Letras
Salvajes Número 6 2004
WOLFGANG HILDESHEIMER
(Traducción del alemán
por Paula Blanco)
YO NO ESCRIBO UN LIBRO SOBRE KAFKA
Malas lenguas o mejor dicho, sus dueños, afirman—sonriendo
maliciosamente—que yo estoy escribiendo un libro sobre Kafka. Esto es una falsa imputación, que no estoy
dispuesto a admitir. Pues lo que yo
escribo es un libro sobre Golch.
Por razones de honradez, he de confesar que en una ocasión,
hace ya mucho tiempo, acaricié la idea—como en definitiva todo intelectual
medianamente sensible—de escribir sobre Kafka. Esta es una fase por la que alguna vez hay
que pasar, pero de la que más tarde no es necesario
avergonzarse, como tampoco nos avergonzamos de un cierto sentimentalismo
juvenil. Sin duda, lo que entonces me
retenía no era tanto una aversión al tema como al hecho de que todos mis
conocidos estaban ya escribiendo un libro sobre Kafka
(no todos en uno mismo, sino cada uno el suyo, naturalmente). Por quién sabe qué capricho del destino, del
cual hoy día no tengo motivo alguno para lamentarme, todos ellos habían
comenzado más pronto con tal tema (yo he sido siempre un poco tarde en
desarrollarme), y ya no quedaba ningún aspecto bajo el cual yo pudiera
interpretar a Kafka.
Por ello, tuve durante algún tiempo la idea de entresacar a alguno de
los biógrafos más significativos de Kafka y escribir
un libro sobre él, pero también en esta ocasión se me adelantó otro que, como
yo, había llegado demasiado tarde a la distribución de aspectos.
Entonces decidí buscarme un nuevo campo de investigación, y
lo encontré, pues estoy escribiendo, como ya he dicho, un libro sobre Ekkehard Golch. Para aquellos a los que este nombre no les
dice nada—y todavía existen muchos—, desearía esbozar sólo a grandes rasgos su
personalidad.
Golch, que murió en el año 1929, cuando contaba ochenta y seis
años, fue durante su vida—prescindiendo de su juventud, aparentemente sin nada
digno de mención—catedrático en Almünzacht, ciudad en
la que ni siquiera un tren expreso se detenía.
Tal vez se deba no tanto al hecho, sino más bien a su indiferencia a
todo lo que supusiera un cambio, el que nunca abandonara la ciudad, y que
consagrase por entero su vida, incansable, a la realización de su obra. (Mi capítulo “Viajes íntimos” trata de este
conjunto de ideas, pero continúa en un plano que interrumpiría el curso de esta
breve apología.)
Así, pues, Golch fue profesor en
una escuela profesional femenina de la ciudad—centro docente que aún hoy
existe—, enseñando inglés y alemán.
Después unos estudios analíticos, de los cuales fue quizá el más logrado
el ensayo Figuras femeninas en Körner—si bien el tema, ya pasado de moda, no logra,
por desgracia, captar la atención actual—, dirigió su interés a la que fue su
gran obra, que trata de la vida y obra de James Boswell,
el más importante biógrafo de Johnson, el inmortal
lexicógrafo. Es una obra no sólo de gran
densidad psicológica e inmensa fuerza, sino que supera cuantitativamente en
cuanto al contenido—abarca nueve tomos—la obra de Boswell
y de Johnson de toda su vida.
No quiero anticipar aquí nada de mi libro, pero desearía
hacer constar—y el lector encontrará justificada la gran seguridad en mí mismo
que aquí manifiesto—que en mi obra, que hasta el último capítulo, “Sobre la esencia
de la biografía,” ya terminado, se halla todavía en manuscrito, no sólo he
conseguido describir la profunda experiencia sobre Boswell,
que de una manera evidente vivenció mi protagonista, sino que incluso he tenido
ocasión de estudiar a Boswell a la luz de Golch, y a la vez contemplar al refractario doctor Johnson a través de las gafas de Boswell
(metafóricamente hablando, pues Boswell no usaba
gafas). Naturalmente, es una impresión
sobre cómo se me ha revelado él a través de la interpretación de un tercero, Golch. Por decirlo
así, mi obra es una triple transmisión del núcleo de la personalidad (éste es
concepto creado por mí y que nada tiene que ver con la escuela de C. G. Jung) del doctor Johnson.
