Letras
Salvajes Número 8 2005
Marcos vieytes
Artaud o la intransigencia poética
Me crucifican y yo debo ser la cruz y los
clavos/ me tienden la copa y yo debo ser la cicuta/ me engañan y yo debo ser la
mentira/ me incendian y yo debo ser el infierno/ debo alabar y agradecer cada
instante del tiempo/ mi alimento es todas las cosas/ el peso preciso del
universo, la humillación, el júbilo/ debo justificar lo que me hiere/ no
importa mi ventura o mi desventura/ soy el poeta.
Jorge
Luis Borges
Existe
una mentira del ser contra la que hemos nacido para protestar, escribe ya harto
Antonin Artaud, harto poeta. Esa mentira -instalada como está en los hábitos desabridos,
en el no-argumento del poder, en la vanidad de las jerarquías, en la reducción
del espíritu a ritos mecánicos, en la no-vida de todos los días que suponemos
protagonizar no siendo ésta más que el reparto de migajas regalado
involuntariamente a Lázaro- falsea y distorsiona todo ámbito de la existencia.
El poeta, hurgando en lo más secreto de sí, estalla su protesta creadora contra
todo signo unívoco que no reconozca en cada hombre un ser distinto, diferente:
un único. El instante poético es el acecho al pálpito primero de una cosa
nueva, no importa cuál, pero inédita; una cosa que pueda contener –como toda
criatura recién nacida- un margen de inocencia mayor –entendida como
disposición al aprendizaje de un idioma no contaminado y no como negación a
participar de la realidad- sustraída al mal injerto en el devenir temporal. De
la imposibilidad humana de concretar exhaustivamente este proyecto proviene la
repetida voluntad de creación, y tan invertido está el sentido ético-religioso
de la condición humana que a esta búsqueda de pureza en bruto se la condena
“moralmente” por no dejarse atrapar en sistema, norma o convención alguna,
cuando el verdadero motivo del ataque reside en su quehacer económicamente
improductivo, en su denuncia callada de la insatisfacción inherente al ser
humano considerado como instancia superior y en su desinteresada propuesta
espiritual que no deja de revelar la existencia miserable de los poderosos. (*Artaud)
En
el hacer poético radical –no en la destreza estilística- el poeta halla y
limpia –para sí y para todos- rastros preciosos de lo sagrado perdido, de la
imagen de Dios como marca original grabada en cada ser, pero atenuada
–anestesiada- por siglos de desenvoltura atea con pretensión de absoluto. En la
imagen poética se rescatan destellos del ser “hecho a Su imagen y
semejanza”, pero cegado por la negación completa del potencial imaginario
humano o encandilado por el afán cientificista racional.
El surrealismo no esotérico – muy en
especial cuando no creyó imprescindible compadrear infantilmente vociferando el
deicidio- revitalizó los horizontes creadores humanos y ha sido el más
religioso movimiento estético del siglo pasado. Su penetración en el misterio
sin la ambición clasificadora del psicoanálisis –propia de toda ciencia- aún
ilumina nuestro recorrido poético. Los textos de Artaud, por ejemplo, fulguran
de energía con una violencia vital imperecedera: no pretende explicar, no
pretende ilustrar; cada letra es un fragmento de algo indecible que excede los
límites de toda palabra o signo actual y que excedieron, incluso, al propio
poeta. No apartó la vista del brillo reflexivo (en el sentido de reflejo
espejado del misterio o de la gloria, según el uso de los textos sagrados) de
la imagen original hasta que ya no pudo ver (reflexionar, razonar) más. La luz
se transformó en tinieblas, la vida en muerte en vida. La modestia propia de la
revelación poética quizás exija que aceptemos sólo muy de vez en cuando la
posibilidad de ver algo más que los destellos de la libertad reflejados en la
superficie de las palabras. Los que pueden sostener la mirada un poco más
hipotecan en esa intensidad la prolongación del privilegio. Saber de uno
mismo, de repente, es tener súbitamente la noción de la palabra mágica del
alma. Pero esa luz repentina quema todo, consume todo. Nos desnuda incluso de
nosotros mismos toda vez que tratamos de negar la saludable frecuencia del
parpadeo. (*Artaud-Pessoa)
Este concreto desafío al concepto de que “a
Dios –o a cualquiera de sus manifestaciones- nadie puede verlo jamás y vivir”
fue avalado por el mismo Antonin Artaud cuando escribió que el surrealismo
fue una revuelta moral, el grito orgánico del hombre, las patadas del ser que
dentro de nosotros lucha contra toda coerción y antes que nada contra la
coerción del Padre; una profunda, una interior resurrección contra todas las
formas del Padre, contra la preponderancia invasora del Padre en las costumbres
y en las ideas. Ese espíritu blasfematorio y sacrílego se sacudió de encima
la falsa moral burguesa sustentada en la codicia y la especulación y la
hipocresía institucional que idolatró a todas las representaciones sociales
humanas en lugar de reconocer al creador que las garantizaba y les daba
sentido. Carentes del aliento sagrado que aligera y moviliza a la materia,
dichas asociaciones –familia, religión, comunidad, cultura- previstas como
espontáneas y creativas, se transformaron en pesados organismos de vigilancia,
represión y aniquilamiento de la voluntad creadora vital en cualquiera de sus formas.
