Letras
Salvajes Número 7 2005
DANIEL TORRES
En sus tres últimos poemarios, El silencio de la luna (1994), La arena errante (1999) y Siglo pasado (Desenlace) (2000), José
Emilio Pacheco asume una vez más, en su discurso poético, la voz
“complementaria” de la tribu (Verani 285) como una
reflexión sobre los cambios del siglo XX al XXI. Si en Ciudad
de la memoria (1989) nos entregaba una poética del prosaísmo a través de
las imágenes de la babosa o caracol de cementerio (Torres 142-143); en La arena errante son las “aguas malas” (12) las que le sirven para
meditar acerca de la contaminación del planeta.
Por otro lado, en Siglo pasado
(Desenlace) es tanto la repugnancia del reptil, “El vil reptil:/ criatura del demonio o demonio él mismo” (33) como las
termitas, “insectos inmunes/ a los venenos conocidos” (54), los elementos
prosaicos que sirven para dramatizar las advertencias pachequianas
ante los avances del nuevo milenio. En
este último poemario, a manera de
desenlace, el hablante lírico nos
aclara en el 2000, el año de publicación del libro, que “lo posmoderno ya se ha
vuelto preantiguo” al hacernos todos muy “siglo
veinte” según “la muchacha del 2001” (11) o del futuro. Con estos tres libros el último Pacheco
inaugura en el discurso poético hispanoamericano contemporáneo, una discusión
acerca de la literatura preocupada por los males de fin de siglo, frente a la posmodernidad además de estar, cronológicamente hablando,
por las fechas de publicación (1994, 1999, 2000) en la literatura liminal del
entre siglos. La voz que emerge de los
poemas se erige en un gran aguafiestas que le ve siempre el talón de Aquiles a
lo electrónico, como en el poema “Derrota de Bill Gates” donde dice que “el trueno inmenso, emperador de los
aires,/ hace que el mundo estalle en los conductores
eléctricos” (12) con lo que el hablante delimita esa vuelta a “un mundo antiguo
sin electrónica” (12).
En
este breve trabajo abordaremos una lectura posmoderna sobre estas
preocupaciones de fin de siglo en la poesía más reciente de Pacheco. Cómo nos advierte sobre los peligros de la
tecnología frente a los valores profundamente humanos. Ya nos indicaba en “Los vigesémicos”, poema de Ciudad
de la memoria: “ahora para nosotros el terror del milenio,/
los tormentos del fin de siglo” (25). Esos tormentos, ese terror es lo que
Jean-François Lyotard ha
llamado, en La condición posmoderna:
“la condición del saber en las sociedades más desarrolladas” (9). Es decir, el desmantelamiento,
descentramiento o deslegitimación de
ideas monolíticas o absolutas de la cultura (76). A ese respecto y desde el punto de vista
estético, Pacheco continúa trabajando el referente de una manera directa en una
poesía que, metaliterariamente, también reflexiona
acerca de los futuros alcances de la poesía hispanoamericana. Esta dimensión intertextual
es lo que Mary Docter ha
denominado una poética de la reciprocidad (373) y Ronald
J. Friis, siguiendo a Harold
Bloom y su ansiedad de la influencia, “los poetas de
las sombras” o sus precursores más importantes como serían Jorge Luis Borges, Alfonso Reyes y Octavio Paz (15-37).
En
el poema “Milenio” de Siglo pasado
(Desenlace), por ejemplo, se plantea una poética de la catástrofe aparente
que ha sido anunciada desde el epígrafe nerudiano del
poemario: “Fue la edad fría de la guerra./ La edad tranquila del odio” (10).