Mi libro es bueno, de esto no hay duda. Viene a llenar un vacío. Incluso me atrevería
a decir que los sólidos conocimientos mostrados y la capacidad de ponerme a la
altura de mentes hermanas, virtudes ambas que se revelan en este libro,
inducirán un día a algún biógrafo a consagrarme, al menos como regalo póstumo,
un prolijo artículo por mi calidad de biógrafo de Golch. Y en cuanto a la afirmación de que yo estoy
escribiendo un libro sobre Kafka, no me molesto más
en rebatirla, pues lo será con la simple aparición de mi obra. Porque no se puede escribir sobre Kafka y además sobre Golch. Esto es algo que parecerá obvio, incluso a
esos dueños de malas lenguas.
UNA IMPORTANTE ADQUISICIÓN
Un día, al atardecer, estaba yo sentado en la cervecería del
pueblo ante un vaso de cerveza, cuando llegó un hombre de aspecto vulgar, que
se sentó junto a mí, con voz baja me preguntó, confidencialmente, si me
interesaba comprar una locomotora. Por
lo general, no es difícil que a mí me vendan algo, pues para mí es casi imposible
decir que no, cuando alguien me ofrece alguna mercancía, pero tratándose de una
adquisición tan importante, me pareció que debía tomar mis precauciones. Aunque entiendo poco de locomotoras, le
pregunté por el tipo de máquina, si la Baujahr o la Kolbenweite, para aparentar ante el desconocido, que no
estaba dispuesto a comprar gato por liebre.
Si yo realmente le causé esa impresión, no lo sé; de todos modos, él me
informó gustoso y me mostró algunas fotografías en las que se veía el objeto en
trato, por delante, por detrás, por los lados.
La apariencia de la locomotora era buena, y se la encargué después de
que hubimos llegado a un acuerdo sobre el precio, pues era ya de segunda mano,
y aunque, como se sabe, estas máquinas tienen un desgaste muy pequeño, yo no
estaba dispuesto a pagar el precio del catálogo.
Esa misma noche me trajo la locomotora. Quizás debiera yo haber inferido de esta
entrega tan rápida, que algo sospechoso había en el negocio, pero como yo era
tan ingenuo, ni se me ocurrió semejante idea. La locomotora no podía llevarla a
casa, pues no hubiera cabido por la puerta, además, quizá se hubiera hundido
por el peso, así es que opté por llevarla a garaje, ya que era el lugar
adecuado para vehículos. Como es
natural, de larga no entraba del todo, pero de altura sobraba, pues hacía ya
algún tiempo que yo había instalado allí un globo cautivo, pero éste ya había
estallado.
Poco después de esta adquisición, vino a verme mi
primo. Es una persona que, contrario a
toda especulación y expresión de sentimientos, sólo admite los hechos tal y
como son. Nada le causa extrañeza, lo
sabe todo antes de que se lo cuenten, e incluso lo sabe mejor y puede aclararlo
todo. En resumen, un ser insoportable. Nos saludamos mutuamente y para cortar lo
embarazoso del silencio que siguió a nuestro saludo, comencé por decir: “¡Qué
delicioso aroma otoñal…!”,
“¡…a los ramajes marchitos de la patatas!”, contestó, y en el
fondo tenía razón. Por el momento
desistí de seguir hablando, y me serví una copa de coñac que él mismo me había
traído. Sabía a jabón, y así se lo
manifesté. Me contestó que el coñac,
como podía ver la etiqueta, había obtenido grandes premios en la exposición
internacional de Lüttich y Barcelona; e incluso una
medalla de oro en San Luís, y por lo tanto tenía que ser bueno. Después de haber tomado algunas copas en el
más completo silencio, decidió pasar la noche en mi casa, y salió para meter el
coche en el garaje. Unos minutos después
volvió, y me dijo en voz baja y ligeramente temblona, que en mi garaje había
una locomotora, quizás de un tren exprés. “Ya lo sé, le dije tranquilamente, dando un
sorbito a mi coñac; la he comprado hace poco.”
