Letras
Salvajes Número 6 2004
RICARDO COBIÁN FIGUEROUX
¿Existe un teatro puertorriqueño?: Breves
reflexiones sobre “lo puertorriqueño” en el teatro puertorriqueño, el arte y la
memoria, en la sociedad del espectáculo.
La pregunta que da título
a esta presentación: ¿Existe un teatro puertorriqueño?, tiene el propósito de
llevar al extremo, o si se quiere, de dramatizar una pregunta sobre un asunto
que, usualmente, se asume como algo dado o innegable. Lo dicho no implica
eliminarle el apellido al teatro que se hace en Puerto Rico sino, en todo caso,
reflexionar sobre la pertinencia de dicha categoría. La pregunta que me hago
sobre “lo puertorriqueño” en el teatro puertorriqueño se relaciona con la se
han hecho los intelectuales y los creadores de este país sobre el problema de
la identidad cultural durante más de un siglo. Propongo, pues, situarnos en
otro de los lados de la pregunta con la sospecha en mente de que tal vez, el
rasgo esencial de la misma es el hecho de que no podemos darle una respuesta
definitiva, o ni siquiera una respuesta válida. Asumir esta aporía no
necesariamente significa desvalorizar los esfuerzos que se han hecho por fijar
una explicación de dicha especificidad de lo puertorriqueño en el teatro y,
para el caso, de la identidad cultural; sino atreverse a comprender por qué, en
el momento en que parece haberse definido, se nos revela incapaz de salvarse de
la ruina de su propia definición.
A partir de esta
idea general que inspira dicho título, quisiera comenzar aventurando otras
preguntas sobre el tema, para luego dar paso a un breve comentario, a propósito
de estas reflexiones, sobre el libro de Lowell Fiet, El teatro puertorriqueño reimaginado. Notas críticas sobre la creación
dramática y el performance. (Ediciones Callejón, San Juan, 2004).
Propongo, pues, a modo de hipótesis,
las siguientes preguntas: En qué sentido es posible afirmar, y en qué
sentido no, lo puertorriqueño -en el contexto de la globalización- como una
especificidad claramente diferenciada de aquello que no es (lo) puertorriqueño.
Y, consecuentemente, reclamar una originalidad, una exclusividad de lo propio
que, por definición, necesariamente excluiría
aquello que no le es propio?
Cuáles son, pues, los
rasgos únicos, sustanciales o constitutivos que reducen la puertorriqueñidad, y
para los efectos, cualquier otra (idad): americanidad, latinoamericanidad,
caribeñidad, a una especie de síntesis cultural que convierte la sociedad en
personaje, y los hechos históricos en actos biográficos. ¿Podemos seguir
“reimaginando” la puesta en escena de un pasado identitario que pueda dar
cuenta de la complejidad –paradójica por demás- de la sociedad puertorriqueña,
a base de los esquemas de género, raza,
lengua, nación y clase? ¿En qué medida lo
puertorriqueño-criollo-nativo-caribeño, ha sido reimaginado, por críticos e
intelectuales, a partir de una especie de ontología cultural; de un nativismo
geográfico, social o psicológico? (C. Graña, “La identidad cultural como
invención de los intelectuales”).
Y, en otro de los
lados de la pregunta, ¿es posible pensar lo puertorriqueño en el teatro
puertorriqueño como formas que asume el espectáculo de lo étnico? ¿Y la
puertorriqueñidad, como una nueva forma de etnicidad?
En qué medida lo
étnico forma parte del discurso de “la nación amenazada” y, tanto el
intelectual, como el artista y el crítico, promueven una constante
sobresignificación de lo local, de lo popular, de la patria, del linaje, de las
liturgias conmemorativas a los próceres y, en el decir de Tzvetan Todorov, de
toda suerte de “llamamientos a la vigilancia y al deber de guardar la memoria”
(T. Todorov, Los abusos de la memoria),
como supuesta resistencia a la globalización. Y, en otro orden no muy lejano, el
político y el productor-empresario, ¿no promueven, también, el exotismo de lo
étnico, de la diferencia amistosa, en los jingles de sus campañas políticas y
comerciales?
Cabe preguntarse,
entonces, hasta qué punto el mercado de la memoria y su presentificación
publicitaria selectiva ejerce, paradójicamente, un efecto contrario: el olvido
por repetición o por imposición. Y, por otra parte, me pregunto, en qué medida,
ese mercado ha nutrido sus arcas con el síndrome de la identidad nacional, a
través del espectáculo de un culturalismo puertorriqueñista, de la puesta en
escena de un nuevo nacionalismo cultural. (C. Pabón, La nación postmortem).
De qué manera, la
llamada defensa de “lo nuestro” ha sido cooptado por los acomodos del poder
estatutario, domesticados por la adulación cortesana, o por la ausencia de una
crítica negativa, de una ideología elástica.
