Letras Salvajes Número 8 2005
Luis suardíaz
LUIS
CERNUDA: ENTRE EL DESEO Y LA OBSTINADA
REALIDAD
E1
poeta es fatalmente un revolucionario ( ... ) con plena conciencia de su responsabilidad
Rigor en su trabajo y disciplina en su actitud; esto aprendieron los actuales
líricos españoles de sus maestros en poesía a través de los siglos. (1937).
«Tus ojos son los ojos de un
hombre enamorado; tus labios son los labios de un hombre que no cree en el
amor». «Entonces dime el remedio, amigo, si están en desacuerdo realidad y
deseo». (1956)
Es
cierto que en determinados versos yo mismo he querido engañarme con nociones
halagüeñas de inmortalidad, en una u otra
forma; es difícil ser siempre fiel a nuestras convicciones, por hondas que
sean. La culpa tal vez pueda achacársela a cierto idealismo mío, espontáneo y
cándido, que sólo con ayuda del tiempo
puedo dominar, y tras la reflexión orientar hacia lo materialista. (1958)
L.C.
El Centro de Estudios Hispánicos “José María Chacón y Calvo” se
fundó en 1992 en Santa María del Rosario con motivo del centenario del
relevante intelectual cubano. Dos años
más tarde dicho Centro convocó a un concurso de ensayos que contó con una
amplia participación. Presidí el jurado de dicho certamen y por sus valores literarios e
investigativos declaramos triunfador por unanimidad el trabajo de Luis Suardíaz
“Luis Cernuda entre el deseo y la obstinada realidad”, que en el Número XII
correspondiente a marzo de 1966 de Escucha
(Publicación conjunta entre el Centro de Estudios Hispánicos Dr. José María
Chacón y Calvo, de Santa María del Rosario, Cuba y Rogés Llibres , de Mataró)
publicó Rogers Llibres, en Mataró, Barcelona.
Salvador Bueno
Director de la Academia Cubana de la Lengua
Cesar López
Al presentar los
dos volúmenes de textos críticos que con el título de Poesía y Literatura publicó Seix Barral en 1965, la
editorial catalana informaba a sus lectores que Luis Cernuda había nacido en
Sevilla en 1902 y muerto el 6 de noviembre de 1963 en México, de un ataque al
corazón. La nota de La realidad y el deseo, auspiciada por la Biblioteca Básica de
Literatura Española de La Habana, 1965, consigna que el poeta nació en 1904 y
murió el 5 de noviembre de 1963. Por su parte, el crítico ya desaparecido
Francisco M. Mota en Poetas españoles de la generación del 27 –Arte y
Literatura, La Habana, 1977- afirma que nació en 1904, militó en su juventud en
el Partido Comunista de su país y se suicidó en 1963.
Así, con fechas y
datos contrapuestos, acaso por la prisa de editores o antólogos, por el gesto
final de la fatigada mano propia o por los golpes sucesivos de un corazón
vapuleado, el tantas veces recordado y otras tantas olvidado andaluz se fue
hace más de treinta años de este nuestro único mundo real, y comenzó para él y
para su obra lo que a falta de otro rótulo mejor llamamos posteridad.
Los buenos
estudios críticos, las atinadas cronologías, trazan con eficacia la trayectoria
de un literato y nos ofrecen datos reveladores de su desarrollo, libro a libro,
página a página. Sin embargo, muy pocas veces los lectores acuden a esas
fuentes de información para iniciarse en una obra sino que biografías y estudios
son requeridos después de conocer uno o más títulos del forjador de ficción que
el azar o los consejos de avisados amigos ponen en nuestras manos.
En mi caso
comencé por Las Nubes, a mediados de
la década del cincuenta, en una de esas anchas tardes camagüeyanas en que
Severo Sarduy y yo visitamos al poeta Joaquín E. Piedra y éste nos mostró con
cierta vanidad un trajinado ejemplar del poemario editado hacia 1943. Esa
tarde, mientras Severo y Piedra se batían en diálogo, me las arreglé para
planear sobre algunas páginas del tomito cuyo contenido le es infiel al título
porque es una de las obras más directas y terrestres que su autor concibió.
Debo confesar que
hasta entonces mi conocimiento del poeta se limitaba a unas cuantas páginas
sueltas incluidas en revistas o antologías de títulos sonoros, como aquél de
Alberto Agramonte, Las más bellas poesías para recitar publicado por Zig Zag de
Santiago de Chile, en 1949; allí figuran dos páginas verdaderamente antológicas
de Cernuda: Tristezas del recuerdo y Te
quiero. Ahora bien, este libro, que comencé a leer a hurtadillas, y sobre
el que volví tan pronto me fue posible, me reveló a un bardo metido de lleno en
su asfixiante realidad y a la vez distante de consignas y vibraciones
instantáneas. He de añadir que los supuestamente enterados me habían presentado
verbalmente a un Cernuda un tanto aristocrático, homosexual, hosco en su
madurez y poseedor de una sólida cultura, como se decía entonces, pero nadie me
había dicho una
palabra del desterrado español que en su
juventud comulgó con el comunismo, defendió la república y jamás se dejó tentar
por los cantos de sirena de la reacción, aunque sus ímpetus juveniles, sus
pristinos ideales habían sufrido desgarradoras derrotas.
Él se explicó, a su modo, en Historial de
un libro en 1958
Frente
a la turbamulta que se precipita a recoger los dones del mundo, ventajas,
fortuna, posición, me quedé siempre a un lado ( ... ) por respeto a la dignidad
del hombre y por necesidad de mantenerla; y no es que crea no haber cometido
nunca estos actos indignos, sino que éstos no los cometí por lucro ni por
medio.
Cernuda publicó Las
Nubes un lustro después de haberlo terminado, pero no modificó ni embelleció
esas crudas estrofas sino que mantuvo intacto su testimonio en un momento en
que no sólo la república traicionada se había perdido en la dispersión y la
muerte sino en que el mundo se hallaba gravemente amenazado por el avance del
fascismo y la guerra amenazaba ya a grandes zonas de todo el planeta. En el
conjunto sobresale su Elegía española, moderno canto doliente.
Háblame, madre:
y al llamarte así
digo
que ninguna mujer lo fue de nadie
como tú lo eres
mía.
Háblame dime
una sola palabra
en estos días lentos
que frente a ti
esgrimen
como cuchillo
amargo
entre las manos
de tus propios hijos.
Con su proverbial
sinceridad y con patriótica furia carga contra aquellos que no saben asumir su
papel, los que se deshacen de miedo a la hora de la verdad
Mira
cuántos traidores,
mira
cuántos cobardes
lejos
de ti en fuga vergonzosa,
renegando
de tu nombre y tu regazo.
España vive en la
levadura de los siglos, mantiene intactos sus misterios, sus enigmas, sus
buenas y malas tradiciones, pero ahora la guerra va borrando el paisaje y el
poeta no sabe cuando la primavera vieja /
vuelva a tejer su encanto si habrá un sitio para el nido de las aves, si
quedará savia para la rama y su deseado verdor, y la severa elegía se adelgaza
en la pregunta portadora de una angustia hasta entonces desconocida por sus
contemporáneos
¿Qué rayo de la
luz alegre,
qué nube sobre el
campo solitario,
hallarán agua,
cristal de hogar en calma
donde reflejen su
irisado juego?
La guerra es una
indeseable y vieja compañera para los pueblos de Europa, y España no ha sido,
ni con mucho, una excepción, pero aquella guerra llamada civil, y sin embargo
instigada y sustentada por militares que profesaban oscuras ideologías alentados por la trágica frivolidad de
nuestros reaccionarios, como acertadamente denunció Antonio Machado,
trenzaba viejos prejuicios y ambiciones con modernas maquinas de muerte, y
aunque se invocaban intereses nacionales, los que tenían ojos para ver sabían
que se trataba nada menos que del primer episodio de un drama universal. Como
Whitman, Cernuda pudo haber dicho entonces yo
era el hombre, y estaba allí y sufría. Lo dijo sin adornos ni subterfugios
No sabe qué es la
vida
quien jamás
alentó bajo la guerra.
