Letras
Salvajes Número 7 2005
EUGENE IONESCO
Selección de Diario (Journal en Mittes, 1967)
(Traducción al español por Marcelo Arroita-Jáuregui)
Dos posibles
salidas: imaginar, porque imaginar es prever. Lo que uno imagina es verdadero, lo
que uno imagina será realizado. La
literatura de ciencia ficción se hace, o ya se ha hecho, realista.
Segunda salida
posible: considerar lo real como un más allá de lo real, sentirlo no como surreal, sino insólito, milagroso, arreal. Realidad de lo irreal, irrealidad de lo real.
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¿Qué es la vida?, se
me puede preguntar. Para mí no es el
Tiempo: no es esta existencia que huye, que nos resbala entre los dedos que se
desvanece como un fantasma en cuanto uno quiere asirla. Para mí, es, debe ser, presente, presencia,
plenitud. He corrido de tal forma tras
la vida, que la he perdido.
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Era una historia
bastante complicada: laderas de colinas, jardincillos, mucha tierra sombría y
blanda, otoños, cielos grises. Casas
bajas. ¿Qué mal había? Una gata blanca que salía corriendo de la
tapia del jardín que era una huerta, pero sin yerbas, sin legumbres, ya que
todo estaba sembrado o ya recolectado, ¿cómo saberlo? La gata se convierte, de repente en una
señorita que nos dice, al mismo tiempo que estamos sentados ante una mesa, una
larga mesa campesina en el interior de una granja, una ventanita a mi
izquierda, “es necesario que escape de la cárcel de mi familia, necesito
libertad, debo desarrollar mi personalidad.”
Sin duda por eso la gata blanca se había escapado por la puertecita entreabierta de la tapia. Corre, intento atraparla. También yo, también yo, digo, quisiera saber
bien lo que debo hace. Después, fragmentos:
un campesino bigotudo con gorra de visera; luego el campesino soy yo (siendo
así que era mi interlocutor); unas manzanas (¿de dónde proceden?); han caído de
aquel manzano (¿hay uno?), en torno al cual unas personas (¿y yo también?)
hablan de dinero; un prado pequeño con cerca; un huerto; ¿pero por qué no
primaveral, soleado? Siempre aquel
sombrío cielo cubierto; el otoño.
El campesino se
convierte en otro y cuenta sus dineros.
Le miro. Me vuelvo de nuevo como
él, campesino con gorra de visera, bigotes, como si yo fuera su reflejo o como
si él fuera mi reflejo en un espejo.
Después de muchas
peripecias (pero ¿cuáles? me proponen soñar el Sueño absoluto.
¿Cómo hemos llegado
a eso?
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Las obras de arte
son seres. Quiero decir que las obras de
arte son realidades objetivas vivas.
Pruebas de la realidad objetiva: las reacciones que suscitan son
idénticas, no suscitan no importa qué reacciones. Preveo también cuáles pueden ser las
reacciones subjetivas de aquellos que toman contacto con la realidad objetiva
de una obra. Ya que las preveo, quiere decir que las subjetividades son
objetivas igual que la objetividad es subjetiva. El valor de una obra reside en el hecho de
que percibimos que es idéntica a sí misma.
El encuentro de su realidad con mi subjetividad no cambia nada: el valor
de una obra está definido por la potencia y la duración de su resplandor.
(Sobre todo,
quisiera que las cosas fuesen así. Temo
siempre que una obra no sea más que el pensamiento que tiene de ella, o más
bien lo que se quiere pensar de ella. En
este caso, la obra sería cualquier cosa.
Mi obra sería, en este caso,
cualquier cosa).
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Vuelvo a caer
incesantemente en la literatura. El
hecho de haber podido describir esas imágenes, de haberlas hablado casi
convenientemente, me halaga. Pienso que
quizá esté bien escrito. Quizá eso les
guste a los lectores o a los críticos.
Digo eso, me digo eso, y vuelvo a caer en las letras. El hecho de tener conciencia de ello no me
hace remontarme. El hecho de tener
conciencia de que tengo conciencia de la calidad literaria, no hace más que agravar
las cosas. Es preciso, sin embargo, que
me decida a efectuar la elección: la vanidad, es decir, el camino del fracaso,
o lo otro. No siempre se tiene la suerte
de recibir el porrazo, no siempre se tiene la suerte de estar desesperado,
desesperado de la vida: lo olvido, me consuelo, me divierto, me distraigo;
escribo “mi diario íntimo.” Tengo una
vitalidad prodigiosa. Nada llega hasta
el fondo. No hay más que el sueño o la
pesadilla para mantenerte despierto. Sin
embargo, me parece que algunas de las páginas precedentes no tenían ya nada que
ver con las palabras y las letras. Si he
vuelto a caer en las “letras,” ¿es porque el administrador de la Comédie Française acaba de
telefonearme, desde París, para decirme que se interesa por mi última obra? Necesito muy poco para volver a equilibrarme
en el equilibrio. Comamos una manzana.