¿Podemos, acaso, en
la actual sociedad del espectáculo, hablar de teatro como un afuera, como el
espacio privilegiado de lo público o, simultáneamente, la frontera de lo
público y de lo privado está ya irremediablemente marcada y, debo añadir,
mercadeada por una constante dramatización de la intimidad, por una
estilización histriónica de la vida?
Plantea Giorgio
Agamben (Homo Sacer) siguiendo a Foucault,
que el triunfo del capitalismo en casi todos los órdenes de la vida ha sido
posible por el control disciplinario del nuevo bio-poder que construye las
tecnologías adecuadas para crear los cuerpos dóciles que le son necesarios.
¿Será, pues, que en el momento en que esa domesticación radical comienza a
protagonizar la escena socio-cultural y, una vez diluidas las viejas
identidades de clase, raza, género y nación, se entroniza la vigilancia
identitaria de una nueva subjetividad basada, en cierta medida, en la
prohibición del olvido (en una especie
de sacralización de la memoria) y en el
discurso étnico de la diferencia en tanto exotismo y consensualidad?
Habría que ver, si
el horizonte de esa diferencia asumida como propia, resulta también, en una simulación
de la diferencia, en donde el arte y la cultura –y para los efectos el teatro y
la vida misma- por virtud de ese nuevo bio-poder, (M. Foucault, La voluntad de saber), se ha ido
convirtiendo en capital, en mercancía política. Habría que ver, como sugiere
Torrecillas en La ansiedad de ser
puertorriqueño ( Vértigo, 2004), si esa etnización de la vida cotidiana del
nuevo sujeto cultural del consenso social, constituye el contenido mismo de los
mecanismos del mercado en los que descansa la publicidad y las refinadas técnicas de control del
bio-poder capitalista.
En este sentido, la
etnización ha resultado ser un buen negocio, toda vez que, con la velocidad del
consumo actual en la sociedad mediática, lo étnico-criollo-nacional vende bien,
igual que todo lo que tiene que ver con el eterno retorno del pasado, con los
delirios conmemorativos de próceres y de efemérides; con el “patrimonio y
promesa”.
Me pregunto,
entonces, hasta qué extensión todo este asunto de la identidad cultural ha sido
inventada por los intelectuales para legitimar un lugar protagónico, aunque
cada vez más precario, en el seno de la sociedad contemporánea. (C. Graña; op.,
cit.). Y, me atrevo a preguntar,
incluso, si en el fondo, todo este hiperdiscurso de lo boricua de pura cepa, de
los conceptos proteicos de patria, de americanidad, de raza cósmica, así como
los relatos heroicos de los llamados pro-hombres con los que históricamente
hemos beatificado lo nacional -y para los efectos lo caribeño y lo
latinoamericano- han sido, después de todo, inventados, elaborados y difundidos
por intelectuales que se han formado o que han vivido gran parte de sus vidas
en el exilio; en los grandes ejes metropolitanos del poder como París, Madrid,
Londres, Nueva York. ¿No es quizás esa realidad la que le hace exclamar a Derek
Walcott con cierto resentimiento la frase: “That cursed, colonial hunger for
the metrópolis”. ¿Hasta qué punto, pues, el fundamento mismo de lo que pensamos
que somos, en tanto colectividad representativa de una esencia nacional ha
sido, en gran medida, el molde metafísico de un imaginario creado y difundido
por los intelectuales coloniales desde sus exilios?
Y, en otro orden de
reflexión, ¿cómo podríamos replantearnos el teatro en la sociedad contemporánea
cuando la cotidianidad misma se nos muestra, tanto a nivel político, como
económico y social, en una constante puesta en escena, en una teatralización de
los sujetos como actores y de la sociedad como espectáculo? Desde los programas
de talk show, las noticias, las entrevistas y las confesiones autobiográficas
de diverso cuño, hasta el performance diario de un populismo cultural,
religioso, intelectual que se adhiere amistosamente al capital y a las
políticas del estado colonial, están, inevitablemente, marcados por los modelos
que crea el mundo mediático, por una constante estilización y estetización de
la cotidianidad.
Habría que
preguntarse, pues, ¿qué constituye en realidad tal cosa como “lo
puertorriqueño”en el teatro puertorriqueño, cuando la vida diaria en Puerto Rico
es la tragi-comedia glocal de un
presente perpetuo que lo reduplica todo, incluso, la memoria histórica? Teatro
sin (re)presentación, es decir, espectáculo virtual que, como un interminable
comercial, se repite, vuelve sobre lo mismo en series que se auto reciclan, que
simulan ser más real que lo real: hipe real. Pero que, en último análisis, es
el mercado y la tecne, las que iluminan el escenario biopolítico del poder
colonial que estrena el nuevo discurso neo-nacional, lo que termina por validar
la representación de las nuevas subjetividades en provecho del mercado.
