Letras Salvajes                     Número 7                                        2005

 

 

 

EMILCE STRUCCHI

 

 

 

DESPUÉS DE LAS SEÑALES

 

El destello inmortal de una mirada que constata

que la muerte se acerca, que sabe a qué atenerse, [...].

           Jorge Semprún, La escritura o la vida

 

 

       Se muere ya se muere y no importa cómo empezó todo aquello.

 

       Lo único que vale son las miradas dentro de los párpados fraternos derrotados por una sentencia que permanecía escrita. Está escrita en alguna parte como estaba cifrado ese remanso cálido y amoroso que amé que amaré siempre porque nosotros nos entendíamos con sólo demorar los ojos de uno en los del otro. Así que se muere ya me muere otra parte y pienso que lo vislumbré lo intuí lo adiviné pero sin embargo nada pude hacer esa mañana calurosa tan cercana cuando hablábamos sentados los dos en el viejo sofá de aquel living. Un living atiborrado de muebles y papeles y tristezas antiguas y un sol que entraba ferozmente por la ventana entonces con su desmesura nos encandilaba los rostros de verano y despedida. Siempre los adioses con sus insignificantes inútiles insuficientes palabras cuando hablábamos sentados los dos en el sillón hasta que me tendió su mano flaca su mano excesivamente delgada su huesuda mano de muerte presente y aunque lo supe ni siquiera lloré ni nada. Sin embargo yo vi su muerte hace apenas  un día  juro  que  la vi sentada en  la silla de la oficina y me asusté y dije que no podía ser que estaba alucinando que no no así que de inmediato me ocupé de las cosas importantes mundanas cotidianas para olvidarme de algo que jamás olvidaré.

 

       Entonces ayer vuelve y vuelve y veo su figura recortada a través del ventanal mientras miraba al cielo y vaya a saber qué hacía si rezaba o se despedía o solamente pensaba que se acercaba demasiado el momento de la libertad. El momento de desatarse soltar amarras y salir del círculo como escapa su alma de humo blanco trepando por las paredes y atravesando las rendijas hasta la rigidez.

 

       Al fin esa maldita habilidad de predecir augurar pronosticar cómo ocurrirán las cosas si se cumplen ciertos principios después de las señales y por desgracia esos turros tan predecibles siempre se cumplen. Mientras tanto yo desespero tratando de hallar una razón tal vez una respuesta que nunca puedo encontrar acerca de por qué descubro veo sigo las especulaciones lógicas y encastro las piezas y blasfemo en voz alta. Porque resulta que se da viejo se da que el hermano se me va y nada puede detenerlo.

 

       Ahora la última mirada fraterna la del difunto la de los prisioneros de Buchenwald la de la dignidad de acompañarnos en la muerte la de saber a qué atenernos y se muere  ya  se  muere  ya  me  muere  otra parte. Y digo todavía qué  magnitud  de  vacío  habrá  que  tolerar  y  cuántas  anticipaciones  deberé  soportar qué cantidad de huecos llevaré conmigo a todas partes en los próximos tiempos. Me pregunto cuál será el número de señales y despedidas y objetos para distribuir y papeles para guardar o destruir o simplemente para rememorar otros tiempos entonces reencontrarse con el pasado y sufrir en carne viva el desapego para hundirlo en la corriente sanguínea y continuar. Conjeturo qué número de trámites burocráticos y coronas y velas qué número infinito de lágrimas y dolor tendré que contabilizar junto a las frases hechas y el pésame de los que mienten tratando de sobornar con su patética lloviznita de sal con sus pañuelos arrugados con sus hipos hipócritas y sus narices rojas por tanto apretar para que duela y lloren. O se les caiga al menos una lágrima que justifique que por algo están allí y basta.

 

       Basta. Lo vienen a buscar.

 

 


EL OJO INCORRUPTIBLE

 

                                                       I

 

       El viernes apuraba su marcha. La jornada había sido agotadora. A María Laura le gustaba el trabajo como Jefa de Ventas de Le Femme aunque se sentía discriminada en esa empresa dedicada a fabricar y distribuir productos para la salud de la mujer. En realidad eran cremas faciales y perfumes de dudosa factura, pero de alguna manera había que venderlos.

 

       La lucha inútil por ganar antecedentes y llegar a la Gerencia la extenuaba, sobre todo por la conciencia que tenía de que esos puestos estaban hechos a la medida de los hombres (paradójicamente) en aquella organización. Y en particular porque aún sabiéndolo, se deshacía en esfuerzos. Explotada y mal paga, era lo único que tenía seguro mientras hiciera bien las cosas y siguiera incrementando las utilidades. No era momento para cambiar de trabajo.

