Letras Salvajes                     Número 7                                        2005

 

 

 

javier alvarado

 

 

 

Donde se manifiesta la curiosidad

de mirarse al espejo, lo cual abre

una entrada a un desconocido país...

 

Desnudo y postrado ante una tierra extraña,

en el espejo húmedo del cuerpo,

como un país que jamás volviese,

como un guerrero que de pronto regresara,

enfrentándose a sí, con el sonido limpio de las islas,

asperjando el duro verbo de las aceras y los parques,

apoyándose a un hombro de niño que en su infancia envejeciera,

al recordar su edad         a    veces           humillada

en aquel otro recuerdo asilado a las fauces del espejo

y de pronto yo soy ese niño,

el de las nocturnas mañanas, el de los juegos con el polvo,

porque al abandonar la rayuela y los ábacos,

la penuria de jugar a solas y saberme escribiendo este poema,

respirando el aire enceguecido de templos y hospitales,

la dura piel de los amantes y el sentido,

de una extraña que al reír ya se sintiera,

a tu lado    nunca    siempre       para no levantarse más

 

y llevarte junto a una fuente

donde se ahogan acertijos y gorriones.

 

Es mejor recordar al mundo y tocar las cuerdas,

vibrar el arpa con etéreas manos y apedrear la frente

de las playas, al húmedo pasto de tus carnes

y alguna mejilla bofeteada como la de Cristo

o algún rostro     enterrado        en la orfandad del Paraíso.

 

 

 

 

Así como el viento pálido es el canto epopéyico de los dioses de ceniza,

su armadura vegetal, su polvareda de incendios,

nos volvemos banderas del parrón colgado

porque el parrón colgado es un vendimiador de sombras,

de acueductos y de nubes;

recorta el festoneo de los números hostiles

que carcomen bandadas de hipocampos y salmos populares

surcando el collar de budas enfermos en la leña del espanto;

tanta trigonometría de uva y asueto,

tanto dolor de epigramas y basaltos nostálgicos

cuando pido un terrón de suicidio a los velámenes del miedo,

esa nervadura de sol que crece en el delirio

de la mano impúber que piafan los enterradores,

falansterio de brumas y toneles de estrellas oceánicas

se reducen a labrar un bloque de dudas

que choca con el enjambre intestinal del cerebro;

todas las excrecencias lúdicas y los paraguas del norte

llegan como si un pájaro nevara en los zapatos oscuros

que se pone cada viejo dios, encandilado de años;

y luego volaran los himnos y los nacimientos clásicos de los cancerberos del aceite.

 

 

 

 

Húmeda y negra como las lunas agrarias

como los océanos perdidos que se enrolan como botellas de luto

bebiéndose así como centellas que no truenan

y vinos crudos que iluminan la sangre epistolar de la botija o la piña colada trágica

sacando todos los reinos de los estandartes de la tierra

reclaman la cuenta de cada río que te sacude el sexo como un armazón de elefantes;

crecen y apuñalan al tenebrario de espigas e epitalamios funestos,

corren aferrándose a los huesos del hombre

que tintinean

sin badajo

sin descendencia

sin sonido

y sin collares de fatigas y arzobispos que sucumben aneblándose

sin importar los quilates del anillo pulgar de crepúsculos dispersos,

y los ojillos de palomas o la caricia cavernaria del perro de las gredas celestes;

van destilando columnas vertebrales de pánico

y pañales de hierro que envuelven al bebé de barro puro

con esa cancioncilla de cuna

que se amamantó a los jardines de acanto

donde ofrendan algún dios y otros animalillos seniles y otras criaturillas demoníacas

que trasgreden al geronte oficial de los calendarios fluviales,

la lluvia acorazada de los caballos redoblantes

fija una hilera de tambores que suenan bajo tierra,

armados de la vejez general y del asedio de los mineros blancos

sobre la cresta inmóvil del país de la carne,

la carne roja y colectiva que es la de los hombres de plátano

que miran en el agua orgásmica los huesos de los mitos,

el pan y la genuflexión extraña de los niños que inventamos

para reproducirnos sin tocarnos ni penetrar la puerta

que lleva al amor y al suicidio.

 

 

 

 

Desangrado, sollozando el poeta de nervios remonta a la edad del sol indispuesto,

cartero de musgo y pedregales asombrados

los peces fondean en el astillero de tu sexo

que la luz polar y espéjica hace saltar en astillas

cuando la savia de la madrastra tierra

va cayendo en el sexo menstrual de la angustia,

el hígado de la baraja, el potro asesino

convidan a pastar por el camino de erección invernal

y la especie es pobre y decapita a los primeros hijos

que cuecen el yunque de sus posibles herrumbres de pueblos y ferruginosas sierpes

y las mujeres van pariendo mundos, ciudades ardiendo, burros sollozando y lluvias hostiles como niños!!!!

