Letras Salvajes                     Número 7                                        2005

 

 

 

eDel morales

 

 

 

Noches de 1980

 

He visto caer el sol detrás de las colinas.

 

Como esos viejos

que se detienen al borde de la acera

y pasan las calles aferrados a mi mano.

He visto caer el sol detrás de las colinas.

 

Y siento caer las noches de la isla

encima de mi cuerpo.

 

 

 

Toda una noche con la mano en el agua

 

Bailar de noche con las manos en la arena.

Nadar pegado a los entrantes.

 

Y mis dedos no tendrán paz hasta encontrar el fondo

donde como en un cielo habitan gaviotas

—la iridiscente luz de los huesos de los ahogados,

golpeando en mis ojos para no caerme.

 

Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar.

 

Una braza tiene longitud, la otra recurva

hacia la costa de piedras para ganar los cocos.

Un lugar definitivo es La Boca,

con su tradición de veleros que bajan al río

y una muchacha pegada al gobernable.

 

Qué duras piernas las mías para no ceder

al abrazo de las algas.

 

Si los peces me llevaran a la próxima frontera

y una vez allí saltase yo —como Armstrong o Colón,

pero sin fotos ni reproducciones.

 

Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar,

qué duras piernas las mías para no ceder

al abrazo de las algas.

 

Nadar toda una noche con la mano pegada a los entrantes.

y los párpados cansados, subiendo

la fosforescente caja de los que quisieron bailar.

 

 

 

Mujer gozando su desnudez

 

Las piernas recogidas,

el pelo cansado,

distinta.

Ha dejado su temor junta al último café,

ahora goza mi presencia.

La semipenumbra

y los discos moviéndose en la madrugada,

permiten un espacio para el deslumbramiento.

Está sentada sobre el piso

y mira sin palabras

la esperma que deja en los mosaicos

la vela de la fortuna.

Escucha una canción de ángeles.

Goza en su cuerpo mi presencia.

La limpieza de su cutis y la lentitud de abril

me ofrecen en el espejo manchado

la otra cara de la luna.

 

 

 

Fábula del hombre y la ciudad

 

                    I

 

Sentados junto a una vieja cruz de madera

cuatro pescadores miran al mar.

Aguas lejanas y muertas, un hombre solo por las calles.

Son imágenes que preciso, los últimos lugares

que vieron sus miradas de testigos.

En sus palabras, y en el relato de otros protagonistas,

recuerdan los miedos de aquel año.

Escuchan el silencio de treinta mil rostros

perdidos en su memoria de niños.

Los cayos barridos por las olas, la ciudad apagada.

Luego llega la luna y tensa los cordeles

sobre el tranquilo mar del sur.

Hasta la claridad del día siguiente.

 

 

                    II

 

Habrá otro silencio en la poca arena de las costas,

han dicho mirándome a la cara.

Con el tono de las cosas inevitables.

Es la memoria de la sal en el aire de la noche,

el color del miedo en sus brazos desnudos.

Yo respiro en ese lenguaje de pescadores

la temporalidad manifiesta de mis veintiséis años.

Yo espero con la mano en la cruz

una voz que magie mi nombre y mis ojos de tigre.

Por ella atravesé el país y vine a esta playa.

Luego regreso por un camino de piedras

a mi habitación de hombre de paso en la leyenda.

Y veo cómo se apagan sin amor las casas a lo lejos.

 

 

                    III

 

Hay un cuerpo en la cruz, unas calles en penumbra,

una magia que muere entre las aguas.

Una línea de sombras donde se corta el horizonte.

Vuelvo a la costa por este silencio antiguo

que desde ayer los pescadores me anunciaron.

Ciudad anclada en el letargo, y una bella mujer

que se pierde entre el fuego y la tristeza.

Ciudad de míseros rituales, donde escucho y miro

y palpo cada día la simple repetición de estas imágenes.

Nadie puede sin cambiar retener de verdad sus mitos.

Esas lunas de la memoria de los niños

se hunden para siempre bajo este cielo acabado.

Desde el mar avanza en ras la marea deslumbrante.

 

 

 

Yo también tuve un silencio

 

No estoy escondiendo nada.

sólo dije, calmado y para todos:

No creo en los murmuradores.

 

Van y vuelven por el largo pasillo.

Van y vuelven, pero no adelantan un paso.

 

Yo también tuve un silencio.

Cada amanecer en el mundo un vacío alimentándose,

una puerta pálida como el frío de los ciegos.

Yo también tuve un silencio:

era estrecho y apretaba

como la tos de los irremediables enfermos.

Pero ya rompe el círculo para hacerse voz.

 

Que nadie diga luego:

no lo imaginaba.

Cada hombre tiene su palabra

Cada palabra tiene su sentido.

