Letras Salvajes                     Número 7                                        2005

 

 

 

JULIE GARCÍA

 

 

 

V.I.P.

 

         Invitar a Clinton a vivir en la casa no fue una buena idea. Creí que nos ayudaría a combatir la soledad después de dos años de casados, pero provocó más complicaciones.

 

    J. B. casi enloqueció de felicidad cuando lo traje. Muy pronto se hicieron amigos inseparables. En las tardes, paseaban juntos, cenaban a la misma hora y, en ocasiones, compartían la bañera. Parecía una relación normal. Clinton se integró a la familia fácilmente. Su jovial personalidad era atractiva. Los vecinos lo saludaban al pasar o le obsequiaban alimentos confeccionados especialmente para él.

 

    Mi esposo y yo trabajábamos para una compañía de piezas neumáticas. Yo era asistente de administración y J. B. estaba en la sección de ventas. Ese año había salido consultor número uno. Pasábamos demasiado tiempo fuera de la casa.  Así que le pedimos a una vecina, doña Gladys, que atendiera a Clinton si tardábamos en regresar.

 

    Ella, alagada por la encomienda, lo entretenía durante todo el día, le preparaba el almuerzo y se aseguraba de que tomara su siesta. Aunque confiábamos en sus cuidados, J. B. llamaba por lo menos dos veces para saber sobre nuestro muchacho.

   

    Clinton era hiperactivo. Alborotaba su cabello negro dando saltos alocados. Pasar más de seis horas con él era una aventura disfrazada de sacrificio. Cuando nos agotaba la paciencia con sus juegos, se detenía a mirarnos fijamente con sus enormes ojos. Pronto olvidábamos el coraje y le sugeríamos nuevas travesuras.

   

    Era pequeño en estatura, pero con facciones grandes y firmes. A pesar de su juventud, se comunicaba como un adulto. Aprovechaba los momentos más silenciosos para irrumpir con un vozarrón que, a simple vista, nadie imaginaba.

 

    Inicialmente Clinton cumplió con su propósito, nos alegraba tenerlo con nosotros. Una mañana, a eso de las diez, recibí la llamada de J. B. con la noticia de un accidente en el patio de nuestra vecina. Salí del trabajo preocupada. La señora tenía más de sesenta años y mi esposo mencionó una caída. Pensé lo peor. Osteoporosis, hemorragias, derrames.

 

    Para llegar al lugar a donde estaba ella tumbada sobre el suelo, me dejé guiar por los alaridos. Consolé a doña Gladys. Le pedí que tratara de calmarse pues una ambulancia venía a buscarla. Ella me rogó que la protegiera del sol. Caminé hasta el interior de su casa en busca de un paraguas que tenía siempre en la cocina. Al pasar frente a la ventana divisé el carro de J. B. Regresé donde estaba la pobre vieja tirada y le dije ingenuamente que ya no nos sentiríamos tan solas, mi esposo acaba de llegar.

 

    Doña Gladys me aclaró, entre sollozos, que J. B. había estado allí hacía media hora. Quería saber por qué yo no contestaba el teléfono. Tomó a Clinton en brazos y se lo llevó para la casa. Le pregunté si él también había hecho las gestiones con el nueve once. Ella me contestó algo parecido a ni siquiera me preguntó cómo estaba, nena. Me negué a creerlo. Quizás el dolor le aturdió el pensamiento a la pobre señora y no pudo recordar lo ocurrido.

   

Como era de esperarse acompañé a Doña Gladys al hospital. Firmé los compromisos de pago y esperé a que llegara su hija. Le expliqué el desafortunado incidente a la vez que pedía me disculpara por el mal rato y me puse a su disposición para lo que fuera. Ella lo tomó como un ser civilizado. Me aseguró que todo estaría bien y que me dejaría saber cómo seguía su mamá.

