Letras
Salvajes Número 8 2005
ROSY PAlÁU
Pasaron de dos en dos.
La entrada era angosta. Caminaron sobre el aserrín mojado, agarrados de un tubo
que hacía la vez de pasamanos. Los murmullos y las risas, ventilaron la
atmósfera caliente. Una hora después, adormecidos en las sillas de palo, los
despertaron las cornetas.
Con
el sol brillando en la punta de los tabachines, los habían visto venir. El carromato se abrió paso entre bolas de
rama seca y ventarrones de polvo. Muñecos de trapo, bules, cazuelas, mecates
enroscados, alborotaron el silencio al paso de las ruedas sobre los hoyos del
camino. Ya en la entrada del pueblo, aminoraron la marcha y encendieron las
bocinas. Un sonido de mil radios descompuestos sofocó la voz del anunciante,
provocando que los que no estaban ahí, salieran de sus casas como si escaparan
del fin del mundo. Luego se aclararon las palabras y todos pudieron enterarse.
A las 5 del otro día, venido directamente de la China y aclamado por todas las
naciones, el circo de las sombras daría su función.
Entre
la desconfianza y la alegría no faltó la vergüenza ajena. Dos era el número de
artistas de raída indumentaria. Un chino de cuya chaqueta escapaban rayos de
diamantina, abrió la puerta y se colgó de los estribos arrojando por el aire
papelitos de colores. Al volante, tras un San Martín en bulto y un tablero de
peluche, saludaba el payaso del que no faltó quien dijera que en lugar de traer
pintada la sonrisa, traía dibujado un frijol.
Ni
jaulas de animales, ni trapecistas con trajes de bailarín, dijo un niño entre
la multitud, a lo que otro respondió con ironía que en el ruido venían
escondidos el león y el elefante. Lo cierto fue que pasaron lentos como pasan
los sueños y después se detuvieron al otro extremo de la calle bajo las ramas
del Huanacaxtle. Nadie supo cómo, pero apenas amanecía, apareció levantada
sobre gruesos horquetones la carpa con adornos de banderitas.
Se
apagaron los focos. Tras el ajuar del payaso que entró de prisa al escenario y
se paró sobre una luz azul, todos adivinaron al hombre que les había cobrado
los boletos. Hizo al público la reverencia, tomó de sus bolsillos las naranjas
y al ritmo de una música de banda, las fue lanzando una por una hacia el cielo
raso. El primer asombro fue el notar que se quedaron flotando por encima de su
cabeza, luego con un chiflido las hizo caer y las devolvió de nuevo al abismo
de su pantalón aguado. Aunque hubo aplausos entre éste y otros actos, en todas
las caras brillaba el enigma. ¿Y las sombras?
Ese
día todo el pueblo cerró a las 4. “El diván azul” no abrió sus puertas y las
mesas de dominó por primera vez en muchos años, quedaron desiertas bajo los
tejabanes. Desde muy temprano en medio de los quehaceres y las pláticas, unos a
otros se preguntaron la hora. Los niños, amenazados con no ir hicieron los
mandados y jugaron como cubiertos con un velo de quietud. De reojo volteaban
por el rumbo de la carpa sin descubrir por ningún lado el movimiento. El
Manolo, con su cuchara de albañil, como llevado por una extraña emoción que
coronó con el arranque de hablarle de matrimonio a la Majei, enjarró toda una
barda y hasta le sobró tiempo para sentarse a mirar las vacas.
Claves,
palitos y cascabeles, inundaron con tonadas orientales el espacio. Al rechinar
de una manivela bajó el telón de gasa y todos los ojos se recargaron en el
paisaje. Tenues luces acompañaron la voz del narrador que se desenredó en el
aire lleno de palomillas. Tras la
cortinas fueron apareciendo las sombras. Robustas y bien formadas, esbeltas y
delicadas. La luna roja, metida en una cama de nubes esponjosas, alumbró los
floridos jardines, las lujosas habitaciones, los ríos, las montañas que hablan,
alumbró la ciudad de oro y los portales donde una noche cuajada de estrellas,
dos guerreros, montados sombras en las sombras de los caballos, se lanzaron a
la muerte, encendidos por la pasión de su
princesa.
Las
manos del chino se movían tras el telón con la agilidad de un mago. En la
historia no se escatimaron las espadas, los faroles y los besos; el dragón que
escupiendo fuego, desarmó a los más osados de sus valores. Todo y más fue lo
que hizo que en silencio empezaran a competir las inclinaciones. Unos a favor
de un guerrero, otros a favor del otro, pero en lo que todos estuvieron de
acuerdo era en el fin del emperador, que para contento general, cayó al piso,
bañado en sangre. El ambiente era espeso. En la oscuridad se comenzaron a
revolver las pasiones.
La
Majei, no se inmutó cuando el Manolo le habló de casamiento. Después de tantos
años de conocerlo, sus palabras ya le pasaban por encimita. Sin mirarlo a los
ojos, entretenida con la distancia y mordisqueando unas hebras de su pelo
negro, dejó salir un ¡hummm! que se le desmoronó en los labios. Pero en la
invitación al circo vislumbró la oportunidad de presumir y se le aparecieron en
el pensamiento los vestidos que tenía colgados en el ropero. Más tarde lo
esperó en la puerta, imperturbable, como acorralada por su propio perfume.