Ella sobre
nosotros sus alas densas cierne,
y oigo su silbo
helado,
y veo a los
muertos bruscos
caer sobre la
tierra calcinada.
Mucho
después, cuando en el ya citado Historial
de un libro se dispone a compartir sus experiencias durante el proceso
creador de los poemarios que se acogen a la sombra del título general ‑La realidad y el deseo‑ confesó:
Veinte
años después todavía afirmaba que nunca como entonces sintió el deseo de ser
útil, de servir, pero el aplastamiento de la república le hizo ver que no había posibilidad de vida para aquella
España con que me había engañado. Todavía quiso servir con su trabajo de
siempre, la poesía, porque de ese modo estaba
al menos al lado de mi tierra y en mi tierra, y añade: Algo de eso quise
expresar en los poemas escritos durante el año primero de la guerra civil, que
luego formaron parte de Las Nubes.
Mientras
elabora esos poemas, a base de combinaciones de endecasílabos y heptasílabos,
lee con persistencia a Leopardi, y escucha el tronar de los cañones sobre
Madrid. Federico García Lorca, el compañero asesinado, no se le aparta de la
mente, y algún día, en prosa y verso, rendirá honores a aquél que mucho antes
de su muerte por su señorío propio había
adquirido ya el derecho a sentirse igual, si no superior, a cualquier hombre.
En febrero de 1938 un amigo inglés
lo invita a Londres por uno o dos meses para dictar algunas conferencias. El
amigo se llamaba Stanley Richardson y murió dos años después, víctima de los
bombardeos con que los nazis premiaron la resistencia de la capital inglesa.
Cernuda, por su parte, nunca retornó. El viaje breve se convirtió en destierro
definitivo.
Volviendo a su
Elegía española, las dos últimas estrofas quieren transmitir más deseos que
realidad, más pasión que reflexión
Tu pasado eres tú
y al
mismo tiempo eres
la
aurora que aún no alumbra nuestros campos.
Tú
sola sobrevives
aunque
venga la muerte;
sólo
en ti está 1a fuerza
de
hacernos esperar a ciegas el futuro.
(....)
Que
por encima de estos y esos muertos
y
encima de estos y esos vivos que combaten,
algo
advierte que tú sufres con todos.
Y su
odio, su crueldad, su lucha,
ante
ti vanos son, como son sus vidas,
porque
tú eres eterna
y
sólo los creaste
para
la paz y gloria de su estirpe.
Pero
esa paz no llega y esa gloria descaece en los paisajes desolados. En busca de
esa gloria de la estirpe, o al menos
de la equidad, la justa distribución ‑o de que se cumpla la voluntad de la tierra / que da sus frutos
para todos, como quería también García Lorca‑ Cernuda ha librado ya
sus propias batallas.
En 1933 otro
andaluz, el gaditano Rafael Alberti, había lanzado la revista Octubre:
escritores y artistas revolucionarios; en ella colaboran, entre otros,
Carpentier, Xavier Abril, Prados, Langiton Hughes y Cernuda que redacta el
texto cuyo último párrafo enuncia: Esta
sociedad chupa, agosta, destruye las energías jóvenes que ahora surgen a la
luz. Debe dársele muerte; debe destruírsela antes que ella destruya tales
energías, y con ellas, la vida misma. Confío para esto en una revolución que el
comunismo inspira. La vida se salvará así.
Para
Octubre... escribirá también Cernuda
su combativo poema “Vientres sentados”, un
alegato contra la sociedad burguesa que ha dado ya todo lo que puede y debe
desaparecer para dar paso a un orden nuevo esencialmente justo. Sin embargo
desconocía yo, y seguramente también mis compañeros de entonces, adolescentes
que nos iniciábamos en el difícil arte de la poesía, estos documentos, de modo
que estábamos ante un libro que debía explicarse en sus textos convincentes o
no. Y ciertamente convivían en tan reducido espacio páginas que transmitían
distintos estados de ánimo. En “Noches de luna”, pongamos por caso, la historia, el mito y los presagios se dan la
mano. Aunque parezca contradictorio nos ganaba ‑o al menos me ganaba a mí‑
su claro hermetismo, y en el conjunto sobresalían versos radiantes. Porque su
autor no sólo era capaz de sostener el andamiaje de extensos cantos, sino de
ofrecemos versos definitivos (A lo que
siendo efímero se sueña como eterno [ ... 1 El silencio de un mundo que ha sido
/ y pura belleza tranquila de la nada) o pasar de lo visible cotidiano a la
inocente magia del bosque, y aún ofrecemos su “Scherzo para un elfo”
Delicada
criatura:
no
deseo a mi voz
que
turbe el embeleso
amarillo
del bosque,
tu
elemento nativo,
por
los troncos oscuros
sustentado
hasta el cielo.
Un
aire antiguo se hace presente en su “Sentimiento de otoño” (Llueve el otoño aun verde como entonces / sobre los viejos mármoles,
1 con aroma vacío, abriendo sueños / y el cuerpo se abandona) porque participaba
del sentimiento trágico de la vida que dijera Unamuno, no podía ni quería
evitar los hilos románticos en su tejido, entre categorías contrapuestas, y en
esa vertiente viene otro canto tenso y a la vez terso, buen exponente de su
filosofía, me refiero a “Lamento y esperanza”
Soñábamos
algunos cuando niños, caídos
en
una vasta hora de ocio solitario,
bajo
la lámpara, ante las estampas de un libro,
con
la revolución. Y vimos su ala fúlgida
plegar
como una mies los cuerpos poderosos.
Jóvenes
luego, el sueño quedó lejos
de
un mundo donde desorden e injusticia,
hinchando
oscuramente las ávidas ciudades,
se
alzaban hasta el aire absorto de los campos,
y en
la revolución pensábamos: un mar
cuya
ira azul trágase tanta fría miseria.
Lo que más nos
impresionaba ‑o me impresionaba, porque el plural no es válido cuando han
pasado tantos años y quizá le adjudique a mis amigos de entonces emociones que
nunca sintieron‑ era que el poeta no impostaba la voz para hablar de sus
ansias de redención, la mesura, la contención, el escogido lenguaje no evoca el
mitin o la plaza pública, no se corresponde con la arenga o la agitación sino
el testimonio del que escribe entre el sonido
y la furia no sobre espíritus malignos sino sobre bombardeos y metralla.
Muy pocos pensarían que estos versos
el hombre es una
nube de la que el sueño es viento.
¿Quién podrá al
pensamiento separarlo del sueño?...
son el comienzo de una estrofa que no
traduce la angustia del pensador solitario, sino del hombre en su circunstancia
y que de este modo, bien explícito, continúa
Sabedlo bien
vosotros, los que envidiéis mañana
en la calma este
soplo de muerte que nos lleva
pisando entre
ruinas un fango con rocío de sangre.
También debemos admitir que no siempre la
serenidad le permitió dar a sus estrofas esa apariencia de mármol pulido bajo
el claro sol del verano, porque el hombre es no sólo, como el título que vengo
desplegando insinúa, lamento y esperanza sino también pasión, pasión política
en este caso, o para decirlo con su admirado Antonio Machado de la rabia y de la idea.
Un continente de
mercaderes y de histriones,
al acecho de este
loco país está esperando
que vencido se
hunda, solo ante su destino
para arrancar
jirones de su esplendor antiguo.
Lo alienta
únicamente su propia gran historia adolorida.
Logra Cernuda
conciliar esa pasión política y esa mesura, ese tono aun tiempo lírico y
reflexivo, en la estrofa final de sus lamentaciones bien fundamentadas y de sus
esperanzas
Si
con dolor el alma se ha templado, es invencible;
pero
como el amor debe el dolor ser mudo;
no
lo digáis, sufridlo en esperanza. Así este pueblo inmenso
agonizará
antes presa ya de la muerte,
y
vedío luego abierto, rosa eterna en los mares.
