, novísima poesía o poesía de
vanguardia, denominación extensa esta última que comprende todas las tendencias
surgidas en español desde el estancamiento del modernismo.”
28. Antenas revista del tiempo nuevo se editó en la ciudad de Camagüey
dos veces por mes, a partir del 1 de noviembre de 1928, desapareció en un
momento indeterminado del año siguiente por falta de medios económicos y acaso
por discrepancias entre sus editores como la mayoría de las publicaciones
literarias que en el mundo han sido. Fue la única revista plenamente
vanguardista más allá de la capital cubana. Sus directores: Felipe Pichardo
Moya, Manuel H. Hernández, Manuel P. Hidalgo y Félix Rafols, que se incorporó a
partir del primer número de diciembre, Entre sus redactores se contaban Emilio
Ballagas, César Luis de León, Manuel F. de Zayas y Antonio Martínez. En Antenas colaboraron Navarro Luna, Pita Rodríguez,
Delahoza, Flora Díaz Parrado, Aurora Villar Buceta, José A. Foncueva, Luis
Felipe Rodríguez y Nicolás Guillén. Desde 1990 se publica, en la misma ciudad, Antenas. segunda época con un carácter
semestral,
29. Roberto Fernández
Retamar. La poesía contemporánea en Cuba,
Ediciones Orígenes, 1954. RFR recogió
este y otros tres trabajos sobre Guillén en su cuaderno El son del vuelo popular, Colección contemporáneos, Ed. Unión,
1972. En su desenfadada nota inicial dice: “En 1967 (Guillén) sorprendió a
admiradores y refunfuñones con el dibujo malicioso de El Gran Zoo.”
30. Cesare Pavese (1908‑1930)
no solo fue un magnifico poeta y narrador sino también un auténtico teórico
marxista. ‑Sus opiniones sobre el papel singular del poeta fueron
expuestas en un breve ensayo de “Il sentiero del arte”, (1949), reproducido por
la revista italiana Cultura e Realita,
julio‑agosto, 1950, y publicado en español en Buenos Aires en un cuaderno
bien conocido: El oficio de poeta.
31. La negritud, concepto
en extremo polémico, no se originó en África o en el Caribe, sino en Francia.
Pero fue un destacado intelectual y político caribeño, el mantiniqueño Aimé
Césaire quien puso en circulación el término, con apoyo, de otros artistas y
escritores negros, la mayoría de expresión francesa, como el poeta de la
Guayana Francesa León Damas, y un exquisito escritor senegalés muy
controvertido, Leopold‑Sédar Senghor. En 1932 la revista Légitime défense agrupó a teóricos y
artistas de esa tendencia que más tarde también se expresaron a través de Létudian noir. Los apóstoles de la
negritud exaltaban la preeminencia de la pura cultura africana por sobre la del
país natal. Guillén fue considerado por Damas y otros como un poeta de la
negritud en el Caribe hispano parlante; pero él y su obra ‑‑de
proclamado color cubano‑‑‑ se encargaron de negar la
filiación a un proyecto que, si bien en un principio demandaba la liberación
espiritual del negro, terminó siendo un férreo dogma, un instrumento más de la
reacción internacional, a la cual sirvió sin vacilar el propio Senghor cuando
asumió la presidencia de su país.
32. Nancy Morejón, la más
acuciosa y certera investigadora de la obra de Guillén surgida con el triunfo
de la Revolución, ha realizado un estudio, entre otros textos guilleneanos, de
“Llegada”, que a su juicio “describe el aporte del hombre americano, primario y
natural, a la historia del mundo entero” (Nancy Morejón: Nación y Mestizaje en
Nicolás, Ediciones Unión, 1982,
33. EI critico camagüeyano
Raimundo Lazo (1904‑1976), que no vacila en calificar a Guillén de
romántico más que por su pertenencia a esa escuela por su temperamento, no sólo
ha realizado estudios valiosos sobre el aporte literario y lingüístico que
representa Motivos del Son, sino que
ha sabido adentrarse en El apellido sin
prejuicios ni dogmas: “El apellido poematización mágicamente fertilizada de la
prosa de un nombre transformado en signo de toda la vida del poeta.” Raimundo
Lazo, El romanticismo en la lírica
hispanoamericana, Editorial Porrúa S.A., México, 1974.
