Letras Salvajes                     Número 8                                        2005

 

 

NÉstor rodríguez

 

 

Cómo se come una ostra

 

La escena que te atraviesa,

esa mandorla que recorre

lujuriosa tu carne

ligeramente azulada

por las luces de artificio,

dimensiona el asomo de una cercanía,

el contorno que va del acaso a lo posible

y de lo posible a las vetas de una continuidad.

Lo que se escapa de ti,

lo que se desborda en tenue cauce

por el ocre verdoso de tu curiosidad,

no calla ni vaticina,

es sólo un estar ahí, suspendido e ignoto,

asordinando el fragor de remotas mareas.

 

 

 

La carcajada

 

Adviene con la levedad

de un gesto escapado

la brizna de una memoria,

un segundo asido

a la material banalidad

de este momento

en que te miro

desgarrar el silencio

con cuatro palabras furtivas

y una carcajada.

Algo se cuela por el ojal,

un elemento conocido

y otra vez distinto

que fulgura

tornasolando la máquina

de tu proximidad,

visos, tal vez,

de lo que más adentro,

lejos de esta página desapacible,

nos aguarda para pertenecer.

 
 
 

La mañana

 

En la concavidad

de este misterio estremecido

espejea un resto de claridad,

un filamento terroso centelleando

contra todo vestigio de lo acontecido.

 

 

 

Casa sin terminar

 

Tengo en mis manos

un diminuto volumen

titulado Casa sin terminar.

Me lo obsequió Ángela San Francisco,

madre del poeta salmantino

Aníbal Núñez,

hace exactamente un lustro.

He reconstruido los pormenores

de aquella visita al refugio

del poeta y los signos

que se fueron alineando

para que su vigilia saturnal

diera conmigo.

Poco tuvo que ver Francisco

y su torrencial diligencia

por mostrarme

los bardos de la ciudad.

Mucho menos Fernando,

quien apalabró la cita

en el viejo apartamento

del Paseo de las Carmelitas. 

El encuentro –entiendo ahora–

se venía fraguando con sigilo

desde tiempo antes,

como el licor de la uva

o el liquen en la piedra de Villamayor.

Aquello era una broma del poeta

desde su infierno acuoso,

un ajado estandarte

señalando la pírrica victoria

sobre el extravío.

 

 

 

Mundo giratorio

 

Por la ventana

pasa el mundo

a escala minúscula:

el patético teatro del afuera.

Un poco desorientado

por la gracia

lumínica de los viandantes,

insisto en concitar

la alevosía de la luz.

De la calle veo su resplandor

sobre el asfalto mojado,

el celaje de unos pocos automóviles

y una tríada de canes aguardando.

Suele saberse de tres,

me digo, matemático,

guarismo impar

ése que bordea

la boca de mi boca

hasta descubrirse

en su desnudez

de fierecilla alada,

número danzante

ése que activa

la memoria del cetáceo

al punto de perdidas emanaciones.

Si estuvieras aquí,

si vieras hasta qué hora son cuatro estas paredes.

 

 

 
Metrópolis
 
Escapar de las arenas movedizas
y confrontar el tedio.
Caminar es otro rito 
que acorta mis derivas,
el transpirar de viejos hábitos
en el apurado andar del animal 
que sospecha su alimento.
Dijiste que más allá de la textura
maliciosa de estas calles
se levantaba un trasmundo 
de posibilidades ignotas.
Para entonces no precisaba oír
salvo la música escondida 
entre las líneas de un extraño avatar.
Partí hacia ese otro lado
sólo ante el acecho de un “no más”
evaporado en la indiferencia de los paseantes.
 

 

La enemiga

 

Cristal

que rompe las esquinas

centelleantes de la urbe,

si por un momento

me mostraras la senda fugitiva,

la fina holanda que separa

esta filosa madrugada

de un no tan lejano amanecer lunar,

empezaría de nuevo la cuenta regresiva,

atrás las horas hacia el azar hiriente.
 

 

 

Ruinas de San Francisco

 

Allá donde el techo regio

complica las cornisas

un ocaso de palomas

encandila la tarde.

Volutas, frisos, balaustradas,

todo va cediendo -no sin lucha-

ante el embate yodado del mar.

El salitre lava la piedra

con pasmosa eficacia,

como queriendo devolver a la tierra

su chatura primigenia.

Sólo estas aves conservan

impertérritas su porte señorial,

y cimentan con el fracaso

de su aleteo lo que alguna vez

fue arco, entablamento,

bóveda, arquitrabe.

 

 

 

Torre del Homenaje

 

Ojo mágico, aspillera,

razón de la mirada

del que espera

tras los bastiones

por la inhóspita señal.

El emisario de extramuros

atiza el fastidio de un can,

manifiestamente ajeno

a lo que encierra

la superficie amarga

de estos viejos

paramentos angulares.

Coral, arcilla, sangre,

pasta que amilana al siervo,

reducido a juramentos,

entre los pernos y arandelas

de esta prisión

guardada por las gárgolas.

 

 

 

Boceto en tinta china

 

En el mandarín escrito,

el día se representa

como una ventana de dos hojas

orientada hacia un perdido hemisferio.

El adiós, como un cuadrado

trunco basculando

sobre el casco de una barca.

El viento es una equis coronada,

y la grafía de la lágrima

corresponde a una cuenca

nimbada de serpentinas.

Pero es en el dibujo de la escucha

donde esta lengua se magnetiza

hasta rozar el límite de su plasticidad.

Y es que escuchar, en mandarín,

equivale a la vecindad armónica

de tres caracteres: los ojos,

las orejas y el corazón.

 

                                 para Yì Lián

 

 

 

Juegos malabares

 

Mi amiga Mara Pastor es malabarista,

lo supo en Toledo por casualidad,

una tarde pegajosa en que podían

haberle dicho lo que fuera

y ella no se hubiese reservado

una sonrisa aquiescente

ni un resto de ternura atroz.

Minutos había de sobra

para trucar el tiempo detenido

en el equilibrio de las clavas,

o bien masticar el tedio

con el milagro de los diábolos

y los platos danzarines.

Pero la epifanía llegó como se pudo,

no como se hubiera querido,

rasgó el ajado tegumento del instante

y alcanzó el modo de la conjetura:

 

- Los palos del diablo

son como varitas mágicas.

Lanzados al vacío,

bailotean con un ritmo preciso,

pero envilecido por el ojo

que los controla.

 

Mi amiga Mara Pastor hace juegos malabares,

recoge una insinuación o fractura

que refulge en la piel de los objetos:

tazas, escobas, cucharas oxidadas,

nada parece resistirse

a su vocación de funámbula.

 

 

Néstor E. Rodríguez (República Dominicana, 1971). Hizo sus estudios en las Universidades de Puerto Rico (Río Piedras) y Emory (Atlanta). En 2001 ganó el Certamen de Poesía Joven El Nuevo Día con una selección de textos de Animal pedestre (Terranova, 2004). Sus poemas han sido publicados en las revistas puertorriqueñas Foro, Domingo, Postdata, Contornos y En la mirilla; en las electrónicas Letralia y El fémur de tu padre. También ha sido incluido en la Antología de la Poesía Latinoamericana del Siglo XXI (México: Siglo XXI, 1997) y en El decir y el vértigo: muestra de poesía hispanoamericana 1965-1979 (México: Filodecaballos, 2005). Los textos que integran esta selección pertenecen a su segundo poemario, aún inédito: El desasido.

 

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