Letras Salvajes                     Número 8                                        2005

 

 

Luis suardíaz

 

 

Para una lectura parcial de La Florida

 

ningún criollo muestra en ser escaso,/por su señora tiene a  la largueza,/y si llegan diez huéspedes acaso,/lo regalan y dan de su pobreza.

              Fray Alonso de Escobedo

 

Que la alegría tras la suerte amarga/suele ser habladora y manilarga

            Silvestre de Balboa y Troya de Quesada.

 

 

       Mi propósito es presentar a los lectores de Acana el fragmento de La Florida que describe la Cuba de fines del siglo XVI, pero no ignoro que eludir a Espejo de Paciencia es más que difícil, por la cercanía  cronológica entre una composición y otra, y por el debate de si las octavas insulares del andaluz Fray Alonso de Escobedo destronan al Espejo de su condición de primer poema cubano conocido, más allá de la larga polémica en torno a su autenticidad en la que no voy a terciar en estas líneas.

 

       Nací y crecí oyendo hablar del Espejo con orgullo local. Apenas tenía seis años cuando un reconocido intelectual, Felipe Pichardo Moya, dio a conocer su edición de la obra de Balboa, acompañada de un enjundioso y elegante ensayo y de notas, comentarios, y el resultado de sus investigaciones detectivescas que, para comenzar, probaban la existencia real del escribano y de los seis ufanos sonetistas que lo acompañaron en esa aventura literaria fechada el 30 de julio de 1608.

 

       Pero por entonces mi niñez andaba bien lejos de esos trajines y se conformaba con las tiras cómicas dominicales de El País, los cuentos de la revista Carteles que mi padre adquiría con celosa puntualidad y se encrespaba con las escalofriantes noticias de la Segunda Guerra Mundial que al parecer estábamos ganando y que sesenta años después parece que en buena medida perdimos los ciudadanos simples de este mundo siempre al borde de la quiebra.

 

       La investigación de Pichardo es digna de reconocimiento, sobre todo si tenemos en cuenta que los enigmas, el desconocimiento y la desinformación se trenzan en nuestra joven historia de tal modo que a cada instante descubrimos lo que debía ser obvio. Y no me refiero únicamente al siglo XVI o XVII. Prueba al canto, cuando hace más de tres décadas me propuse reflexionar sobre la obra breve y sustancial del hermano mayor de Felipe, Francisco Javier Pichardo (1873-1941), fue necesario precisar que un hermano suyo fallecido en la más tierna infancia fue bautizado con sus mismos nombres y por eso algunos consideraban que el poeta había nacido en otro año, pero lo más significativo es que algunos críticos lo consideraban tío o sobrino del autor de “La amiga muerta”. Por su parte Labrador Ruiz y José Zacarías Tallet afirmaban que su amigo Felipe nunca tuvo un hermano llamado Francisco Javier, y aún más, su cercano pariente principeño Luis Pichardo Loret de Mola, ignoraba la existencia del autor de Voces Nómadas, quien además fue dado por muerto durante su estancia en México a fines del siglo XIX hasta que su primo Manuel Márquez Sterling dio con él poco antes de su incorporación a la guerra del 95.

 

       Así pues algunos oscuros enigmas no son otra cosa que desconocimiento y falta si no de espejo para advertir los sucesivos rostros que nos regala el tiempo, si de paciencia para indagar, para ir a la raíz. Y si esto ocurre con los contemporáneos, cómo no vamos a perdernos en la telaraña de los orígenes, con incendios y asaltos de piratas, con huracanes tropicales y guerras de todo tipo que destruyeron vidas y haciendas y únicamente nos dejaron fantasmas de los frágiles papeles donde algún vate innominado quiso dar testimonio de su circunstancia y del reino entre el cielo, la tierra y el infierno, de la afortunadamente loca imaginación.

 

       Medio siglo ha transcurrido entre mis primeras lecturas del Espejo y las más recientes. En las primeras lo vi con ojos casi tan críticos como los de Chacón y Calvo, en las últimas me he reconciliado en buena medida con sus octavas de modesto vuelo, acaso porque no lo comparo con los grandes cantos épicos de Europa, lo cual sería poco consecuente, y porque conozco mejor que al principio la historia del país y el mundo. Hace más de un cuarto de siglo esta crónica en verso volvió a mí por interpósita persona, pues nuestro eminente amigo Alejo Carpentier al cumplir setenta años incluyó estrofas y personajes de la obra en su estupendo Concierto Barroco, esa pequeña gran novela donde el ocurrente Filomeno, por obra y gracia de la moderna ficción se declara biznieto del héroe etíope, el poderoso Salvador hijo de Golomón.