 

    Llamé a J. B. para que me buscara al hospital. Se apareció a recogerme junto a Clinton. Cómo pudiste abandonar a esa pobre alma caritativa tirada en el suelo, bajo el sol, con un brazo roto y gimiendo de angustia. Qué clase de ser humano podía negar el auxilio a quien tantos favores nos ha hecho. Cómo puñeta te atreves a dar la cara con esa tranquilidad después de la atrocidad que cometiste. ¡Insensible! ¡Ingrato! Se justificó con un es que Clinton lloraba desconsolado.

 

    A falta de doña Gladys tuvimos que dejarlo solo. J. B. aprovechaba sus rutas cerca para verlo. Su éxito laboral se transformó en mediocridad. Casi no se le veía por la oficina. Regresaba temprano con la excusa de que sus clientes le cancelaban las citas. Dejó de ayudar en las tareas de la casa. Se dedicaba a mimar a Clinton con caricias interminables y cochitos lindos bebés que más que infantiles le quedaban ridículos.

 

    Yo visitaba a Doña Gladys casi todas las tardes. Le obsequiaba frutas, pantuflas, revistas, cualquier detalle que disipara su dolor. El brazo roto parecía no recuperar. En la casa tenía que recoger y limpiar hasta las once de la noche. Pedía cooperación que nunca recibí. Despertaba cansada. Salía a trabajar temprano para evitar la despedida de ojos llorosos y te voy a extrañar nene lindo de papi.

 

    En la oficina intentaba ocultar mi frustración con chistes de doble sentido. Vestía mejor. Arreglaba mis uñas. Visitaba el salón de belleza todas las semanas. Una tarde, archivaba expedientes de empleados que presentaron su renuncia. Descubrí el nombre de mi célebre esposo. Enfermé. Mis síntomas de abandonar la casa se complicaron con la vergüenza de tener que mantener a mi marido porque seguramente decidió quedarse a cuidar a Clinton.

 

    Las deudas se acumularon. Los gastos crecieron. Ahora J. B. veía televisión veinticuatro horas diarias, junto a Clinton. Ordenaba a través de la Internet o por catálogos alimentos y vitaminas para mantenerle el cabello lustroso. Lo peinaba tres veces al día.

 

    Los pelos invadieron la casa. Congestionaron los filtros de la aspiradora. Bloquearon la tela metálica de las ventanas. No había ritual purificador que los mermara. El viento los hacía rodar por los pisos, teñían las esquinas de negro. Caían en las ollas, se enredaban en los dientes de los tenedores o se deslizaban por las cucharas. Cientos de miles de pelos negros se apretaban al drenaje de la bañera.

 

    Anoche hubo una tormenta tropical. Clinton durmió en nuestra habitación matrimonial sin mi consentimiento. Hoy en la mañana observé su cuerpo pequeño sobre la alfombra. Enternecedor. Como todos los sábados, me disponía a separar la ropa de trabajo para acicalarla. Encontré pelos en la lavadora. Mientras preparaba mi maleta, calculé que en pocos meses será adulto. Meará las esquinas para marcar territorio. 

 

    Dejé el número de mi abogado sobre la mesa, cerca de la comida seca que le corresponde a las seis y treinta y dos minutos con diez segundos y medio de la tarde.

 

 

 

 

A Dios rogando

 

         Desde niña, Tere había escuchado que a todo buen creyente le llegaba su día de suerte. La noche del viernes prendió el acostumbrado cigarro purificador recomendado por doña Tana, una santera con habilidades de vidente que de diez predicciones acertaba nueve. Las que se le quedaban pendiente, por solo veinte dólares las encomendaba a sus santos, fieles esclavos de la voluntad de sus seguidores. Como parte del ritual del fin de semana, Tere hincó sus rodillas sobre el terrazo. Apretó los párpados. Levantó los brazos dejando ver la oscuridad de sus axilas velludas. Rogó por la suerte.

