Letras Salvajes                     Número 6                                        2004

 

 

 

Marina sanmartín

 

 

 

LA NOUVELLE VAGUE

 

Te descubro por casualidad, al entrar en la habitación en busca de unas braguitas que llevarme a la ducha. No te das cuenta de que abro la puerta y me quedo observándote en silencio. Estás en la ventana, todavía en pijama, mirando a la calle sentado sobre el baúl azul, estampado de flores amarillas. Fumas. Te has liado un pitillo antes de llegar hasta aquí para salirte del mundo y contemplarlo desde fuera con esa expresión tan tuya de cargar con el peso de todos los secretos.

 

          Mientras me acerco a ti para abrazarte, sé que te gustaría que esto pasara en blanco y negro; que tú y yo nos moviéramos dentro de una película de la Nouvelle Vague.  Como Seberg y Belmondo, sin otra cosa que hacer en este domingo de otoño que enredarnos entre las sábanas de nuestra cama deshecha y perdernos en un diálogo que, de tan cotidiano, sonaría al público artificial... sí tendríamos público y actuaríamos “al margen”. Me lo explicaste una vez, seguro que ya no te acuerdas, cuando nos queríamos con la fuerza del principio de las historias. Hacíamos cola delante de la taquilla de la filmoteca y, para entretenerme, me explicaste que con frecuencia los personajes de la Nouvelle Vague actúan en circunstancias de excepcionalidad, “dentro de un paréntesis”. En aquel momento me pareció que salía con el chico más culto del planeta; ahora estoy detrás de ti y voy a abrazarte para contarte al oído lo que se me acaba de ocurrir, pero tú te adelantas y me pides que te deje solo.

 

          Si fueras Belmondo, ese “déjame” querría decir cuánto me quieres; equivaldría a la petición solapada de un abrazo que, aunque también sería rechazado, en el fondo me agradecerías. Sin embargo no voy a adivinar más.

 

          Me pides que me vaya y me despiertas, así que salgo hacia la ducha y te dejo descalzo con la tarde que cae, envasado al vacío, fuera de tiempo mientras empieza la vida después de nosotros.

 

 

 

 

DESPERTAR EN SARAJEVO

 

 

I

 

Se despierta: “El 4 de marzo de 1992 tropas federales y unidades paramilitares serbias rodearon Sarajevo”. Eso es lo primero que recuerda de la noche anterior. Sonríe; todavía no abre los ojos, sabe que cuando lo haga le molestará la luz que entra a raudales por las ventanas. No le hace falta mirar para descubrir lo que le espera. Tumbada de espaldas en el sofá cama abierto en el centro del despacho, lo primero que verá será a R durmiendo a su lado, con el pelo aplastado y disperso por la almohada; luego, de forma involuntaria, levantará la vista para buscar un fragmento de cielo que le descubra el clima del enésimo lunes.

 

Desde hace más o menos seis meses, todas las mañanas de lunes son iguales: se presentan de puntillas, envueltas en un aura blanca que las ralentiza, confirmando temerosas, a través de ese retal de cielo que le adelanta información, que la vida continúa después de la resaca y el sexo. Fuera el mundo no sólo permanece, sino que nunca cambia más allá de las estaciones. Diferentes despertares le han permitido contemplar desde la misma perspectiva los árboles de la calle desnudos en invierno y ahora, en primavera, preñados de hojas verdes que se resisten a desprenderse con la brisa. Dentro, sin embargo, en el universo de R las transformaciones se suceden tan rápido que no es capaz de apreciarlas en el momento en que acontecen, sino que toma conciencia de ellas con el tiempo, al repasar los recuerdos más inmediatos y compararlos con los que van quedando atrás. 