Que nadie guiñe luego el ojo en los conciertos.

 

sólo creo en el ronco grito de las marímbulas

que con la tierra rugen.

 

 

 

Viendo los autos pasar hacia Occidente

 

En las pequeñas ciudades del centro de Cuba

las calles, habitualmente bulliciosas y dulces,

se quedan vacías en los meses de invierno.

Yo he vivido esa pesada quietud.

Los estudiantes se han marchado a descubrir el mundo

y una paz, una extraña y larga ausencia,

llega hasta las paredes y penetra al interior de los edificios.

Los clubes, las casas de cultura, los campos deportivos,

semejan un set, cuidadosamente preparado,

que espera el regreso de los actores para continuar

        la filmación.

En las pequeñas ciudades del centro de Cuba

todo es ausencia y espera en los meses de invierno.

Yo he vivido esa pesada quietud.

Noches de febrero en la esquina vacía de Libertad y Paseo,

viendo los autos pasar hacia Occidente.

Como quien ve a una muchacha de piel muy limpia y cabellos negros

pasar gustosa hacia otro hombre.

 

 

 

Los textos escogidos

 

                    I

 

Después un amigo me envió unos textos de Borges.

Eran peligrosas reproducciones en mimeógrafo

encuadernadas con el escaso papel de bodega

         que pudo pagar.

Sobre la íntima pobreza que anunciaba el soporte

estaban las palabras, la ruidosa inocencia de un gesto

de juventud, que descreía del fracaso y del éxito,

de las escuelas literarias y de sus dogmas.

Eran, supe luego, apenas seis los textos escogidos

entre los mil y un poemas que Borges tradujo,

mirando las antiguas estrellas desde estos barrios del Sur.

 

 

                    II

 

Cafés de Palermo Viejo, calle Florida,

certidumbre y tiempo deseable, ya eterno, de la Recoleta.

Atestiguo la belleza y las mejillas que el amor desea,

la derrota, la falsía, el río de cielo que fundó la ciudad.

El primer puente de Constitución y a mis pies

el tedio ruinoso que se ordena hacia los arrabales infinitos,

las Obras escogidas de Jorge Luis Borges:

Naipes, bife, editoriales orientales y occidentales,

precios de oferta, tapas plastificadas, papel bond.

Veredas donde un cuerpo prefigura otro cuerpo,

una inteligencia otra inteligencia, una sensibilidad otra

que vuelve en mi memoria circular.

 

 

                    III

 

Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad.

Mi lejano amigo espera aún de mi poesía una magia

que nos haga recordar los textos escogidos.

Tú buscas en los numerosos stands cuál tipografía

        hará el milagro

de eternizar una circunstancia que sé azarosa y frágil.

En esos movimientos de mi vida adivino los Límites de El otro,

el mismo; Lo perdido de El oro de los tigres.

Es Buenos Aires, su fervor, y puedo definir la claridad:

las palabras que intento para ti son también palabras

que en otra latitud del círculo mi lejano amigo espera.

Confundo, al evocar el gesto, su mano y la tuya, su libro

       y el tuyo.

 

 

 

Dentro de mil o cincuenta años

 

Es por la felicidad que escribo estas cosas.

Los discos, el ocaso, las monedas, la espera interminable

bajo la sombra apacible de los árboles.

La silueta, ligeramente inclinada y sola,

de una muchacha hermosa que todas las tardes a las seis,

tiende su ropa del día en los balcones blancos.

El silencio de las balsas que salen al mar

y los pasajeros sin voz, cada vez más lejos de la costa

que habitaron, agitando sus manos en el agua.

Es por la felicidad de unas noches aún lejanas.

Como esos pescadores que en el interior de sus botes

recogen el naylon y lo lanzan y ven pasar las lunas

sin agotarse nunca —con la misma estudiada paciencia—

miro pasar la historia bajo la sombra apacible de los árboles

y escribo estas levedades.

La profundidad del azul en el ojo del pez

me ofrece los mejores motivos.

No la fuerza con que el viento arrastra

cuando penetra en las ciudades del Golfo.

No el movimiento de las batallas que enrojecen el cielo,

haciendo más visible el sentido trascendente de las palabras.

Escribo estas levedades para noches aún lejanas.

Para la felicidad de sorprenderme un instante

dentro de mil o cincuenta años—

mirando una silueta inclinada en los balcones blancos,

mientras el ocaso, las monedas, los discos

giran su espera interminable en el aire del mar.

Distinto a las balsas que parten

y a esos pasajeros que en el silencio agitan sus manos,

intentando vanamente retener una costa

que ya para siempre se aleja.

 

 

 

Niebla de la crisis. Pequeño relato

 

En los años de la crisis

iniciamos largas conversaciones por teléfono.

