Letras
Salvajes Número 8 2005
AlBErto jiménez ure
-Lo condeno a veinte
años de encierro en la Penitenciaría «Costa Flamencos» –le anunció el Juez-. No podrá solicitar medidas cautelares
sustitutivas: ni de «Presentación
Semanal», «Casa por Cárcel», «Reparación Económica a favor de República» o «Trabajos
Comunitarios».
Las facciones de Peter endurecieron. Su defensor
privado palmeó su espalda, sucesivamente, para consolarlo y expresarle sus
lamentaciones.
-Ya es cosa juzgada, amigo –le murmuró Kidio
Durán Monteverde al oído. Personalmente, si prosiguen nuestros convenios
económicos, Señor, estaré atento para que se le respeten sus Derechos
Constitucionales.
-Mi riqueza no me
salvará de ser violado, ni agredido por reos y carceleros –presa del pánico,
musitó Pigmaleón- En este país
las penitenciarías son hospicios para la tortura, el vejamen y el crimen.
-Si acepta que continúe
auxiliándolo, lograré que su dinero sirva para amortiguar las penurias del
encierro que sufrirá.
Cuatro funcionarios de
la Policía Política Patriótica [PPP],
trajeados de negro, con armas de guerra y cabezas ocultas con pasamontañas
rojos, les interrumpieron la plática. Esposaron al convicto y lo trasladaron
–en un vehículo rústico de la Fuerza Armada Nacional [FAN]- hacia la penitenciaría.
Allá fue alojado en un
calabozo pequeño, en el Sector de Aislados e Incomunicados. Tenía
excretor y ducha, una cómoda cama, una modesta biblioteca y computadora. El
equipado ambiente lo tranquilizó un poco.
-No se preocupe, Señor Peter –le dio esperanzas el custodia-.
El Doctor Durán Monteverde me
dijo que Ud. Posee muchos bienes inmuebles y una gran cuenta bancaria. Lo
ayudaremos a salir de aquí.
-Pero, ¿cómo? –lo
interrogó Pigmaleón, de súbito
aterrado.
Pronto expulsó
abundante y líquida materia fecal.
-Cálmese. Tenga
paciencia. Comprobará que no le miento. Dúchese. Ensució sus pantalones y el
piso. Limpie el lugar y lave su ropa. Hay dos clases de jabones en el baño, uno
en pasta para el cuerpo y otro en polvo para telas.
Por instrucciones del
Presidente del Gobierno Patriótico, no recibiría alimentos especiales o
visitas de ninguna persona del exterior: ni de periodistas, abogados, médicos,
sacerdotes, amigos, familiares. Ninguna de las prohibiciones fue acatada por
los carceleros del Sector de Aislados e Incomunicados. Le llevaban
comida «a la carta», cigarrillos, licores y prostitutas.
Una mañana se apareció
en su celda el Doctor Kidio Durán
Monteverde. Lo persuadió de firmarle un poder que lo autorizaba a
retirar, en su nombre, ciertas cantidades de dinero para pagar los sobornos y
sus privilegios carcelarios. Su libertad era posible, pero reclamaba
importantes costos.
A partir de ese
encuentro, todas las noches un enfermero le inyectaba una dosis de algo que
rehusaba especificarle. Al principio, Peter
opuso resistencia. Empero, su custodia de mayor confianza lo convenció de no
impedir la aplicación de lo que denominaba «Tratamiento Científico».
Tres meses más tarde,
comenzó a experimentar mutaciones: le crecieron los senos, sus caderas se
ensancharon, se abultaron y redondearon sus nalgas, su falo se redujo
notablemente hasta extinguirse, perdió vellosidad en los brazos, desaparecieron
su barba y bigotes. Los carceleros tuvieron que proveerlo de uniformes más
anchos, para que nadie percibiera sus transformaciones físicas. Además,
evitaban que se mezclara con otros presos: excepto aquellos que eran igual
inyectados con propósitos todavía no explícitos.
Al cumplir seis meses
de confinamiento, fue notificado que ese era el Día Mundial del Preso.
Hubo una fiesta en la Penitenciaría «Costa Flamencos». Numerosos
familiares e invitados oficiales parecían disfrutar de los espectáculos
teatrales, bailes, lecturas de cuentos y poemas que les ofrecían los
condenados.