 

Su violín fosforado es una cabra acuchillada,

canta en su festoneo minero, en la sucesión de ruidos vandálicos, su estirpe definida hizo escupir poemas de hierba y tiembla la niña aérea en la sangre del miocardio.

Cae un cinocéfalo en la hamaca de la nostalgia

su lengua se convierte en un silabario que fornica con los bueyes del siglo

en esa posesión lésbica de los senos con jardines.

 

 

 

 

Irremediablemente el ojo y los descomunales ahogados de los ríos de ópalo

tejen una guirnalda con todos los animales dispersos

y como un espejo se desbandan tus huesos con océano

y sabes a mediodía y a podredumbre

con la llave magistral del árbol apocalíptico

y entras en los desposorios con tu nombre de verduras y basaltos

y esperarte para envejecer era un acto de caminar sin pies en cada playa

cuando se hayan apagado ya todas las iluminaciones

y se haya castrado con pañuelos la inocencia del estrangulado.

Llegas y te posesionas del reloj

llegas y te posesionas del tiempo

causas averías a las manecillas y a la ofrenda marchita del reloj

y todas las primaveras yacen con sus medias rotas

tocando con los dedos el muslo hipodérmico de los deshielos

y empieza la marcha en la rueda del fornicio,

besándote el cordón de manzanas que nace en tu boca

atravesando tus pezones con besos y agujas de humo,

mi antipoético yo que despierta en la región meridional del semen

y chorrean los óvulos

e inicia la redención de la sangre

tu tiempo es plural y es uno

es una casa soleada donde entra la luna

y se entrechoca con los niños acústicos y las niñas paralelas

y brota la filosofía como un muro de lamentaciones

o como trompetas de Jericó

o como marchas forzadas de los invasores del reino hostil de los junta cadáveres

y la palabra erotismo va poblándose de fechas y de números

que gotean

violines y tiempos

y navegaciones

que son la clave medular de los estruendosos estornudos del siglo.

 

 

 

 

 ALICIA EN EL ESPEJO O LA APERTURA

DEL LIBRO DE LAS MARAVILLAS

 

Entonces Alicia recorre su delicia

prepara las poses para la instantánea fotográfica;

Lewis Carroll dibuja el paisaje para la fotografía.

Está ahí llena de andrajos, resuelta de pordiosera,

es la lluvia de plurales, cuando todos los conejos de Pascua

se incendian y todos los demonios dejan sus remos pudriendo

en la derrotada orilla.  Sus ojos son dos lagunas muertas

donde dejan los águilas sus efebos fluviales

¿Quién es ella la que entra con doradas voces

en el acertijo de la nada, cuando toda queda invocado

y puesto sobre la mesa como un huevo triunfal

para un comensal de oro?

 y desayunan las huestes y las Parcas

van acampando con ese sonido de cuerpo vacío

que tienen las aves sin esqueleto y sólo canta el pico

amaestrado de su daga cuneiforme y la apertura del libro

de las Maravillas es otro salmo vocalizado por la carne

y sólo solfean las niñas desnudas para el ojo de Carroll.

Son muchas las poses para la instantánea fotográfica.

Aquí te veo, Alicia, con dedos de piedra

con ojos asustados y medias vacías sin golosinas.

¿Qué pone a nadar a los deseos en el ánfora del espanto?

Levántate, Alicia, que no duerma más tu deuda de muñeca.

¿En qué espejo de hombre entraste para descubrir las maravillas?

¿Acaso se oculta un delfín detrás de tu oreja

o es que la cornucopia de acanto se matizó en tus senos

hasta vociferar leche pastosa en cada pezón de julio

cuando  en aquel paseo por el río escuchaste las sílabas

niñescas de aquel matemático de niñas impúberes

para luego iniciar esa marcha forzada de tu inocencia hacia el espejo?

Aún no se ha escrito el libro de tus posesiones

ni de las visiones terrenas que observaste en aquel agujero

cavado junto al árbol de la noche.

Se cierran tus ojos, cabecea el cuerpo junto a tu hermana.

 

Liebre llega tarde.