Aún incluye
Cernuda en Las Nubes otra elegía,
escrita cuando ya es un viajero de incierto destino. Desde la antigüedad de los
claustros ingleses evoca su país como si hubiese pasado una década de largas
brumas y numerosos otoños, en vez de un año de oscuros crepúsculos y sangre
ardiendo en los escombros. Comienza admitiendo que ya la distancia entre los dos abierta / se lleva el sufrimiento como
nube / rota en lluvia olvidada y describe otra vez el paisaje del horror
que no le permite respirar en paz el aire ajeno
Tus
pueblos han ardido y tus campos
infecundos
dan cosecha de hambre;
rasga
tu aire el ala de la muerte.
Tronchados
como flores caen tus hombres
hechos
para el amor y la tarea,
y
aquellos que en la sombra suscitaron
la
guerra, resguardados en la sombra
disfrutan
su victoria. Tú en silencio,
tierra,
pasión única mía, lloras
tu
soledad, tu pena y tu vergüenza.
Apenas ha comenzado
su exilio y se siente ya vacío, distante de sí mismo o para decirlo con sus
palabras, entre sueño y vida, y le asaltan las premoniciones, o acaso la
certidumbre de que alma y cuerpo se quedarán para siempre sin vasto cielo o
tierra habitada de imágenes que lo reclamen.
¡Si
nunca más pudieran estos ojos
enamorados
reflejar tu imagen!
Si
nunca más pudiera por tus bosques,
el
alma en paz caída en tu regazo,
soñar
el mundo aquel que yo pensaba
cuando
la triste juventud lo quiso.
En
otros libros suyos, cuando ya las penas y los años habían mordido su desgajado
corazón, se dolía de haber sido o de ser español y prefería aferrarse a la
tierra del amor efímero, y olvidar la verdadera y perdida infancia. Sin embargo
en su segunda elegía española los últimos versos son de suyo explícitos
Deja
tu aire ir sobre mi frente,
tu
luz sobre mi pecho hasta la muerte,
única
gloria cierta que aún deseo.
Cernuda
no fue un religioso domesticado, aunque a su manera mantuvo vivo el diálogo ‑o
un monólogo siempre en espera de respuestas con el dios de los cristianos. Por
eso cuando conocí su extenso poema titulado “La visita de Dios”, pensé que buscaba refugio, sosiego, en ese dios
siempre desconocido y por eso mismo omnipresente, sin embargo me hallaba muy
lejos aún de conocer su espíritu rebelde. Evoca la casa, los amigos
desaparecidos en aquel gran negocio
demoníaco de la guerra y se declara oscuro huésped de sus sueños en la ciudad alzada para su orgullo por el
rico / adonde la miseria oculta canta por las esquinas, cuenta con
desolación sus escasas monedas
suponen
un esfuerzo mayor para lograrlos
que
el de los viejos héroes cuando vencían
monstruos,
rompiendo encantos con su lanza.
Una
vieja verdad emerge en su alegato al dios dominante, acaso al recordar al
perseguido de Nazareth que no venía a meter paz sino espada
La
revolución renace siempre, tal un fénix
llameante
en el pecho de los desdichados.
No
obstante sabe que los charlatanes andan por los parques y plazas engañando al
pueblo con maligna elocuencia. Bien
es verdad que él no es un líder religioso o político, ni siquiera un modelo
literario a seguir, mas tampoco un desasido, un indiferente que se esconde en
la metafísica
Por
mi dolor comprendo que otros inmensos sufren
hombres
callados a quienes falta el odio
para arrojar al cielo su tormento. Mas no
puedo
copiar
su enérgico silencio que me alivia
este consuelo de
la voz, sin tierra y sin amigo,
en la profunda
soledad de quien no tiene
ya nada entre sus
brazos, sino el aire en torno,
lo mismo que un
navío al alejarse del mar.
Algunos versos de este personalísimo
alegato al dios, que también vislumbra entre la implacable realidad y el deseo,
recuerdan al sufriente rebelde Job que en sus sinceros descargos dejó escrito: Prosperan las tiendas de los ladrones, y los
que provocan a Dios viven seguros; en cuyas manos él ha puesto cuanto tienen
(...) De tal manera haces tú perecer la esperanza del hombre.
Y es que Cernuda
no renuncia a la crítica social y tampoco inclina la atormentada cabeza
No
golpees mí airado cuerpo con tu rayo;
si
el amor no eres tú, ¿quién lo será en tu mundo?
Compadécete
al fin, escucha este murmullo
que
ascendiendo llega como una ola
al
pie de tu divina indiferencia.
Mira
las tristes piedras que llevamos
ya
sobre nuestros hombros para enterrar tus dones:
La
hermosura, la verdad, la justicia, cuyo afán imposible
tú
sólo eres capaz de infundir en nosotros.
Si
ellas murieran hoy, de la memoria tú te borrarías
como
un sueño remoto de los hombres que fueron.
LOS RADIANTES CUERPOS JUVENILES
No son escasos
los textos de cierta extensión en el cuaderno; uno de los más conocidos no
surge de la problemática social, de los desastres de la guerra sino que se
trata de un homenaje a un poeta muerto que le sirve a nuestro autor para cantar
a la belleza de los cuerpos, con su acostumbrada elegancia
Aquí
la primavera luce ahora.
Mira
los radiantes mancebos
que
vivo tanto amaste
efímeros
pasar junto al fulgor del mar.
Desnudos
cuerpos bellos que se llevan
tras
de sí los deseos.
En la
introducción a su libro Luis Cernuda–el poeta en su leyenda‑, el profesor y crítico de Pennsylvania, Philip Silver,
habla del ego implícito en la poesía. No
el ego óntico sino ontológico. En muchos aspectos es un ego extravagante y
evidentemente exótico ‑empleo el término romántico‑ el que se
describe, pero a ese nivel de creación es absurdo lamentarse de que el Cernuda
que yo describo no sea, por ejemplo, suficientemente político. Continúo viendo
a Cernuda como un poeta bucólico...
No sé dónde
pueden llegar esas lamentaciones. Pero en mi caso sí quiero subrayar que negar suficiencia política al sevillano por el
hecho de que no pasó la vida entera en una agrupación política es un error. Sus
poemas y sus textos en prosa, como hemos visto, y como veremos en páginas
sucesivas, muestran una angustia social como pocos autores de la llamada
generación del 27, si bien él no murió asesinado como García Lorca y no tuvo la
militancia de Alberti o Miguel Hernández. En cuanto a lo de bucólico, pienso
que Silver se refiere a la viva descripción, o el culto de la naturaleza que
viene al menos desde Teócrito y a su manifiesta condición de homosexual que
prefiere cantar a los mancebos y no toma a la mujer como modelo, lo que no
excluye, como desafortunadamente suele pensarse, otros motivos, otros
intereses. Contrario a lo que muchos creen, los grandes poetas son capaces ‑y
más aún sienten la necesidad‑ de no sólo pasar de una forma poética a
otra, o retomar a moldes relativamente olvidados, sino de expresar con la
misma pasión, y a menudo con idénticas calidades, el drama de la caída de una
hoja, la soledad de un niño, la ausencia del ser amado o la injusticia social.
Por
su parte, Vicente Quirarte en La poética del hombre dividido en la obra de Luis
Cernuda, dice: A veces se quiere fabricar un Cernuda republicano, un antifascista
exaltado y nada más lejos de la verdad. Es cierto que en Las Nubes se encuentran algunos de los poemas sobre la
Guerra Civil mejor logrados en la poesía española contemporánea, aunque en
ocasiones tienda al ditirambo y al exteriorismo fácil, pero la convicción
antifascista de Cernuda parte más bien de un rechazo a la violencia, a la
guerra, la ceguera, la estupidez del género humano en una época en que
anticipaba la segunda confrontación a nivel mundial.
