Letras Salvajes                     Número 8                                        2005

 

 

José Mañoso Flores

 

 

EL BÁLSAMO DE FIERABRÁs: Discrepancias entre Cervantes y Don Quijote

 

          Para algunos especialistas, entre las historias caballerescas del ciclo carlovingio, destaca la novela popular  Historia del Emperador Carlo-Magno y de los doce Pares de Francia, traducida al español de fuentes latinas y francesas por Nicolás de Piamonte en 1525. El texto relata una fabulosa cruzada de Carlomagno, en Oriente, a la búsqueda del precioso bálsamo que sirvió para el entierro de Jesús y que retenía en su poder el emir de Egipto. Describe extraordinarios combates, siendo el más notable de ellos el que tiene lugar entre Oliveros, uno de los 12 Pares, y Fierabrás, hijo del almirante sarraceno Balán y hermano de la infanta Floripes, que acabaría siendo su inseparable amigo. Con el tiempo, Fierabrás abrazó el cristianismo y como muestra de su nueva fe devolvió la reliquia a Roma, por lo que cuando se habla del bálsamo de fierabrás se está haciendo alusión a este compuesto restituido a la Iglesia.

 

          Respecto a la naturaleza de este bálsamo, el testimonio más explícito nos lo brinda el evangelio de San Juan -... vino también Nicodemo... trayendo consigo una mixtura de mirra y de áloe, cosa de cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con fajas, juntamente con los perfumes, según la costumbre de sepultar entre los judíos...-

 

          Desde el punto de vista farmacéutico se ha aplicado el término bálsamo, no sólo a los bálsamos naturales, sino también a una multitud de medicamentos artificiales más o menos complejos. La composición de estos medicamentos es muy variada, abarcando desde la mezcla de bálsamos naturales con resinas, esencias, etc., hasta soluciones alcohólicas de diversos cuerpos, obtenidas unas veces por destilación y otras por simple maceración. Como tipos de estos bálsamos podemos citar algunos que se usaron hasta hace pocos años, como el de Fioravanti, que se obtenía destilando alcohol con trementina de pino y varias sustancias aromáticas; el de Opodeldoc, que se preparaba disolviendo jabón en alcohol y añadiendo a la solución alcanfor, amoníaco y esencias de romero y tomillo, con la peculiaridad de que resulta sólido o líquido según que el jabón empleado sea de una grasa animal o de aceite de oliva, y el bálsamo tranquilo preparado calentando con aceite de oliva hojas frescas de estramonio, belladona y otras solanáceas, colando y macerando en el líquido resultante diversas plantas aromáticas.

 

          Sobre las solanáceas debemos recordar que son una familia vegetal que abarca cerca de 1.700 especies de plantas herbáceas o arbustivas, que habitan en los países cálidos de Europa y América. Constituye el grupo de plantas más tenebroso de la historia de Europa (cambronera, beleño, belladona, mandrágora, etc.), pues se asociaron con las brujas y actos satánicos. Curiosamente, y según un informe de la Sociedad Dendrológica Alemana, las reliquias de la corona de Jesús, que se conservan en Roma y en Milán, son de cambronera (Lycium europaeum), planta solanácea que lejos de aspectos truculentos se ha venido recomendando tradicionalmente para combatir la tos convulsiva, como antiespasmódica y diurética.

 

          Desde un punto de vista químico, según el concepto de Bacquet y Fourcroy, existirían dos clases distintas de bálsamos naturales: disoluciones de resinas por una parte y mezcla de ácidos aromáticos, sus alcoholes y éteres por otra. En las plantas vivas los bálsamos son siempre líquidos límpidos y algunos de ellos siguen conservando esas propiedades cuando ya han salido de la planta, sin embargo, cuando son productos comerciales, la mayoría de los bálsamos son líquidos turbios que a la larga se solidifican y sólo se vuelven límpidos cuando se los calienta. Los verdaderos bálsamos son solubles en alcohol e insolubles en agua y la lenta solidificación que sufren la mayoría de ellos procede principalmente de la volatilización de la esencia que desempeña el papel de disolvente.

 

          Desde los más antiguos tiempos de la liturgia cristiana se puso el bálsamo en mezcla con el aceite destinado a la administración de algunos sacramentos, mezcla que en el lenguaje eclesiástico se denominó Crisma. La Iglesia latina sólo prescribe el bálsamo, sin atender ni a la especie ni a la cantidad, siempre que sea verdadero bálsamo natural. El bálsamo litúrgico simboliza, según enseña Inocencio III, el buen olor de Cristo, así como el olor de las buenas obras, la vida virtuosa y los dones del Espíritu Santo.