 

Procurando moverse lo menos posible, busca a tientas la sábana que nota en su tobillo y la arrastra hasta cubrirse. En su ascenso, el tejido se desliza con suavidad por sus piernas y le hace cosquillas. Se estremece. Tiene frío; le ocurre siempre que trata de salir del sueño. Tapada hasta la barbilla se acurruca y, por fin, hecha un ovillo, abre los ojos para encontrarse con R y comprobar que, efectivamente, todavía está dormido. “Sarajevo”; ella nunca ha estado allí.

 

Empieza a despertarse. Acaricia las sienes de R con sus manos pálidas, hunde los dedos en sus rizos revueltos y los desliza hacia la nuca. Repite la operación una y otra vez hasta que él reacciona emitiendo un ronroneo felino. Entonces se detiene. Lo besa en la frente y se incorpora como si un resorte la empujara a levantarse.

 

“El 5 de marzo, la ciudad  fue bombardeada y empezó a estrecharse el cerco, más de 300 carros de combate tomaron las calles de la capital bosnia; un asedio que habría de prolongarse durante 1395 días, convirtiéndose así en el más largo de toda la historia de Europa. Las atrocidades que se cometieron al abrigo del aislamiento fueron terribles”.

 

La primera vez que R la invita a su casa apenas se conocen. Es un domingo de enero y a las siete, la hora de la cita, ha oscurecido. Se baja en la parada que él le ha indicado en un sms y, repasando mentalmente el plano de la ciudad que ha estudiado a conciencia en una guía, enfila una avenida larga y desamparada sobre la que prolonga el verde distintivo de la línea de metro para mezclarlo con el amarillo ocre de los faros de los coches y los colores chillones de los letreros de neón. Llovizna. Mientras recorre el trayecto que la separa de su objetivo piensa en lo que va a pasar: R quiere tirársela. Eso es lo que va a pasar. El porqué ella está dispuesta a permitírselo es ya más complicado, pero tampoco quiere darle muchas vueltas. Lo que siente no es otra cosa que tristeza; una especie de melancolía que se diluye en la ciudad. Observa su reflejo en los escaparates y confirma lo que R no deja de repetirle cuando la besa: Parece una niña. Eso es quizá lo único que ha retrasado el momento de la invitación: a R, de 48 años, le asusta la diferencia de edad. Él tiene el pelo blanco y una barriga incipiente; ella acaba de cumplir 23 y le quedan algunas asignaturas para terminar la carrera.

 

No se pierde: la quinta bocacalle a la derecha lleva el nombre que R le ha dicho. Tuerce y, sin desviar la atención de los números de los portales, se deja impresionar por la decrepitud del paisaje: edificios bajos, aceras estrechas y, delante del numero siete, el que busca, un contenedor de escombros y un solar. Al otro lado de la explanada se extiende silenciosa la periferia urbana: algunos esqueletos de árboles precediendo a un horizonte irregular de construcciones que la asfixia. Llama al timbre; R le abre sin preguntar.

 

Es un tercero, no hay ascensor. La escalera es vulgar y, en los tramos finales, tiene que sortear varias cajas de cartón que se apilan contra la pared y junto a la barandilla. Hay polvo por todas partes. Puede verlo atrapado en el tenue haz de luz que ilumina los rellanos. En el último, R la está esperando en la puerta con una linterna encendida. Acaba de ducharse, aún no se le ha secado el pelo.

 

-Sabía que lo encontrarías. Chica lista.- La saluda con un beso que, aunque no rechaza, a ella le produce repulsión. Después se aparta para dejarla entrar y estudiar su reacción desde cierta distancia. - ¿Qué te parece?

 

-No me dijiste...

 

-Te dije que estaba en obras.

 

-Ya, pero esto... no hay ni rastro de la casa... es como vivir en las ruinas de una guerra.- Se vuelve para mirarlo temerosa de haberle ofendido, pero él no parece molesto y le sonríe encogiéndose de hombros.

 

-Ven, te la voy a enseñar, aunque vas a tener que poner bastante imaginación de tu parte.