34. “Sátira política” y “Las coplas de Juan Descalzo” son
dos secciones que aparecen en el Tomo I de Obra
Poética de Guillén. Ballagas las hubiese calificado de literatura de
servicio, aunque otros prefieran llamarla de agitación, propaganda y denuncia.
Las primeras se publicaron en el periódico Hoy,
las segundas en Última Hora, órgano alternativo de los
comunistas cubanos, que apareció en 1951 cuando la ola caliente de la guerra
fría llegó a Cuba y Prío Socarras clausuró el periódico del Partido Socialista
Popular. En estas frecuentes colaboraciones anónimas se advierte el oficio de
Guillén. En ellas se expresa a sus anchas no su natural melancólico sino su
lado satírico y su afilado humor, armas siempre eficaces en sus manos.
35. Luis Álvarez “El poeta
elegiaco Nicolás Guillén”, En Conversar
con el otro, Ediciones Unión, 1990.
36. Publicado originalmente
en la revista moscovita Teatro, No.
1, 1977, el ensayo de N. Dimitrieva fue reproducido por la Sección de Radio,
Cine y Televisión de la UNEAC, y más tarde recogido por la revista Unión, No.
2, 1980. Aunque sus agudísimas observaciones parten de la comedía teatral son
validas para la obra literaria en su conjunto,
Tengo, contentivo de poemas de reafirmación revolucionaria, escritos en
su mayoría a partir de 1959, fue publicado por la Universidad Central de Las
Villas en 1964.
38. En 1982, con el sello
Presencia Latinoamericana de México, publicó Guillén el breve volumen Sol de domingo, con prosas y versos “más
o menos inéditos o lejanos”. Dos piezas líricas recrean el ámbito provinciano:
el soneto en homenaje a Ignacio Agramonte que describe no un delicado espacio
agreste sino la sabana torturada por el sol: “Oh llanura materna, tierra mía/
ancho cuerpo de toro seco y duro«. Y con él titulo de “A Camagüey suelo ir” la
que en algún momento se llamó “Música de cámara” y que sin embargo no apareció
en el libro del mismo titulo que publicó Ediciones Unión en 1978. Aquí si se
advierte un aire nostálgico: “A Camagüey suelo ir/ por revivir/ mis claros días
de infancia/ aspiro allá en su fragancia rosas que no volverán.”
39. La entrevista se
publicó en el suplemento cultural “7 días de Orientación”, del periódico Orientación Revolucionaria cuya
dirección compartían a la sazón José Nodal, Paris J. Costa y el autor de este
trabajo, encargado además de la jefatura de redacción, en la edición del lunes
24 de agosto de 1959.
40. Impresa en los talleres
de la Sociedad Colombista Panamericana de La Habana, en enero de 1958, la Colección de poetas de la ciudad de Camagüey
compilada y prologada por Samuel Feijóo, fue el único titulo que logró
presentar Ediciones del Grupo Yarabey, sueño de rescatar un símbolo de nuestros
orígenes más que realidad, alentado principalmente por Rolando Escardó. Más de
220 poetas de 24 vates, muchos de ellos nacidos en la década del treinta o
principios de los cuarenta, pasaron a la letra impresa gracias al esfuerzo de
los propios autores y un grupo de amigos los cuales no recibieron ni
solicitaron ayuda oficial. Un dato curioso es que medio siglo separaba a la
poetisa de mayor edad, nacida en 1891, de la más joven, nacida en 1941. Guillén
se admira del número de poetas con que contaba la ciudad y se interesó en
conocer a los más jóvenes.
41. Lunes de Revolución, en su edición del 29 de junio de 1959 publicó
“El Caribe”, “Guitarra”, “La Osa Mayor”, “El Aconcagua”, “Los usureros”, “Los
ríos”, y “La pajarita”, que en la edición definitiva se llamó “La pajarita de
papel”.