A Peter Pigmaleón y sus similares les
llevaron vestidos de mujer, pelucas y cosméticos. Culminadas las actividades
organizadas por la Dirección del Penal, pudo fácilmente salir con el grupo de
visitantes [madres, padres, hermanos, tíos, hijos, sobrinos y amigos de quienes
purgaban condena].
En la calle lo esperaba
Durán Monteverde, con un
automóvil deportivo [último modelo]. Abordó la máquina de rodamiento y,
cuando transitaban rumbo a la ciudad, fue sorprendido por una insólita
propuesta matrimonial de parte de su abogado. Se sintió momentáneamente
ofuscado, luego expresó indignación.
-Ya no es quien cree –lo emplazó Kidio-.
Si no acepta casarse conmigo, será imposible que disponga –legalmente- de su
fortuna y bienes inmuebles. Me firmó un poder y el único autorizado para
retirar su dinero o vender sus propiedades soy yo. En mi chaqueta oculto su
nueva documentación: ahora su nombre es Patricia
Pigmaleón. Ud. es su hermana heredera, gracias a la
institucionalización del fraude en la Oficina de Identificación y
Extranjería [OIE].
-En estos momentos, en
la Penitenciaría habrán advertido mi fuga –todavía perturbado, pronunció Peter.
-Se produjo un incendio
en su calabozo. Me llamaron al teléfono celular cuando lo esperaba, y me confirmaron
el suceso. Sólo hallarán parte de su dentadura y fragmentos de huesos de vaca.
Está virtualmente muerto.
Pigmaleón recordó que una tarde vino a su cubículo un odontólogo a
examinarlo. Le hizo un registro fotográfico-panorámico a su cavidad bucal, para
de inmediato proceder a extraerle varias muelas y dientes que –supuestamente-
no podían repararse. El abogado expresó su ultimátum:
-Le daré su nueva y
forjada credencial de ciudadanía sólo si me firma, adelantado, la repartición
equitativa de su dinero y edificaciones. Para no suscitar comentarios malsanos
ni peligrosas sospechas, debemos formalizar nuestra unión. Pero, le prometo que
no transcurrirá un año sin que diligenciemos el divorcio. Calle mientras viva,
también yo.
Al
cabo de una semana, a causa de la inevitable expulsión de materia fecal y
orines sobre el colchón, comenzaron a ser hostigados por mosquitos, moscas,
cucarachas y gusanos.
-Levántate,
Aleph –le suplicó la mujer-.
Luego aseas el piso, te bañas y te pones ropa para salir. Quiero que vayas a un
almacén para que compres un colchón nuevo. Y víveres en el supermercado de los
chinos.
-No
haré lo que me pides, porque adhiero al Principio de Horizontalidad que
me enseñaste –expresó el esposo, sin mover siquiera las manos.
-Pero,
mi amor: nos pudriremos. Además, nos arriesgamos a morir de sed o inanición. Se
agotan las provisiones.
-Lo
siento, Daleh: no puedo
violentar los pactos prenupciales.
-Nos devorarán los gusanos, las cucarachas
y ratas. Además, no soporto tanta pestilencia.
-En
hedores comulgan los seres humanos con los irracionales. Seremos útiles para
las alimañas come carroña y heces, que son especies superiores a la nuestra.
-Eres
un cínico, loco y estúpido.
Con
una sierra portátil, un plumífero hombre abrió un boquete a la metálica puerta
principal de la residencia. Lo acompañaban diez criaturas más, idénticas:
brazos y piernas emplumadas, cabeza de cuervo.
Al
verlos dentro de la alcoba, Daleh
gritó aterrada: «¡nos atacan unos monstruos!»
-Despídete
del mundo, son Escatófagos –con voz apagada y resignado a ser devorado,
la corrigió Aleph.
Alberto
Jiménez Ure. Nace en
Tía Juana, Estado Zulia, Venezuela, en 1952.
Novelista, poeta, cuentista, ensayista y articulista. Es autor de los libros de cuento, Acertijos
(1979), Suicidios (1982), Maleficio (1986), Cuentos escogidos (1995) y Cuentos
abominables (2002); de las novelas, Lucífugo (1983), Facia (1984), Aberraciones
(1987), Dionisia (1993), Adeptos (1994) y Desahuciados (1998); y los poemarios,
Trasnocho (1987), Luxfero (1991), Lucubraciones (1994) y Revelaciones (1997).