 

Avanzan entre los cascotes, esquivando todo tipo de obstáculos y, mientras le explica cómo era la distribución anterior y cómo será la nueva, ella le sigue en silencio, dándose por satisfecha con intuir, gracias a la linterna, los montículos de basura para no tropezar con ellos. R le habla de las ventanas, señalándoselas, y ella sólo ve agujeros sin marco y cristales sucios; R le confía sus dudas acerca de los colores de las paredes y de la posibilidad de poner tarima flotante y ella no pronuncia palabra, fascinada por la estructura en carne viva y la ausencia de suelo; R reafirma en voz alta su decisión de instalar halógenos en todas las habitaciones y ella mira el techo y compara los cables que cuelgan con gusanos gigantes e intestinos.

 

Terminado el recorrido, la coge de la mano y la conduce a un reducto surreal: en el espacio del futuro despacho, hay un sofá cama de matrimonio enfrentado a una mesa con una televisión y un DVD. Lo único que cubre el colchón es un mugriento edredón azul sobre el que él se lanza con un dinamismo exagerado.

 

-¿Quieres que veamos una peli? –Le sugiere señalándole la mesa- Al lado de la tele hay un montón. Elige la que quieras y ven aquí. He comprado cervezas.

 

Obedece. A su espalda, R empieza a desvestirse con cierta precipitación, de manera que cuando se vuelve a mirarlo lo encuentra en calzoncillos. En lo que ha tardado en quitarse los vaqueros, ella ha repasado los títulos de las películas y ha descubierto, mezclados entre lo mejor de la filmografía de Woody Allen y algo de cine español, varios clásicos del porno.

 

-¿Garganta profunda? –Le interroga fingiendo asombro.

 

Ey!

 

Se acerca y le arrebata la carátula tratando de parecer gracioso pero incapaz de ocultar que se siente avergonzado.

 

-Mejor no. ¿Qué tal Desmontando a Harry? ¿La has visto?

 

-Sí, pero me da igual, me gusta mucho.

 

-Pues no se hable más. Yo me encargo. Tú sírvete y ponme a mí también, por favor.

 

En el suelo levantado, junto al sofá, hay una bolsa con vasos de plástico, cuatro latas de cerveza y un paquete de pastas de té seguramente comprado en una tienda de chinos.

 

El piso le dice más de R que todo lo que él le ha contado de sí mismo hasta el momento. En el centro de ese espacio vacío y sórdido le asalta de repente la necesidad de hacerle muchas preguntas, se muere de ganas, pero se calla. Se limita a esperarlo sosteniendo los dos vasos, bebiendo con lentitud y conteniendo la risa nerviosa ante una situación que se obliga a valorar sopesando el interés que podrá tener en un futuro, cuando se reúna con sus amigas de siempre en un café y les cuente que se fue a la cama con un cuarentón deprimido, cuyo único plan para levantar el ánimo consistió en tirar la casa abajo.

 

Se contiene pues y guarda silencio para separar con un abismo la realidad de lo que podría ser. Así habrá de proceder a partir de entonces, permitiendo que un bosque frondoso e intransitable se extienda sembrado de trampas entre la historia verdadera y la que a ella le gustaría ir construyendo y, aunque muchas veces estará en su mano el hacer que las cosas sean de otra manera, no las cambiará; todo lo contrario, dejará que los acontecimientos, a duras penas recortados con los perfiles propios de una pasión típica, evolucionen tal y como R espera.

 

Con la versión original de Desmontando a Harry de fondo, R le pide que se meta en la cama. Aún no son las ocho y, aunque la noche hace rato que ha caído, se siente incómoda y trata de retrasar el momento poniendo el frío como excusa para no desnudarse, pero él la espera y, aparte de la posibilidad de huir, no le queda más remedio que aceptar el juego y, después de quitarse la falda y taparse, desprenderse de las medias por debajo del edredón, sintiéndose el objeto de la mirada extraña de R, tan desprovista de razón que no puede considerarla mala, ni siquiera enfermiza. En un segundo piensa en las veces que se ha enamorado y recuerda como la han mirado en esos casos, con comprensión y con ternura. Sin embargo en los ojos incontrolables de R no hay ni rastro de afecto, no hay intención de entender, sólo necesidad de tocar sin preludios: ni copas de vino, ni caricias... sólo la avidez de acabar con cierta humedad no resuelta, impregnada para colmo de la decadencia propia de todas las tardes de domingo.