Pienso
que lejos de desmentir las convicciones de Cernuda, Quirarte las subraya sin
pretenderlo. Porque precisamente esa ceguera, esa violencia bestial
caracterizan el fascismo, que el poeta siempre desaprobó, y no veo cómo se
pueda ser ditirámbico sin pasión, sin exaltarse. Por otra parte si algunos de
sus poemas figuran entre los mejores que en nuestra lengua se escribieron
durante aquel trágico episodio; eso no es poco decir, porque surgieron
antológicos poemas de notables autores de España y de Hispanoamérica. Los
ejemplos sobran y no vale la pena confeccionar tan larga lista.
Además,
esa cólera contra aquellos que suscitaron
la guerra, el odio a los explotadores no sólo es visible en Las Nubes sino también en sus últimos
poemarios. Tampoco puede afirmarse que verdaderamente renegó de España o se
olvidó de su origen, pues si en unos textos se declara un desterrado sin
vínculos con su pasado, su obra misma lo desmiente. El sincero dolor del hombre
que busca en sus últimos años el aire y el cielo de Cuba y el suelo mexicano
para sentirse vivo en su cultura son pruebas más que suficientes. Lo que sucede
es que Cernuda es un hombre atormentado y para conocer su pensamiento íntimo es
necesario seguirlo a lo largo de toda su obra en prosa y en verso.
Por
lo demás, no intento restarle méritos al estudio de Quirarte ni negar su
conocimiento de lo esencial de la obra de un escritor que padeció el destierro,
la incomprensión, la discriminación y el olvido y que, por causas explicables o
no, es el menos reconocido de los grandes autores de nuestra lengua en este siglo.
Pero yo tengo una visión distinta. No debemos, en efecto fabricar a un Cernuda en permanente
exaltación política, mas tampoco despojarlo de sus convicciones y encasillarlo,
reducirlo, de manera que quepa en nuestros esquemas. Si el dogma de algunos
críticos radicales les hizo exagerar sus fiebres cívicas, en la mayoría de los
casos la imagen confeccionada del
autor de Como quien espera el alba por
los críticos desasidos era la de un agónico homosexual, obsesionado por la
belleza física, y el trac‑trac del tiempo que pasa, receloso, polémico,
distante, frustrado que disparaba sus cargas mortíferas contra todas las
banderas. Y si el escepticismo caló en él y lo fue minando, fue un escéptico al
modo de nuestro Enrique José Varona quien trabajó siempre por la plenitud del
hombre, aunque dudase de que pudiera alcanzarse.
LAS NUBES Y EL CICLÓN
Mas quiero volver
a mi primera lectura de Las Nubes a
mediados de los cincuenta en el llano camagüeyano verdaderamente conmovido por
la lucha política, cuando los jóvenes de la hora queríamos cambiar no sólo el
cauce de las artes y las letras sino la vida misma. Entonces para mí ese
poemario fue una revelación. Y para reafirmar mi admiración por Cernuda vino en
mi auxilio un magnifico poema que José Rodríguez Feo publicó en su inquietante
revista Ciclón. Me refiero a “El
Poeta”, que más tarde Cernuda incluyó en Vivir sin estar viviendo.
El protagonista
del poema tiene la edad que tenía el bardo evocado cuando aquellos versos
fueron a sus manos. Sueños, esperanzas, secretos de un tiempo ido. Los
forjadores de la lengua española siguen desde el pasado dictando sus normas,
acumulando los de lengua extraña, no
obstante cada promoción encuentra aristas nuevas lo mismo en los astros que en
los árboles o el mar, y ese nuevo cantor trasluce el mundo personal de su
antecesor (Que infunde por nosotros, / con su obra, la fe, la certidumbre / maga de nuestro mundo
visible e invisible) y otra vez en un
solo verso nos entrega Cernuda la suma de su laborioso pensamiento Aquel tiempo
pasó o tú pasaste.
El poema no
resulta novedoso en su estructura, se desliza por caminos trillados, trata de
algo bien conocido y reconocido, la herencia cultural del país natal y del
mundo, el descubrir cosas nuevas en lo ya cantado y el recordar que si bien la
ruptura es necesaria en el proceso creador, un hilo de continuidad debe unir la
obra antigua y la que va naciendo. Ahora bien, tejiendo con fibras ya usadas
Cernuda no busca la sorpresa sino esa rara intensidad por acumulación, esa
mezcla de conceptos y metáforas que de pronto estallan y dan nacimiento a la
auténtica poesía. Además, no sólo está ofreciendo oportunos consejos, también
está desnudando su desgarrada intimidad. Las dos últimas estrofas contribuyeron
a mostrarme el camino de la poesía, su difícil recompensa, sus duras pruebas,
sus continuas exigencias a cambio de hallar, más que una palabra precisa, una
explicación convincente de la vida
Agradécelo pues, que una palabra
amiga
mucho vale
en
nuestra sociedad, en nuestro breve espacio
de vivos,
y nadie sino tú puedes decirlo,
a
aquél que te enseñara adónde y cómo crece:
Gracias
por la rosa del mundo.
Para
el poeta hallarla es lo bastante.
E
inútil el renombre u olvido de su obra,
cuando
en ella un momento se unifican,
tal
uno son amante, amor y amado,
los
tres complementarios y luego antes dispersos:
El
deseo, la rosa y la mirada.
No tengo nada más
que decir en beneficio de este poema excepto que medio siglo después de
concebido resiste como una flor de mármol todos los embates. Un poema sin
tiempo, con esa profunda, sencilla y nostálgica expresión que puede ser
considerada como una ars poética, un
epitafio, una despedida ‑Gracias
por la rosa del mundo. / Para el poeta hallarla es lo bastante‑ cercana
a otro maestro de la sencillez, Williams Carlos Williams: Éste fui yo / un gorrión / hice lo que pude. / Adiós.
Y, ¿fue también
en Ciclón donde leí otro poema de Vivir
sin estar viviendo, con el título de
“El retraído?” Aquí se representa el
artista como un niño que juega con harapos o vidrios rotos que eleva a la
categoría de mitos. En esa zona operan los recuerdos que no tienen la
consistencia de la materia, por fina que sea, que puede entregársenos en el
tacto. La imaginación teje a sus expensas, crea formas evanescentes de la nada
que no son el mundo sino su imagen distorsionada, por eso de vuelta de la
fantasía confiesa:
Vivir contigo quieres
vida
menos oscura que esta otra,
donde
placer y pena
no
sean accidentes encontrados
sino
faces del alma
con
la fidelidad trasmutadora
de
la imagen brotando en aguas quietas.
Anhela
volver atrás, para tratar de cambiar en el sueño lo que no se puede en el plano
real, y siente que los maltratados recuerdos esperan por él como mansos
animales domésticos, o más exactamente como las cuerdas de una vihuela que
sonará como quiera su hábil dueño y no de otra forma. De ese modo no se vive en
rigor sino lo que la fantasía ordena donde
la memoria más pura hace el olvido, porque ya sabemos que no sólo de
recuerdos vive la memoria y ese afán de atesorar vivencias del ayer en el hoy
no impide el que mañana nos veamos obligados a rendir nuestras armas ante el
olvido. Por lo demás, el encrespado canto se desliza en la última estrofa hacia
cauces más serenos
Si morir fuera
esto,
un recordar
tranquilo de la vida,
un contemplar
sereno de las cosas,
cuán dichosa la
muerte,
rescatando el
pasado,
para soñarlo a
solas cuando libre,
para pensarlo tal
presente eterno,
como si un
pensamiento valiera más que el mundo.