 

          Pero ¿qué era el bálsamo para Cervantes?, ¿era una sustancia litúrgica?, ¿era un compuesto químico?, ¿era un fármaco?  Intentaremos seguir los pasos del razonamiento lógico para ver dónde nos conducen.

 

          Poco iba a durar en España la paz que trajo la victoria de San Quintín, debido a las invasiones turcas en el Mediterráneo y a las razias de los corsarios berberiscos en las costas peninsulares. Tampoco Venecia, histórico rival de la monarquía hispánica en la aventura mediterránea, podía permanecer tranquila mientras los navíos turcos perturbaban sus intereses económicos en Oriente. Después de interminables negociaciones, el Papa Pío V logró que Felipe II uniera sus fuerzas a la escuadra veneciana para formar una gran flota que pusiera freno a la ofensiva islámica.

 

          En este marco histórico nos encontramos a Miguel de Cervantes, que en 1569 había ingresado en el tercio del maestre de campo don Miguel de Moncada, quien tenía a sus órdenes 10 compañías y al frente de cada compañía un capitán. Bajo las órdenes del capitán don Diego de Urbina quedó Cervantes, si bien se mantiene la conjetura, no aclarada, sobre su posible enganche en el Arma de Infantería, en Toledo, en el año 1565.

 

          Estuvo en Génova y Nápoles, en 1571, y a bordo de la galera Marquesa, mandada por Francisco de Santo Pietro. El 15 de septiembre del mismo año se hizo a la mar, desde el puerto de Mesina, formando parte de la escuadra formada por la Liga Pontificia española, genovesa y veneciana, a las órdenes del hermano de Felipe II, don Juan de Austria. El 7 de octubre, dicha escuadra compuesta por 300 galeras y 30.000 soldados atacó, en el golfo de Lepanto, a la escuadra turca.

 

          El día del combate, Cervantes, estaba enfermo de calentura y ante las recomendaciones de que bajase a los solláos se negó, manifestando que no sólo quería tomar parte en el combate sino también ser colocado en el lugar más peligroso, petición que fue aceptada por lo que se le destinó junto al esquife de la galera Marquesa, al mando de 12 soldados. En dicha acción recibió dos arcabuzazos, uno en el pecho y otro en la mano izquierda, que le quedó inútil.

Después de la victoria de la escuadra cristiana, malherido, fue trasladado al hospital de Mesina y no volvió al servicio activo hasta el 29 de abril de 1572, entrando en la compañía del capitán Manuel Ponce de León, con quien tomó parte en el indeciso combate de Navarino, y en Túnez y la Goleta.

 

          Por lo tanto, podemos pensar que a Cervantes, como a cualquier soldado, le importaba el bálsamo como medicamento curativo o calmante, como remedio ante el dolor y la enfermedad, y aunque el bálsamo se aplica generalmente untando o friccionando sobre la piel, no es de descartar que el soldado le diera a esta palabra un significado más general y amplio respecto a las vías de administración.

 

          Esa preocupación por lo remedios curativos no era nueva ya que ha estado presente desde la antigüedad, así a partir del siglo II a. de C., la medicina griega y helenística se obsesionó con la idea de encontrar un compuesto capaz de inmunizar contra cualquier clase de tóxico. Surgiría así la célebre triaca, un eluctario considerado como antídoto de máxima eficacia, válido también para resolver todo tipo de dolencias. Su preparación se atribuye a Andrómaco de Creta, médico de Nerón, habiendo sido descrita en una poesía dedicada a éste que Galeno conservó en su escrito De Antidotis. Este compuesto estaba formado por unas 70 sustancias medicinales, de entre las que el opio y la carne de víbora eran sin duda las principales. Uno de sus mayores experimentadotes fue Mitrídates “El Grande”, rey de los partos, quien primero emponzoñaba a criminales y esclavos para después probar sobre ellos la eficacia de sus pócimas. Según las crónicas debió encontrar el compuesto idóneo ya que, tras haberlo consumido periódicamente - ...el monarca quiso suicidarse con venenos, como salida honorable a la vergüenza de una derrota, pero todo intento fue en vano y hubo de acabar recurriendo a la espada de un mercenario galo -.

