Letras
Salvajes Número 7 2005
DAVID LAGMANOVICH
pensaba sancho
Al final del ciclo de sus aventuras, mientras el buen Quijano yacía
en espera de la muerte, pensaba Sancho que tanto esfuerzo no debería ser en
vano. Se decía: ¿Por qué no habría yo de continuar las hazañas del ingenioso
hidalgo? No me lo impiden cuestiones de sangre, pues mi amo me enseñó que cada
uno es hijo de sus obras. ¿Osaré proseguir su tarea? Tal vez algún historiador
futuro hablará de la primera salida de Sancho, el sucesor de Don Quijote. Si no
fuera tan difícil adelgazar...
habla aldonza
Señora mía Dulcinea, os digo que no. Jamás, ni siquiera en sueños,
osaría ocupar el lugar de Su Señoría. El lugar reservado para la egregia dama
del Toboso por el caballero a quien llaman Don
Quijote. Una pobre aldeana ¿se atrevería a competir con dama tan encumbrada? Lo
que el caballero dice es cosa de sueños, imaginaciones de un seso trastornado
por lo que llaman poesía. Mi mundo, señora, es mucho más humilde; bien sé que
las damas y caballeros lo desprecian. En este mundo mío me tocó entretener a mi
vecino, el hidalgo Alonso Quijano, quien en las noches solía allegarse a mi
lecho para hacer conmigo su voluntad, como los hombres suelen. De esos amores –si
amores fueron– nació mi niño, a quien trato de criar
en el amor de su madre y el temor de Dios. ¿Advierte vuesa
merced cuán diferentes son nuestras circunstancias? Yo nada sé de mundos de
caballerías. He sido la barragana de un hidalgo;
nunca fui la figura espléndida de un sueño. Ahora Don Alonso usa otro nombre,
el nombre que a sus imaginaciones conviene. Quién sabe si no me desea todavía,
en sus noches célibes y desaforadas, cuando el alba le quita los deseos de
soñar.
robinson
Llegó exhausto a la playa, tan dolorido que pensó que más le
hubiera valido morir en el naufragio. Luchó contra todas las dificultades que a
un hombre procedente de la civilización le esperaban en esa isla maldita; con
gran trabajo consiguió construir un precario refugio; abandonó toda
preocupación por el vestido, ya que al estar lejos del mundo nadie podría
criticar sus andrajos o su desnudez; buscó alimentarse regularmente y
estableció una rutina para emitir señales de humo que pudieran atraer la atención
de algún barco. En esto no tuvo éxito, pero llegó a acostumbrarse a la vida que
le había tocado. Cuando ya casi no pensaba en otros seres humanos, el encuentro
con el salvaje al que llamó Viernes le produjo un susto mayúsculo, del cual se
recuperó al establecer entre los dos una relación que juzgó satisfactoria.
Después la vida volvió a los cauces que consideraba normales, y casi perdió la
noción del tiempo.
Los hombres que desembarcaron estaban llenos de sonrisas.
Irónicamente, hicieron tierra en el mismo lugar donde se había producido su
desastrosa llegada a la isla. De un par de saltos, Viernes
se unió a los recién llegados, se ubicó detrás de una de las cámaras y comenzó
a dar órdenes. Todos estuvieron de acuerdo en que nunca se presentaría en
televisión un reality show que diera
tal impresión de autenticidad.
berlioz
Se cuenta (pero es un cuento de músicos, aficionados a toda clase
de patrañas) que Gioacchino Rossini,
después de examinar con mucho cuidado la partitura de la Symphonie
Fantastique, comentó a un acompañante:
–¡Qué suerte que ese
joven Berlioz no se dedicó a la música! De haberlo
hecho, habría resultado un mal músico.
Por mi parte, he de decir que aun ahora concurro a conciertos,
disimulado entre el gentío. La otra noche escuché una obra de Rossini, y no pude menos que reflexionar:
–¡Qué lástima que no
haya olvidado todo lo que aprendió en el Conservatorio! Habría podido llegar a
ser un buen compositor.
Sé lo que digo: soy el que en vida se llamó Héctor Berlioz.
la hormiga
escritora y el suplemento
La hormiga escritora estaba obstinada en que su firma apareciera en
el suplemento literario del periódico de su pueblo. Por correo, le envió al
Director de esa sección un grupo de poemas, bajo el título de “Meditación sobre
el montículo”. El Director, que era millonario, le devolvió los poemas con una
esquela muy atenta en la que explicaba que, a su juicio, los textos (ya no eran
poemas, ahora eran textos) no reflejaban una honda comprensión del problema de
la pobreza en el país. En efecto, no había allí ninguna referencia a niños
desnutridos, lo que en su opinión descalificaba todo el envío.
La hormiga escritora decidió insistir. Ahora llamó a un mensajero y
remitió al periódico un cuento –se titulaba “Los mejores túneles los cavo yo”–
caracterizado por la pirotecnia verbal y la aparente (pero en realidad
profunda) desfachatez posmoderna. La respuesta estuvo a cargo de la anciana
ayudante del Director, una antigua profesora de filosofía, quien opinaba que el
cuento era impublicable por falta, precisamente, de
densidad filosófica. Agregaba, entre paréntesis, que ni Heidegger
ni Merleau-Ponty lo
hubieran recomendado, en el improbable caso de que se hubieran visto forzados a
leerlo.
Sin arredrarse ante estos contratiempos, la hormiga escritora quiso
probar suerte una vez más. (Ese día había dejado escrito en su diario íntimo:
“A pesar de los esfuerzos de la ONU, la sociedad actual no reconoce la
contribución de las hormigas”.) Decidida a todo, se presentó ella misma en la
redacción con un cartapacio donde llevaba un centenar de sus microrrelatos. El conjunto se titulaba “Antenas en la
noche”. Con gran cuidado, había escogido las minificciones
que suscitaron los más elogiosos comentarios en Ouro Preto, Curuzú Cuatiá
y Gotemburgo.
La atendió el periodista más recientemente incorporado a la
empresa, un albino nacido en Nueva Guinea que había cursado la carrera de
Comunicación Social en Catamarca.
–¿Pero en verdad el
autor o autora de estos textos es una hormiga? –preguntó, perplejo, el redactor.
–Claro: son todos textos escritos por la Hormiga Escritora
–respondió la hormiga escritora, acentuando las mayúsculas.
–Pues verá usted, señora –dijo, respetuoso, el albino–:
en este periódico no será posible que aparezca nunca un texto suyo. ¿No ha notado
que en el escudo de armas del fundador, en el cuartel superior derecho, aparece
la imagen de un oso hormiguero?
David Lagmanovich. Nace en Argentina. Escritor, profesor
universitario y periodista. Ha publicado más de 30 libros, repartidos entre los
temas académicos y la actividad poética. Entre sus más recientes libros
de ensayo y crítica son: Discursos poéticos (1998), Microrrelatos (1999), Navegaciones y congresos (2001),
Estudios sobre la traducción poética: Shakespeare, Cummings, Merton (2001) y Vanguardia y escritura (2003). De sus poemarios, los más recientes son: Las músicas (1999), 54 poemas (2000), Álbum de
postales (2000), Cuaderno del expósito
(2001),
Oficio de palabras (2003) y Potencias
de la música (2003).