Ahora
tengo yo la edad que Cernuda tenía entonces, o algunos años más, y no digo que
la experiencia me posibilite valorar estos textos, porque entonces mi intuición
de adolescente me permitió asimilar esa enseñanza, cuando más lo necesitaba. No
creo, como Hamsun, que el tiempo no trae madurez alguna sino únicamente la
vejez, ni que los hombres maduros deben huir de lo que Cernuda llamó la
tentación tardía, tampoco que el verso corresponda principalmente a los jóvenes
y que la madurez se acomode mejor a la prosa; hay no pocos ejemplos de
narraciones logradas en la juventud y, sobre todo, de soberanos poemarios
escritos en los años finales de un autor. Lo decisivo no es el tiempo acumulado
detrás de una página sino la intensidad vivida que hace nacer esa página en
verso o en prosa y, para decirlo con el gran poeta que ahora evoco, el
conflicto entre la realidad y el deseo, entre el desmesurado sueño y la locura
de vivir.
EL POETA CANTA CUANDO NO PUEDE BESAR
Y a
propósito de Cernuda, ¿será en efecto toda la vida sueño? ¿0 el sueño un modo
exagerado de evadirse de la no vida? Y en medio de ese sueño de tan ideal
irrealidad y esa no vida que diariamente vivimos, ¿que será la poesía? Para
Eliot, a pesar de sus muchas lecturas y meditaciones, la clave la dio el poeta
Thompson quien sentenció: Los labios
cantan cuando no pueden besar, y Cernuda, que conocía bien estos versos
asumidos por el autor de La tierra baldía,
estaba plenamente de acuerdo con esta desolada conclusión.
Desolada
conclusión, sin duda, porque el autor de Los placeres prohibidos, que apenas pudo disfrutar su mocedad y
pronto intuyó que moriría en el destierro, sentía una pasión sin límites por la
belleza juvenil, por el brote nuevo en la rama y el amanecer de la rosa, pero
se dolía de lo efímero de la vida y no soportaba el tener que valerse de su mano de viejo (que) mancha cuanto toca. Lo atormentaba el menguado vivir, el deshacerse
como los pétalos marchitos de la flor, y acaso por eso decidió precipitar el
final. No tuvo la serena paciencia de enfrentarse a los últimos instantes y
decidió apagar todos los circuitos sin amor ya y sin patria, sin juventud y sin
esperanzas.
Los
labios cantan, sí, cuando no pueden besar. Pero sólo algunos poseen la facultad
de cantar con toda la voz, y ese es un privilegio que suele pagarse caro. El
siempre moderno Valle Inclán se permitió explicar su vocación poética a partir
de una visión romántica: Supe que era
poeta porque veía la tristeza en el fondo de las cosas. El sorprendente
Fernando Pessoa fue más preciso: El arte
es una forma de crítica, pues hacer arte es confesar que la vida no sirve o no es suficiente. Cernuda,
por su parte, piensa que una tarea del poeta es ver en unidad el ser disperso y en su vasto discurso de
Quetzalcoatl ‑largas líneas de consistencia clásica, talladas más que
escritas‑ se lamenta de este modo: El
reino del poeta tampoco es de este mundo.
Bien,
pero si no es su pobre reino de este mundo revuelto, ¿en qué región misteriosa
del universo encontrará su alma? Expulsado por Platón de su república ideal,
perseguido por gobiernos tiránicos, empujado a otros destinos por las crisis
económicas, acusado de inventar demasiado o de hacer demasiado énfasis en el
lado oscuro de la vida, el poeta sobrevive hoy entre relampagueantes imágenes
fílmicas, sonidos arrasadores, vuelos supersónicos, alucinógenos, y sigue
creyendo, aunque muchos no lo entiendan, que hallar la rosa del mundo es su
mayor recompensa.
LA HABANA BAJO SU CLARO CIELO
He
citado algunas páginas de extraordinaria intensidad, en especial la titulada El poeta, como uno de los textos aparecidos
en Ciclón que contribuyeron a afianzar en mí el concepto de la poesía, y eso me
conduce a la peculiar relación de Cernuda con Cuba.
Antes de Ciclón colaboró en Orígenes con un texto sobre Vicente Aleixandre y
con sus variaciones mexicanas. El infatigable José Rodríguez Feo lo había
visitado en Mount Holyoke College en 1948 y desde entonces se comprometió a
escribir para la exquisita revista habanera. En diciembre de 1951 vino por fin
a Cuba. Rodríguez Feo ha contado que La Habana
realmente lo deslumbró y dijo que le recordaba mucho a Cádiz. Cuando
recorríamos las calles de La Habana vieja tenía la sensación de encontrarse en
Andalucía por la forma de hablar y caminar de los cubanos. Se lo presenté a
Lezama y otros poetas amigos. Durante su estancia aquí parecía otra persona:
más locuaz y alegre que cuando lo conocí en Mount Holyoke.
El 8 de febrero de 1952 Cernuda
le envía una carta a Lezama Lima que también ha rescatado Rodríguez Feo, me
permito reproducirla porque no sólo refleja su deslumbramiento por Cuba, su
entusiasmo por la poesía de Lezama, sino también su estado de ánimo, su visión
del mundo, una década antes de su muerte.
Querido
Lezama: Aquí me tiene ya. No digo que parece mentira porque ya quisiera yo que
fuera mentira y que me encontrara de pronto otra vez ahí. Para consolarme me
digo que sólo son cuatro meses, pero sé que los cuatro meses pueden llenarse
con lugares, con amigos, con entusiasmo por esto o por aquello y aquí nada de
eso hay, ni nada ocurre que valga la pena. Pero yo sólo quería escribir estas
líneas para enviarle un saludo con mi agradecimiento, por su amistad y por su
compañía durante mis días en Cuba. Acaso no le dije cuánto me ha gustado
conocerle, la simpatía que enseguida le tuve, y cómo ese conocimiento unido a
la admiración que ya tenía de su poesía, han despertado en mí amistad verdadera.
No sé si mis días cubanos van a tener otros ecos en verso, o en prosa. Es
probable que sí. Pero en todo caso tienen ecos en mí, y eso es lo que más puedo
hoy decir de una tierra o de una persona. Ya recordará por nuestras charlas
cuán escéptico me he vuelto y cuán poco espero, si es que esperaba algo, de ese
menester de literatura. Lo importante es esta entrañable presencia, que es
parte de nuestra vida, de una tierra o de una persona; y Cuba es ya para mí
eso, juntamente con otras pocas tierras que he conocido y son parte de mi
existencia, no recuerdos (cómo los detesto ahora) sino realidad fiel. Escríbame
alguna vez si tiene ganas y tiempo.
No me atrevo a decirle que tal vez nos veamos en junio, porque la cuestión del
curso de verano me parece, a pesar de mi deseo o precisamente por él, más que
vaga e improbable. Un abrazo.
Un
año después el eco de Cuba resonó en su vibrante evocación “Aire de La Habana”, a medio camino entre la reflexión y el
poema en prosa. La ciudad le pareció
como un amontonamiento blanco en torno al
cual y encima del cual el aire se levanta desmesurado. Inevitablemente
retoma sus días sevillanos y la tristeza que le produjo Madrid porque me faltaba por primera vez la caricia
envolvente, la protección amorosa del aire y añade:
Antes
de caer en la Habana había visto yo tierras del trópico y aunque no mucho, lo
bastante para percatarme que, al contrario de la creencia común, una de sus más
elementales características puede ser la mesura. La Habana me confirmó en dicha
creencia, quedando ya para mí como ejemplo de ella. Y es que, paradójicamente,
como ciudad, parece existir por su cielo y quien quiera hablar de ella no puede
hacerlo sin antes hablar de su aire. Para conocerla hay que mirar hacia arriba
y no en cualquier momento del día sino de preferencia al atardecer ( ... )
También en La Habana el atardecer es memorable: el aire no se ensancha tanto
como se ahonda, entreabriendo camino como para unas alas, hacia el fondo mismo
del cielo, en cuyas nubes, o mejor, en cuyos celajes vibran los colores
ensordecidos. La silueta de la ciudad entonces, al ahondarse de tal modo el
aire sobre ella, parece descansar, igual que la superficie de un agua quieta, bajo
la maravilla de su cielo.