 

          Aun cuando muchos de sus ingredientes resultaban inactivos, la triaca conservaría su fama hasta la época moderna y todavía en el siglo XVIII muchos boticarios de Venecia, Holanda y Francia debían prepararla con cierto ceremonial en presencia de las autoridades. De hecho, cuando Claude Bernard, fundador de la fisiología moderna, era aprendiz de boticario hacia el año 1830, su maestro le advirtió que no despreciara ningún remedio que se hubiera estropeado al hacer la prescripción, ya que siempre podría utilizarse para confeccionar la triaca mágica.

 

          Seguramente en la memoria de Cervantes estaba presente la epopeya de las Cruzadas, pues bien, Saladino (1138-93) envió a sus médicos a los campamentos de los cruzados para curar a los herido y enfermos y tales fueron las virtudes de sus remedios que dejaron admirados a muchos cristianos, los cuales, a su regreso al Viejo Continente, no dudaron en defender los preparados a base de opio, cáñamo y solanáceas.

 

          El opio, sustancia que desde Avicena se había constituido en base fundamental de la farmacopea, aportaba remedio a múltiples situaciones, por ejemplo, en determinadas épocas del año el soldado, obligado a pasar penurias alimenticias y de agua, contraía con cierta facilidad unas diarreas, pues bien, el opio actúa provocando estreñimiento con lo cual la dolencia quedaba controlada; si tenía tos, el opio le proporcionaba un poderoso antitusivo, como es la codeína; si tenía dolor, el opio le proporcionaba morfina; le facilitaba el sueño y además calmaba las sensaciones de frío, de soledad, de miedo o de hambre; pero si además lo combinaba con cáñamo, ésta sustancia le proporcionaba un efecto anticonvulsivo eficaz (dihidrocannabinol), le aportaba un efecto beneficioso sobre la piel que contribuía a la curación de las heridas, el ácido cannabidiólico proporcionaba actividad antibiótica y el cannabidiol atenuaba los sentimientos de ansiedad y pánico.

 

          Todos estos efectos, bien fueran experimentados por Cervantes o adquiridos intelectualmente por sus lecturas, o bien por sus conversaciones con boticarios cristianos o moriscos, seguramente le habrían calado hondo y todas estas sustancias no le serían ajenas o deseables cuando sabía que iba a entrar en combate.

 

          Pero además de las inquietudes de Cervantes, España fue pionera en proporcionar una asistencia médica organizada a los ejércitos. Aspecto a resaltar en la medicina militar española del Renacimiento es la constitución de hospitales en el campo de batalla. Hasta entonces no hay datos sobre la existencia de personal específicamente sanitario en ningún país de Europa. Los hospitales militares fueron formaciones sanitarias que acompañaron a muchas de las expediciones y campañas de las tropas españolas. Así fueron célebres los fundados en las plazas de Castilnovo (Italia), Landisier (en las campañas de Portugal), Flandes (en cuyo hospital de Malinas se dictó en 1599 el primer reglamento de hospitales militares del mundo), además de otros que acompañaron a las escuadras armadas de la Invencible, Lepanto o las que se dirigían a las posesiones americanas de ultramar. En este sentido destacó el llamado Hospital de Galeras, en el Puerto de Santamaría (Cádiz).

 

          Por todo lo anterior podríamos decir que mientras Don Quijote pensaba en el bálsamo de fierabrás con un sentido místico y milagroso, que se derivaba de la bondad de la reliquia que embalsamó a Jesús, de la que se desprendería una magia curativa ante cualquier mal, hecho fundamentado en las crónicas fabulosas con que se impregnan los libros de caballerías, para Cervantes se trataba de algo más prosaico, ya que conocía el evangelio el concepto de bálsamo que le podía interesar, como soldado sobre todo, era el relacionado con un remedio farmacológico, derivado de la triaca griega y de la medicina árabe, capaz de curar cualquier tipo de dolencia.

 

          Lo cierto es que nosotros, como Cervantes o don Quijote, seguimos buscando el bálsamo de fierabrás que consiga curar el cáncer o el sida, pero los conceptos holísticos han cambiado mucho.

    

 

José Mañoso. Nacido en Barcelona, España, en 1956.  Es miembro de la Asociación Prometeo de Poesía.  Posee un Máster en Drogodependencias de la Universidad de Barcelona.  Ha colaborado anteriormente con Letras Salvajes.

 

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