Letras Salvajes                     Número 8                                        2005

 

 

FRANCISCO FONT

 

 

Guantes de látex

 

Como de costumbre ese día llegué temprano a mi despacho. Siempre he sido madrugador y me aseguro de llegar a la compañía antes que el resto de las corbatas. Cuando llego, Pancracia, mi empleada de mantenimiento, ha preparado el café y ha desinfectado casi toda mi oficina. Ella es la única que sabe hacerlo, la única empleada que goza de toda mi confianza. Al sentarme al escritorio siempre encuentro la bayeta nueva, inmaculadamente blanca, el desinfectante en aerosol y el sobre de los guantes de látex. Todo dispuesto en su justo lugar, como debe ser. Antes, pues, de revisar mi agenda y de leer sobre la bolsa de valores en The Washington Post, me calzo los guantes y desinfecto minuciosamente la superficie de mi escritorio.

 

Soy así, me gusta ocuparme de los pequeños detalles.

 

Es curioso, sin embargo, que esa mañana no me acordara que era noche familiar. Por lo general, desde unos días antes voy anticipando la ocasión. Me precio de tener una memoria privilegiada, además de que era viernes, día en que desde temprano mi mente va encauzándose hacia las obligaciones familiares. No me explico el lapso mental. Tal vez ando necesitando un suplemento de complejo B. El asunto es que estaba leyendo los titulares de un periódico local, pasando las páginas por matar el tiempo, cuando di con la sección de anuncios clasificados. Por alguna razón me atrajo un anuncio cuyo título leía “Se busca dueño de mascota”. Muy original, muy hábil, pensé. Una persona buscaba un amo que la esclavizara, pero no dicho así, claro está. Es lo que se puede leer entrelíneas; o, al menos, fue lo que yo leí entrelíneas. En todo caso, fue el anuncio lo que me recordó que esa noche debía consagrarla a mi familia.

 

La anticipación de la actividad nocturna me mantuvo de buen humor todo el día, pese a los dislates en las negociaciones del gerente de nuestra oficina en México. Una teleconferencia a tiempo salvó el acuerdo con una distribuidora. No así el empleo del gerente a quien despedí de inmediato. Pero aparte de este percance, como quien dice una pajita en la leche, el resto del día transcurrió con normalidad firmando uno que otro acuerdo y presidiendo algunas reuniones de rigor. Una jornada relativamente tranquila. A las 6:30 p.m. abandoné el edificio de la compañía.

 

        Afuera el cielo sangraba los últimos vestigios de la tarde.  Como de costumbre, Pepe, mi chofer, esperaba que yo saliera para ir a buscar mi auto.

 

--Ya vuelvo rápido, Don Antulio –me dijo.

 

--No te preocupes, muchacho. Cógete la tarde libre.

 

No era algo inusual, Pepe sabía que un viernes al mes me gustaba conducir de vuelta a casa. Calcé unos guantes de látex (siempre guardo unos cuantos en la guantera) y me puse al volante de mi Mercedes Benz. En lugar de tomar la #52 hacia mi hogar, me desvié hacia la #1 y seguí de largo hasta desembocar en la avenida 65 de Infantería. Pasé por el lado de varios concesionarios de vehículos japoneses y de horribles edificios de gobierno que la noche tuvo la cortesía de ocultar. No creo que haya una avenida más sucia y enferma que ésta. No hay un semáforo libre del asedio de uno o dos adictos, esos seres ruines, miserables y andrajosos que no se cansan de mendigar dinero a cambio de ensuciar los parabrisas de los vehículos. Nada más ver un auto como el mío se agolpan contra la ventana de mi puerta para que les dé dinero. Soy incapaz de hacerlo. No soporto la idea de que una de esas manos sucias me toque. Ni aunque yo lleve guantes puestos.

 

Al llegar a la altura de un pequeño centro comercial, viré hacia la izquierda y me interné en esa zona mestiza entre Villas de Berwind y Country Club. Aquellas calles parecían haber sido arrasadas por un carnaval. Los que pululaban por allí no pueden llamarse personas; eran monigotes, esperpentos, figuras demacradas y viciosas. Un tipo que no había visto tijera y jabón en meses empujaba un carrito de compras lleno de cachivaches. Una pareja con ropas de los años 70 usaba un paraguas como bastidor para compartir una misma aguja. Un trío de hijos de puta con cerveza en mano discutían a grito limpio y le hacían gestos obscenos a una prostituta reseca y en los puros huesos. Cúmulos de basura dondequiera decoraban las aceras. Aquellas calles eran la pesadilla de la ciudad.

 

Hacía tres meses que no venía por aquí. Las noches familiares me obligan, de continuo, a cambiar de zona. Y de auto: a veces el Mercedes Benz, a veces el Jaguar, o el BMW, o alguno de mis autos americanos. Cuido siempre de los detalles. Conduzco sin prisa y calibro mi mirada hasta dar con el ejemplar perfecto. Aquélla allí luce desesperada, pero es muy flaca. Aquélla otra está entrada en carnes, pero tal vez es sólo una prostituta. Tiene que haber un espécimen intermedio, siempre lo hay. Busco y busco conduciendo lentamente ante la mirada lerda de toda aquella fauna descalabrada. En la esquina de las calles Buzardo y Zumbador, justo frente al comercio Los Nidos de Flora, la vi. Culo grande, tetas todavía rebosantes, piernas llenas. Los ojos hundidos, la calavera ya sugerida en la mandíbula, las manos ansiosas en un cruce y descruce continuo. Era perfecta.