Especula sobre la maravilla de ese paisaje, evoca otros momentos vividos
y confiesa que el Malecón, recorrido aprisa
en coche, desplegando su curva un poco solemne, no me retraía tanto a cierta
vislumbre de Cádiz como a Venecia, que, por lo demás, no conozco. Comienza
aquí el fabulador a tejer su red, el paisaje descubierto, lo real, lo tangible
de una ciudad le trae nostalgia de aquel aire con artificio que únicamente
disfrutó en su ciudad de origen. Pero a la vez ese nuevo paisaje lo conduce a
los prados de la imaginación donde todo es posible, aunque se trate de una
posibilidad que nunca se concrete
La Habana, en esa tamización final
del recuerdo, con los celestes, con los violados, los grises de su celaje
crepuscular, de una sin par delicadeza pictórica, ahondaba para mí el decorado
y lo Tiépolo de una Ascensión.
Lectura,
meditación y paisaje fecundan su cerebro y se lanza entonces hacia la pura
invención. 0 acaso no tan pura porque toma de ese aire, de esa luz, de ese
blancor que de pronto se llena de colores, un frágil asidero para el vuelo
final de su crónica poética
La Habana es su cielo, y éste no parece
parte del cielo común a toda la tierra sino proyección del alma de la ciudad,
afirmación soberana de ser lo que ella es. ¿No se diría que hermosa, airosa y
aérea: Un espejismo?
El poeta Octavio
Smith publicó en 1972 su hermoso ensayo Aproximaciones a Luis Cernuda, que tuve la oportunidad de comentar
con él en más de una ocasión, porque me parecía, y aún me lo parece, el mejor
acercamiento cubano al complejo andaluz y al comentar la prosa aérea sobre la
capital cubana, dice: la comparación del
habanero con otros aires, su cualidad registrada no en lo cimero, ligero o
luminoso sino por cómo en el véspero se
ahonda, revelan al buen catador de corporeidades sutiles, pesquisas de los
sentidos sobre los filos mismos donde el ser se les escapa.
Octavio comienza
su ensayo con una cita de José Martí sobre Julián del Casal y dice que si
triste y joyante parecía el nombre del cubano, en la bellísima referencia de
Martí, las aguas de este otro son más
recogidas, suave y soturno le llamaríamos. Pero si de poetas cubanos se
trata, la afinidad más evidente es con Emilio Ballagas, no sólo porque vivieron
la misma experiencia del siglo sino principalmente por su manera de encarar el
hecho poético, bien que la obra del sevillano es más perfecta, mejor tallada,
deliberadamente fría en la superficie, sin embargo en su centro hay el mismo
temblor, la misma fineza. No sólo por el drama de su condición de homosexuales,
que asumieron de modo distinto por sus lecturas y preferencias, sino también
por su peculiar manera de acercarse al mito religioso, sus inquietudes
sociales, su vocación para las modernas elegías, que son más bien cantos de protesta
que homenajes luctuosos, y un culto a la belleza y el hecho de que no se
limitaran al verso sino que se prolongaran en el ensayo y la traducción de
obras literarias, faenas que por cierto, no lograron quebrantar la soledad. Por
eso, si para Cernuda el amor se expresa en última instancia con la muerte y
olvido, Ballagas llega al sublime delirio de sentirlo con el desvalido y atado venadito de su infancia que murió sin sus bosques en los ojos.
En su prosa
reflexiva, Cernuda se ocupa de Bécquer, de Juan Ramón Jiménez o de su amigo
desdeñado por la crítica, Manuel Altolaguirre: Admiración por el autor de Rimas,
simpatía por Altolaguirre y reconocimiento crítico hacia J. R. J., cuyos
méritos en definitiva admitió, pero cuyo esteticismo y peculiar impresionismo
no aprobó. Otros líricos de nuestra lengua como Rubén Darío y Aleixandre movieron
con emoción su pluma, mas también dijo lo suyo sobre Rilke o Yeats, sobre su
Goethe que se creyó obligado a defender de mancas interpretaciones del lúcido
Eliot. Sin embargo hacía 1961 se ocupó también de Dashiell Hammett, con motivo
de su muerte y esto nos ratifica la amplitud de su universo como lector o
crítico.
Le parecía, y no
se equivocaba, que el novelista murió en el olvido; íroniza en el sentido de
que el autor de La llave de cristal no
era un escritor para minorías selectas, expresión
que califica de cursi y añade: El propio
Hammett no dejaría de reírse si pudiera oír eso de ser o no ser un escritor
«para minorías selectas» porque en él se reconoció al mismo tiempo que a un
bestseller a un escritor para escritores, a un técnico agudo en parte de la
novela y a un estilista.
Se
arriesga el critico, buen conocedor de la literatura norteamericana, al
afirmar que en sus mejores momentos no
parece superior a otros escritores que pasan por estar destinados a sobrevivir
a su tiempo, como por ejemplo Hemingway y hasta Faulkner, tan aburridos ambos
en mi experiencia de lector ( ... ) Es interesante la indicación de que el
parecer de André Gide, nada fácil en sus preferencias, era favorable a Dashíell
Hammett ( ... ) Nuestro escrúpulo excesivo nos está llevando a superar a
Dashiell Hammett, cosas que él, probablemente, no pretendía ni buscaba; ya es
bastante lo que nos da: realidad, consistencia, interés.
Comparto
su entusiasmo por Hammett y no su pobre valoración de Hemingway o Faulkner,
pero lo que quiero destacar es que el breve ensayo sobre el padre de la llamada
novela negra le sirve de pretexto para reflexionar sobre la literatura
policíaca, la religión, los conflictos sociales, los gustos de la época.
Demuestra, además, un conocimiento admirable de las novelas y cuentos del
antiguo detective y comunista perseguido por
el macarthismo, se declara partidario de esa literatura que sirve para
regocijarse y termina con este párrafo no exento de ironía:
aún
le quedan al hombre, aparte de los entretenimientos, horas libres durante las
cuales requiere material para divertirse. Y, ¿dónde mejor que en la lectura?
Como no me figuro que le basten siempre a tal propósito libros como esos que se
incluyen en tantas inefables listas de «diez mejores libros» (donde suelen
incluirse no los libros que se han leído sino los que se cree conveniente
pretender como leídos), agradezcamos a Hammett que con tanta destreza y talento
proporcionara a muchos, con sus obras, nueva y adecuada materia para satisfacer
una necesidad humana vieja como el hombre.
Me permito llamar la
atención sobre esta singular defensa de la literatura detectivesca o policíaca
de altos vuelos, que sin renunciar a la cruda protesta social o a reflejar
conflictos personales, procura entretener, o al menos no aburrir, como postulaba
Brecht, porque, y esto es lo más significativo, los ensayos, narraciones y
poemas de Cernuda no son precisamente divertidos sino que exigen una real
participación, una complicidad afectiva del lector.
LA DULCE ANGUSTIA DE AMAR
El tema del amor a veces como júbilo o
placer, pero generalmente como angustia, es constante en la obra lírica de
Cernuda y merece un estudio especial. No obstante quiero recordar al menos que,
como deseo no cumplido, como realidad inalcanzable o como momentánea conquista,
ocupa buena parte de sus libros y no pocas de sus mejores páginas. Ya en sus
primeras poesías juveniles lo advertimos
El
amor mueve al mundo
que
descansa perdido
a la
mirada. Y esta
ternura
sin servicio.
En
Un río, un amor (1929) la página
titulada “Como el viento”, así
comienza
Como
el viento a lo largo de la noche,
amor
en pena o cuerpo solitario,
toca
en vano a los vidrios,
sollozando
abandona las esquinas.
Otros títulos son
de suyo explícitos: “No intentes el amor
nunca”;” Todo esto es por amor”; “Los marineros son las alas del amor”;”El amor
y el amante”;”Un hombre con su amor”...