 

       Guardó apurada las carpetas con el historial de los clientes morosos que había estado analizando, apagó la computadora y antes que nadie pudiera detenerla con tareas de último momento, se fue. Al fin llegó el viernes, pensaba, esta semana se hizo larguísima. Mientras esperaba el tren que la llevaría en el primer tramo de su viaje hasta Villa del Parque, recordó con displacer que los chicos la habían llamado a la oficina para encargarle mapas y hojas de carpeta. Esa maldita costumbre de no dejarles dinero en casa, ¿para qué mapas, si es viernes?, se dijo. Buscó en su billetera rectangular y delgada. Encontró la boleta de la tintorería. Reconoció que era imprescindible pasar a buscar los dos trajes que Leonardo tenía que llevar a su viaje de negocios. Luego recorrió mentalmente las estanterías del mueble de cocina. Descubrió dos ingredientes esenciales y ausentes para la cena. A esta altura ya había sido trasladada por la muchedumbre al interior del tren y estaba casi suspendida en el aire de tan apretada. Ahora quería regresar a su puesto de Jefa en Le Femme.

 

       María Laura hizo todo lo que debía y llegó a la puerta del edificio donde vivía. Se había olvidado las llaves. Maldijo en voz alta. Llamó al portero que tenía una copia. Entró y se sacó los zapatos de taco torturantes pero inevitables. Encontró el piso menos ordenado de lo que deseaba. Fue depositando las bolsas en los lugares correspondientes y se desparramó, exhausta, sobre la cama. Giró la cabeza hacia la derecha dispuesta a cerrar los ojos un rato, y vio el detestable reloj. No lo puedo creer, gritó. En menos de una hora y media estarán todos aquí reclamando la despedida.

      

       Se levantó como un resorte. Se miró de reojo en el espejo del cuarto. Hizo un gesto grosero con las manos y les sacó la lengua a su edad y a las exigencias permanentes. Como si se trasladara impulsada por un motor fuera de borda arregló las camas y ordenó los cuartos. Después fue hasta la cocina, dispuso los ingredientes y las cacerolas para preparar la cena especial. ¿Por qué justo hoy debe ser especial? Claro, como Leonardo se va de viaje el programa tiene que ser completo. Si me fuera yo me arreglan con cualquier pavada, refunfuñaba.

 

       Preparó la comida, lavó los elementos que había utilizado, dispuso la mesa con elegancia inusual, y prendió el equipo de música para escuchar el compact de Bartok a todo volumen. Se fue a bañar y vestir para la ocasión, aunque el rictus de su rostro y las ojeras la delataban. Finalmente comprobó que había cumplido, sumisa, toda la tarea. Modificó el tono de la música y se dispuso a leer. A los cinco minutos llegó Horacio, el hijo mayor, y en menos de otros quince, Pedro -el más chico- y su esposo Leonardo. Fueroon depositando sus pertenencias a medida que transitaban por el departamento que con tanto ahínco ella había ordenado. Alabaron la mesa y la comida (que devoraron en instantes). No le hicieron pregunta alguna. Llegaron el brindis por la suerte en el viaje que el hombre de la casa iniciaría temprano en la mañana, y el beso de buenas noches. Les siguieron la limpieza de la vajilla, el rito sexual y la preparación de la valija, en ese orden. Después su cuerpo dijo basta. Se acostó y de inmediato cayó en un sopor del que no pudo salir hasta bien avanzada la mañana del sábado. Mientras el sueño reparador la abrazaba, un pensamiento se repetía incansablemente: esto no es vida.

 

 

                                                       II

 

       Comienza un nuevo día. Con sólo decir “hoy me toca ir al súper  las exigencias de los habitantes del hogar cesan casi por completo. A la mujer se le otorgan distintas licencias a cambio de llenar el refrigerador y las alacenas.

 

       Anoten si necesitan algo que dentro de un rato me voy. Por favor, sólo pidan lo estrictamente necesario.

 

       Mami, cuando vuelvas yo no voy a estar porque tengo un partido y después voy a la casa de Matías que me invitó a dormir, fue el mensaje de Pedro que salteó el pedido de permiso correspondiente.

 

       Suena el timbre. Es el correo y hay que firmar.

 

       Olvidé avisarte que tengo un torneo de  truco y después vamos a comer con Gustavo y Claudio. A la noche iremos al cine, notificó Horacio.

 

       ¿Un torneo de truco? Supongo que no será por plata. Conmigo no cuentes. ¿Se puede saber dónde van a dormir?

      

       Claudio nos invitó a su casa. ¿No hay problema, no?

 

       Chicos, cuando organicen sus cosas, consulten al menos. Papá está afuera por trabajo durante dos semanas a partir de hoy y esto ya es un descontrol. Ustedes...