Cada noche discaba un número de otro municipio

que para nosotros era oscuramente

otra distante ciudad, otra aduana infranqueable,

el otro extremo del mundo.

Discaba a medianoche la señal esperada:

dos veces el timbre, y luego volvía a discar.

En el otro extremo del mundo ella permanecía desnuda.

Nada fue comparable entonces tampoco después

a la plenitud que su voz trasmitía

al decir: Hola.

Escribo sin pretender novedad

como se escribe al regreso del límite

las palabras de un contexto que asumí fielmente.

Ella dictó estos diálogos, estas voces habituales:

El cubrecamas de raso está sobre el piso, por la frialdad,

y yo estoy de espaldas sobre el cubrecamas.

Tu voz está sobre mi cuerpo le hace bien a mi cuerpo

la claridad de tu voz

en la penumbra de estos años.

Muchas veces disqué ese número capturado al azar.

Una noche

el timbre en la casa distante la trajo hasta mi puerta.

En el otro extremo del mundo ella escuchaba

una canción:

sentí el arpegio de la cuerda en la boca del teléfono

y entramos juntos a la sala de conciertos.

Puntualmente a las doce vivimos esos años

las vidas posibles de La Habana:

ahora un cine, después un café, más tarde

un paseo junto al mar.

Era nuestra ficción de La Habana

una ciudad más palpable que la ciudad apagada, física,

real.

Nunca la vi fuera de aquellos diálogos, nunca lo intentamos.

Cortada la ciudad en pedazos distantes,

sorprendidos también nosotros por la niebla de la crisis,

quisimos salvar el sentido de esas vidas:

la intensidad o el relato o la imagen o el deseo de una voz

capturada por azar en las líneas telefónicas

de una ciudad fantasma.

 

 

 

Variaciones en los pos(tres)

para El Poeta de Cernuda

 

La edad tendrás entonces que él ahora

cuando en el tiempo de la siega y del reposo,

honores de un sosiego eterno que apacigua

—tu memoria, tu certeza, tu silencio—

algunos versos lleves a otras manos

para mostrar y hallar signo de vida.

 

Algo nos dirán, en el futuro, voces

ignoradas, descendientes de la palabra nuestra,

y las de extravagantes lenguas, cuyo acento

tentativas distantes nos revelan. Pues las cosas,

la tierra, el mar, los árboles, la estrella—

eternas siempre permanecen.

 

Eternas y cambiantes, hasta que un día se omiten

de un plumazo en la expresión de estos poetas

—hijos o no de nuestra lengua, los más contemporáneos—

que infundan con nosotros,

por su obra, la sed, la incertidumbre

plena en todo el mundo visible e invisible.

 

Con dolor e irreverencia así aprendiste

que en torno el ser humano abjura de la imagen

misteriosa y divina de las cosas,

y de ellos— a mirar inquieto, como

espejo múltiple, sin el cual la creación sería

vana hasta estallar su anhelo en los poetas.

 

Aquel tiempo vendrá, o tú vendrás,

mostrando una fiereza intemporal y antigua:

—adonde estarán ellos cuando tengas

la misma edad que hoy el Poeta tiene—

lo que tu sed recuerda y la suya busca,

habrás perdido entonces.

 

 

Escúchalo pues, que una palabra

amiga vale mucho

en esta soledad, en este breve espacio

de estar vivos, y nadie sino tú puede decirle:

—a aquel que te pregunta adónde y cómo vaga—

venga a estar en el origen de un mundo.

 

Para el poeta estar es lo bastante

e indiferente el crédito o aplauso hacia su entrega,

pues en él a cada instante se recrean,

como uno son la tribu, el mito y la palabra—

las tres alegorías en tanto otro lugar dispersas:

la idea, el origen, y la voz.

 

 

Edel Morales. Nacido en Cabaiguán, Cuba, en 1961. Escritor y promotor cultural. Ha publicado los poemarios Viendo los autos pasar hacia Occidente (1994) y Escrituras visibles (1999). Seleccionó y prologó el catálogo de jóvenes poetas cubanos Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo (2000), todos por la editorial Letras Cubanas. En el 2002 la editorial canaria Globo publicó su poemario Lejos de la corriente, corregido y aumentado para la edición de Unión en el 2004. Obtuvo, entre otros, los premios Revolución y Cultura, 13 de marzo y Razón de Ser. Sus textos aparecen en antologías y en publicaciones periódicas de la isla y de otros países. Poemas suyos han sido traducidos al inglés y al francés. Ha impartido conferencias y realizado lecturas en Cuba, España, Venezuela, Argentina, Puerto Rico, México, Estados Unidos y Alemania. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Es director de la revista de literatura y libros La Letra del Escriba y del Centro Cultural Dulce María Loynaz.

 

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