Los dos adjetivos
“fría” y “tranquila” desestabilizan en el pasaje la carga semántica negativa de
“guerra” u “odio”. Es este mismo proceso
de distanciamiento el que asumirá el hablante lírico a lo largo de Siglo pasado (Desenlace), mostrándonos
los desastres de fin de siglo que son aparentes porque el hablante apenas
contempla y comenta sin comprometerse o lo que, siguiendo a Hölderlin,
Elizabeth Monasterios Pérez ha etiquetado como una “estética y una poética temporalistas” en “tiempos de indigencia” (66). Dicho de otro modo: se nos advierte de los
efectos de la modernización sin negarla, pero devolviéndonos a la sencillez de
los orígenes, sin idealizaciones maniqueístas, porque Pacheco siempre nos
señala el grado cero de la emoción. En
“Milenio”, miramos directamente a la cara del límite de la condición crítica
del saber en las sociedades más desarrolladas:
Todos
esquivan al que intenta darles
las hojitas que anuncian el fin del mundo.
Pero
él me cierra el paso y me dice:
“Entre
el clochard y el teporocho,
el
joven asaltante ansioso de crack con la navaja en la mano,
la mendiga de
llagas supurantes,
los niños combatientes en dos mil guerras de ahora
los leprosos, los viejos abandonados
en hipócritas campos de exterminio;
entre los homeless que huelen a
orines y alcohol de muerte
o aquel Gulag atroz en que dejan
la vista
las mujeres que cosen vestidos de lujo a diez centavos
la hora
mientras los jefes de la compañía
y los accionistas que exigen más y más lucro sin pausa
tienen ganancias anuales de mil millones de dólares…
(38)
He aquí una de
las mayores preocupaciones de fin de siglo de la voz poética: el desastre de
los indigentes en las calles (el clochard y el teporocho), el joven consumido por la adicción al crack, la
mendiga con llagas, los niños soldados, los leprosos, los envejecientes
o gerontes abandonados, los sin casa, las
trabajadoras clandestinas de la aguja para las maquiladoras donde ganan una
miseria. Todo esto y más denuncia el
poema haciéndonos partícipes a sus lectores y lectoras de los efectos nefastos
de la mal llamada globalización o americanización del planeta en una actitud
milenarista que dialoga con la tradición.
Y concluye el poema:
entre todo esto y lo demás a la vista
se alza soberbio e insultante y lumínico
el Templo de los Templos,
el santuario electrónico a la deidad de la usura y el oro
plástico.
¿No le parece justo que vuelva Cristo
y actúe como dicen los Evangelios?” (38)
En medio de
toda esta miseria humana, se alza insultante el centro comercial como “deidad
de la usura y el oro plástico”. Cabe
aquí citar la idea del caos urbano de Miguel Ángel Zapata, en su estudio “La
imagen de la ciudad en la poesía de José Emilio Pacheco”:
La
ciudad… es percibida como un caos. Este
caos
Se manifiesta con menos
detalles descriptivos,
pero condensando
en la mirada la confusión y el
desorden. El hablante puede alejarse del plano
de la
superficie pero llega a detectar el caos,
la
ceniza de su historia y del presente.
(33)
Algo parecido
ha dicho Alberto Julián Pérez en “José Emilio Pacheco: Una poética para el fin
de siglo”, ensayo publicado en 1998.
Pérez ve en la poesía de Pacheco:
…una
reflexión sobre nuestras fallas en el siglo que ya termina: hemos destruido más
de lo que hemos construido y no hemos avanzado en el conocimiento de nosotros
mismos. Nuestra pretendida superioridad es autoengaño. (50)
De ahí que
retomemos las palabras del gran poeta del grupo vanguardista de la revista Contemporáneos, Xavier Villaurrutia, las cuales sirven
de epígrafe a este trabajo, acerca de “la gran preocupación de la poesía” como
“el drama del hombre”, como un “intento” de su conocimiento. Podemos afirmar que el último Pacheco recurre
en los años finales del siglo XX y en los albores del XXI a ese “intento” de
explicar solamente la conducta humana en sus grandes contradicciones haciendo
un paralelo entre la miseria y el “santuario electrónico” al que los
rezagados no tienen acceso, como vimos en “Milenio”.