Preguntó con timidez, si yo viajaba a menudo, y le contesté que no muy a
menudo, que sólo el otro día por la noche había llevado a una campesina, vecina
mía, al hospital, ya que esperaba un feliz acontecimiento. Verdad era que mi vecina había tenido
mellizos, pero esto nada tenía que ver con el viaje nocturno de la locomotora. Todo había sido un invento mío, pero en
ocasiones como éstas, no puedo resistir la tentación de adornar un poco la
realidad. Si me creyó o no, no lo sé; él
se dio por enterado y se quedó en silencio, pero era evidente que se encontraba
incómodo en mi casa. Taciturno hablando
solo con monosílabos acabó de beber su copa de coñac y se despidió de mí. Desde entonces no he vuelto a verle.
Cuando, poco tiempo después, los diarios informaron que a
los ferrocarriles franceses, una noche, les habían desaparecido una locomotora
de la vía—mejor dicho, de una estación de maniobras—comprendí naturalmente, que
había sido víctima de una transacción ilícita. Por eso acogí al vendedor,
cuando me lo volví a encontrar en la cervecería, con cierta frialdad. En esta ocasión quería venderme una grúa, pero
no quise hacer más negocios con él; porque, además, ¿qué iba a hacer yo con una
grúa?
EL ABRIGO DE ENTRETIEMPO DE COLOR GRIS CLARO
Hace dos meses—cuando estábamos desayunando precisamente—llegó una
carta de mi primo Edward. Había salido de casas hacía doce años, en una
noche de primavera, para echar una carta al correo, pero no volvió nunca más. Desde entonces nadie volvió a saber de él. La carta venía de Sydney, Australia. La abrí y leí:
“Querido
Pablo:
¿Me podrías enviar mi abrigo de entretiempo de color gris claro? Puede que lo necesite, pues aquí hace algo de
frío, sobre todo por la noche. En el
bolsillo de la izquierda encontrarás un libro cuyo título es: Manual del buscador de setas. Lo puedes sacar y quedarte con él, pues
aquí no hay setas comestibles. Muchas
gracias por anticipado.
Cordialmente,
Edward.”
Dije a mi mujer: “He
recibido una carta de mi primo Edward, desde
Australia.” En ese momento estaba
introduciendo el aparato hervidor en un recipiente para hervir unos huevos, y
preguntó: “¿Cómo así?, ¿qué dice?”
“Que necesita el
abrigo gris claro y que en Australia no hay setas comestibles.” “Entonces tendrá que comer otra cosa,” me
contestó.” “Tienes razón,” dije yo.
Al rato, llegó el
afinador del piano. Era un hombre tímido
y distraído, un poco quijote, aunque también muy agradable, y, naturalmente,
muy melómano. No sólo afinaba pianos,
sino también reparaba instrumentos de cuerda y daba clases de flauta. Se llama Kolhaas. Cuando me levanté de la mesa, oí algunos
acordes en el cuarto de al lado.
Vi
que estaba en la percha el abrigo gris claro.
Así, pues, ya lo había bajado mi esposa del desván. Esto me extrañó, pues habitualmente, mi esposa
hace las cosas cuando éstas ya es indiferente que se
hagan o que se queden sin hacer. Envolví
cuidadosamente el abrigo, llevé el paquete a correos y lo envié a Australia. Después me acordé que se me había olvidado
sacar el manual sobre las setas, pero da igual, porque yo no soy buscador de
setas.
Me fui a pasear un
poco, y cuando volví a casa me encontré a mi esposa y al afinador del piano
revolviendo por toda la casa, mirando armarios, cajones y debajo de las mesas.
“¿Puedo ayudar en
algo?,” pregunté. “Estamos buscando el
abrigo del señor Kolhaas,” dijo mi esposa.
“Ah—dije,
comprendiendo claramente el error cometido—lo he mandado a Australia hace un
momento.” “¿Por
qué a Australia,” preguntó mi esposa. “Por
equivocación,”dije. “Entonces no
quisiera molestar más,” dijo el señor Kolhaas, algo
confuso, aunque no particularmente extrañado, queriendo, además, disculparse. Pero yo le dije: “Espere usted un
momento. Le voy a dar el abrigo de mi
primo.”
