Letras Salvajes Número
7 2005
Alexandra pagán vélez
Deshizo su sombra en
una figura de roble. Al principio la
madera era muy fuerte, era tan difícil trabajarla. Era un simple tronco sin forma aparte de la
dada por la naturaleza. Ni color tenía,
ni tan siquiera brillo. ¡Era tan
dura! Las cuchillas a veces no servían,
la madera se resistía, a veces embestía y la cuchilla se tornaba en arma contra
sí mismo. Se cortaba y su sangre teñía
la madera que se oscurecía.
Cuando
se cortaba le daban ganas de tirarla al río y olvidarse de la tonta idea de
tallarla a ella en aquella madera. Había
veces que tenía que dejar de trabajar cuando las heridas eran tan profundas que
ni la cuchilla podía sostener. Entonces
cuando comía, el tenedor lo hería y al cerrar los puños le dolía y entonces
deseaba tener bien sus dedos otra vez, para poderla acariciar. Terco volvía a la madera que pasó a verse
fastidiada, quien la viera, la podría tirar fácilmente. Cualquiera la arrojaría a la basura, jamás
pensaría que de allí saldría ella: aquella figura que sus manos comenzaron a
formar.
Según
la madera cedía, la figura también cedía y la forma que él quería tallar se
deshacía. Ya no era tan siquiera aquella
figura que él quería crear; el brazo salió manco y el torso no se podía
enderezar. A veces cedía mucha madera y
otras, se resistía demasiado. Así fue
como empezó a tomar vida.
Ya
no era su obra, su creación, sino una creación conjunta con la sombra que
desaparecía y la otra que aparecía. Era
una nueva obra que iba creciendo y asombraba sus ojos según se formaba. Él la encauzaba y ella seguía o retrocedía. Así él la fue creando y ella lo fue creando a
él. El sentido de expectación, de
paciente aceptar el resultado de algo que no esperaba, lo conformó. Así se conformó de no ser lo que esperaba, de
ser según se era. Así deshizo su sombra
y vio su figura.
A:
Pacho
Cuando
sostuvo la escopeta entre sus manos, respiró profundo. Estaba harto de la estupidez de su familia,
harto de no tener dinero, harto de ser un white
trash que no sirve para nada... harto, harto,
harto... No estaba deprimido, estaba
furioso, rabioso, harto. Miró hacia la
sala donde su padre veía televisión y a lo lejos su madre reñía entre dientes,
tiraba los trastes, se secaba el sudor con el antebrazo, y gruñía por la falta
de dinero y la gotera del trailer.
Su bata estaba decorada con gotas de grasa y las pantuflas con ketchup. Esa
mujer solo sabía discutir, fregar platos, insultar, y regañar y joder... joder
con una perseverancia que merece reconocimiento por la dedicación y maestría en
el arte... Cómo la detestaba, estaba tan
harto de ella que no podía comprender ni imaginársela de alguna otra
forma. Buscaba pretextos y siempre
encontraba uno porque genuinamente su trailer es ya una cochinada por
los largos años de uso y descuido. “Nah, all she wants is a raise in the Welfare check
already changed besides her bed; everything delivered to her hand.”
Mientras, su padre elevaba el volumen del televisor convencido
en ignorarla. Descansaba sus manos en la enorme barrigota
de cervecero, aquélla que desde niño empezó a desarrollar y a aprender a
utilizar para algunos bailes de bufón; como instrumento musical y hasta de puppet para su nieto. Tenía las piernas abiertas y estaba plantado
en el couch que alguna vez rescató de un
basurero. Tan solo vestía su ropa
interior, recién había llegado de su trabajo y, como tenía por costumbre, se
sentó a ver los programas de Fox en lo que espera a que le sirvan la cena: hot
dogs con mashed potatoes que complementaría con su inseparable Coors Light.
Entonces, comería, vería el televisor y bebería cervezas hasta que
quedara dormido. Así tirado en el couch hasta el otro día que se levanta a las 6:00 de
la mañana para tomar el bus, el tren, el bus y caminar hasta the factory y
trabajar. Rutina sagrada...