 

En su cartera roja de plástico solo quedaban algunas monedas. Aunque el mes ya llegaba a la mitad era necesario salir a buscar dinero. Revisó mentalmente su lista de prospectos y recordó que desde la muerte de su esposa, don Papo era el más generoso. Caminó hasta la casa vecina con su rústico paso firme. Cerró su mano derecha. Tocó la puerta cuatro veces, luego dos. Entró en silencio. Se sentó en el sofá. Alzó su bata hasta la base de los muslos. Una pirámide de vellos grises se asomó entre sus piernas peludas.

 

Don Papo, el Viudo, cerró las ventanas apresurado. Se dirigió al sofá. Abrió la cremallera de su pantalón. Se posicionó frente a la cara de Tere con la virilidad durmiente entre las manos. Ella lo miró indiferente y comenzó a lamerlo. Acto de magia para levantar el ánimo de cualquier anciano de setenta años.

 

Después de laborar un ratito aquí y otro más allá, la mirada del Viejo le indicó el paso siguiente. Ella se volteó en el amplio sofá y ladeó su cabeza hacia el espaldar. Sintió el peso de un bulto pegajoso sobre su cuerpo. Mucho esfuerzo. Sudor. Dos alaridos y… ¡Libertad!

 

Él se sentó en la esquina del mueble. Introdujo su mano en el bolsillo del pantalón a medio poner. Sacó cinco dólares y extendió su mano sin mirarla. “¿Eso nama’?”, inquirió Tere. “Después te doy más.” “Viejo ajqueroso”, se quejó sin que la escucharan. Salió muy rápido.

 

Reconoció que había tomado una mala decisión. Don Papo era uno de los pocos viejos que todavía recibía la limosna social el tres de cada mes, pero tenía que pagar renta y la pensión de un hijo ilegítimo. Si no lo visitaba el día de cobro, le tomaba el favor a crédito. Cinco dólares a penas rendían para la gasolina. Pero doña Tana le aseguró que esa noche había suerte.

 

Se sacó el olor del Viudo con un duchazo caliente. Cambió la bata floreada por una combinación errónea de pantalón marrón y blusa roja con lentejuelas. Peinó su cabellera gris demasiado larga. La recogió en un moño deforme y pintó sus labios de rojo. Afeitó sus axilas por tercera vez en su vida. Perfumó su cuello con untura de botánica. Desafió a Dios con un si esta vez no me ayudas. Le recordó que hizo todo lo que estaba a su alcance para traer la suerte.

 

Echó los cinco dólares de gasolina. En el trayecto edificó sueños. La felicidad de un hijo fuera de la cárcel. Visitas semanales al centro comercial. Un corral de gallinas más grande. Cartones de cigarrillos, de los oscuros, y más juego para multiplicar la fortuna augurada.

 

Estacionó su auto, corroído por toda clase de mohos, fuera del hotel. Caminó al edificio observada por los agentes de seguridad. Seleccionó la máquina más antigua. Abrió su cartera. Tomó sus treinta y cinco centavos en vellones de cinco e introdujo las monedas pausadamente. La última activó una alarma. Se encendieron luces. El sonido del dinero se apoderó del lugar. Treinta y cinco mil dólares, indicaba el letrero iluminado sobre la tragamonedas. Un guardián la escoltó cortésmente.

 

 

Julie García.  Nace en Mayagüez, Puerto Rico, en 1970.  Reside en la ciudad de Cabo Rojo, Puerto Rico.  Cursó estudios de Literatura Comparada en el prestigioso Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico.  Actualmente ejerce como Redactora en una agencia de publicidad.  Tiene a su haber un libro de cuentos inédito que lleva por título Delirios de luna llena (19 cuentos brevísimos y dos descansos).  Se encuentra trabajando en un segundo libro de narraciones que giran en torno al mundo laboral.  Letras Salvajes se honra en publicarle por vez primera. 

 

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