En la entrevista que acompaña la presentación de los poemas, realizada
por Roberto Branly, Guillén no solo precisa que empezó escribir en Buenos Aires
los que él llama “poemas muy simples de forma, de ritmo apenas insinuado, en
realidad cada uno representa una imagen en desarrollo”, sino que anuncia ya que
el libro se llamará El Gran Zoo. Y
añade: “Pero tengo mucho trabajo por delante y me atraen otros temas, ahora que
estoy en Cuba; los que nacen de nuestra Revolución”. Una prueba de cómo
conviven en sus letras asuntos distintos es que en ese mismo número de Lunes...
aparece “Tierra en la sierra y en el llano”, que cinco años después recogerá en
Tengo.
42. Cesar Leante: “Un nuevo
libro”, entrevista con Nicolás Guillén publicada en El Mundo el 13 de junio
de1966.
43. Fayad Jamis: “La salida
del gran Zoo”, El Mundo, 13 de junio
de 1967.
44. Lolo de la Torriente,
“El Zoo de Nicolás Guillén”, El Mundo,
7 de marzo de 1967.
45. Rafael Suárez Solís,
«Largo Paseo por el Gran Zoo”, El Mundo,
18 de marzo de 1967.
46. Raúl Aparicio:
“Compañero y señor Don”, El Mundo, 6 de abril de 1967.
47. René Lacoste: “El Gran
Zoo y la critica francesa”, Juventud
Rebelde, 22 de noviembre de 1967.
48. Guillermo Rodríguez
Rivera, “Animalía”, revista Casa,
mayo‑junio de 1968.
49. Margarita García
Veitia, “Sobre El Gran Zoo”, Taller Literario, Santiago de Cuba, mayo
de 1970.
50. El comentario de Mario
Benedetti ¾sin titulo¾ se incluyó en la sección “Otras opiniones” del libro Recopilación de textos sobre Nicolás Guillén
(serie Valoración Múltiple), Casa de las Américas, 1974.
51. T.S. Elliot emite tales
criterios en el texto llamado “Conclusión”, fechado el 31 de marzo de 1931 y
que aparece en el volumen: Función de la
poesía y función de la crítica,
Editorial Seix Barral, (col. Biblioteca Breve), Barcelona, 1968.
52. Juan José Arreola,
“Bestiario” en Cuentos, (Col. La
Honda) Casa de Las Américas, La Habana, 1969.
53. En Poda, libro de 1934, Andrés Eloy incluyó
“El río de las siete estrellas (Canto al Orinoco”, escrito en noviembre de
1927, uno de cuyos breves capítulos es precisamente un “bestiario” que hemos
tomado de Poesía de Andrés Eloy
Blanco (1), Ediciones Centauro, Caracas, 1980.
54. En “Zooparlando”,
artículo aparecido en La Gaceta de Cuba
¾número de julio de 1971¾ Arozarena nos deleita con sus hallazgos de animales de todo tipo,
grandes y pequeños, mansos y feroces, en el
habla popular cubana, a propósito del Zoo.
55. El segundo articulo del
modesto y eficaz Arozarena “Parroquiano de El
Gran Zoo”, publicado también en La
Gaceta de Cuba, en Julio de 1972, puede calificarse de revelador y
enjundioso.
56. Lazo advierte que El gran Zoo es una muestra más de cómo
“el modo de ver y penetrar el objeto, no el objeto, sirve a Guillén para crear
poesía de congénita originalidad matizada por la ironía”. op. cit.
57. Salvador Bueno, que ha
destacado sobre todo la obra de Guillén como un canto a la liberación del
hombre, se ha referido en más de una ocasión a la importancia de los textos
críticos y satíricos de Nicolás. En su ensayo “Guillén: por la liberación del
hombre” que forma parte del volumen De
Merlín a Carpentier, Ediciones Unión, La Habana, 1977, apunta que
personajes como el Hambre, la Sed, el KKK, la Policía, Lynch y el Gangster,
sustentan poemas “epigramáticos, acres y ásperos (...) que conforman el
territorio más sobrio de la obra guilleneana.”
58. En febrero de 1971
Ediciones Unión, publicó en su colección de pequeño formato “Manjuari” la
segunda edición cubana de El Gran Zoo,
con una tirada de 5 000 ejemplares.
Las dos ediciones españolas victimas de la censura fueron
auspiciadas por la Editorial Ciencia Nueva de Madrid, en la Colección El Bardo,
con ilustraciones de Francese Todó, en 1969.
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