Letras Salvajes                     Número 8                                        2005

 

 

Luis benítez

 

 

BEHERING

 

En cada uno de ellos era muchos un hombre.

Eran más todavía. Traían la industria de las armas

y el reno rojo, como un bosque ondulante

y detrás el lobo que, en una mañana ya añejo,

sería el perro de la hoguera y de las sobras,

el sirviente blanco.

Eran muchos, no un hombre.

Vagos sus nombres

se referían al viento y a los tótems,

a un hecho que pasó en un nacimiento,

el deshielo que ahogó

o el meteoro fugaz que ardió en la tundra

o la muchacha audaz que en mar abierto,

salvó a su hijo de la cólera  brutal de la ballena.

Sus dioses eran el salmón

que cada año retorna como el año

y que va al mar y el oso pardo,

una montaña que muge

y que el filo de lanza abate,

y el pesado bisonte y el tigre rayado,

que se quedó en Siberia

y que la manta del navajo evoca:

extranjeros, ellos serían América,

la múltiple figura que no supo Balboa y que Pizarro

abandonó a la imaginación de un franciscano.

De hueso, no de madera y de noche

serían sus dioses ni de la piedra

que labran los pueblos de una tierra supuesta,

entre la niebla  de sus transmigraciones.

Eran crueles y antiguos como el Asia;

fundarían imperios en la aurora y en México,

reinos en Bolivia, fortalezas

donde un signo inequívoco mostrara

la voluntad de estos dioses:

un águila en el aire arrebatando la serpiente,

un árbol singular, como un recuerdo

de las llanuras heladas y el Mar Blanco,

que ya sólo evocaban los viejos moribundos

y el Sueño, que es eterno.

Alzarían Tenochtitlán, el Cuzco

y el enigma silencioso, Tiahuanaco,

en la isla de Pascua graves rostros

que contemplan todavía su gran marcha;

otros, sin embargo, volverían

al corazón de las selvas y al olvido,

como los muertos al pasado,

al país de la cuna y de las tumbas.

Mañana, todavía, aún faltaba,

nuevos extranjeros alzarían

ferrocarriles, calles, edificios,

calendarios regidos por el sol y no la luna,

venidos de otros Beherings y otras fechas,

en nuestras claras ciudades, oh ingenuas tierras,

seremos siempre dobles:

uno solo y muchos, hombres de ninguna parte.

 

 

 

LA INGENUA

 

Ella creía que la reflejaban los espejos

que era esos dedos que hurgaban en el rostro

las lentas mutaciones

que era su pulóver sus zapatos

lo que recordaba y lo olvidado

que era una guirnalda detrás suyo

que era su cabeza

que era sus amigas sus trabajos

un hombre en una esquina. Una mañana.

Las casas que habitó sus cuatro barrios

que era las que era tras el portón borroso de los sueños

que alcanzaba para ella el gentilicio

y la historia de un país incierto

el hambre la sed

o lo que amaba

 

 

 

JOHN  KEATS

 

Caen sobre él los actos inútiles del día.

John Keats recuerda y es también de otros el recuerdo:

humillaciones, rostros y palabras

hacen de un pozo la noche repetida.

“Fanny Brawne me has alejado,

tú me has acercado a Keats y era lo mismo”.

Suena tan distante el Mar del Norte

para ser cada segundo todos los mares,

pero si lo que fue y será mañana brilla

en su oscura hora presente, ese hombre pequeño,

inclinado sobre el verso, lo adivina.

Presiente que será uno y va a ser todos

cuando es tan caro el precio de eso múltiple:

ya  no lo amparará el primer fervor por las palabras,

no aliviará sus horas la furia, perdida, de estar vivo

ni lo protegerá la noche pedida de ningún olvido;

nada lo salvará de tanto

que es, en su medida, tan un poco.

John Keats será John Keats, será nosotros.

 

 

 

JÚBILO Y CAIDA

 

Armonía primera allí te vi, no era necesario

mirar las partes de tu reino entero pero allí te vi

y no quise detenerme en tu orilla, tu orilla

que está en las simples cosas llenas de tu ondulante sombra.

Qué delicadamente, luz en la luz, centro del día,

te corporizas o elijes una sencilla forma cuando nos prestas tus                                                                                          ojos

y cómo un eterno amor nos lleva de la mano

a tus criaturas, allí donde eres sí,

en lo animado, la infinita danza,

la queja misma de cuanto existe.

Alta serenidad todo es tu vaso y cada uno

declara tuyo un color nuevo. Es abril

de un año que para ti no cuenta y sin embargo

un dulce calor te trajo aquí a mi lado. Era yo apenas

una certeza esta mañana y la espuma del sueño

y los lados del día se apagaban en mí.

Bastó pedir, correr a tu contagio,

para que un soplo sobre las cenizas que empolvaban las cosas

encendiera de nuevo el mundo de carbunclos,

las amatistas del aire... ¿las múltiples facetas

de tus brillantes vidrieras, de dónde vienen,

de qué sima profunda o de qué cima pública y expuesta,

de qué otro tiempo apenas visitado,

apenas entrevisto en el fuego del fuego?

 

Peor ayuno no hay, que el que hay de ti.

 

 

 

DE LAS TANTAS COSAS QUE NO PUEDE

 

De las tantas cosas que no puede

mostrar ciertamente la palabra,

la primera imposible es el olor

tan propio y exacto de las cosas.