 

       Alejo sintetiza la historia contada por el escribano canario, califica generosamente de larga y bien rimada la discutida pieza, narra con buen pulso el episodio que le valió al esclavo su libertad, pasa revista a ciertos mitos antillanos y no pasa por alto la composición étnica de los paisanos llamados a somatén. En efecto, el improvisado pelotón se precia de juntar a naboríes, mestizos, criollos, combativos negros africanos o desafortunados descendientes del saqueado continente (y un avispado niño negro, improvisado mensajero que no esgrime un arma pero le tiende una increíble trampa al pirata galo), y castellanos y canarios que resultan victoriosos, algo nada común cuando se trata de un pleito entre zafios piratas y emprendedores villanos.

 

        El novelista, desembarca pronto en otras historias, pero esa inclusión nada casual de los primitivos héroes permite que miles de lectores del ancho mundo accedan a ese documento de nuestros orígenes, sin que desentone en el concierto del más célebre de los narradores antillanos, siempre tan avisado que no desaprovechó esta historia.

 

       Balboa crea símbolos, acaso sin proponérselo. Por ejemplo según su cuento, la única baja de los paisanos es un descendiente de los llamados indios, es decir de los habitantes naturales de las islas, mientras los facinerosos bandidos son exterminados, literalmente hecho pedazos, por nuestra gente, como en su momento nos harán creer los filmes de indios y vaqueros del oeste norteamericano. Y no es que desconfiemos del valor y la destreza de nuestros ancestros, mas, no cabe duda que el episodio ha sido idealizado en demasía por el entusiasta cronista, que de este modo inaugura una línea siempre presente en nuestro devenir y que, desde luego, no carece de modelos extranjeros bien conocidos.

 

       Entre La Florida y Espejo de Paciencia hay semejanzas evidentes y claras diferencias, como debe ser. Entre las primeras, el hecho, nada extraño en esa época, de que ambos poemarios están concebidos en octavas reales, La Florida en setenta y cuatro estrofas --aunque debe señalarse que se trata de un fragmento de un corpus mucho más extenso— y el Espejo con dos cantos que totalizan ciento cuarenta y cinco octavas. Ambos autores provienen, como era de esperar, de la península dominante el uno andaluz, canario el otro, de larga estadía en Cuba, y principalmente en Puerto Príncipe Balboa y en varios sitios de las Antillas durante una década el andariego franciscano. En ambos textos el paisaje cubano es un personaje, discreto en Balboa, sobresaliente en Alonso.

 

       Cintio Vitier apunta con razón que hay en Balboa “El deseo, raro para la versificación de la época, de acercase a la flora y la fauna, de enumerar con cierta golosa y hasta infantil delectación los frutos y animales de la tierra que ya siente como suya”. Mas, en eso no le va a la zaga sino que se anticipa el andaluz, como podrán apreciar los que lean el poema que presentamos. Pichardo Moya a su vez señala que el Espejo tiene tanto de crónica rimada como de poema, y lo mismo puede argüirse en el caso del religioso español. Los versos escritos en la capital principeña nunca llegaron a nosotros en su letra original sino mediante transcripciones, cuya autenticidad ha sido objeto de interminables polémicas, y por vez primera algunos fragmentos vieron la luz en publicaciones seriadas en 1838. De La Florida se conserva el original —sin fecha— en la Biblioteca Nacional de España, aunque nunca ha sido publicado íntegramente y todo parece indicar que el episodio cubano que los antólogos andaluces Alvaro Salvador y Angel Esteban incluyeron en el primer tomo de la Antología de la poesía cubana, impreso en el año 2002 en Madrid,  constituyen el primer encuentro de ese texto con el lector de cualquier parte del mundo, si excluimos a los especialistas que a lo largo de cuatro siglos han tenido acceso al original sin que ninguno se decidiera  a compartirlo con sus hipotéticos lectores lo que por otra parte es bastante extraño, sobre todo si tenemos en cuenta que la mayor parte de esas páginas se inspiran en el paisaje y la vida cotidiana de un territorio que hoy pertenece a los Estados Unidos, como entonces a España,  muy poco cantado en lengua alguna en aquella época en más de un sentido virginal.

