Letras
Salvajes Número 6 2004
ricardo iribarren
INSTANTE
Evoco aquel instante
detenido en la lluvia
mientras ella se aleja
y un fuego se levanta.
Un sol tenue se abre entre las gotas
y la tarde avanza
hacia un solitario atardecer.
Alardean los pájaros. Negros insectos
horadan la húmeda tierra
y el silencio de la noche abre su curso
entre carnes cuadradas.
Evoco aquel instante.
Pendular momento en mis entrañas
Se repite
al torcerse a sí mismo el universo:
loco malabarista
que repite sus puntos y sus huesos
mientras los árboles reptan
y los oscuros piélagos
guardan una segunda creación.
Y el instante se copia a sí mismo:
silueta de mujer bajo la lluvia
y un fuerte olor a frío entre las llamas.
EL GATO EN LLAMAS
He visto el gato arder.
Llamaradas azules
surgían de su cuerpo.
Encendían la noche y
los reflejos
sobre tu piel dorada.
El gato flameaba
en un inesperado vuelo. Sus garras
se clavaban en el aire,
inspiraban tornados
en las lejanas Azores
y el fuego abrazaba mariposas
en una tierna danza. Se presentía
el amanecer y las cenizas
esparcidas en la luz,
en el silencio de las muertes
jubilosas,
y en los candelabros azules de la
aurora.
Ardor del gato
desparejo
en aquel tiempo
cuando los cielos se bebían diariamente
y pucheros hervían a lo lejos.
Gatos en llamas,
cenizas de gatos escaldados
que siguen flameando en la nostalgia.
EL DÍA ES UN ANIMAL INCOHERENTE
El día se balancea entre ambivalencias
y llena de incoherencias
los rincones más oscuros de la luz.
Anoche llovió. El
viento
estuvo por destrozar los anaqueles
que sostienen mi rostro. Ahora,
el día baña el pavimento
con una fuente ambigua.
Parábolas de sal
se prenden de las antenas
parabólicas:
hermanas enlazadas,
siamesas y andróginas
vagando por los pasillos entrecanos
de los sueños.
El día balbucea incoherencias
como un suave,
gigantesco animal
que desde tus ojos
devora la tarde y muere
en las alcantarillas del crepúsculo
DESPUÉS AMARLA
Tomar los gestos
que preceden a la aurora.
Ese solemne detenerse
frente al cielo rosado,
dejando caer visajes,
guiños,
torceduras de furia,
de alegría....
Después disolverlos con agua serena
que ha reposado una noche
bajo el vientre blancuzco de una embarazada.
Al término del día,
colocar dos gotas
del sueño de una mariposa
y aquella materia
- Bernardo el Trevisano
-
que está fuera de ti
y eres tú mismo.
Dejar pasar las horas
y cuando sean las seis
colocar unas gotas
en el quinto pensamiento de la joven.
Después amarla
enloquecidamente,
beber sus miradas que caen
como los frutos alados
de los jardines sin país,
e internarse en su cuerpo
como en un continente.
Después amarla. Convertirla
en el fantasma de tus huesos,
en el sueño más puro de tu sangre.
Verla caminar descalza por las tardes
cruzando los puentes que conducen al cielo,
descubriendo las puertas de la aurora,
bebiendo las represas de la muerte.
Después amarla.
Amarla desde ahora,
con la fuerza del sueño de las aves.
FRÍO
Están lejos los inviernos,
aquellos
con su furia de hojas,
con su tropel de ojos y de lluvias,
y el viento alborotando sueños
y el frío que los caza
y los destripa.
Aquí tan solo
la niebla derivando como humo.
La primavera eterna
que cimbra entre los sauces.
Sierras nevadas.
Frailejones,
blandas carnes de Mérida;
pasiones que llegan y se apagan
Antorchas súbitas
encendiendo la comarca del cielo.
El frío en tanto,
late con mis sueños.
Vaivén de soles
apagados,
punto final de los cadáveres,
imperio de la filosa escarcha
que duele en las pupilas de lejanía
prendidas de la tarde.
LENTAMENTE
Lentamente
el aire se llena de corderos,
abejorros rojos,
centellas,
silencios con formas de abejas
en una caravana fariseica
y terrible
que avanza entre los médanos del día.
Lentamente
los promontorios de las nubes
atardecen,
se levantan,
vuelven a caer
y se precipitan en los abismos
negros.
Lentamente,
una silueta se aleja
por la llanura azul de los
crepúsculos.
QUIMERAS
Una jauría corre en mi flanco
hacia el oeste
hacia el oeste.
Desde el sur llegan en bandada
los cuervos conocidos,
los buitres desparejos
y los caranchos tristes,
deprimidos
que frente a la carroña
sienten cerrarse
sus glotis
pendulares
como el cielo en el norte lejano.
Los ojos en tanto
penden en la distancia
desde un cielo en falsa escuadra:
Hablan de quimeras,
del terror a los peces de colores
que nadan en los cuencos del aire;
del miedo a las sirenas
sin voces y sin caras,
de mi cuerpo sin piel
y mi voz sin aliento.
Trepan entonces duendes ocres
por mi costilla,
por mi costilla,
embadurnados con pasta de colibríes
y acero líquido de la noche que se acerca.
En tanto,
Orión pende silenciosa
y el cielo murmura responsos
por muertos que nunca conocimos.
CORAJE
Coraje
de tomar el armadillo de la cola
y sacarlo de su madriguera.
Amanece y un hálito cuadrado
se libera del cielo
Coraje
de tomar las propias penas de la cola
y exponerlas al llanto de la luna
en mitad del trigal
cuando fecundan rosas invisibles
entre la escarcha
Coraje
de mirar hacia atrás y hacia adelante
sin perder de vista los costados
y montar los dragones
y atravesar los puentes
Coraje sobre todo
en la mitad del cuarto
cuando laten las profundidades oscuras
el sin sentido de la vida
y los gritos de dolor sin ton ni son
que emite la vecina;
y pasa una rata;
se deshoja una flor;
un cáncer avanza.
Tras el cartón
de la llovizna fina y gris
la muerte acecha desde el carnaval.
Ricardo Iribarren. Nace en Río de la Plata, Argentina, en 1949. Reside actualmente en Venezuela. Ha publicado artículos de prensa y material
literario en diversas publicaciones argentinas.
En 1992 publicó, junto a Javier Martin, Dick Édgar
Ibarra Grasso y otros el libro La vida está aquí,
seis ensayos y siete leyendas sudamericanos. Es el editor de El Clan Iribarren.
Tiene varias
novelas inéditas.