 

       Chau mami, dijo Horacio mientras me estampaba un beso ruidoso.

Chau, ma. Hasta mañana, saludó Pedro con un abrazo, evitando mirarme a los ojos por temor al no.

      

       Hasta mañana, dije resignada.

 

       Se cierra la puerta y la soledad te pega con la corriente de aire. Es una mezcla inexplicable de alegría y congoja. La calma y a la vez el enorme silencio la producen. Reviso la lista. Cierro con llave y me dirijo a mi tarea de los sábados, pensando en la casual oportunidad de estar sola hasta el día siguiente. (No se me ocurre nada mejor que alquilar una película).

 

       Llego a destino y elijo un auto súper-especial metálico. Los carritos de supermercado son todos iguales. Lo único que puede diferenciarlos es el asiento para bebé. Dentro de este mundo global y pretendidamente uniforme pertenezco a la franja de consumidores femeninos de mediana edad con hijos púberes y adolescentes. Me toca el carro tipo A, como a tantos otros. Los del tipo B son para los padres, tíos, o abuelos de bebés. No hay tercera opción.

 

       Largos pasillos me esperan. Las tentaciones son grandes. Tabletas de chocolate, alfajores y mermeladas para paladares que no los necesitan. Bebidas alcohólicas embotelladas en envases exóticos que muchos bolsillos flacos están lejos de poder pagar. Hay que respetar el listado de cosas imprescindibles. Tengo que respetarlo como un soldado porque ya con el trabajo mío y el de Leonardo casi no alcanza. Debo cumplir, además, para mantener mi silueta rebelde. La edad avanza y entre otras incomodidades, agrega peso. Hay que abandonar al verdulero y al carnicero del barrio porque resultan caros. Me da poco placer venir, pero me satisface. Me otorga identidad y a la vez me la quita. Llevo las tapas de empanadas. En vez de filosofar debo leer y seguir mi lista. Devuelvo las tapas. Hay que comer más verduras.

                                                      

 

                                                       III

 

       ¿Qué mira ese tipo? No creo que me esté mirando a mí, con lo desgreñada que estoy. Se debe dar con la lámpara para lograr ese colorcito. Come el mismo queso magro que yo. Ya está mayor para vestirse con chaleco desflecado. Qué más me hace falta. Yoghurt de bajas calorías. Todo dietético. Ya estoy podrida de comer esta basura sin sabor.

 

       Derechito a la caja sin nuevas distracciones. Me olvidé... bendición, tengo la tarjeta de crédito. Ni un mango en la billetera. Hay poca gente esperando para pagar; estamos a fin de mes.

 

       Mirá la pinta de esos tres, ¿de dónde habrán salido? Carajo, ¿qué sacan de ese bolso? Están armados hasta los dientes. Si Leonardo estuviera, podría intentar protegerme al menos. ¿Porqué siempre me tienen que tocar a mí las desgracias?

 

       Al que se mueve lo lleno de agujeros. Esto tiene que ser rápido. Chino traé a la gente que está adentro. Negro vaciá las cajas. No se asuste señora. Qué linda está la señora. La billetera, boluda. Dame la billetera.  Pero esta porquería... ¿cómo se te ocurre salir sin un puto mango?

 

       No tengo nada. Le juro. El anillo, le doy el anillo.

 

       Este anillo de mierda para qué me sirve. Ni siquiera es de oro. No tenés reloj, tampoco. ¿Qué sos, una pobre diabla? Y a mí no me trates de usted que te rompo la nariz.

 

       No sé, tomá la campera, la tarjeta, mi cartera. Es todo lo que traje.

 

       Para qué quiero esta carterita de plástico y tu campera chota, decime. Vení acá. Para algo debés servir vos.

 

 

       Ya decía mi abuela que yo no era buena cristiana. Si me salvo de ésta empiezo a ir a misa todos los domingos. Me sangra la cabeza por el culatazo que me dieron. Y el idiota aquel no me saca los ojos de encima.

Está más cagado de miedo que yo.

 

       Agachate. Vas a ser de utilidad. Quietita sin retobarte hacé lo que te digo. Tenés que atender a Pancho si no te vuelo la tapa de los sesos. Veamos qué obediente sos con este puntapié en la boca del estómago.  Perra, ¿sentís este caño frío en la oreja?  Abrí la boca.

