Letras Salvajes                     Número 8                                        2005

 

 

claudia PAnno

 

 

Relatos lógicos

 

                                                                  I

 

        Dicen los archivistas que las clasificaciones ordenan. Entonces todo lo que no puede organizarse es relegado a la caja de los “Elementos imprecisos”, que –por otra parte– no deja de ser también una agrupación.

 

        Por falta de dueño o de nominación propia, estos objetos (a veces, ni siquiera alcanzan esa jerarquía) permanecen aislados, a la espera de que alguien los reclame o de que sea factible atribuirles una función.

 

        Se cree que, de alguna forma, influyen sobre el devenir del planeta. Y que gran parte del azar proviene de ellos. Determinan cosas tan disímiles como el comportamiento de la gente o los cambios atmosféricos. Cosas que no pueden ser controladas a voluntad.

 

 

                                                                  II

 

        Vi acercarse al hombre del pie derecho. Su singularidad no tiene que ver con empezar bien el día. Nada más erróneo. Es una deformación. Camina de costado, dando zancadas, con la pierna derecha; y arrastra la izquierda, como si fuera de palo. Del algún modo, ha soslayado las burlas, en extremo impiadosas. Si alguien se interesa, sin malicia, en su manera de andar, él le explica las ventajas. Una es sortear los obstáculos que se interpongan en el camino (deposiciones, agua, chicles).

 

        Me quedé pensando, cuando lo vi alejarse, en todos los pies torcidos que debe de haber dentro de los zapatos.

 

 

                                                                  III

 

        Dio vuelta la carta en la que estaba escrito cómo iba a morir: “Bajo el calor de las llamas”. El primer impacto fue descolocado como todos los primeros impactos. Después, sobrevino una suerte de calma. Podría prescindir de la cobertura médica y de todos sus especialistas. Ya no era necesario respetar el límite de velocidad ni ajustarse el cinturón. Tampoco debía temer a los criminales o a los atentados. Los vuelos dejaron de ponerlo ansioso.

 

        Confeccionó una lista de precauciones inútiles. Y cada día le sumaba una. Incluso se atrevió a hacer una salvedad: la del fuego. Y de ella se desprendió otra lista. Esta última le pareció un poco ingenua, aunque justa. Quién no ha fantaseado alguna vez con la idea de ser inmortal.

    

 

 

Del diario de un condenado

 

Confié en que la muerte me iba a tomar por sorpresa. Acaso en el medio del campo o durante una guardia. Pensaba en esa posibilidad casi con exaltación. También, ahora, me asombro de que el final haya llegado. La diferencia está en que no puedo alejar el terror que siento. Me imagino caminando hacia el paredón, cayendo de narices, una y otra vez. Porque ni siquiera los brazos fuertes de los centinelas bastarán para sostenerme. Y siempre me quedo allí, en esa escena. No logro avanzar hasta el límite. Tampoco me veo de cara al fusil, junto a mis compañeros.

 

Rechacé la absolución. Decir que no me arrepiento puede ser tomado como un acto de vanidad. Pero decírselo al cura significaría desistir.

 

Mi lucha no respondió a ningún ideal (aunque se piense de otro modo). Porque cada hombre busca su propio engrandecimiento.

 

Tengo la pastilla al alcance de la mano. Dentro del bolsillo del pantalón. La fui cambiando de lugar para que no la encontraran. La doy vuelta con los dedos y la dejo. Confirmo que sigue estando allí cuando rozo su redondez, del lado de afuera. Sé que llevármela a la boca implicaría una traición.

 

Todo este asunto del honor se desvanece ante el sufrimiento. Solamente los mártires están hechos de piedra; por eso se conservan sobre las plataformas, frente a las vírgenes, también de piedra.

 

Creí que al llegar la hora, iba a sentirme triste. Pero cierta rabia se interpone entre el deseo de llorar. Y las lágrimas buscan ojos, en vano.

 

La muerte acaba justificándonos. Me recordarán los hijos de mis seguidores. Harán un acto en mi memoria. Es inútil pedirles que se abstengan. Acaso la pastilla alcance para disuadirlos. Podría ocurrir, también, que el jefe del pelotón me preguntara por mi última voluntad, y que yo le respondiera, sonriendo, que acaba de matarla.

 

 

Claudia Panno.   Nace en Buenos Aires, Argentina, en 1966.  Cuentista y poeta.  Ha publicado en las antologías El placard (2003) y Mientras limpiamos la jaula (2001).  Sus trabajos figuran en las revistas argentinas Vientos de tinta, Cazadores de utopías y El broquel, y en la revista puertorriqueña El Cuervo.  Sus poemas aparecen en el portal cibernético: www.poesiaargentina.8km.com.  Fue conductora y co-productora del programa radial “Mejor, esos mundos,” transmitido por Radio Fénix.  Claudia Panno ha fungido como vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Escitores (SADE) de la Zona Norte. 

 

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