Letras
Salvajes Número 7 2005
JORge acevedo
Poema de las obligaciones
Te adeudo el beso elemental y la caricia
robados a estos labios y estas manos
mezquinas habituados al odio.
Te adeudo la rutina predecible
sin mayor sobresalto
que el abrazo impensado
y el silencio oportuno,
que habla mejor a veces del amor
que las modas al uso.
Te adeudo la certeza
de que será infinito nuestro tiempo
más allá del olvido y de la muerte,
de que en mí una sonrisa
le robará a tu rostro su tristeza
y el oscuro sentido del dolor.
Te adeudo la pasión y su locura,
carnal y primigenia,
exenta de razones y de escrúpulos;
y unos labios audaces que desvelen,
con ansiedad no usada,
las formas y los dones de tu cuerpo.
Te adeudo la alegría y sus instantes,
un rostro menos gris y menos triste,
las cosas habituales: una cena, una flor, algún
obsequio.
Y en medio de los hechos cotidianos,
el raro privilegio de algún rincón para
charlar a solas...
II
“Que
quede claro, esta apreciación pesimista
de mi entorno me ha sido impuesta
dolorosamente.”
Hay un hedor a excremento por aquí,
un sabor a labios ulcerados,
a fruta agria.
Hay un seco rumor
de herrumbroso metal
y desenfado hostil.
Hay un paisaje de penosa estrechez,
ostentoso inclusive en su descuido.
Hay un sopor espeso
de sudoroso desaliño y trapos sucios.
Prevalece en cualquier caso
una penosa condición del sentir,
que asesina la noción del gozo
y me hace abjurar del amor
y de su objeto.
III
En el mutismo de las piedras he palpado la
hondura de la angustia,
en la estrechez asfixiante de mi ámbito,
en la brevedad de las calles
que desembocan de cualquier manera en la
miseria.
En la mirada atroz de los gatos
cuyos pasos taimados difaman a la noche y a sus
sombras
he sentido la fría propiedad de su epidermis.
En los ojos famélicos de un perro
que alimenta su hambre acostumbrada con los
despojos de la indiferencia la he visto,
a la angustia.
He sentido su olor y sus abismos
en los sueños atroces
cuya fascinación se reitera morbosamente
en esta sucia habitación que digo mía y que
es ajena necesariamente,
porque la he visto, insatisfecha, a la
angustia...
En mi vejez
Hacer acopio de buenos sentimientos,
desterrar la nostalgia
y devolver la tristeza a su elemento,
a alguna esquina oscura y silenciosa.
De la vejez
hablar pausadamente
mientras rumio cansado la memoria
de los buenos momentos y los tristes.
Desde un viejo sillón desvencijado
dibujar un paisaje que precise
la clara
geometría de una ventana.
Que ni el dolor agobie ni las canas
el perfil de mi frente
ni las ruinas
de mi memoria frágil
sean las ruinas
donde perezca un hombre y su tristeza.
Metáfora del ave
La indolencia del verbo, la pereza
del hábito. La insistencia en el
gesto
que huye de su objeto y de su forma.
El ave que alardea de su quehacer,
del peculiar matiz que encubre la
precaria condición de su oficio.
Todo conspira:
la música, el color
y la palabra; el habla de los pájaros
y el sumiso aleteo de las hojas.
Todo conspira, los senos y los labios,
los escapados besos que delatan
el silencio que habla del silencio.
Atenta, así, al coloquio de las aves,
evadida de una fábula antigua
que devuelve al origen tu reflejo,
la forma de tu cuerpo y de tu sombra.
Atenta y escapada te recuerdo y te respienso
minuciosamente
porque todo conspira en tu memoria.
Modus Operandi
Serenamente
parecida a la noche y a su sombra
se ha instalado el silencio en este espacio estrecho
que limita ni nombre y su tristeza.
Pausadamente
agazapada y famélica como el hambre del lobo y la
silueta huidiza del gato
se ha instalado la ira en este espacio
en que habitan mi nombre y su tristeza.
Ineludible y cierta
acaso como el perro
que enumera implacable los pasos de su presa
se ha instalado el vacío
en este espacio gris donde no existen
la
sombra ni el reflejo.
Discreta y obstinada
como la brisa sorda
y la naturaleza agreste de los jardines nocturnos
así obra en mi nombre la tristeza!
Sábado 12 de julio de 2003
Es tarde de verano,
el Sol en el cenit deslumbra
mis ojos y los árboles:
¡homenaje a la luz!
Es tarde de verano,
es sábado (Šabbat) y el paisaje se aquieta en la
mirada.
No hay consuelo en los libros
ni en las cosas amadas
que devuelve
a mi memoria el ocio.
Hace calor:
reposa,
en la soledad clara
de este sábado triste y luminoso,
la agonía…
Consolación
Si al menos la sonrisa primigenia
resposara su aire
en estos labios áridos que insisten
sólo en el desamor.
Si al menos acertara
a precisar la forma de mi angustia.
Si supiera,
su secreta razón para obstinarse
en poblar este espacio
que a fin de cuentas no me pertenece.
Si llegara,
a reducir mi vida cotidiana
a su expresión más simple
y si pudiera
vivir en ella muy discretamente
sin gestos graves ni palabras huecas
sólo con la elocuencia
de un final silencioso
que nadie osara reseñar en obituario…
Jorge Acevedo. Nace en