Asqueado
de su suerte, de su vida, de sus vecinos, de su ex-novia y de sus amigos apretó
la escopeta por la culata. Notó que sus
manos y sus pies estaban resbalosos, como la cocina, como las paredes, como la
mesa, como la frente de su padre... La
excitación hacía que sudara copiosamente, de su camiseta podían verse manchas
en las axilas, en el centro del pecho y en su espalda. A lo lejos, Madonna entonaba “American Dream”. Los vecinos del trailer que quedaba más abajo
siempre escuchan a Madonna con el volumen más alto y a Snoop,
P. Diddy, Christina
Aguilera, Missy Elliot,
J Lo, Busta Rhymes;
todo lo más hip y cool. Alguna vez entró a buscar harina para el café
y pudo admirar el equipo de sonido de última que graciosamente estaba colocado
justo arriba de la puerta de entrada. Lo
habían adquirido de un robo que algunos chicos hicieron a Target. “We ain’t gonna buy
anything hot, boy,” le dijo el padre y así
desperdiciaron la oportunidad perfecta de tener un televisor con pantalla
gigante a precio de mercado de pulgas. “This ain’t gonna
happen no more,” masculló convencido de su empresa.
A
través de la ventana veía un columpio formado con una goma de truck y un árbol inmenso que aseguraba sombra y
frescura al trailer de sus padres.
Gracias a ese árbol su trailer no se inunda cuando llueve; sin
embargo, cuando la lluvia es torrencial, la cocina se inunda y por eso tuvieron
que retirar la alfombra. Ahora el
problema es que los gabinetes de la cocina están acolchonados por efecto de las
gotas y se están desprendiendo en hojas que muestran distintas capas de grasa
colectadas a lo largo del tiempo.
Recordó las veces que trepó ese árbol y las veces que cayó de él. Rió, recordó a John
y sus dientes rotos, recordó los juegos de fútbol y a Trisha.
Trisha fue el amor de su vida, tenía su nombre tatuado en
el hombro. Trisha,
con su risa y su cuerpo en la distancia.
Trisha y las escapadas al building
abandonado. Trisha... “Shut up, stupid bitch!” gritó el padre
hastiado. Nuevamente miró la escopeta,
abrió la gaveta que tenía al frente y sacó un solo cartucho. Los gritos de sus padres y el sonido del
televisor ensordecieron el ruido de cuando cargó la escopeta.
Ensimismados en sus insultos, los
padres no se percataron de que su hijo se sentaba en la silla de comedor que
quedaba justo al lado del televisor. Con
extrema dificultad colocó su dedo índice en el trigger
mientras hacía que la escopeta apuntara a su rostro, les ofrecería algo un
tanto diferente a la programación de Fox.
Cuando el padre lo miró se escuchó una detonación mortuoria. Un fuerte empujón y una sensación de calor
llevó a un sueño al hijo suicida que quedó con la cabeza hacia atrás mostrando
la pintura abstracta que su rostro dejaba en la pared. Sus brazos cayeron a ambos lados y la
escopeta quedó acostada entremedio de su padre y el televisor mientras la madre
dejaba de pelear para emitir un si bemol de angustia que notificaba al
vecindario una terrible tragedia.
Más
tarde en ER removían dientes y cabellos.
Él... vivía... Los médicos
podrían salvarlo. Él viviría, el disparo
solo atravesó la boca y la nariz. Solo
perdió su mandíbula, sus dientes, su nariz y gran parte de la piel de su
rostro. Él sobreviviría su intento
suicida. Él podría recuperarse, los
médicos del seguro harían lo que estuviera en sus manos para que pudiera
masticar y tragar; extraerían piel de sus nalgas y de su espalda para tapar la
osamenta facial. Él sobrevivió. Lo más seguro Trisha
iría a verlo, lo más seguro le llevaría flores del lanyard,
lo más seguro le tendría pena, lo más seguro...
En
la sala de espera muy angustiados, muy nerviosos, sus
padres discutían. Lejos en el trailer
unas gotas de sangre se deslizaban con parsimonia por la pared y una lluvia
intensa empezaba a empapar al árbol.
Alexandra Pagán Vélez. Nacida
en Ponce, Puerto Rico, en 1978, y criada en el pueblo de Yauco. Es poeta, cuentista y ensayista. Ha colaborado con las revistas de la joven
literatura puertorriqueña: Zurde, Códice, Brisas y
Puñal de Epifanía. También ha publicado
en las páginas de internet En la Orilla y Obra del
día. En 2001 obtuvo el Premio de Cuento
del diario El Nuevo Día por su relato “El cisne.” Tiene un libro de cuentos inédito que lleva
por título Cuentos de la calle.
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