¿O es que, lo
étnico, lo auténtico, lo puertorriqueño, como por arte de magia, queda fuera de
las ficciones estéticas, inmutable a la velocidad del consumo, invulnerable a
la complejidad semiótica de ese vasto y sutil sistema de códigos y técnicas de
control, de vigilancia y de homogenización? ¿Es posible, entonces, dar cuenta
de la transformación de la sociedad contemporánea y, consecuentemente, de la
creación artística puertorriqueña, aferrado a las categorías del iluminismo y
del marxismo?
Quizás, el centro de
gravedad del arte contemporáneo, su radicalización, no parece estar en la
esfera del llamado arte comprometido, ni en las asunciones ontológicas de las
“idades”, ni siquiera en el tan beatificado humanismo; descansa, más bien, en
su capacidad de apropiación de la irrealidad, de aquello que está más allá y
más acá de lo humano y de lo divino. Ahí, tal vez, reside la posibilidad de una
nueva relación humana, no humanística, con las cosas, con las máquinas, con los
meros objetos, que nos permita trascender, o escapar, tanto de su valor
utilitario, como de la acumulación de mercancía. En todo caso, la aportación
más radical del arte moderno ha sido –como señaló Ortega y Gasset- su deshumanización,
la tentativa de cosificar lo no cosificable. Como sugiere Agamben, la manera de
superar la mercancía es “llevarla al extremo de sus contradicciones hasta el
punto en que quedaría abolida en cuanto mercancía para restituir el objeto a su
verdad…”, pero no la verdad del humanismo sino, precisamente, en contra de
éste, de su “contrahechura ideológica”, pues mientras más hemos glorificado al
hombre, tanto más lo hemos reducido a objeto. (G. Agamben, Estancias, 1995).
Éstos, a grosso modo,
son algunos de los problemas que me hago en este escenario hipotético de
preguntas que prometí al principio.
Paso ahora, brevemente, a mi comentario sobre el libro del Dr.
Lowell Fiet Reimaginando el teatro
puertorriqueño.
El extenso libro de
ensayos de Lowell Fiet, como bien señala el subtítulo, son “notas críticas
sobre la creación dramática y el performance”, compuestas en su mayoría por
reseñas del propio autor sobre obras presentadas en Puerto Rico y en otros
escenarios caribeños. El libro me resulta valioso como documento del quehacer
teatral en Puerto Rico de estos últimos lustros. Me parece, además, encomiable,
como trabajo de documentación y esfuerzo académico, la recopilación que hace de
las obras que se han exhibido, así como los comentarios críticos que hace sobre
el teatro, desde el Areyto indígena hasta nuestros días, deteniéndose en un
análisis pormenorizado de las piezas que al autor considera como clásicas o más
importantes.
En otro orden de
discusión, concurro con algunos de los problemas políticos y estéticos
expuestos sobre el teatro y la sociedad que Fiet señala y, en términos
generales, por la defensa que hace de la importancia de la teoría. Hasta aquí camino con el autor, pero no puedo
cruzar la calle, ya que tengo diferencias con su libro. Entiendo que Fiet
todavía reproduce muchos de los esquemas ideológicos del
nacionalismo-proletario antimperialista sesentista y, en esa medida,
inevitablemente su posicionamiento teórico y crítico vuelve –aunque de manera
sesgada- sobre la obsesiva reafirmación del “ser puertorriqueño”, transmutada
ahora en un transculturalismo-etnonacionalista-caribeño en una especie de
nativismo socio-geo-político que el autor esgrime como arma de resistencia
frente a la globalización.
Por ejemplo, dice:
“Propongo identificar y trazar una genealogía del performance dirigido a la
etnografía e historia cultural (…) y en las representaciones dramáticas de las
especificidades del diario vivir isleño…” (p.45).
Esa “genealogía del
performance” que el autor se propone trazar lo hace desde los paradigmas de
clase, nación, raza, lengua y género, a través de una particular defensa
política del llamado teatro popular, reencarnado ahora en el performance étnico
de la militancia cultural. Hecho éste que remite a la antigua lógica del teatro
como espejo de la conciencia del pueblo, como foro cívico para plantear y
resolver los problemas del diario vivir. Dicho en términos marxistas: del
teatro como utilidad social.
Al propio tiempo, el
autor hace suyo planteamientos de intelectuales como José Luis González, Gordon
Lewis, y Emilio S. Belaval, así como de teóricos del teatro de la liberación
como Bertolt Brecht, Augusto Boal y Eugenio Barba entre otros. De manera que el
marco teórico aquí expuesto, sigue anclado a las concepciones estructuralistas
y puertoriqueñistas de la vieja guardia intelectual de la “cultura de la
resistencia” y de la lucha en contra de la “norteamericanización del caribe”.
