Letras
Salvajes Número 8 2005
LILIANA ALEMÁN
Una hora y media antes
de morir, él había vuelto a perdonarla.
Ella ni siquiera lo miró, cuidadosamente seguía quitando las pelusas del
pulóver que se pondría un instante después para salir. Cora Brau pensó que no lo toleraba más pero
que tampoco se atrevía a dejar al hombre que la había rescatado. Se puso el pulóver, sin apuro fue hasta la
cómoda y eligió un perfume. De todas
maneras debía hacer algo... “Urgente”: leyó con indiferencia en el telegrama
que el conserje del hotel les había entregado esa misma mañana. Era de la secretaria del marido informando
que el médico necesitaba que repitiese los análisis lo antes posible. Entonces, él, echando pestes contra el
“medicucho” que no hacía bien su trabajo (y luego había que salir corriendo a
hacerse los análisis de vuelta...), abolló el telegrama que Cora B. recuperó
del papelero mientras lo oía quejarse porque él no estaba dispuesto a resignar
ni un instante de sus vacaciones para pasarse horas y más horas de nuevo en el
sanatorio.
Ahora ella volvía a
dejar el papel en la cómoda debajo de los frascos y él limpiaba los anteojos de
sol. De nieve, bromeó, interrumpiendo su
discurso sobre moralidad. Finalmente se
dejó ganar por el sentimentalismo y dulcificando la voz dijo que además de
perdonarla, sentía por ella lo que nunca antes había sentido por otra
mujer. Pero ella no se conmovía, seguro
que él repetiría maquinalmente la palabra
perdón, con el singular propósito de recordarle que jamás
olvidaría. Perdonar... una forma de
decir, de justificar el haberse casado con alguien como ella, él, a pesar de
todo era un hombre de ideas amplias y libre de prejuicios.
Al comienzo de la
relación, Cora B. había creído que con el tiempo se le pasaría (en especial
porque desde que lo había aceptado, ella no hizo otra cosa que estar con
él). Pero, de todas formas, esa
desconfianza se acrecentaba.
Su existencia, pensó
mientras se pintaba los labios, ¿transcurriría así...? A menos que, de nuevo, eligiese abandonar
esta otra vida... Elegir. Siempre había
que elegir y eso a ella le parecía catastrófico. Ahora era incapaz de imaginar algo
mejor. Dos años atrás, había preferido
casarse porque él le había prometido un mundo seguro. Entonces se ilusionó y puso todo su empeño
para hacer lo correcto. Tampoco había
funcionado. En realidad era ella la que
no funcionaba. Sin ir más lejos unos
meses antes se había propuesto estudiar una carrera y él se opuso. Y Cora se lo aceptó estúpidamente. Todo.
Hasta el escándalo. Pero, ¡qué escándalo de locos...!, además de hacerle diez mil preguntas para
indagar si ella andaba con alguien.
Luego, él, al confirmar que se había equivocado, le decía que el
mundo universitario no era para ella.
Pero sí el de la casa, o el de las reuniones que apestaban a tabaco y whisky o el de esos paseos matinales donde lo único
que cambiaba era el bar en el que se sentaban a leer el diario y tomar café.
a realidad la intuía
como a una mole que se deslizaba por una pendiente gelatinosa y
desesperanzada. Apretó el picaporte y lo
sostuvo con la mano enguantada. Lo
frotaba instintivamente, no tenía ganas de salir del hotel. Era invierno, oscurecería pronto y él se demoraba
buscando algo dentro del placard. Una
de esas chucherías que siempre llevaba a todas partes: sus
condecoraciones. Enganchó tres en el
lado más visible de la campera y guardó el resto. Salieron del cuarto y en
cuestión de minutos entraban a la playa de estacionamiento. Después él aseguró los esquís en el techo del
auto. Durante el trayecto ella iba con
la mirada fija en la ventanilla. La
radio local que transmitía música y noticias en forma intermitente cada tanto
se entremezclaba con sus pensamientos.
No veía ninguna salida. De
separarse, él haría todo lo posible por perjudicarla, haría valer sus
influencias y nadie le daría trabajo.
Merecía una oportunidad pero era muy difícil conseguirla. Ahora ella se
sentía como una de esas plantas enterradas en el hielo y no alcanzaba a ver más
allá. ¿O así era su destino? ¿Dónde estaban las oportunidades con que se
beneficiaban las otras personas?
odavía faltaban diez
kilómetros para llegar cuando Cora B. apagó la radio por la interferencia. Mejor, dijo él, así podrían absorber el silencio, a pesar de que el silencio de la montaña era sobrecogedor,
en especial durante la noche. Y sobre
todo si golpeaban uno de esos vientos devastadores o todo quedaba debajo de una
lluvia de meteoritos... Así anduvo él, un largo rato, sugiriéndole a
ella ideas asustadizas mientras conducía hasta que se puso a canturrear el
himno con cierta monotonía casi escolar.
