Letras
Salvajes Número 8 2005
Christian zegarra
hueles a batalla
a
perro incinerado
a
cicatriz abierta en la candela de la sangre
mi
lazarillo ciego mi tótem
recuerdo
este jardín
recuerdo
las hojas de parra de sus muros como cuervos
en
pugna por desaparecer
también
recuerdo el agrio olor de mi cabellera
sus
bucles como tirabuzones donde se columpiaba
la
rotación del mundo
mi
lazarillo tótem mi ciego
cuando
me encontraste desnuda entre la hierba
aún
no había aprendido a mirar
aún
era la joven seducida por el culto de la estatua
(durante
un vértigo de noches habité este recinto
las
muchachas con anteojeras de metal me traían un caballo
o
una cría de buey para la cena
yo
los devoraba con un apetito que hacía pensar
en
la lengua oculta del caos)
aquella
tarde te vi detrás de la mordaza
te
vi galopar hacia la inercia de mis ojos
sin
más ropaje que tu cuerpo
sin
más cuerpo que tus armas
-“la
belleza se enmascara en la monstruosidad
para
existir”- dijiste
antes
de perderte en el anonimato
mi
bello enemigo
ahora
que observo tus largas manos petrificadas tu cabeza
abriéndose
en racimos de grises aristas
aúllo
el dolor de las bestias en exilio
aúllo
el miedo de no saberme conducir entre la niebla
de
mi pecho que te recuerda como una estocada
en
la margen de un espinazo ardiente
mi
bello enemigo mi tótem
es
terrible poseer el don de tornar en piedra los objetos
sin
ser piedra
la
cicatriz brilla con odio en la mano del verdugo
no
el cuchillo
no
la madera
ni
el aleteo de un haz de plumas blancas
la
cicatriz la ceniza que incendia el cohete de mi ojo
y lo
anula como ciego en la araña de la noche
bajo
la hoz inmóvil del anzuelo
río
de ácido en mi memoria:
meces
tu frente junto al columpio
te
empinas con pies de hule entre tu voz y mi navaja
en
el palomar fronterizo del establo:
-las
aves no necesitan de su cuerpo para vivir
su
sangre es agua libre en la convulsión del aire
por
eso
tiende
tus manos al sol que ya envenena
la
savia fósil del arbusto-
te
meces te empinas como si fueras a levantar vuelo
con
la tijera roja de tus alas
el
crimen regresa al polvo
el
asesino es una imagen clavada entre la carne y el espíritu
he
visto cuellos degollados a punto de ladrar
(pues
el lenguaje
aún
el de los animales
se
transfigura en el ocaso de una boca muda)
he
visto la cicatriz no el cuchillo
no
la madera
porque
más allá de sus cuerpos sólo siento levedad
el
sol sepulto
y el
grito que hoy las atraviesa
las palabras viperinas no hablan de amor
hablan
de oruga-sexo
de
lengua-esfinge
o
del macho cabrío que se corta la pezuña galopando
entre
tus muslos de bengala
no
vienes esta noche
no vienes
con el humo fabuloso de tu cabellera
a
posarte sobre mi copa
mas
no temo la mueca que finge una sonrisa
pues
estás bajo el foso de colmillos de mi estancia
allí
puedo despedazarte
o
desmembrarnos
contra
natura
puedo
habitar el ciclo cósmico del cielo
raso
de mi cueva o el aroma acre del cemento
bebo
café aspiro el polvo blanco de los dioses
-me
otorgan el poder de los pedregales-
me
lamo alguna vértebra olvidada
en
el terral propiciatorio de tus ojos
y
escribo
escupo
este poema absurdo porque nadie perdona
a
los herederos del miedo
porque
nadie alza el brazo o la cervical hacia ti mismo
desde
ti misma
mi
pequeña carnada de culebra
No
nombro esta ciudadela de espejos.
Un
aguacero mitifica el lomo
de
la lagartija
sobre
la tierra caníbal.
En
el árbol incestuoso de la madre
yace
en muñones el hijo mentido:
-“Los
vi cabalgar laguna abajo
entre
los lirios y los excrementos.”
Ahora
se alza sobre sus cuatro cascos,
expulsa
un vocablo
envuelto
en espinas de hierba;
su
paladar marchito,
el
oráculo de su boca abierta al caos.
No
nombro la convulsión de ese cuerpo
en
medio de los manzanales.
Ya
gime, repta, eyacula
alaridos
hacia la sombra de la hembra:
matriz
dual de su carne mutilada.
Después
inflama todo centro.
Al
huracán del alba,
nadie
niega el horizonte de su grito.