Lo nunca
alcanzado, las pérdidas, lo prohibido, todo conduce a la hiriente ternura sin servicio. Mas, como siempre
ocurre con ciertas obras de Hammett a juicio de nuestro poeta y crítico,
también el maldito de la generación del 27 según Octavio Paz ‑aunque ese
rótulo no me parezca adecuado‑ logró momentos que convencen por igual a
eruditos y aficionados y ese es el caso de un canto incluido en Los placeres
prohibidos. Me refiero a “Te quiero”.
Te
quiero.
Te
lo he dicho con el viento,
jugueteando
tal un animalillo en la arena
o
iracundo como órgano tempestuoso (...)
Te
lo he dicho con el miedo,
te
lo he dicho con la alegría,
con
el hastío, con las terribles palabras.
Pero
así no me basta;
más
allá de la vida
quiero
decírtelo con la muerte
más
allá del amor
quiero
decírtelo con el olvido.
En medio de la
tormenta de amar, la lucidez preside varios de sus cantos, por eso el lector
paciente debe saber hallar fuego en las trémulas cenizas del verso
Mas este amor
cerrado por ver sólo su forma,
Su forma entre
las brasas escarlatas,
quiere imponer la
vida, como otoño ascendiendo
tantas hojas
hacia el último
cielo,
donde estrellas,
donde mis ojos,
estos ojos,
se despiertan en
otros.
Trazadas sobre el viejo mural del mejor
romanticismo, las estrofas de “No sé qué
nombre darle en mis sueños", no pretenden sorprender sino. simplemente
exponer la arrasadora angustia de vivir en la frágil espuma de cada instante
Si mis ojos se
cierran es para hallarte en sueños
detrás de la
cabeza,
detrás del mundo
esclavizado,
en ese país
perdido
que un día
abandonamos sin saberlo.
Y si su admirado Antonio Machado logró un
lujoso tono popular con aquello de En el
corazón tenía / la espina de una pasión. / Logré arrancármela un día / ya no
siento el corazón, él dice algo muy parecido en su diversa cuerda
He amado, ya no
amo más,
he reído, tampoco
río.
El desenfado, que
surge en su lírica después de los temores del decir, después de vencer en la
página rotunda las inconveniencias que pocas veces se vencen en las batallas de
la vida cotidiana, alcanza un momento alto en “A un muchacho andaluz”
Te
hubiera dado el mundo,
muchacho
que surgiste
al
caer de la luz por tu Conquero,
tras
la colina ocre
entre
pinos antiguos de perenne alegría.
Al final, sin perder el hilo del asunto
retoma su no desmentido credo, su alejamiento de las tradiciones que considera
infecundas
Estabas
en mí mismo dichoso en tu figura,
divina
ya para mi afán con ellos,
porque
nunca he querido dioses crucificados.
Tristes
dioses que insultan
esa
tierra ardorosa que te hizo y te deshace.
En
sus últimos poemas la agonía del amor se trenza con las penas del desterrado,
con la amargura del desposeído y, preciso es decirlo, no se levanta el verso
con la fuerza de otro tiempo sino que descaece, se quiebra en lamentos
¿Mi tierra?
Mi tierra eres
tú.
¿Mi gente?
Mi gente eres tú.
El destierro y la
muerte
para mí están
donde no estás tú.
¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿Qué es si no
eres tú?
Un
estudio paciente, una ordenada búsqueda en la obra de Cernuda vinculada al erotismo,
a la pasión amorosa, nos revelaría seguramente a uno de los más sobresalientes
poetas de eso que no se cura / sino con
la presencia y la figura en nuestro siglo a escala planetaria, lo que no es
poco decir. Unido, además, a la valentía de elogiar las virtudes físicas, de la
radiante y breve juventud, a partir de su condición de homosexual, lo que no le
impidió cumplir con sus deberes ciudadanos; ni inclinó la cabeza o se mordió la
lengua ante la hipocresía y el oportunismo de funcionarios y escribas, véase si
no su contundente “Birds in the night”, que
tiene como protagonistas a Verlaine y Rimbaud; mas no se limita a recordar las
vicisitudes de los vates franceses, duramente condenados por sus relaciones
homosexuales, sino que describe el rostro de la miseria ‑la tristeza sórdida que va con lo que es pobre / no la tristeza
funeral de lo que es rico sin espíritu y una vez más carga contra la gente / que con trabajo ajeno se
enriquece y triunfa.
OTRA VEZ ESPAÑA EN EL CORAZÓN
¿Cernuda
desentendido de su país e indiferente a las penas del mundo? Nada más lejos de
la verdad. Si tomamos un texto contradictorio, “Díptico español”, podemos extraer unos versos como quien extrae
balas homicidas de un pulmón –soy español
sin ganas / que vive como puede bien lejos de su tierra- y llegar a la
falsa conclusión de que renegaba de su país y que muy poco le importaba lo que
ocurría más allá de su concha de caracol errante. Sin embargo no se trata de un
rechazo definitivo sino de otro episodio más en el drama de su derrota. En la
primera parte de su díptico, se refiere, huraño, a la que fue mi tierra, la describe como una tierra de los muertos, / adonde ahora todo nace muerto, y
prosigue como en un delirio
Vive muerto y
muere muerto;
pertinaz
pesadilla; procesión ponderosa,
con restaurados
restos y reliquias,
a la que dan
escolta hábitos, y uniformes,
en medio del
silencio todos mudos,
desolados del
desorden endémico
que el temor, sin
domarlo, así doblego.
Se
duele de que la historia de mi tierra / fue actuada / por enemigos enconados de la
vida, y afirma que siempre fue igual en España y que esa existencia, llegada / al paroxismo / es
estúpida y cruel como su fiesta de los toros, en lo que coincide con
Francisco Quevedo. Casi diluido en llanto dice que si es español lo es porque
ninguna otra cosa puede ser y que esa fue su lengua, porque la lengua jamás
puede ser negada por un poeta.
En
la segunda parte del díptico confiesa que prefiere la España de los libros a la
otra de su penar, afirma que ya no necesita su ámbito, pero sí libros españoles
que magnificaban hazañas y lo proveían de héroes, de personajes. Sin embargo lo
asaltan nombres que se concretan en pueblos, plazas, sitios, que no puede
verdaderamente olvidar
El nombre de la
ciudad, de barrio o pueblo,
por todo el
español espacio soleado
(Puerta de
Tierra, Plaza de Santa Cruz, los Arapiles,
Cádiz, Toledo,
Aranjuez, Gerona),
ambas hermosas,
ambas entrañables.
Hoy, cuando tu
tierra ya no necesitabas,
aún en estos
libros te es querida y necesaria.
La
España que Cervantes reveló y que Galdós expone detalladamente en sus
episodios, sobrevive a sus propias experiencias. Y es un modo ingenuo de
abordar sus discrepancias con la realidad, porque el mismo Cernuda admite que
el novelista recreó una historia, el rostro múltiple de su patria
Heroica
viviendo, heroica luchando
por
el futuro que era el suyo,
no
el siniestro pasado donde a la otra han vuelto.
La
clave está no en el rechazo en bloque que pretende asumir sino en el trauma que
una guerra perdida dejó en él para siempre
La real para ti
no es esa España obscena y deprimente
en la que
regentea hoy la canalla,
sino esta España
viva y siempre noble
que Galdós en sus
libros ha creado.
De aquélla nos
consuela y cura ésta.
En Variaciones
mexicanas (1952) incluye un episodio
titulado “Recapitulando”, formado a
base de ingeniosas preguntas y respuestas, en el que admite que sus ancestros
devastaron el vasto territorio y después trataron
de revivirlo a su manera. Acaso, se responde, lo acerca a México un cierto
orgullo nacional y añade: Cuando casi no
creía en mi tierra, la vista de ésta me devuelve la fe en la mía, cuyos
defectos no existirían sin sus virtudes. A la hipotética pregunta de qué
virtud puede tener España, tan caída, se responde: La de haber puesto el espíritu antes que nada –Por eso le fue tan bien.‑
Sí, por eso le fue tan mal.
