Letras Salvajes                     Número 7                                        2005

 

 

 

Pedro López Adorno

 

 

 

Venecia tu cuerpo

 

La inmolación de las conciencias

al rozarse, la inmolación

de los vientres al rozarse

no es pérdida. Mucho menos desliz.

 

Si todo fluye, la ciudad impune

fluye por lo alto y por lo bajo.

Nadie vive inmune. Enroscamos

las lenguas en las aguas. El placer

en lo que escapa.

 

Aroma que aloja

resuellos en lo inundado

y desde esa lucha, desde

ese humedecido jeroglífico,

todo abrazo y chupón desarma al tronco;

endurece los enigmas de la orquídea.

 

Numinosas las enlomadas dichas.

Se mecen y estremecen sobre el lecho

como una góndola en la noche.

 

 

 

Imán

 

Cuán creíble todo en la imperfección;

cuán decisivo su desliz.

Si decide uno oír pasan nubes y la lengua,

maravilla terrible, se transforma

en doncellez que envenena.

 

Cuán soslayable todo en la imperfección.

Si decide uno hablar el soplo es tímido

y es humo.

 

Cuán defectuosa la traslación de la ternura a la hermosura.

Irrumpen minuciosas y metódicas las olas.

El ahora es barranco; el aquí una oscuridad

llamada historia; la sal

un corazón sin bordes ni caminos.

 

Hemos venido abrumados a bucear. Alarmados.

Albercas de la esplendidez. Leyes

de la atracción en el vacío.

 

 

 

Polvo

 

Merece el polvo otro poema. Otoño

abre hojas y son polvo los colores.

Lo ululado en la cerrazón parece

polvo. Polvo es esto y aquello.

El breve elogio de la lengua es toda

polvo. Polvo el eterno clítoris festivo

cuando luciérnaga desmemoriado

ante el labio que se empina. Polvo

el sudor y polvo lo vencido.

Por las hendiduras el recorrido

de la saliva polvo augura. Hinchazón,

laberinto y conjetura

pero la escisión es polvo que se repite

entre los polvos. Polvo el humo

que funde vulva, glande y paraíso.

Onda que abrasa si se aleja. Llega

a su imposibilidad necesaria el amor.

Las sombras ya nombran su polvo.

Aunque al amar sea uno tribu

quedará del desafío el polémico polvo.

Tamaña imperfección

de tiempo y polvo a la vez.

 

No podrá la tinta sucumbir

ni el poema ser ceniza.

 

 

 

 

MIGAS

 

La nada engaña y mortifica. La luna

se ha vuelto insumisa. Otra vez

los pasos. Cruzar puentes regidos

por el extravío. El abrazo que olía

a glorias y mariscos

se ha ido mar adentro

y no hay quien lo rescate. No hay

nada en la nada pero supuran música

los pulmones de su locura. Allí

respira el desencuentro. Los acantilados

a la deriva.

 

Hubo viento y maleza y filetes

de tiburón cautivo en el almuerzo

sobre las olas. Hubo domingos

en las playas del país

semidormido, caderoso, homérico.

Hubo granos de arena en caravana

por las partes pudendas del discurso.

 

Eso era ir lejos: un más

de la luna de hace días, del relajamiento

de vértebras y pinos que tornasolaban

 

 

 

 

mientras sabanas y sábanas tras la puerta

del bosque surgían.

 

Victoria al fin la transparencia

disuelta en las corrientes

y bajo el desahogo la mirada

que se hundía en no sabemos

qué o quién dictaba los desvelos

del sudor ante la vela.

 

Cuando tocaba fondo aquella vela

los labios y la eternidad eran de hilo.

 

Hilo del más amor.

Mordidos los conjuros.

 

 

 

 

CAUMA

 

Los desbalances espirituales de la época

llegan al lecho. Los que se aman

guiados por la hegemonía del mar

se acuestan y apuestan

tanguedias al frotarse

lenguas en la ascensión, al paladearse

lo blanco de los ojos. Los líquidos

descienden. Todo es muerte y paz

y laberinto y nada es también y

todavía.

 

Crece como maleza del trópico

júbilo en las ingles. Se abren.

Peces al verlas se muerden, se extravían.

Todo huele a confín y precipicio.

 

Fragmentos los sudores y salivas

del encuentro. Miel del capullo

hacia abismo de orquídea.

El mar ya no es el mar. Fija

su anzuelo donde la pulsación

exige ninfas que alteren pensamiento.

 

 

 

 

Los cuerpos entre hilo y delirio

van hundiendo en los pómulos su arena.

Meditan maltratarse hasta llegar

al voluptuoso orgasmo.

 

De otra forma no.

Efímero lirio el porvenir.

 

Las encías se desvelan insurrectas.

Afirman que ser feliz es un fulgor, un portal

hacia la nada, un vértigo o mareo

en las mareas.

 

Clavan sus desbalances en la ascensión.

Esquilman los descensos.

 

 

 

DEFENSA

 

La belleza en un recodo

del paisaje.

 

El pájaro que ansía vuelo

suelta sombras. Nadie entiende

su carnada. Toque de queda

el vaivén en que no sabe si volar

o podar lo siempre incierto, la noche

en que se ensimisman los murciélagos.

 

Arboles le parecen espasmos de la imaginación.

 

Todo es furtivo. Todo desentona. Malla

humeante el aire. Insectos

devorados por la luz cabizbajan furia.

Amantes se ahogan en la orilla.

 

¿Dijo alguno pasión cambio herejía? ¿Fuego

en lenguaraz locura? ¿Quién lo quería

cuerdo en la desnudez? ¿Quién? Si llegó a sapo

y la mosca del placer  templo acantilado tiempo,

¿fue fiel y feliz el beso efímero? ¿Lengua

hermosa el desenlace?

 

¿Quién le inventaría

fragancias entre los escombros de sus plumas?

 

Díganme quién

y callaré.

 

 

Podro López Adorno.  Nacido en Arecibo, Puerto Rico, en 1954.  Vive en Nueva York desde 1965. Doctor en Filosofía y Letras (New York University, 1982). Tiene publicado los siguientes libros de poesía: Hacia el poema invisible (1981); Las glorias de su ruina (1988); País llamado cuerpo (1991); Los oficios (1991); Concierto para desobedientes (1995); Viajes del cautivo (1998); Rapto continuo/Poesía-Tarot (1999); y Arte de cenizas (Poesía escogida: 1991-1999). Es el compilador de Papiros de Babel: antología de la poesía puertorriqueña en Nueva York (1991).

 

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