En
la penumbra a la Majei se le rodó una lágrima que corrió a quitarse antes de
que se encendieran los focos. Al salir, se tropezó con la mirada del payaso y
colgada del brazo del Manolo, la noche le pareció muy ancha y el pueblo tan
chiquito que le cupo de un golpe en los ojos. Los brillos de las hojas fueron
los primeros en avisarle que había llovido y caminó despacio, extrañada por el
placer que le daba pisar en los charcos las caras de las gentes.
A gotas de agua sonaban
las patas de los grillos, dando saltos y cayéndole en la cama, a leña ardiendo
olía el aire que entraba por su ventana, un aire lleno de monte, con ruidos de
cosas que se acercaban para entrar en un sueño que no la dejaba dormir. Imaginó
el palacio, la luz de los faroles iluminándole la esperanza de poder huir en un
hermoso caballo, dándose de besos bajo la luna colorada. De pronto, una fuerza
la agarró del alma y la invitó a salir. No se acordó del miedo cuando le
ladraron los perros y los dejó desgañitándose en la calle, tumbando las
basuras.
Aunque el Manolo jura que la dejó en su casa, dicen que la noche
estaba buena para el desvelo, que la vieron hablando con un hombre y que a los
dos se les salió una risa que más tardó en sonar que en apagarse. Todavía
humeaba la leña cuando la fueron a buscar. Entre una cazuela abollada y pedazos
de mecate, encontraron una muñeca de trapo picoteada por un enjambre de
pajaritos . En su cara, creyeron descubrir a la Majei. Entonces, uno dijo: A
ésta siempre la corretearon las ganas. Todos miraron a la distancia y dejaron
escapar un suspiro.
EL CUENTO
Me
despertó la luna. Era tan brillante que los gatos iban y venían por la tapia.
Hacía calor. Quise tomar agua, pero en el vaso flotaba un grillo. Entonces, me
levanté de la cama. Cuando llegué al zaguán, vi el cielo tan bajito que no me
dejaron pasar las estrellas. Pensé en Dios que siempre está despierto y me
asomé por la reja. En eso estaba yo fijándome que no había nadie en la calle,
cuando se oyeron allá muy lejos las notas de una corneta. A mí me dio mucho
miedo porque dicen que así se anuncian los espantos, pero luego llegó un viento
de pura luz y se me quedó mirando con una cara tan preciosa. Tenía los ojos
grandes, hondos, como los misterios. Abrió sus alas y sentí que me encerraban
en un cuarto de espejos, pero antes del mareo me detuvo y conociéndome el
silencio me dijo:
-Sé
lo que quieres, Refugio.
-Ver
lo que tú ves - le dije.
-No
puedes alcanzar esas distancias – respondió y su voz se sacudió en el aire como
racimo de cascabeles.
-Entonces
dame de tus ojos – Le pedí.
-No. El cielo tiene sus
leyes. - Contestó, derritiéndose ahí mismo en el sonido de sus palabras.
Me dio el vacío
de los que buscan pero no encuentran y me devolví otra vez para adentro sin
darme cuenta que alguien me seguía. Cuando se me puso enfrente yo creí que era
el ángel que venía a decirme que siempre si. Lo tapaba la claridad y no se le
notaba muy bien la figura. De pronto le salió por todos lados un vapor helado
que me pasó por el cuerpo como una navaja.
-Puedo darte todo y
más, habló. Su promesa rebotó en el cuarto como rebotan los truenos en la distancia.
Estaba tan
asustada que hasta me reí con la sombra que se le colgó del brazo.
-Todo y más a
cambio de nada –repitió y en su boca le descubrí un abismo.
Me encomendé a
María Santísima y le remarqué con el tono que yo no hacía tratos con el
demonio. Entonces revisándome de lado a lado se burló:
-¿A poco le
tienes miedo al infierno? Mira Refugio,
aquel es un triste bracero en comparación a éste donde estoy parado.
A mí me dio
coraje la burla, pero por no dejar le pregunté:
-¿A cambio de nada?
-Ajá. Es que ando
celebrando un triunfo y puedo darme el lujo de ser bueno un ratito. Acepta el
regalo.
Ni siquiera esperó a que le
contestara. Mandó a la sombra a que me
diera una flor. Yo la cogí sin saber para qué era y sin detenerse en
explicaciones por el poder de su magia, desaparecieron los dos.
Nada
más la miré, me fui haciendo chiquita y ella quedó en el suelo como un camino
de seda y me metí en su perfume. Allá en el fondo había un laberinto donde
entrabas por una flor y salías por otra más bonita, hasta que por fin se abrió
a la luz de un agujero. Qué bueno dije y
corrí. En la punta de los cerros se despertaba el sol. Desde allá arriba caía
el agua del río por donde venía una barca. Su vela blanca se inflaba con el
viento como un refajo de muselina en el tendedero. Cuando llegó a la orilla, se
bajó uno que ni me vio. Su barba era como un hilacho que le llegaba hasta los
pies y se andaba cayendo de viejito. Hablaba y hablaba y la cabeza y los
hombros se le llenaron de pájaros que se lo llevaron volando entre los
tamarindos. Yo me seguí. El cielo tenía las nubes moradas cuando por fin divisé
una loma llena de casas. Creí que estaba cerquita, pero no, porque al caminar,
igual que si me arrastrara un oleaje de piedras, bajaba y subía.