 

       La crónica rimada de Alonso no elude los nombres propios, pero estos no abundan, en cambio Balboa puebla tempranamente la poesía antillana de apellidos sonoros. Claro que no se trata de los “nombres negros en el son” que exaltará Emilio Ballagas en el siglo XX, porque fatalmente la mayoría identifica a los criollos y peninsulares blancos en un momento en que poco cuentan los indios y los negros. Téngase en cuenta que a mediados del siglo XVI habitaban la isla grande unas 3 mil 300 personas, l 500 de las cuales procedían de la península y dominaban todo el espectro social, otros 1 000 eran aborígenes en fase de extinción y unos 800 maltratados esclavos. Sin embargo cuando Balboa recrea la insólita aventura acaecida en territorio bayamés, la población había crecido considerablemente pues más de 15 mil personas poblaban La Habana y el resto de las villas.

 

       En el caso de Puerto Príncipe, en 1534, después del alzamiento protagonizado en  1528 por  airados aborígenes que incendiaron las rústicas viviendas cuando se desplazaban sus moradores hacia otro sitio, apunta Pichardo que  estaba representado sólo por unas veinte familias y no contaba con más de trescientos residentes  que padecían una vida “triste y lánguida” en 1608. En cuanto a la sinfonía de nombres, cómo no admirar la sonora relación donde asoman sus rostros curtidos, Barbados o barbilampiños, Francisco Puebla, Juan de Sifuentes, Jácome Milanés, Gaspar Mejías, Luis de Salas, Baltasar de Lorenzana, Bartolomé Rodríguez, Gaspar el flaco de Araujo, Juan Gómez, el gallardo indio Rodrigo Martín, el diligente conquistador de la gloria Gregorio Ramos, junto al heroico Salvador, hijo del prudente negro Golomón, y  otros esclavos sin nombre de cuyo mérito en la batalla se dan discretas noticias.

 

       La flora y la fauna están representadas por guayabas, caimitos —hoy casi tan extinguidos como los aborígenes— plátanos, tomates, olorosas pitajayas, jicoteas, guabinas, jaguas, chirimoyas o mamones, siguapas, iguanas --tan resistentes a todos los estropicios humanos--- patos, jutías… que sirven de fondo a los episodios que el Espejo refleja, pero no son sino eso, fondo de historia, tal diría Nicolás Guillén.

 

       Por su parte ¿qué nos ofrece La Florida? Ante todo, debemos señalar que si bien el texto no está fechado, Esteban y Salvador precisan que algunos datos, como la referencia a la  muerte reciente de Felipe II, acaecida en 1598, permiten llegar a la conclusión de que la obra se escribió en Cuba, en otro lugar de las Antillas, en La Florida, en Andalucía o en otro sitio, mas nunca después de 1600, y que posiblemente el Fray que solía sazonar sus sermones con descargas poéticas bien pudo incluir  algunas de sus octavas en tales ocasiones. Algo más, si bien no sabemos dónde fue escrito, tampoco puede afirmarse que es una pieza nacida del efímero contacto con las Antillas pues, como ya apunté, en estos paisajes, entonces verdeantes, Alonso anduvo peregrinando durante unos diez años con su probable jolongo y su imaginaria lira.

 

       Justamente al prologar sus muy valiosos tres tomos de la poesía cubana de los siglos XVII al XIX Lezama sostiene —en mi opinión sin exagerar— que la isla comienza su historia dentro de la poesía. Por eso me parece que es un deber patriótico y no sólo una elección personal el atender con sumo cuidado todo canto que descifre, describa o exalte nuestro paisaje y el  hacer de nuestros hombres y mujeres que desde los orígenes vivieron y soñaron despiertos bajo el sol, padre de la vida, hechizados por ese aire de luz que descubrió Heredia y al cabo los animó a rebelarse, y romper todo tipo de ataduras incluyendo por supuesto las invisibles y pérfidas del arte y la literatura, con la lejana metrópoli opresora.

 

       Y en este breve homenaje a la poesía, a propósito de nuestros orígenes, citemos con sumo placer al imprescindible amigo guatemalteco, Luis Cardoza y Aragón  —cuyo centenario conmemoramos este año— quien afirmó en versos ya célebres: “La poesía no envejece./ Es la rosa intemporal del tiempo (…) Siempre su realidad es profecía/ cada vez más próxima a su cumplimiento.” y también en plena exaltación de un oficio, cuyos beneficios espirituales comparten literatos, lectores, y sensibles oyentes iletrados: “La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre. El jarro de agua y el pan de cada día”. O lo que es lo mismo, lo que nos permite no sólo asumir el presente sino proyectarnos en un futuro que probablemente nunca llegaremos a ver con ojos terrestres. Es con estas previsiones que debemos acercarnos a los documentos que nos permiten identificarnos con el insular paraíso perdido, a pesar de su importado, extrapolado infierno.