La
Amada encuentra a su Esposo dormitando
en
arenales sin sexo.
La Amada
teme reconocer en aquel rostro
su
perdurable esencia, la soledad de su estirpe.
Lo
contempla desde sus ojos enloquecidos,
desde
la pequeñez de su pelaje de paloma.
Desnudado
en la mirada, el hombre añora cielos,
silencios,
paraísos.
-“Amado,
háblame del deseo;
salí
tras ti clamando, y ya eras ido.”
El
hombre gira su melena de heliotropo,
un
abismo surca
la
noche aún celeste de sus ojos.
-“Amada,
no me busques en cornisas derruidas,
ni
en la quietud de los cuerpos en vela;
alza
tus brazos incendiarios,
decapita
nubes; tiéndete despacio en la floresta
y
aguarda,
aguarda
que cieguen los últimos espejos,
que
en el mar broten los astros
bajo
tu pecho.”
La
Amada cruza un cerco de pájaros y lirios,
se
tiende de bruces sobre el cuerpo verde
de su
Esposo, sobre sus miembros sosegados.
Al
alba, aves de sangre entierran el pico
en
la maraña de los huesos;
el
silencio se enhebra con furia
entre
la vida recobrada.
La
voz que habla bajo los ventanales
no
pertenece al árbol de la amnesia.
Ya no
buscarse en caretas de polvo
porque
el vacío es un ojo rasgando
la
madura ceniza de la piedra.
Y no
clames al desollar insectos
en
el estuario de la madrugada,
o al
ver que desfiguran tu boca
en
un gesto de saliva y veneno.
El horizonte
es una mano acuática,
un
silencio de ombligos devorados,
la
arenisca para secar raíces
en
la corteza de lo no vivido.
Es
turbio el graznido de los pájaros
en
mi oreja de mimbre. Ya no busques,
caminando
de espaldas a tu frente,
el
hijo que procrea la inconciencia,
la
anulación del agua o tu sexo.
esta
ciudad puede ser un instrumento de tortura
si
no descubres el cañón de dinamita
que
arde entre sus paredones
he
aprendido a saquear los rieles de mi cuerpo
hasta
que en él expiren balas de silicio
como
ojos de reptil en la pradera del asfalto
más
allá de la alcantarilla se ordena el caos
los
hombres se unifican en una visión transparente:
un
niño agita la vara del conocimiento
muerde
un agujero en la médula de esta ciudad
en
esta fingida matrona que despluma extática
el
ave-esperanza de sus hijos
después
de esto sabes
que
la madurez del cuerpo no se halla en los vidrios
que
absorbes con tu lengua
en
catarata
ni
en el luto de tu voz meciéndose en los bajos fondos
de
una esquina ciega
sabes
también lo que tu hermano se niega a predicar:
el
viento salitroso del desierto
las
cabezas hablando detrás de la mordaza
la
cabellera que hipnotiza un curvado vientre de mamífero
ya
lejos en otra parte
más
allá del revés de toda urbana anatomía
y de
la zarza que se encrespa entre tus enemigos
como
un latigazo
el
bosque absorbe la forma de mis manos
en
una caja de metal escondo
todas
estas metamorfosis incoloras
la mutación
infinita de mi cuerpo
en
un objeto filudo
al
borde de mi boca abierta
-la
madriguera del caos-
el
río no lava la memoria
el
río es la enfermedad de la memoria
el
agua moja la piel los ojos vigilantes
que
cuidan las paredes del laberinto que me rodea
los
límites de mi dominio
han
desollado piedras de ácido
en
esta tierra oscura como un cine
de
imágenes enmascaradas en un juego de luz
y
vacío
mis ojos crecen
la
mano posee el horizonte
y la
marea se agita como un mamífero a la deriva
el
viaje acaba nunca el viaje
es
el doble del alma el desierto otro
que
rasga una cuerda de miedo
como
una cicatriz en el ombligo de mi madre
la
lucha disuelve el polvo
las
armas brillan en mi espalda
y
las balas perforan mi identidad
en
el campo minado del ojo
del
nombre o la memoria
Christian
Zegarra. Nace en Trujillo, Perú, en 1971. Fue miembro del grupo poético “Inmanencia” con quienes
publicó dos libros colectivos: Inmanencia
(1998) y Regreso a Ourobórea
(1999). Junto con los otros integrantes del grupo participó en el evento “Junio
de Poesía” celebrado en la Ciudad de México el año 2000. En marzo 2004 publicó El otro desierto. Actualmente
finaliza un doctorado en Literaturas Hispánicas en la Universidad de California,
Los Ángeles.