En
la introducción a Variaciones mexicanas, Cernuda
reconoce que los escritores peninsulares no se ocuparon de América y la mal
interpretaron, a pesar de que durante tres siglos formó parte del poderío
ibérico. Por eso él mismo no pudo tener una idea clara de la magnitud del mundo
americano. La vida con sus azares, explica, lo llevó al nuevo mundo, y lo
primero que sintió fue curiosidad, después de interés, simpatía, y, por último,
amor, aunque fuera acaso amor tardío.
En el breve capítulo dedicado a la
lengua, el poeta declara que al llegar a México, tras cruzar la frontera con
los Estados Unidos, y escuchar a la gente que hablaba su propia lengua, sintió cómo sin interrupción continuaba mi vida en
ella por el mundo exterior, ya que por el mundo interior no había dejado de
sonar en mí todos aquellos años ( ... ) ¿Cómo no sentir orgullo al escuchar
hablada nuestra lengua, eco fiel de ella y al mismo tiempo expresión autónoma,
por otros pueblos al lado del mundo? Ellos, a sabiendas o no, quiéranlo o no,
con esos mismos signos de su alma, que son las palabras, mantienen vivo el
destino de nuestro país, y habrían de mantenerlo aun después que él dejara de
existir.
El
encuentro con el indio mexicano lo conmueve
Con sus hijos a
veces, otras solo; vendiendo algo
que parece no
importarle, o sin pretexto para su
presencia
inmóvil; descalzo y en cuclillas sobre
el polvo, el
sombrero de paja escondiendo los ojos,
donde acaso
pudiera adivinarse lo que siente
y lo que piensa,
mírale.
El indio que fue
despojado de todo lo suyo por conquistadores que a su vez fueron vencidos,
sigue diciendo Cernuda, es idéntico a sí mismo, no es un objeto, una figura
sobreviviente del pasado, Es el hombre a
quien los otros pueblos llaman no civilizado. Cuánto pueden aprender de él. Ahí
está. Es más que un hombre: es una decisión frente al mundo.
Desde
Hispanoamérica, como un enfermo que pasa por una larga convalecencia, comienza
a recuperar a España, dejando atrás el rencor
atávico. Viene del vacío del Norte, siente que la riqueza y el espíritu no
pueden reunirse en armonía y se le escapa un alarido que desgarra las páginas
del libro Oh gente mía, mía con toda su
pobreza y su desolación, tan viva, tan entrañablemente viva.
En El pueblo, confiesa su simpatía por los
indios pobres y taciturnos: Ante ellos
como ante otra gente de otro pueblo distante al tuyo, nace igual tu simpatía.
¿Y por qué esa simpatía instintiva tuya hacia la gente del pueblo? Ante esa
pregunta pasa revista a su infancia, su entorno, su pertenencia a una clase
media provinciana que pretendía ponerse por encima del pueblo
Pero el
insistente sentimiento de diferencia no pudo
impedir en ti la
percepción, entre el pueblo y tú, de
una equivalencia
de fortuna.
Porque al fin y
al cabo tú, igual que el pueblo,
carecías de ella.
Si por tu medio nativo tuviste ciertos
privilegios,
también tuviste ciertos deberes.
Mas los
privilegios eran ficticios y los deberes reales.
En Con las horas contadas (1950‑1956) incluye un breve
homenaje a la Palabra amada. Supuestamente le piden que diga una palabra, una
sola, de su íntima preferencia, y esta es la breve historia de su elección:
‑¿La
prefieres por su sonido?
‑Por lo
callado de su ritmo,
que deja un eco
cuando se ha dicho.
¿0 la prefieres
por lo que expresa?
‑Por todo
lo que en ella tiembla,
hiriendo el pecho
como saeta.
‑Esa
palabra dímela tú.
‑Esa
palabra es: andaluz.
Así,
como en un juego de niños, se acerca a su niñez, a su ámbito perdido, a la
mentira y la verdad donde nació y vivió y se apropió de tradiciones y mitos. No
obstante años más tarde la luz cegadora de la realidad le roba todos esos
paisajes que la memoria ya casi no puede retener, por eso vacía su sangre
envejecida en “Peregrino”:
‑¿Volver?
Vuelva el que tenga,
tras
largos años, tras un largo viaje,
cansancio
del camino y la codicia
de
su tierra, su caa, sus amigos
del
amor que al regreso fiel le espere.
de
su tierra, su casa, sus amigos,
¿Mas
tú?, ¿volver? Regresar no pienses,
sino
seguir libre adelante,
disponible
por siempre, mozo o viejo,
sin
hijo que te busque, como Ulises,
sin
Itaca que aguarda y sin Penélope.
LO QUE IMPORTA ES LA FE
Se
impone a sí mismo el no echar de menos un
destino más fácil. Sin embargo, en los fundamentos de sus antiguos credos,
de sus sueños de redención, de libertad real, relámpagos que parecen llamas lo
asaltan en ocasiones. Por eso apenas dos años antes de morir escribe una cifra
trágica corno título de uno de sus últimos cantos: “1936”. Cuenta allí Cernuda
que en 1961 leyó ante un público atento parte de su obra y entonces, un cuarto
de siglo después del desastre español, conversó con un antiguo soldado de la
Brigada Lincoln
Recuérdalo
tú y recuérdalo a otros,
cuando
asqueados de la bajeza humana,
cuando
iracundos de la dureza humana:
este
hombre solo, este acto solo, estafe sola.
Recuérdalo
tú y recuérdalo a otros.
(...)
Veinticinco
años hace, este hombre,
sin
conocer tu tierra, para él lejana
y
extraña toda, escogió ir a ella
y en
ella, si la ocasión llegaba, decidió
apostar
su vida
(...)
que
aquella causa aparezca perdida,
nada importa;
que
tantos otros, pretendiendo fe en ella
sólo
atendieran a ellos mismos,
importa menos.
Lo
que importa y nos basta es la fe de uno.
Por
eso otra vez hoy la causa te aparece
como en aquellos días:
Noble
y tan digna de luchar por ella.
Y su
fe, la fe aquella, él la ha mantenido
a
través de los años, la derrota.
Cuando
todo parece traicionarla.
Mas,
esa fe, te dices, es lo que sólo importa.
Los que prefieren
moverse en la superficie de una obra dada y echan a un lado las contradicciones
que son esencia de la vida misma, los que únicamente se fijan en el héroe en estado puro y juegan a los por
cientos, jamás comprenderán los sentimientos encontrados en un hombre real. En
el caso de Cernuda pasarán a galope sobre un poema amargo y determinarán:
renegó de España, por lo tanto no se puede hablar en su
caso de verdadera preocupación por el destino de la sociedad. Esos nunca
entenderán cómo un hombre colérico, desgajado, cerca ya de la muerte, siente
otra vez latir su corazón al ritmo de aquel 1936 y todavía se atreve a decir en
su más clara estrofa:
Gracias, compañeros, gracias,
por el ejemplo. Gracias porque me dices
que el hombre es noble.
Nada importa que tan pocos lo sean:
Uno tan solo basta,
como testigo irrefutable,
de toda la nobleza humana.
Luis Cernuda, proscrito, censurado,
perseguido, no pretendió encarnar a un simpático y ocurrente andaluz, prefirió
ser lúcido. Acaso en sus momentos menos favorables hubiese estado de acuerdo
con Auden cuando, en su homenaje a Freud dijo que el médico vienés quiso que fuéramos libres / aunque a menudo
solitarios. Sin embargo, no separó su corazón de su cabeza, ni pretendía
que su drama personal estuviese por encima de su credo, no una idea religiosa
que remite al más allá la solución de todos los conflictos sociales, sino la
lucha por la transformación de las relaciones humanas en el plano terrenal y el
deseo de poner fin no a la historia sino a la explotación, a la persecución, a
los prejuicios feudales para propiciar el triunfo de la nobleza humana.
Y es así como quiero evocarlo, desde
nuestra época en crisis, cuarenta años después de mi primer encuentro con esos
versos que me revelaron a ese digno francotirador obstinado.
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