 

-Bienvenida a Sarajevo. –Le dice después de abrazarla con torpeza.

 

-Gracias. –Responde decidida a echar el polvo lo más rápido posible y salir corriendo.

 

“Fueron listos. La madrugada del 25 al 26 de agosto de 1992 los radicales serbios bombardearon la Biblioteca Nacional y permitieron que más de un millón de libros se convirtieran en ceniza y se esfumaran disueltos en un rastro gris, más propio de fantasmas que de objetos que hubieran existido alguna vez. Quemaron las historias de un país y destruyeron el edificio centenario que les había servido de refugio. En su lugar, no dejaron nada más que un último recuerdo: la imagen de las llamas en la oscuridad y el sonido de los proyectiles como preámbulo a una montaña de ruinas”.

 

Decide no volver a verlo. El lunes se despierta y hace un esfuerzo para no dejarse arrastrar por la estela de la tarde anterior. Siente asco.

 

Prepara café, desayuna delante de la televisión, se ducha después de sintonizar una emisora de radio fórmula y subir el volumen, y se viste delante de la luna de espejo que esconde detrás de una de sus puertas el armario antiguo de su habitación. Vive sola, con la compañía sinuosa de una gata, Maga, de ojos verdes y pelo gris. Alquila un bajo minúsculo en el centro de la ciudad; por las mañanas escribe en su diario, trabaja por las tardes como teleoperadora y busca huecos para asistir a la universidad, donde conoció al profesor R cuando le invitaron a participar en un ciclo sobre Historia de la Europa del Este en el que ella se había matriculado.

 

Al principio le resulta simpático, incluso llega a reírse con algunos de los chistes que cuela en su ponencia para hacerla más amena. Observándole, le encuentra parecido a los personajes de las viñetas que Forges publica en El País, y ese reconocimiento la obliga a ahogar una carcajada que R adivina y por la que se fija en ella. Ya no le quita ojo. Nota que la mira cómplice en cuanto tiene oportunidad; la convierte en su referencia y habla buscando su atención; solicitud a la que ella responde divertida, dispuesta a seguirle el juego. Terminada la conferencia, interviene en el turno de preguntas y se dirige directamente a él para confirmar su sospecha. R resuelve su duda con una media sonrisa que le delata y no consigue sorprenderla al buscarla a la salida, con la intención de invitarla a un pincho de tortilla para continuar charlando sobre el cerco de Sarajevo.

 

En la barra de la cafetería, atrincherados detrás de un par de cañas, él, generoso, se ofrece a echarle una mano si puede serle útil como fuente para cualquier trabajo que tenga que presentar. Como muestra de su interés, le entrega su tarjeta y, a continuación, le pregunta su nombre. “Mi nombre es Eli”, le dice cayendo en la cuenta de que en todo el rato que llevan juntos no se le ha ocurrido presentarse, y promete llamarle en caso de necesitar su ayuda.

 

Tarda dos meses. Le manda un correo electrónico sin pensar, no demasiado convencida de que le conteste, cuando le toca la guerra de Bosnia como tema de exposición oral en su clase de Relaciones Internacionales. No tiene ni idea del conflicto y se acuerda de él.

 

A la mañana siguiente recibe su respuesta: una cita a las ocho de la tarde en un café. La posibilidad de que quiera sexo no se le pasa por la cabeza y acude al encuentro con una libreta y un manual de Historia Contemporánea que piensa hojear mientras le espera. Da por hecho que llegará tarde, pero se equivoca. Cuando entra en el local, le distingue al fondo, sonriéndole con un suéter negro de cuello alto, apenas visible; un perfil mal recortado por la iluminación decadente de las lamparitas que decoran las mesas de superficie de mármol y el mobiliario de madera y terciopelo rojo.