 

       Como cuidadosos cirujanos los antólogos andaluces han separado del gran corpus inédito la porción cubana que nos ocupa y nos aclaran que: “Las dos primeras estrofas son las últimas del canto segundo de la segunda parte. Al fin, las últimas estrofas pertenecen al canto titulado Contiene este canto cómo navegando nuestra gente a La Habana salió una lancha de franceses para robarnos y cómo un hombre de Canaria, con pocos amigos, se levantó con dos naves inglesas.

 

       Puestos a la miel silvestre de las octavas de Escobedo advertimos que el primer momento rescatado magnifica la existencia del oro que al decir de Quevedo “nace en las Indias honrado” y que su gran poesía rebelde denuncia más tarde como motivo insano de disturbios y crímenes. Aquí no se habla de obispos plagiados ni de héroes del patio al servicio de la iglesia y de la corona, pero sí asoman sus jetas piratas franceses vencidos por intrépidos peninsulares como Diego Nogueras, y el quizá pariente del bardo franciscano Diego Escobedo, y aunque no está en su mente denunciar nada, deja sentado que, un aprovechado portugués le saca el jugo a sus esclavos

 

El capitán Vizcardo, lusitano,
de doce negros fuertes se servía,
que en las aguas que corren al oceano
sacaban grandes sumas cada día;
por caso averiguado cierto llano
toda la negra gente le ofrecía,
de sol a sol, cuarenta y más ducados
de oro fino en plata conmutados.

 

       Sostienen los antólogos que el Fray “repara en la sencillez de los habitantes del campo, en la bondad natural de los antiguos moradores… y subraya cómo los pocos indios que quedan se han cristianizado viviendo con naturalidad esa adaptación a las nuevas circunstancias”.

 

       Lo de la adaptación nunca fue tan absoluto. Ya Francisco Javier en su poema sobre la llegada de las naves europeas a las islas dice que “por vez primera oyeron las vírgenes arenas/ debajo de las aguas un ruido de cadenas” y su hermano Felipe, antropólogo y poeta, católico practicante, recordó también en verso que si la cruz se impuso fue por la fuerza de la espada. El propio Escobedo —no un reformador ardiente como Fray Bartolomé de Las Casas sino un fiel servidor de la iglesia colonial— apunta que a la llegada de los conquistadores algunos nativos de la parte occidental, sometidos a insoportable rigores en el Oriente, se precipitaron en el suicidio “por tener por mejor el indio altivo/ poner fin al vivir que ser cautivo”. Este comportamiento extremo no cesó sino que se acrecentó, como es bien conocido a lo largo del siglo XVI, pues los sensibles isleños que adoraban al sol seguían sufriendo un severo cautiverio a manos de los colonizadores.

 

       El cronista escoge sus temas, pero algunos lo atrapan a él, como ocurre con el proceso de elaboración del casabe que ocupa nada menos que ocho octavas, sin que la pastosa y sabrosa yuca sea mentada y sin que elogie la torta duradera, pues con razón prefiere el pan de trigo de su infancia andaluza. Sin embargo, las frutas que mucho después serán cantadas por bardos como los dos manueles, Zequeira y Rubalcaba, sí tienen en él a un partidario ferviente.

 

Guayaba vi infinita, que madura,
es su comer dulcísimo y sabroso;
y plátanos maduros de dulzura
que tienen el sabor maravilloso;
y piñas, cual del pino su figura,
que quien las come queda tan gustoso
que de fruta el sabor más regalado
dejará de comer este bocado.

       De las naranjas de fina cáscara dice: “Verlas cuando maduras es belleza; /doy gracias al señor santo y bendito/ a cuya adoración provoca y llama / no sólo el cielo más la verde rama.”

 

       Cidras, limones, toronjas se nos ofrecen con holgura, se abren ante los ojos golosos los frutos del mamey con sus dos lustrosas semillas, florece el papayo soberano y del aguacate dice que es “comida regalada”. Ceibas y palmas dan sus troncos para viviendas, útiles domésticos y embarcaciones, el palmito calma el hambre de un grupo numeroso y la hospitalidad de los hombres y mujeres que encuentra en su viaje de Baracoa a La Habana lo conmueve.