(*Artaud)
Este ataque al Padre fue más bien un
intento por desgarrar los disfraces y las máscaras de aquellos que en nombre
del Padre ostentaron tradicionalmente el poder; por desnudar la falsa
virginidad espiritual de los falsos representantes de poder sobrehumano alguno.
atacar al Padre exigía desarmarlo, desbaratar su estrategia mayor, dejarlo sin
instrumento para la lucha. Atacar al Padre debía significar atacar la Palabra
del Padre. La palabra, el discurso, el idioma es siempre portador de un sistema
específico y elaborado de pensamiento que se inocula y forma -o deforma- la
personalidad. Puede ser usada para esclavizarlo o para fomentar su libertad,
para movilizarlo o para detenerlo, para confundirlo o para alumbrarlo. El
surrealismo dinamitó el uso corriente del lenguaje: su destrucción fue la
destrucción del sustento verbal de la autoridad corrupta y ello fue tan
inevitable como crítico. En el sistema judeo cristiano del siglo primero Cristo
denunció este materialismo abstracto que entroniza a la criatura en lugar del
Creador señalando la caducidad de la letra de la Ley Mosaica y el apócrifo
edificio paralelo de la Torá oral, pero tuvo el cuidado de conservar las
piedras fundamentales de la estructura, conciente de la incapacidad para funcionar
asistemáticamente de cualquier sociedad. La libertad que roza el poeta en el
instante poético, y al que tanto contribuyeron los surrealistas, es
inalcanzable todavía en el plano político: las esperanzas y apoyos que despertó
entre ellos, por ejemplo, la revolución bolchevique se vieron –pronto para
algunos y más tarde para otros- reducidas a la más descolorida prosa.
En un mundo organizado negativamente y
atravesado por la sensación de una herida original incurable, la libertad
creadora del poeta desorganiza los planos inmóviles de la necrópolis y resucita
al moribundo. La palabra poética no carece de sentidos, los multiplica; no
abstrae ni diluye el significado de los términos, materializa otros nuevos; en
la violencia ejercida sobre la palabra, expone la exudación física del
espíritu. El ojo indiscreto del poeta le saca al silencio todo lo que le sobra,
desnuda a los seres de todos sus nombres superfluos y ataca a las cosas en su
secreto para encontrarlas en su intimidad y exhibirlas como prueba de la pureza
posible; apunta a la reclasificación espontánea de las cosas según un orden más
profundo y más preciso e imposible de dilucidar mediante la razón ordinaria,
pero de todos modos un orden, sensible a cierto sentido, que no forme del todo
parte de la muerte.
Una vez superado el desconcierto inicial
y violento que el lenguaje poético provoca –así como la voz que despierta a un
sonámbulo- el ser se encuentra en un universo de encuentros cuyos paisajes a
menudo cambiantes no le impiden ubicarse, porque ya se conoce y participa
–ahora sí- del diseño de su cartografía. Este universo no prescinde de lo
cotidiano, sino que se nutre de él y contribuye a enriquecerlo interviniendo en
su devenir, sustrayéndose unas veces y provocándolo otras. Sólo esta tensión le
otorga importancia a la obra poética, pues el poeta que se distiende o se aísla
esteriliza toda su potencia dilucidante.
El instante poético es un movimiento
hacia fuera, un algo que busca la salida, que precisa escapar siempre, correr,
ver el exterior; un sonido en pos de voz, una voz en pos de palabras, unas
palabras en pos de signos, unos signos en pos de escritura, una escritura en
pos de página, una página en pos de bocas, unas bocas en pos de oídos, y así.
El poema que vale, el que justifica su registro, su inscripción material es el
que asalta al lector, el que se abalanza sobre él y lo circunda, encerrándolo
fuera de sí, descubriéndole la sobre-saliente del ser, el plus de ser en fuga
que habita su corazón entre rejas. Los versos sólo son herméticos para quien
jamás ha podido soportar a un poeta y, por odio al olor de su vida, se ha
refugiado en el puro espíritu de eterna pereza que siempre, frente al dolor
–temeroso de acercársele demasiado, de sufrirlo también demasiado cerca por miedo
a conocer el alma como quien conoce los tumores de una peste- se inmuniza como
el sacerdote en la liturgia ante los espasmos de Cristo en el madero. El
verso a veces sólo puede tomar la forma de una expectoración, de un vómito –de
un grito o de un insulto-; y amordazarlo, desoírlo o descalificarlo no
salvaguardarán la salud de los enfermos, pues la negación aséptica, indolora y
mágica del mal no impugnarán jamás su existencia. Los jueces de la palabra
poética que proscriben su libre tránsito no hacen más que tapiar los pocos
respiraderos que les quedaban y condenarse a agonizar ininterrumpidamente entre
cánulas, sueros y estertores espirituales, en tanto se felicitan por “estar
vivos”, pero con el miedo a morirse quemándoles en la garganta suicidada y vaciándole
los ojos. La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los
imbéciles, abierta de par en par para los inocentes. La característica del
imbécil es su aspiración sistemática a cierto orden de poder. El inocente, en
cambio, se niega a ejercer el poder porque los tiene todos. (*Artaud-Pellegrini)
Marcos
Vieytes. Nacido en Flores, barrio
céntrico de Buenos Aires. Argentina. Poeta, ensayista y crítico de cine. Dice el poeta: “Publiqué dos poemarios con seudónimo (Cuerpo de
Agua, Las Grietas del candor) de los que prefiero
arrepentirme aunque no puedo y está en la imprenta el tercero, El que sostiene la
palabra, mientras un par (Ojos clavados en la espalda, Traducción de las olas)
esperan por la edición, la modificación o el olvido.”
Algunos de sus poemas han sido traducidos al portugués. Ha publicado en las revistas Gibralfaro,
Realidad literal, El fantasma de la glorieta, Contratiempo, Zona Moebius, El
Ornitorrinco, Hora y Acento.