 

La poesía también es como el aroma.

 

Así quedan sin nombre

el olor definitivo de la lluvia

y el efímero matiz que se respira

al asomarse a las sombras de un aljibe;

el olor del primer mar, a los seis años,

la fragancia, que nos asustaba, de los cielos nublados,

y el olor a comida de una casa

que nos fue querida.

La memoria tal vez sea

sólo visión de olores olvidados,

como este papel a donde llamo

a la presencia ardiente de unas hojas quemadas

y a la clave del enigma de la rosa;

al olor de las sangres

que no vi derramarse,

al olor del incienso y al del alcanfor,

un olor que resplandece;

al de las jóvenes mujeres en los baños públicos,

al de las monedas, que abandonan la mano

y que retornan, al de la tierra de Pinzón

una mañana de octubre, al de los gatos,

al olor milagroso de las cosas vulgares,

de las que apenas se comprende

que emanan la noche poderosa,

al de un río que corre lejos

y al que sin razón evoco,

al de la palabra marisma, al de retablo,

a los de esta mañana

que partieron a un país sin dónde,

al de una muchacha que se fue,

el 2 de noviembre de 1982,

para que mis palabras

pidieran el perfume de unos versos

y me quedaran la fecha y la balada,

el de las ballenas que tiñen

la espuma de aceite y de tamaño,

el de un hombre que hablaba del origen del día,

al de las tantas cosas

a las que no pude acercarme y que me esperan.

Son otro mundo más sobre este mundo,

veo el bosque y entre el bosque

la selva del aroma.

Yo me voy de los hombres y las cosas

como un salvaje que marcha a las ciudades

y dice adiós a su mundo de olores;

también a mí ellos vuelven

bellos y pesados como un remordimiento.

Serán desde estos versos mi memoria,

seguirán sobre el mundo

cuando me haya muerto.

 

 

 

ENTONCES, EL CANTO...

 

Cruza tu voz los círculos del sueño,

como si un dios antiguo te cerrara la boca,

¿detrás de qué otros cantos

sin estela en qué aguas?

Es de día en tu sueño bajo un sol  diferente,

sonámbula a la vez en la orilla y el centro.

Oh no despierten a la elegida

en las profundas gargantas de las cosas,

que nadie, cruzando la habitación,

salte dentro del sueño

por caer en sus huellas sobre cuáles caminos;

nadie, ni los sonidos ni mi mano,

que existen en donde existe el tiempo,

agreguen sus llaves al enigma;

no cantas, eres tú la cantada.

En la mañana ardiente de los ojos cerrados,

escucha los susurros, las vetas minerales,

acaricia las sombras, reclama otra estatura,

la trae hasta los hombres.

 

 

 

POEMA DEL  NUMERO CERO

 

Cuando la muerte señala la fibra luminosa que somos,

cómo tiembla su luz, cómo parpadea con el viento repentino,

cómo se aterra al pensar en la oscuridad, el silencio,

el dedo que elige antes, mientras las luces corren ardiendo

hacia el casi supremo resplandor, que es el número 1, antes del cero.

 

 

 

CONVERSACIONES

 

La historia de las constelaciones

grabada en el brillo de una hoja:

quisiera leer la hoja

y recordar aquella forma

de donde nos desprendimos

los seres y las cosas.

Y antes de que nos devore la Gran Noche

oír su nombre,

por empañar la orgullosa oscuridad

con el ardiente sonido de la luz, al quebrantarse.

 

 

Luis Benítez.  Nace en Buenos Aires, Argentina, en 1956. Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poetes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad Argentina de Escritores y de la Fundación Argentina para la Poesía. Entre los muchos premiso que ha recibido se encuentran: Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991), Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996), Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996), Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996), Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003) y  Accesit 10éme Concours International de Poésie (París, 2003).  Sus obras publicadas son: Poemas de la Tierra y la Memoria (poesía, 1980), Mitologías/La Balada de la Mujer Perdida (poesía, 1983), Poesía Inédita de Hoy (Un panorama contemporáneo de la poesía inédita argentina) (introducción, notas y selección de 100 autores, 1983), Juan L. Ortiz: El Contra-Rimbaud (ensayo, 1ra. ed., 1985; 2da. ed., 1986), Behering y otros poemas (poesía, 1ra. ed., 1985;  2da. Ed. Cuadernos del Zopilote, México D.F., 1993), Guerras, Epitafios y Conversaciones (poesía, 1989), Fractal (poesía, 1992), El Pasado y las Vísperas (poesía, 1995), El Horror en la Narrativa de Alberto Jiménez Ure (ensayo, 1996), Selected Poems (antología poética, selección y traducción de Verónica Miranda, Ed. Luz Bilingual Publishing, Inc. Los Angeles, USA, 1996), La Yegua de la Noche (poesía, 2001), Tango del Mudo (novela, Uruguay, 1997;  Buenos Aires., 2003) y Jorge Luis Borges: La tiniebla y la gloria (ensayo, 2004).  En torno a este autor se ha escrito: Sobre las poesías de Luis Benítez, de Carlos Elliff (ensayo, 1991), Conversaciones con el poeta Luis Benítez, de Alejandro Elissagaray y Pamela Nader (Tomo I, 1995; y Tomo II, 1997), Antología (selección y ensayo preliminar de Alejandro Elissagaray, 2001).

 

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