En el primer poema de La arena errante se parodia a las flores
del mal baudelaireanas con el título “Las flores del
mar” cerrando magistralmente dos entre siglos en un solo poema, el del XIX al
XX, con su decadentismo propio del período, y el del XX al XXI a través de una
preocupación ecoliteraria mediante los efectos de la
contaminación ambiental en nuestro moribundo planeta. Las “aguas
malas” a las que se refiere el
texto son “peces de la nada, plantas del viento,/
gasas de espuma ponzoñosa/ (sífilis, sida)” (12). La sífilis es aquí la enfermedad del XIX y el
sida, el mal posmoderno del siglo XX. Ya
El silencio de la luna había abordado
esta preocupación en la cuarta parte del poemario donde por medio de un
espectáculo circense, “Circo de noche”, el hablante lírico nos presentaba el
patetismo humano de un ilusionista anacrónico:
Este pobre diablo
vivió
sin darse cuenta de que existía la electrónica.
Porque hay televisión, porque
ya todo
lo
vemos en el marco de una pantalla, el Circo
sólo
perdurará si alcanza el formato
de un
videoclip que satisfaga el gusto moderno.
(172)
Y, en este
sentido, los personajes de este mundo particular pierden vigencia:
A estas alturas
nuestros
pobres payasos inspiran lástima.
La Trapecista, el Domador, los
Fenómenos
son
cosa vieja, de otro siglo: no importan.
(173)
El último
poema de Siglo pasado (Desenlace) finiquita
esta idea con una despedida á la Che Guevara, como el
mismo título del poema “Despedida”:
Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco.
Pero en manera alguna pido perdón o
indulgencia:
Eso me pasa por intentar lo
imposible. (56)
Con este
brevísimo poema el último Pacheco nos advierte una vez más acerca del heroico
afán de quedarse en el intento como una proeza.
Si los personajes circenses ya no tienen vigencia a menos que sean
reinventados en una imagen grabada por medio de la técnica del video y desde el
espacio de una pantalla (como muy bien lo ha hecho ya el Cirque du Soleil);
así también “a estas alturas”, como reza uno de los poemas citados, ya no
importan. De ahí la idea del fracaso aparente porque siempre nos sucede cuando
se intenta lo imposible o lo inalcanzable.
Si volvemos sobre las ideas de la
condición posmoderna de Lyotard acerca de lo que se
ha llamado la “crisis de los relatos” (9) o de las grandes narrativas, Pacheco
en su poesía más reciente dice: “Lo posmoderno ya se ha vuelto preantiguo” o “soy el más atrasado” en el poema con que
abre Siglo pasado (Desenlace), titulado
“A través de los siglos”, donde la muchacha del 2001 o del futuro le dice que
es “muy siglo veinte” (11). ¿Cuáles son las implicaciones de que lo posmoderno
se haya convertido en preantiguo? ¿Es que también es
histórico y no el fin de la historia como decía Francis Fukuyama
en “The End of History”? Es decir, ¿el punto
final de la evolución de una ideología humana, la universalización de una
democracia liberal y occidental como la forma final de un gobierno humano?
(5). Beatriz Sarlo
nos habla, al respecto,
en Escenas de la vida
posmoderna de: “el lugar de las humanidades en el giro civilizatorio
tecno-científico” (8).
El hablante
lírico se defiende en la crisis misma de su relato directo o de su gran
narrativa:
En mi penoso ascenso por el
correr de los años
ya
estoy deshecho y con la lengua de fuera
y aún
no he llegado al piso XIX,
donde
me aguarda,
de
cuello duro y con bombín y leontina,
nuestro
señor 1904. (11)
Haber leído y
comentado este poema cien años más tarde en octubre del 2004 (en el marco del
IV Coloquio Literario de la Feria Internacional del Libro de Monterrey,
México), en ese tan merecido homenaje al maestro José Emilio Pacheco, me
recuerda, si me permiten un momento entrar en la crítica personal, otra
instancia en 1984 hace ya veinte años.