 

          Mantienen   una   conversación   distendida,   en la que  R  habla  de  Bosnia-Herzegovina y, a cambio, de manera poco sutil, interroga a Eli acerca de su situación personal. A ella el intercambio de información le parece justo, no se molesta. Al revés, encuentra cierto placer en desplegar su vida delante de un desconocido. Él, educado, la atiende con paciencia, mostrando una expresión interesada, sonriendo cuando ella espera que sonría, por ejemplo cuando le habla de su extraña habilidad para recordar la última palabra de las novelas y le desafía a ponerla a prueba, y mirándola en todo momento con unos ojos marrones algo adormilados, demasiado cómodos detrás de las gafas de montura antigua que les sirven de escudo.

 

Trabado con las pequeñas intimidades que Eli le desvela -su afición a ir sola al cine, quedarse horas leyendo a Paul Auster en los andenes del metro- y los apuntes sobre la guerra que él intercala y ella anota, comparten un rato agradable. La charla termina con R pagando las cervezas de los dos y despidiéndose en la puerta, donde cada uno toma una dirección después de darse dos besos y hacer algunos comentarios corteses sobre lo bien que lo han pasado. Para Eli el encuentro acaba ahí, para él no.

 

Veinticuatro horas después, R le escribe agradeciéndole la cita de la tarde anterior y proponiéndole una nueva. Ella, algo sorprendida, lo rechaza con una excusa, pero empieza a pensar en él. No sabe nada de R. No se ha entretenido en valorar su actitud, no han vuelto a su mente los ratos que han pasado juntos. En sus tiempos vacíos, la imagen de R no ha saltado a primer plano; ha permanecido enterrada, sepultada debajo de las preocupaciones cotidianas y los otros nombres, los de aquellos que sí le obsesionan y persiguen más allá de la realidad física. R no está entre ellos.

Desde el lunes en el que decide no volver a verlo, mientras se prepara para salir hacia la hemeroteca y la Maga golpea la luna de espejo en la que, sin entender, se descubre reflejada, Eli recuerda el principio y comprende que inició el camino hacia casa de R en el instante en que cedió a su insistencia y, con cierto reparo, quedó con él por segunda vez para ir al cine una noche de viernes después del trabajo. Cenaron bocadillos de calamares en un bar típico de la plaza Mayor y vieron la película en una sala llena de gente. Más o menos en la mitad de la proyección, R le cogió la mano y, aunque ella no sintió nada, no la apartó; la dejó paralizada entre las suyas. Luego, antes de abandonar el aparcamiento, en el coche de R ocurrió algo parecido: cuando él intentó besarla no opuso resistencia; se limitó a dejarse guiar por su lengua con una docilidad que no esperaba de sí misma,  y a  partir de esa noche accedió a sus proposiciones con regularidad hasta acabar quedando para follar a las siete de la tarde de un domingo.

 

          Retiene en la memoria cada palabra y cada gesto, los tiempos de conversación, el ritmo de las miradas, los labios carnosos de R y los escenarios de sus salidas pero, aunque los repasa una y otra vez con una minuciosidad obsesiva, lo único que detecta en ellos es un halo de frialdad descorazonador, no las claves provocadoras del deseo. Ella no experimenta ninguno, así que no le volverá a ver. Es una decisión definitiva.

 

La hemeroteca de su facultad es pequeña y tiene pocos fondos, pero es un sitio tranquilo, lo que inclina la balanza a su favor. Cuando llega, está desierta: una amplia sala rectangular con ventanales hasta el suelo, por los que se cuela la luz del mediodía,  y doce mesas de patas negras y superficie verde manzana, alineadas en dos filas de seis. El encargado, solitario detrás del mostrador, la reconoce y la saluda con un gesto.