 

       La abro. Penetra. Creo que voy a morir. Se empieza a mover. Atrás, adelante, atrás. El olor hediondo, el miedo que tiene la dimensión del universo, este semen inmundo... voy a vomitar. Vomito. Me empuja y el alarido vuelve a darle ritmo a mi corazón que casi no bombea. El golpe seco y vuelvo a ver los ojos de aquel hombre sin identidad. Tienen lágrimas adentro y afuera. Su cara está blanca, ni rastros del bronceado.  No sé si es verdad o yo lo invento en la caída. Pero es lo último que veo mientras me desplomo. Cuando recupero el conocimiento estoy en el hospital y he perdido todas las señales. Mi memoria sólo guarda ese día. Acabo de comprender que es lo único que me queda del pasado.

 

 

                                                       IV

 

 

       “Estimados oyentes, volvemos a encontrarnos en el 70.1 del dial. Una vez más la realidad nos golpea. Las malas noticias se han convertido en moneda corriente. Yo me pregunto si nadie puede frenar esta loca carrera de violencia impune. Me pregunto, señores, si no es posible aplicar mano dura y detener el avance de estos personajes siniestros, muchos de ellos extranjeros que han llegado al país sin documentos, transitando libremente y ocupando muchas veces puestos de trabajo... que no les corresponden.

 

       Les habla Alonso Terruño desde “El Ojo Incorruptible”, programa que cumple con orgullo la misión de cubrir las noticias al instante con datos precisos siempre en pos de esclarecer los acontecimientos, y llevar claridad a los hogares de nuestros radio escuchas. Por el compromiso con la realidad y el público, por la calidad de nuestra programación, hemos recibido la Pluma de oro, distinción otorgada por la OPR (Organización de Periodistas Reales).

 

       Beatriz Zabaleta está con nuestro móvil en el lugar de un episodio triste. Lamentable.

 

       Beatriz, aquí Alonso desde Radio Universal, estamos en el aire.

 

       Sí, Alonso. Buenos días. Me encuentro en la puerta de acceso principal de la sucursal Villa del Parque de Market Service Full de Argentina S.A., una gigantesca cadena de supermercados que nos acabamos de enterar es de capitales ingleses y norteamericanos. Te pido disculpas por mi tono agitado de voz, pero aquí el desorden es total. Hay mucha gente amontonada, gritan y empujan desesperados (a veces se enredan en los cables). Muchos quieren saber qué pasa con sus familiares y también suponemos que habría un número importante de curiosos. Hay un gran despliegue policial, patrulleros y personal de las fuerzas del orden que intenta contener a esta marea humana. Alonso, aquí Beatriz, ¿me estás escuchando?

 

       Beatriz, sí, se te escucha ansiosa, hay mucho ruido, parece que perdemos contacto... hola sí, sí. Queremos decirles a los oyentes que hemos recuperado la comunicación.

 

       Beatriz, nos queda poco tiempo, y queremos saber si han logrado detener a los malvivientes que asaltaron Market Service Full. Tengo entendido que hubo heridos.

 

       Sí, Alonso. Se estaría creyendo que los heridos serían alrededor de cinco, entre ellos una mujer que habría sido violada en presencia de numeroso público. No se han dado los nombres hasta el momento. De los tres maleantes, dos intentaron resistirse y fueron abatidos. Un tercero habría escapado por los techos y se lo estaría tratando de localizar. Un policía estaría internado en grave estado, probablemente en terapia intensiva. Estos datos han sido ofrecidos por el Encargado de esta sucursal. Por el momento no hay más información.

 

       Gracias por tu clara cobertura. Volvemos al Ojo Incorruptible para continuar con un comentario final para esta nota. Señores oyentes, señores gobernantes, aunque me repita debo decir que necesitamos leyes más rigurosas, mano dura y una justicia implacable. Si no es así, seguiremos estando totalmente indefensos y expuestos a permanentes riesgos. Fíjense en esa pobre mujer que habría sido violada. Qué desastre. Y el policía, en cumplimiento de su deber, que nos informan está en terapia intensiva. Señores, somos un periodismo comprometido con la realidad. Les habla Alonso Terruño desde Radio Universal, 70.1, El Ojo Incorruptible.”

 

       “Dos avisos comerciales y seguimos con otra noticia más alegre.”

 

 

                                                       V

 

       La protagonista apaga la radio en el hospital. Está decidida a no buscar otros detalles de ese sábado. Resignada, se arregla un poco el cabello. Pronto llegarán los hombres de su familia.  María Laura se mira en el espejo y al fin ensaya una sonrisa (como si ésa fuera la vida).

 

 

Emilce Strucchi.  Poeta y cuentista argentina nacida en Florida, provincia de Buenos Aires.  Ha recibido varios premios literarios.  Entre éstos, el Primer. Premio en poesía y Segundo Premio en cuento en el Concurso organizado por la Biblioteca Popular de Olivos y el diario Clarín de Vicente López (2002). Tiene a su haber el libro de cuentos Pleno de ausencias (2001) y el poemario Los trofeos del abandona (2003). 

 

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