Entonces Cora lo miró y se echó a reír.
Incluso cuando él ya no cantó más, ella aún reía. La
suya era una risa burlona y un tanto histérica, parecida a la de obvias
actrices de teatro. Él, enojado, le
ordenó que se callara. Pero ella no lo
escuchaba y bajó la ventanilla a pesar del frío y se reía hacia fuera. Su risa retumbaba en el camino. Y también la voz de él, pero en menor
escala. Luego de un rato ella se serenó
aunque en su cara pervivía una expresión enigmática.
Mientras estacionaban,
Cora Brau se dijo que fugarse no resolvería nada. De una forma u otra, ella consideraba que él
la tendría entre sus manos. Después
sería peor, más sometida, más culpas, menos confianza aún. Además, él también había sido algo diferente,
su tabla de salvación, o eso creyó cuando lo había aceptado. Al bajar del auto él tenía un tono morado en
las mejillas y la nariz, pero ella no lo notó.
Cora B. miraba como sus botas se hundían en la nieve. Con los pies enterrados hasta casi la altura
del tobillo, su andar era lento y sus movimientos parecidos al de los hombres
que llegaron a la luna. No bien él puso
los esquís en el suelo, alguien le recomendó que estacionase cerca de los
troncos para que no se deslizara por la pendiente. Había viento y ella lo esperaba afuera
haciendo señas para que se apurara.
Cuando él salió, Cora Brau se sostenía la capucha a la altura del
cuello: te queda bien la piel alrededor de la cara, parecés una muñeca rusa, le
dijo.
En la boletería
tuvieron que hacer una fila de varios minutos.
Ella que estaba muerta de frío, tiritando a pesar del abrigo y de las
botas de piel, pensó que no subiría.
Estaba por decírselo y él la interrumpió con un recuerdo del liceo. Durante una excursión a la cordillera de
Los Andes lo habían elegido para la foto que encabezaría el álbum de fin de
curso. Aquella fotografía, en cierta
forma, le había traído suerte, oportunidades a las que él con su astucia supo
sacarles provecho. Encendió un
cigarrillo. Daba pitadas que se
consumían rápidamente. Ahora sólo tenían
una persona adelante de la fila.
Entonces era el turno de Cora Brau: se animó a decirle que no
subiría. Un repentino malestar, mareo y
nauseas. Por las dudas, lo esperaría
tomando un té en la confitería mientras él esquiaba. Él se adelantó hasta la caja, compró dos
ticket y apagó el cigarrillo en la nieve.
Cuando se dirigían hacia el teleférico le dijo a ella que una vez
arriba, el aire puro la haría sentirse bien.
Subieron y se ubicaron en los asientos del frente. Detrás, entraron tres muchachos que no
paraban de burlarse entre ellos. Él se
dio vuelta y los miró como solía mirar a los cadetes de la escuela militar pero
con la diferencia que decidió no decirles nada. Aún no se había cerrado la
puerta y ella se puso de pie para bajar.
Por miedo. Un miedo abstracto que
no era miedo a subir ya que lo había hecho varias veces en los últimos dos
años. Un miedo inefable que el marido
esfumó al tomarla del brazo para obligarla a que volviese a sentarse. Entonces Cora B. comprendió que tenía miedo a
quedarse sola con él allá arriba. ¿Qué
te pasa?, preguntó él. Ella, mientras se
cerraba la puerta, respondió que tenía un mal presentimiento. Por eso permanecería en el nivel medio en
lugar de ir hasta el final. Prefería
quedarse viendo a los chicos que jugaban con los trineos y a los copos de nieve
deslizándose sobre el vidrio de la confitería.