 

No se gasta dinero en el camino,
en todas partes da buena comida,
nunca falta ternera de contino
que comerla en verano da la vida;
agua fría se bebe que no hay vino;
la gente es dadivosa y tan cumplida,
que da con mucho gusto lo que tiene
al caminante que a su casa viene.

 

       Los caballos domésticos y los salvajes tienen también un sitio en su crónica, se admira que de que sean tan fuertes y formidables sin que ni por asomo aparezca la avena en su alimentación sino la jugosa yerba, y narra el duro espectáculo de los equinos sacrificados porque se reproducen con tal frenesí que le disputan el pasto a los animales de los campesinos. Los toros, vencidos por las artes de los vaqueros de la península aparecen con su furia tradicional, como en las tradicionales corridas, y con la misma trágica suerte para los acosados animales y es de notar que elogia el trabajo de las profilácticas auras de la sabana que limpian, por así decir, de toda carne sobrante el paisaje y cumplen de ese modo, según el imaginativo franciscano, un mandato directo del Dios de los cristianos.  Se distancia, como es de suponer, de las practicas religiosas de los aborígenes, pero describe parcialmente sus ritos y da cuenta del encuentro con una piel de culebra, del grueso de un pino que medía veinticinco pies (se ve que sigue siendo andaluz nuestro cronista), rellena de huata, que en Baracoa causó estragos cuando alentaba y allí era arrastrada entre conjuros por “el vulgo que de dios estaba ajeno”. Se asombra que a un difunto le lleven comida todos los días del año ”porque a comer el mísero venía” y eso nos remite al cuento contemporáneo de un asiático que le llevaba un platillo de arroz a un fiel difunto y un occidental que estaba poniéndole flores y cirios al suyo en una tumba cercana se asombra, porque el desaparecido no puede paladear el cereal, entonces el paciente asiático le pregunta: ¿Y el suyo, puede ver y oler las flores y percibir la luz de los cirios?

 

       Costumbres, rituales, dominación colonial, ingredientes de una misma historia que resumió Jorge Enrique Adoum en su libro Dios trajo la sombra, primer poemario galardonado con el Premio Casa de las Américas, al recordar que no hubo piedad para los que usaban collares en vez de camisetas.

 

       Pero es justo reconocer que Alonso se acerca con simpatía a los indios cubanos y los acepta con sus virtudes, hasta donde lo permiten sus discrepancias religiosas y su visión de la sociedad.  Mas, siempre desde el nuevo mundo proclama la gloria de la España dominadora y su descendencia y dice: “oh valor de criollo a maravilla. / De buena cepa nunca mala rama/ si vuestro abuelo y padre fue valiente/ vos lo mostraste ser a nuestra gente.” Además de una breve aparición de los esclavos africanos, —llamados ébanos vivos por entonces—, al principio de las octavas cubanas, Alonso también se refiere con entusiasmo al árbol de ese nombre de negro y duro corazón y de procedencia africana.  

 

       Y los instructivos documentales sobre las tortugas marinas  en el acto de depositar sus huevos en la arena, pudieron  servirse de este guión fílmico hasta ahora desconocido en el que el imaginativo bardo describe el fatigoso proceso reproductivo y sostiene que, aunque las pequeñas tortugas vengan a la vida con  la figura y el caparazón de su especie, la arena es tan madre como la abnegada  ponedora de ojos lacrimosos, porque les da abrigo y vida hasta que saltan hacia la peligrosa aventura del mar.

 

       La lectura de esta porción de La Florida es gratificante. Nos regala un fresco de una época en que todavía la poesía volaba con alas diminutas, pero volaba ya de la noche al día. Aunque para el franciscano, buen gozador de los placeres de la mesa, eso era un pecado que debía ser  borrado de toda práctica, seguimos como los aborígenes que él describe, siendo fieles al mar, al cielo y la tierra, al claro lucero de la hermosura, a  los montes,  los cerros, el trueno y la arena menuda, a la yerba, los ceibas, las palmas, a la miel de las frutas que  encandilaron sus ojos, conquistaron su paladar y movieron su pluma, no exenta de reflexiones graves como estas que figura en sus últimas octavas: ”Que el hondo mar es cama del navío,/ como lo es de la muerte algún  bajío”, mas tendiente a cantar las pequeñas hazañas de lo cotidiano y el paisaje donde el ser humano comenzaba ya a fraguar otro destino.

                         

                                    La Habana, enero de 2004

 

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