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Una sola palabra
puede poneros en el camino, una segunda os turba os produce pánico. A partir de la cuarta, la confesión
absoluta. El logos
era también la acción. Se ha convertido
en la parálisis. ¿Qué es una
palabra? Todo lo que no se ha vivido con
una intensidad ardiente. Cuando digo:
¿la vida merece que uno muera por ella?, sigue siendo una frase. Pero, por lo menos, es cómico. Todo el mundo ha podido notar cómo los
jóvenes alumnos de la Sorbona, de la Escuela Normal,
los ensayistas, periodistas distinguidos, retóricos y demás intelectuales
progresistas y ricos, hablan del lenguaje.
Se ha convertido en un obsesión y en una
manía. Si uno habla tanto del lenguaje,
es porque está obsesionado por lo que le falta.
En tiempos de la torre de Babel también se debía hablar mucho del
lenguaje. Casi tanto como hoy. El verbo se ha convertido en verborrea. Todo el mundo tiene su palabra que decir.
`La palabra no
muestra. La palabra parlotea. La palabra es literaria. La palabra es una fuga. La palabra impide que hable el silencio. La palabra ensordece. En lugar de ser acción, consuela como puede
de no actuar. La palabra gasta el
pensamiento. Lo deteriora. El silencio es oro. La garantía de la palabra debe ser el
silencio. ¡Ay!, es la inflación. Esto también es una palabra. ¡Qué civilización! Basta con que mis angustias se alejen, para
que yo empiece a hablar en lugar de intentar cerner
la realidad, mi realidad, las realidades, para que la palabra deje de ser un
instrumento de busca; no sé nada en absoluto; sin embargo, enseño. Yo también tengo mi palabra que decir.
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Una noche
ilimitada. Una especie de nebulosa, una especie
de luz redonda, pero no demasiado fuerte, un resplandor que no ilumina, una
bola dispuesta a disolverse: o un nacimiento.
¿Es la manifestación que la nada vuelve a integrar, o es el germen, el
nacimiento? El final es como el
principio.
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La razón es la
locura del más fuerte. La razón del
menos fuerte es locura.
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La Historia está
falsificada, decía un célebre político.
La Historia arrolla a todas las gentes con su credulidad. Eso pasa siempre “de otra manera.” No es nunca eso.
Las ideas no se
realizan en la Historia; la Historia deteriora las ideas, va incluso al
encuentro de las ideas; es que, en realidad, se ha querido otra cosa que lo que
se creía querer. Las ideas no eran más
que los impulsos de las máscaras pasionales, que se realizan deteriorando las
ideas, que no eran más que la coartada de los impulsos.
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Soy tan verdadero
que no puedo escapar a mí mismo. Me
organizo. Soy el que me organiza así,
disponiendo de otra manera los mismos materiales.
Eugene Ionesco. Nace en Slatina, Rumanía, en 1909. Muere en París,
Francia, en 1994. Se le conoce como el
padre del Teatro del Absurdo. En 1928 se
inició como poeta en la revista Bilete de papagal. Publicó artículos
en varias revistas rumanas. En 1942 se
traslada a Francia. Allí laboró como traductor. Se asoció con André Breton, Luis
Buñuel, Arthur Adamov y Mircea Eliade. En 1950 estrenó su archifamosa obra La cantante
calva. Para ese tiempo Ionesco llega a convertirse en miembro del Colegio de Patafísica, junto a Boris Vian, Raymond Queneau, Jacques Prévert, Marcel Duchamp y Michel Leiris. Entre sus obras teatrales se destacan: Las
sillas, Jacques o el porvenir está en los huevos, El rey se muere, El rinoceronte,
El peatón del aire, Delirio a dúo, etc. Además,
publicó un libro de cuentos: El retrato del coronel; y un diario en dos volúmenes.
Ionesco formó
parte del C.I.E.L (Comité Internacional des Escrivains pour la Liberté),
organización que lucha a favor de los derechos humanos en todos los países y
por la libertad de los científicos, escritores y artistas.