Aunque lo más seguro era que lo esperaría sentada frente a la
salamandra, bebiendo té con limón. Pero
no esquiaría, no esta vez. Además, se
sinceró, siempre que esquiaba se moría de miedo pensando en que podría caer en
alguna de esas pendientes y romperse los huesos. Discutieron: no había motivos para temer, las
pistas eran seguras. Cora Brau tenía la
mirada fija en un pino que a lo lejos se recortaba contra la nieve, entonces él
dijo que ella debía que subir porque para eso habían venido y él no lo haría
solo. Y no lo haría solo, repitió
elevando la voz. Los muchachos ahora
callados, estaban pendientes de lo que él decía. Cora B. descubrió la mirada de ellos a
través del reflejo del vidrio. Ella
sintió vergüenza como nunca antes. Pensó
que lo único que faltaba era que el marido le levantase la mano. Pero si él nunca lo había hecho. Y tampoco lo haría en esta ocasión. Quizá
ella lo deseaba. Algo así sería el
detonante para dejarlo de inmediato sin importar ninguna otra cosa. Necesitaba un argumento concreto que la
impulsara a abandonarlo, pero ella no lo provocaría. Estaban por llegar cuando escuchó a uno de
los muchachos que decía “pobrecita...” Y
se dio vuelta para mirarlo. No sabía
cuál de ellos lo había dicho, entonces los examinó a los tres y uno le guiñó el
ojo. De pronto oyó que el marido le decía: ¿Qué mirás? El paisaje cambia cuando nos damos vuelta,
contestó. Bajaron. La confitería estaba antes de las aerosillas. Los muchachos se dirigieron a la confitería y
él los siguió con la mirada. Tenía un
rictus amargo, pensaba que ella aún era una mujer provocativa ya no en sus
gestos pero sí en su manera de mirar.
Durante el ascenso Cora B. iba contando las
sillas que regresaban a la estación.
Ellos estaban cada vez más alto y la corriente de aire pasaba por debajo
del asiento entumeciéndole los pies. A
ella le parecía que aquel aire polar podría absorberla como un tirabuzón. Más bien era un deseo: morir en los momentos
difíciles se le presentaba como una idea salvadora. Ese deseo irrenunciable y tan fuerte y a la
vez tan contradictorio, la mantenía viva.
En cuanto bajaron, él
no quiso perder ni un minuto y se dirigieron hacia el punto en donde se
largarían. Su preferido era la parte
posterior de la cabaña de los esquiadores, que tenía una pendiente muy
escarpada. Él prefería tanto ese tipo
de caída que por eso regresaba año tras año.
Se sentó sobre unos troncos a observar el panorama: la inmensidad del
vacío abriéndose en picada hacia el fondo lo conmovía. Él desconocía el vértigo, aún cuando desde
la posición en la que se encontraba no alcanzaba a divisar el final. Verificó que todo estuviese en orden: los
anteojos, los guantes, el gorro, la campera cerrada por completo y respiró
hondo. Ahora sí, había llegado el
momento de ponerse los esquís. Cora
debía apurase. Ella dio un vistazo a la
pendiente y a él. No. No bajaría. Él se
quitó los anteojos y la miró. Tenía un
brillo raro en las pupilas y sus retinas destilaban reflejos rojizos. Parecía grave cuando volvió a ordenarle que
se colocara los esquís. El clima
anunciaba una tormenta, Cora Brau no se arriesgaría. Un dicho de ella se precipitó encima de otro de él. De pronto
él se arrepintió de haberla perdonado.
Le dijo que ella sin él no valía nada.
Y por última vez le insistió para que se colocara los esquís. Cora lo observó: el rostro desencajado
parecía enfermo y por eso ella se contuvo.
Estaba como sin entender cuál era el siguiente acto. No pasaba nada, nadie hablaba, era como si el
aire no circulase entre ellos. Algo se
había cortado. Lo vio con aspecto
insalubre y recordó las letras de “urgente” del telegrama. Me voy a morir acá arriba, balbuceó él sin
que ella pudiese entenderlo. Ella veía
sus ojos de costado, del lado blanco, del lado de la pista de la nieve. Su cabeza blanca inclinada hacia atrás como
mirando el cielo cuando Cora Brau se
estiró hacia él y él en un instante de confusa ilusión creyó que ella estaba
por besarlo. Pero no, ella nomás le tocó
la cara y él le hizo un ademán que debía ser interpretado como un ruego. Pero ella, ¿entendió aquel gesto?, poco
importa ahora, sólo señaló hacia la cabaña de los esquiadores y empezó a
caminar. Caminó dejando atrás las
huellas de sus pequeños pies de geisha.
Pensando que al entrar al negocio se dirigiría al empleado de la caja
para que pidiese un médico. La situación
era crítica, ese corazón cansado no soportaría la helada y mucho menos la
altura de la montaña. Al entrar oyó
que la radio local anunciaba un temporal.
Bandera roja para los esquiadores que ahora se divertían entre ellos
tomando chocolate. Cora Brau esperó su
turno sentada en la barra. Cuando por
fin, el empleado la atendió, dijo que necesitaba algo bien fuerte que la
reanimara porque tenía frío, dijo, mucho frío.