 

Detuve mi auto.

 

--Ven, móntate –le dije a través de la ventana del pasajero. Como ocurre con casi todas, primero dudó. Se acercó a la ventana semiabierta para examinarme. Comenzó a hablarme con ese lenguaje equívoco de las putas, un libreto harto conocido pero eficaz. Fui al grano.

 

--No hay policía ni departamento de policía que pueda pagar por un auto como éste. Vente conmigo y te pago 300 dólares. 150 ahora y 150 después.

 

Le mostré el fajo de billetes.

 

Enseguida partimos de allí. Conduje de prisa, ya eran las 7:30 de la noche y no quería llegar demasiado tarde a casa. Llamé por celular a mi esposa, le dije que me había retrasado un poco y que fuera preparando a los muchachos.

 

--Rebequita está llorando de nuevo. Quiere estar con nosotros –me dijo mi mujer.  Me la puso al teléfono.

 

Traté de explicarle a mi hija lo mejor que pude. No es fácil razonar con una nena de seis años. Transó por una visita a Toys R’ Us en algún momento del fin de semana.

 

Al abrir con el control remoto los portones de mi propiedad, la mujer expresó sorpresa y admiración. Nunca había estado en un lugar como éste. Me estacioné en la cochera del ala norte y le dije que esperara. Fui al encuentro de mi esposa, quien me aseguró que Martirio, la criada, ya se había llevado a Rebequita al salón de juegos. Me cambié de ropa, me eché en el bolsillo unas cintas de plástico y volví al auto.

 

La mujer no se había movido del asiento. El espacio la intimidaba. Se sentía como cucaracha en baile de gallina.

 

--Venga, Princesa –le dije tomándola por el brazo.

 

Entramos al recibidor donde mi esposa, haciendo gala de su gracia social, la saludó.

 

--Buenas noches. Bienvenida a nuestro hogar.

 

Sin esperar respuesta de la invitada, la escoltó hasta el patio interior para mostrarle su jardín de hortensias. La invitada se dejaba llevar, la cara desencajada en una mueca bobalicona. Allí mi esposa le sirvió iced tea. Cero modales: se lo tomó de un golpe.

 

Yo fui a buscar a los muchachos. Diego, en su habitación, escuchaba a Zombie a todo volumen. Tuve que gritarle para que me escuchara.

 

--Ya llegó. Vamos.

 

Alba se aburría pintándose las uñas cuando Diego irrumpió en su cuarto.

 

--Ya llegó. Vente.

 

Los tres bajamos la escalera en caracol del ala izquierda. Cruzamos la galería de las habitaciones para huéspedes hasta el patio interior. 

 

--Ella es la invitada esta noche –les dije a mis hijos, quienes enseguida se acercaron a la mujer para examinarla con esa curiosidad un poco morbosa de los adolescentes. El efecto del iced tea había sido inmediato: la mujer apenas podía mantenerse en pie y balbuceaba incoherencias.

 

--Ya es hora –anunció mi esposa.

 

Los cuatro acompañamos a la invitada al gimnasio. Mi esposa, contrario a mí, había anticipado todo y había preparado el espacio para la ocasión.  Las máquinas de ejercicios habían sido arrinconadas y en el centro del lugar estaba la enorme tela. En el medio de la tela había una silla, encima de ésta había una caja de guantes de látex y encima de ambos objetos colgaba la cadena de un saco de boxeo.  Diego, todo un caballero, se adelantó al grupo y removió la caja para ofrecerle asiento a la invitada. Ésta aceptó sin dilaciones, era obvio que estaba cansada, pues más que sentarse, se desplomó sobre la silla.

 

Mencioné los guantes, y enseguida mi esposa y mis hijos se pusieron sendos pares que tomaron de la caja. Yo no, yo traía los mismos que me había puesto al salir del trabajo. Mientras ellos se acomodaban el látex, yo me adelanté. Con las cintas de plástico que guardaba en mi pantalón, fijé los tobillos de la invitada a las patas delanteras de la silla, le até las muñecas y, tras levantarle los brazos, la enganché a la cadena del saco de boxeo. Estaba lista.

 

--Adelante –dije.

 

Media hora más tarde habíamos terminado. Como de costumbre, mi hija y mi esposa fueron las primeras en abandonar el gimnasio. Rebequita, inquieta, de seguro estaría llorando; habría que darle helado y leerle un cuento. Diego echó la tela y los guantes usados en el incinerador. Después de ayudarme a guardar el bulto en el baúl del Jaguar, me preguntó si podía acompañarme. Estaba en esa edad en que se sentía todo un hombre.

 

--Esta vez no –le dije--. Tal vez el mes que viene.

 

 

Francisco Font Acevedo.  Narrador y ensayista puertorriqueño nacido en la ciudad de Chicago, Estados Unidos, en 1970.  Es autor del volumen de cuentos Caleidoscopio (2004).  Ha publicado en los suplementos En Rojo, del semanario Claridad, y Domingo, del diario El Nuevo Día.  Otros escritos suyos pueden encontrarse en el periódico universitario Expresiones y en las revistas literarias Desde el límite, Letralia, La-lectura.com, Tierra de Letras. 

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