La
entrada del pueblo era pareja y me gustó ver que en la esquina se levantaba una
iglesia, igual que la de aquí pero con torres redondas, de esas que les dicen
cúpulas. No vi a nadie en la calle y entré. Me recibió un remolino de vírgenes.
-Son
once mil –me dijo la mujer que estaba barriendo.
-Yo
me quedé parada entre las columnas que sostenían un techo también pintado, pero
de apóstoles que las anotaban en un libro como si les tomaran lista.
-Viste
al santo –Me preguntó, tratando de juntar las hojas que se le arremolinaban en
el piso.
-Uno
que se fue volando –le dije.
-Ese
mismo –me contestó.
-Lo
vi –le dije otra vez
-¡Ah!
Tú también andas huyendo.
-No,
a mí me trajo el deseo.
-Así
nos venimos todas, pero aquí no hay nada que hacer, más que esperar.
-¿Esperar
a qué? –Le pregunté
-A
que venga por nosotras el que prometió.
Me
dio tristeza verla tan sola y luego llegaron más y mirándome de reojo se pusieron
a rezar.
Afuera
me encontré con una plaza iluminada con muchos farolitos que flotaban en el
aire como burbujas de miel. Me senté en una banca. Los árboles eran nidos
gigantes, llenos de ruidos, pero en el alboroto se oía la paz.
En
eso estaba yo dando la vuelta en el paisaje, cuando llegó una niña muy pobre
cargando una muñeca de trapo sin un ojo.
-¿Tú
quién eres? – Le pregunté.
-Quién
sabe - Me dijo, pero me mandaron a decirte que no vayas para allá y me señaló
con el dedo un montón de cuevitas.
-¿Qué
hay que no puedo?
-Allá
viven nomás los santos. –Me respondió.
En
cuanto se dio la vuelta, me empujó la curiosidad. “No vayas, me animaba por un
lado, ve, me animaba por el otro” y así pensando, me levanté y fui.
Todas
tenían en la entrada vasos con florecitas pero en la primera vi salir lo
brilloso de una luz.
-Si
ya pasaste, pasa, me dijo una voz.
-Me
dijeron que está prohibido, contesté.
-Pues
no se nota - me volvió a decir.
Por
dentro explotó el aire de mariposas. Entre más las espantaba, más se hacían
hasta que me dejaron por fin.
-¿Sabes
lo que estás haciendo? –Me dijo otra vez. Tienes que esperar como todas a que
te busque Dios.
-¿En
dónde estás?- Le pregunté.
-Aquí,
pero no me ves porque soy un santo.
-Acabo
de ver a uno.
-Ese
así se llama, pero no es. Viene de donde tú.
-¿Por
qué nadie puede entrar a tu patio?
-Porque
nadie se quiere ir y aquí es la salida –me contestó enseñándome de un jalón el
mundo.
Me
quise devolver, pero ya no pude padre. Allá detrás se quedaron las luces y los
pájaros y toda esa gente tan buena, rezándole a las vírgenes para que algún día
se acuerden de ayudar.
Le
juro que si me hubieran explicado esa cosa tan sencilla no estaría yo
contándole, ni usted diciéndome: Estás encerrada en esta casa porque desde hace mucho se te descompusieron
las memorias. Cuando el Santo me cerró la puerta nada más oí el tronido de un
grito. Que dizque andaba por el jardín cortando flores de a mentiritas como
queriéndome escapar. Pero eso no es nada en comparación con lo del diablo que
en cuanto me ve, se me acomoda por enfrente y yo le pregunto, qué quieres y él
nada más me dice: - nada, te estoy mirando, ¿no puedo? Pero yo ya no lo quiero
ver. Me revisa como si me fuera a llevar igual que a la sombra aquella que se
le prendió del brazo. Por eso écheme la bendición padre, tengo mucho sueño y me
quiero dormir.
Rosy
Paláu. Nace en
Culiacán, Sinaloa, México, en 1956. Ha
publicado cuatro libros de poesía: Quizá el tiempo (1990), Territorio indeciso
(1990), La clara sombra del silencio (1996) y Sonata para una luz (1997). Tiene a su haber el libro de cuentos La casa
del arrayán (2004). Es fundadora de la hoja literaria Equus, que se publicó
hasta 1993. Entre los premios que ha
recibido se encuentran: Primer lugar en el Premio Nacional de los XV Juegos
Florales de San Juan del Río, Querétaro (1985); Primer lugar en el Premio
Nacional Efraín Huerta (Tamaulipas, 1987); y Primer lugar en el Premio Nacional
Anita Pompa de Trujillo (Sonora, 1993).