Fui al desván y
encontré en un cofre, lleno de polvo, el abrigo de mi primo. Estaba algo arrugado—al fin y al cabo llevaba
allí metido doce años—, pero, por lo demás, se conservaba en muy buen estado.
Mi esposa lo planchó
un poco, mientras el señor Kolhaas y yo tomábamos un
vaso de jerez, a la vez que me hablaba de algunos pianos que él había afinado. Después se puso el abrigo, se despidió y se
marchó.
Pocos días más tarde
recibimos un paquete de rebeliones, aproximadamente de un kilo. Sobre las setas había dos cartas. Abrí la primera y leí:
“Querido señor Holle (ése soy yo):
Como
ha sido usted tan amable de meterme en el bolsillo un “Manual para el buscador
de setas,” quisiera enviarle como agradecimiento el resultado de mi primera búsqueda
de setas, esperando sea de su agrado. Además,
encontré una carta en el otro bolsillo que seguro usted metería equivocadamente
y que le adjunto.
Afectuosamente,
A.
M. Kolhaas.”
La carta de la que se
trataba era aquella que mi primo salió a echar al correo cuando desapareció de
casas. Evidentemente, se le había
olvidado junto con el abrigo en casa. Iba
dirigida a Bernhard Haase,
quien, según recuerdo, fue amigo de mi primo.
Abrí el sobre. Cayeron una
entrada para el teatro y un papel. En éste
ponía:
“Querido Bernhard:
Te
mando una entrada para que asistas al próximo lunes a la ópera Tannhäuser.
Yo no puedo hacer uso de ella, porque voy a hacer un viaje de recreo. He pensado que a lo mejor tú tienes ganas de
ir. Schmidt-Hohlweg es interpretada por Elisabeth. Ti siempre fuiste un gran admirador de sus ‘sol
sostenido.’
Te
saluda cordialmente,
Edward.”
Para comer hubo
robellones. “He encontrado estas setas
sobre la mesa. ¿Quién
las ha traído,” preguntó mi esposa. “Las
ha mandado Kolhaas.”
“Qué atento, por su parte. No
debiera haberlo hecho.”
“No debiera,” dije, “pero
ha sido muy atento.”
“Ojalá
que no sean venenosas. Además he
encontrado una entrada para el teatro. ¿Qué
es lo que se representa?”
“La localidad que has
encontrado,” dije, “es para una representación de Tannhäuser,
pero ¡de hace doce años!” “¡Ah, para Tannhäuser!,” dijo mi esposa, “de todas maneras no hubiera
tenido gran interés.”
Hoy, por la mañana, ha
llegado otra carta de Edward, rogándome que le envíe
una flauta de tenor. Había encontrado en
el bolsillo del abrigo (que según decía, le parecía raro, puesto que le estaba
más largo que hace doce años, añadiendo que quizás él había menguado algo), un
libro que trataba de cómo aprender a tocar la flauta, y por ello había pensado
hacer uso del libro. Pero flautas no había
en Australia.
“Otra carta de Edward,” dije a mi esposa. Ella estaba desmontando el molinillo de café,
y preguntó:
“¿Qué dice?” “Que en Australia no hay flautas.” “Entonces tendrá que tocar otro instrumento,”
dijo ella.
“Eso creo yo también,”
opiné.
Mi esposa es de una
objetividad fría y aplastante. Sus réplicas
son escuetas y, además, tajantes.
Wolfgang Hildesheimer. Nace en Hamburgo, Alemania, en 1916. Narrador, dramaturgo, biógrafo, guionista,
editor y pintor. Pasó parte de su
infancia en Holanda y en Mannheim. Más tarde cursó estudios en el Frensham Heights School de Inglaterra.
Emigró a Palestina, donde aprendió el oficio de la carpintería, el
diseño de muebles y el diseño técnico.
Estudió pintura y artes gráficas en Londres y escenografía en
Salzburgo. Laboró como oficial de
información inglés en Jerusalem y Haifa entre 1939 y
1945. Fungió como intérprete durante el proceso de Nuremberg
de 1945 a 1949. Su obra más conocida es
la célebre biografía de Mozart (1963). Entre sus libros de cuentos se destaca Fin de
un mundo: narraciones sin amor, publicado en 1962 por la editorial Suhrkamp Verlag. Actualmente vive en Suiza.