Fue cuando descubrí un poemario de nuestro poeta en los anaqueles del
Seminario Federico de Onís de la Universidad de
Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, mi Alma
Mater. En
ese entonces intuí, sin saberlo a ciencia cierta, que mis intentos críticos
estarían ligados a los pasos de este poeta mexicano al que reencontré en su
tierra natal después de haberlo conocido brevemente en otro congreso del
Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana en Brown
University, allá por 1990, hace catorce largos
años. “A través de los siglos” nos habla
precisamente de esto, que en nuestro “penoso ascenso por el correr de los años”
volvemos siempre a donde nos aguarda “de cuello duro y con bombín y leontina”
nuestro principio.
Concluyendo esta lectura posmoderna del
último Pacheco o las preocupaciones de fin de siglo en su poesía reciente,
hemos observado cómo en El silencio de la
luna, La arena errante y Siglo pasado
(Desenlace) se vuelve a la idea del lento paso del tiempo, paradigma
singular de toda su obra, para advertirnos por medio de una poética de la
catástrofe aparente acerca de los límites precisos de la electrónica o de la
vida observada en una pantalla o del poema sin “animaciones electrónicas” como
en el texto “Página” de Siglo pasado
(Desenlace) donde afirma:
Me quedo (aunque sea el último) con el
papel.
La página no es, como se dice
ahora, un soporte:
es la
casa y la carne del poema
Allí sucede aquel íntimo
encuentro
que
hace de otras palabras tu mismo cuerpo
y te
vuelve uno solo con lo que dicen sus letras.
(16)
OBRAS CITADAS
Fukuyama,
Francis. “The End of
History?” En Conflict After
the Cold War: Arguments on Causes of War and Peace. Editado por Richard K. Betts. New York: Longman, 2002. 5-16.
Lyotard, Jean-François, La condición posmoderna: Informe sobre el
saber. Traducción del francés de Mariano
Antolín Rato.
México: Red Editorial Iberoamericana, 1993.
Monasterios Pérez, Elizabeth. Dilemas de la poesía de fin de siglo: José
Emilio Pacheco y Jaime Saenz. La Paz, Bolivia: Plural Editores, 2001.
_________________. Ciudad de la memoria. México: Era, 1989.
_________________. El silencio de la luna. México:
Era, 1994.
_________________. Siglo
pasado (Desenlace) Poemas 1999-2000. México: Era, 2000.
Sarlo, Beatriz.
Escenas de la vida posmoderna:
Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina. Buenos Aires: Ariel, 1994.
Torres, Daniel. “Poesía y poética del prosaísmo en Ciudad de la memoria de José Emilio
Pacheco”. En filigrana: Ensayos sobre poesía colonial y contemporánea en
Hispanoamérica. San Juan: Plaza
Mayor, 2002. 140-148.
Verani, Hugo.
“Jose Emilio Pacheco: La voz complementaria.” Revista de Crítica Literaria Latinoamericana 24.47 (1998): 281-92.
Zapata, Miguel Ángel. “La imagen de la ciudad en la poesía de José Emilio Pacheco.” Revista de Literatura Mexicana Contemporánea
3.8 (mayo-agosto del 1998) 30-36.
Nacido
en la ciudad de Caguas, Puerto Rico, en 1961.
Daniel Torres es poeta, narrador y crítico literario. Participó en la revista-colectivo Filo de
juego (1983-1987); importante publicación de poesía universitaria que congregó
a una parte significativa de la Generación de Poetas de los Ochenta. Ha publicado tres poemarios: Los siete poemas
de Cariño (1998), Fusilado Dios (2000) e Invasión de ternura (2004). El segundo mereció el Segundo Premio del PEN
Club de Puerto Rico. Torres es el autor
de la primera novela gay boricua sobre el SIDA, Morirás si da una primavera
(1993; Premio Letras de Oro). Su primer
libro de cuentos Cabronerías: historias de tres
cuerpos se publicó en 1995. Como crítico
e investigador literario, Daniel Torres ha producido varios libros sobre
diversos aspectos de la literatura hispanoamericana, siendo el más reciente En
filigrana: Ensayos sobre poesía colonial y contemporánea en Hispanoamérica
(2002).