EL CASO DRUSO
Cicerón
Druso declara que se trata de un
malentendido: pero si él sólo tuvo un gesto de cortesía con la señorita
Ofelia. Más allá de lo que se le imputa,
aquello fue algo digno de su personalidad y puede probar que a él siempre le ha
gustado decir lo que queda bien. Su
espíritu sensible no le permite echar en cara la bruta realidad. Prefiere callarse pero cuando las
circunstancias lo obligan a expresarse, dice lo que él supone que las mujeres
desean oír. Su táctica le ha dado
buenos resultados. Para lo cual propone
alrededor de una treintena de testigos entre parientes, amigos, vecinos,
proveedores y clientes de la librería, su médico de cabecera, el dentista de la
mutual, la florista que tiene un puesto a media cuadra de su casa y también su
contador que era el jefe de la señorita Ofelia.
A continuación, Druso expone que el malentendido
empezó ya desde el primer día en que la señorita Ofelia ingresó a trabajar en
el estudio contable. Quizá en el
instante en que ella lo llamó a media mañana y se presentó (con voz cadenciosa
y meliflua) como la nueva secretaria del contador. Ella le había dicho que tenía urgencia de
verlo para que le firmara unos formularios de impuestos. Druso la citó para las tres en punto en la
librería. En cuanto la vio, no salió del
asombro de que el contador tuviese una secretaria como ella. Druso se la había quedado mirando de arriba
abajo mientras ella atravesaba el local.
Encima cuando tuvo a la señorita Ofelia sentada frente a él, observó
cada detalle del rostro. El bozo húmedo,
la línea inequívoca del hueso de la nariz... Pensó en que la chica tenía ojos
insignificantes, sin embargo, qué importaba.
Ella abrió la carpeta y extrajo los formularios. De inmediato se puso de pie y se inclinó
hacia Druso para indicarle donde debía firmar.
Firmó todo, con su letra redonda de siempre que casi no parecía una
firma. Minutos después se despidieron
frente a la mesa de saldos.
Recién volvió a verla de nuevo el mes
siguiente. Druso había ido al estudio
pero no lo encontró al contador pese a que tenía una cita acordada por
teléfono. La señorita Ofelia le sirvió
una taza de té. También dejó un mensaje
a su jefe a través del radio. Durante la
espera ella le contó que estudiaba ciencias económicas y que le faltaban apenas
unas pocas materias. Luego de graduarse
quería trabajar con su prima que acababa de recibirse. La señorita Ofelia hablaba mientras ordenaba
unas carpetas. De repente ella se quedó en silencio y Druso sintió que tenía
que decir algo. Era imprescindible que
lo hiciese para llenar el vacío que surge cuando dos personas se miran. Ahí
Druso le prometió que sería su primer y último cliente. Entonces ella lo desafió diciéndole que él
no sería capaz de abandonar al contador, alguien con una sólida experiencia. Pero Druso no quería echarse atrás, no con la
señorita Ofelia, por supuesto que hablaba en serio, afirmó mirándola a los
ojos, ella sería la única. Él prefería
una mujer profesional, las mujeres le resultaban más confiables, más
competentes. Druso se declaró
feminista. Le confesó que los mejores
momentos de su vida se los debía a las mujeres.
Ojalá el Presidente de la República fuese una mujer. La señorita Ofelia pestañaba. Cuando él dejó de hablar, ella escribió algo
en la computadora y lo imprimió luego de releerlo para sí. Con la hoja en la mano le dijo que no le creía
ni media palabra a menos que Druso firmara su promesa. Él, riéndose dijo: querida, me parece que
esta broma está yendo demasiado lejos...
Después sucedió lo inexplicable, la
señorita Ofelia lloró sin parar. Y sin
parar le reprochaba que él era el hombre más descortés que ella había
conocido. Nadie la había lastimado tanto
como él.
Liliana Alemán. Nacida en Buenos Aires. Ha realizado diversos talleres literarios de
poesía, narrativa, también técnicas para guión de cine y televisión. Su libros de poemas La habitación recibió a faja de honor de la Sociedad Argentina
de Escritores (S.A.D.E) en 1991 y fue publicado por Ediciones Último Reino al
año siguiente. Ha sido galardonada con
el premio de poesía inédita de la Secretaría de Cultura de la nación
argentina. Su trabajo literario ha sido
recogido en varias publicaciones antológicas argentinas e internacionales. Liliana Alemán es autora del guión
cinematográfico Pueblo (2002) y
de la novela La Benefactora (2005).