En efecto, intenta
sustituir el discurso de lo nacional con la nueva máscara de lo
“étnico-puertorriqueño-caribeño-popular-local”, como signos de una identidad
que, por un lado, combate la globalización pero, por el otro, amistosamente,
admite la diferencia, sin percatarse de que esa etnización de lo nacional se ha
convertido en el espectáculo del espectáculo; en la fórmula políticamente
correcta de un consenso performativo, cuya esencia no descansa en el telos de
la existencia, sino en su valor de cambio, en la compleja e intrincada relación
entre mercado, arte y publicidad.
En este sentido
pienso, que el autor no profundiza en el hecho de que en la sociedad
contemporánea, lo global y lo local ya están inextricablemente unidos. Lo
étnico es pues, una de las formas que asume la glocalización. Es la ilusión de la singularidad, aferrada a la
seguridad de una identidad vigilante. “Ahora ya no luchamos por la soberanía o
por la gloria -dice Jean Baudrillard- luchamos por la identidad. La soberanía
era un dominio, la identidad sólo es una referencia. La soberanía era
arriesgada, la identidad está ligada a la seguridad (incluidos los sistemas de
control que nos identifican). La identidad es esa obsesión de apropiación del
ser liberado, pero liberado en vacío, que ya no sabe qué es. (…)” (citado en A.
Torrecilla, La ansiedad de ser puertorriqueño,
Vértigo, 2004).
Por último, pienso
que nuestro autor, parte de premisas sobre la sociedad contemporánea que, a mi
modo de ver, deja fuera otros debates teóricos importantes que abren nuevas
perspectivas de análisis sobre toda esta discusión. En su crítica enojosa a los
estragos de la globalización que, según señala “…milita en contra del
desarrollo de identidades locales y nacionales…” (p.26), o en afirmaciones
categóricas como “… la indagación sobre la identidad puertorriqueña se ha transformado
en la búsqueda “transcultural” del significado de ser puertorriqueño” (p. 33),
por sólo mencionar dos ejemplos, opta por la llamada cultura popular- étnica-
local, como lanza y escudo frente al “monstruo” de la penetración imperialista.
Permanece, así, anclado todavía a formas binarias en las que se mantienen las
dicotomías modernas entre global/local; culto/popular; izquierda/derecha;
cultural/transcultural; imperialismo/autonomía; democracia/totalitarismo, etc..
Para nuestro autor,
los teatreros puertorriqueños de ahora tienen “el doble reto de transformar la
forma dramática-teatral, a la vez que se inserta dentro de y lidia con las
complejidades de una (con)fusión neo/pos/colonial y trans/nacional, “ñangotada”
y anárquica, tecno-bi-cultural y chauvinista de la identidad individual y
colectiva puertorriqueña contemporánea” (p.321), pasando por alto la
complejidad de ese nuevo biopoder etnoespectacular de la sociedad
puertorriqueña de la que son parte los mismos teatreros del patio.
Quisiera concluir
con una cita de Gianni Vattimo que recoge, a mi modo de ver, la posibilidad de
un nuevo sentido emancipador del arte. Dice: “….el arte crea puntos de fuga,
posibilidades y modelos alternativos en relación con la existencia real, a la
que enriquecen en la medida misma que la desmienten y la deslegitiman,
quitándole su autoridad y la pretensión de verdad, sin sustituirla por un orden
más verdadero, más próximo al telos de la reconciliación” (G. Vattimo, “El
olvido imposible”, p. 89).
Me parece que el teatro,
hoy en día -al igual que otras formas del arte- más que seguir representando
las viejas utopías de la tierra prometida, o las ficciones antropomórficas de
la cultura como un hecho teleológico, como instrumento colectivo de redención
social, tiene sus garras emancipadoras en su capacidad de desorientar, de
extrañamiento, de volcar las posibilidades de existencia del orden presente en
posibilidades de existencia alternativas, múltiples, que interpelen nuevas
formas de subjetividad entre los humanos y las cosas.
Ricardo
Cobián Figueroux. Nacido en la Habana en 1952.
Reside en Puerto Rico desde muy joven.
Es poeta, ensayista y crítico literario.
Ha publicado ensayos investigativos sobre temas literarios en
importantes revistas académicas de Puerto Rico y el extranjero. En 2001 publica la edición anotada del texto
clásico Los cinco sentidos de Tomás Blanco, bajo el sello editorial del
Instituto de Cultura Puertorriqueña, que mereció un premio del P.E.N. Club de
Puerto Rico. Ricardo Cobián tiene a su
haber los siguientes poemarios: En vísperas de todos nosotros (1979), Caminante
adjunto (1981), Estrellas y prisioneros (1984), Para todos los panes no están
todos presentes (1985), Un día me quedé solo (1993). Sus poemas también figuran en la antología En
una sola torre (1987).