 

 

 

 

Por ti no pasa nunca el tiempo

 

                          XI

 

Como si quisieras entrar al tiempo

desnuda  a una plaza          a una tienda de hotel

dejas tender tus dos pechos al sol

y corre el día tenebroso

como una tiniebla roja,

Te tienden un vaso, una tierra, una vida prometida

y todo es devaneo, luz solar,  aquellos muertos

durmiendo abajo

balbuceando  espejos   vomitando sombras

y sabiéndose arcilla cuántica, número sepultado

resurrección de árboles y llantos de raíces.

Ahora dejamos salir a los fantasmas de nuestras madres

que se han marchado.  Cerramos la olla con la tapadera

del suicidio.  Las Medeas modernas tiemblan colgando del cuello de sus hijos y de los amordazados del reloj.

Ahora esperamos la piedad, la íngrima flecha

el fuego oblicuo y el ojo terreno de los sastres.  Espero que el niño no se haya marchado, que la juventud levite asida

a un cordero de pascua o a una resurrección pagana.

He tendido tu cuerpo con horquillas         desnudo al sol,

no he podido prender las velas ni amortajar tu cuerpo

con hierbas aromáticas ni besarte los ojos arriba del sudario.

 

El lienzo es mi cuerpo

y un humo de hiedras va persiguiendo la fugitiva especie

que amamantaste con tus dedos.  Diremos que mucho ha pasado, se volverán a nosotros y dirán:

Han sido eternos,  han sido cubiertos por la pelambre de la cabra y saciados con la leche de los orgasmos védicos.   Es un rito funeral, un hueso carcomido

Una porción de piedras espéjicas en la historia.

 

 

 

 

Cuando penetras por la puerta con los ojos cerrados

despidiendo ese olor extraño que tiene la tierra mojada

con el calor de las profecías;

cuando te hinchas así, plenamente cálida como un fruto reventado

en la fálica costumbre de morder el madrigal de tus huesos

y huir como un carpintero

cincelando todas las partes

duras, ubérrimas

puliéndolas y dándoles ese acabado perfecto

de las estatuas

antes del coito

y las gárgolas en las altísimas torres buscan refugio

o asedio para copular

en el vino de la oscuridad

y beber todas las pociones posibles;

¿cómo no silbar con las cápsulas abiertas,

llamar a Dios después de Dios y todo

y conversar un rato con la diatriba de los elfos

y pedir el otro cayado de la realidad

hasta el mordisco

cuando un nórdico va pisando las tierras

-ciegas y suecas-

como la sangre del pastel, blanca como el aceite hirviendo

de la nieve, la suma total de los poderes

es un cuenco abatido por un árbol

donde se sienta la abuela a pestañear sombras

y lujuriar eclipses.

¿Cómo no creerse indiferente a estas visiones?

¿Cómo no cantar al vuelo

y a la pasión anfibia de las llamas?

 

Es la absolución total o el fuego despertado

cuando en esta cárcel de espuma el caracol con su túnica interroga

por las sílabas opuestas a la música maldita,

por la asunción de su Maldoror a través del ojo

y las rosas acuchilladas en la capa con deleite,

entibian al puñado de duendes en la diatriba del infinito

y los águilas harpías del pensamiento picotean los huesos

de familia, pateando a un dios en los riñones

y éste vaciando su cuenco de la vida

por los campos miccionados

por otra menstruación de dama,

¿Cómo no aislarse en el desmadre de la tierra,

en la salutación de los toros y los bueyes

y el sol labrado dispuesto en las participaciones

del vino pascual y los mosaicos

que violentan al dueño de los baños

de animales y semidioses retirados

en el páramo de mi muñeca, el pañuelo envolviendo

la entrada hacia otros reinos,

su alcor de lluvia, su transmutación de fiebre,

casa colgada, espejo del diluvio;

vienes y vas con el plenilunio tintineando

las sábanas oscuras del pueblo guardan cordones umbilicales de hierro

y maracas mudas de otros fetos

que nos vieron nacer

despacio.

 

 

Javier Alvarado.  Nacido en Panamá. Ha publicado Tiempos de Vida y Muerte (2001), Caminos Errabundos y otras Ciudades (2001) y Poemas para caminar bajo un paraguas (2002).  Su poesía figura en la antología Construyamos un Puente 31 poetas panameños nacidos entre 1957 y 1983 (2003).  Alvarado ha sido galardonado con el Premio Nacional de Poesía Joven Gustavo Batista Cedeño 2000 y el Premio de Poesía Pablo Neruda (2004).  Tiene inéditos los poemarios: Aquí, todo tu cuerpo escrito y Por ti no pasa nunca el tiempo. 

 

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