 

Lleva varias semanas viéndola llegar prácticamente a diario. Se está documentando sobre la guerra, buscando un enfoque original para su trabajo, pero no lo encuentra. Fiel a su costumbre, se instala en una de las mesas del fondo y escribe en una hoja que arranca de su libreta las publicaciones que desea consultar, una selección de las ediciones más representativas entre agosto de 1992 y el primer semestre de 1993.

 

 “Cada día morían en la capital entre diez y quince personas. Había que hacer algo. Durante las primeras semanas de 1993 serbios, croatas y bosnios musulmanes se reunieron en Ginebra para intentar llegar a un acuerdo. El plan de paz, que preveía la división de Bosnia en diez provincias, fue aceptado por los musulmanes, pero no por los serbios, quienes, lejos de suavizar las condiciones del cerco, intensificaron el asedio sobre Sarajevo. Tal vez si los serbios se hubieran parado a pensar que podían haber nacido croatas o musulmanes y estos hubieran caído en la cuenta de que podían haber nacido serbios, se habrían solucionado antes las cosas”.

 

El pitido la devuelve a la sala vacía. Levanta la vista de la fotografía y se topa directamente con la mirada acusadora del encargado, quien le señala sin pronunciar palabra el cartel donde se indica que deben apagarse los teléfonos. Ella se encoge de hombros disculpándose y rebusca en el fondo de su bolso hasta localizar el móvil. Tiene un mensaje de R, el quinto desde que se marchó de su casa la tarde anterior. R quiere saber si se arrepiente de haberse ido con él a la cama; si quedó satisfecha; por qué se fue de forma tan precipitada; por qué no da señales de vida... Eli no le contesta. El silencio es el punto y aparte más hermético que conoce, al que le resulta más fácil recurrir, y apoyarse en él en este caso no admite dudas, al menos no hasta que se tropieza con la fotografía.

 

La instantánea en blanco y negro de la Biblioteca Nacional de Sarajevo después del bombardeo le da una idea que empieza a perfilarse cuando R intenta de nuevo contactar con ella. Campo visual: mensaje de R en la pantalla del móvil y, al lado, los restos del edificio en la hoja amarillenta del periódico. Se dice que, si el mensaje hubiera llegado antes o después de su paso por la hemeroteca, nunca habría decidido llevar a cabo el plan de trabajo que le sugiere la visión de los escombros, pero R hace su aparición en el momento justo, superponiéndose a semejante imagen de destrucción. Y eso lo cambia todo.

 

Calma su ansia prometiéndole que le visitará en el plazo de una semana, el tiempo mínimo para reunir el material que le permita poner en marcha su proyecto: una cámara digital y algunas fotografías. El propio R, aunque lo ignora, es el tercer elemento, indispensable para el desarrollo de la investigación; y el cuarto, no previsto, lo encuentra sobre la tapa de un contendor cuando, de nuevo en domingo, se dirige a casa de R. Es un corcho enorme. Carga con él con cierta dificultad y cubre la distancia que le queda consciente de ser el centro de las miradas de los desconocidos que se cruzan con ella. Le da igual. No quiere pensar. Por fin sabe lo que va a hacer y, a pesar de asumir la escasa viabilidad del experimento como trabajo para aprobar Relaciones Internacionales, siente que debe embarcarse en su realización sin cuestionarse acerca de su utilidad o de lo que tendrá que ceder a cambio. Han quedado para comer. El día está nublado y todos los colores parecen bañados en gris.

 

R responde al telefonillo sin interesarse por su identidad, igual que la primera vez, como si nadie más pudiera llamar a su puerta, y Eli sube los tres pisos deteniéndose a tomar aire cada siete u ocho peldaños. Cuando al fin llega, no se percata de la expresión sorprendida de R, que la ve entrar decidida, directamente al despacho, donde se desprende de su carga apoyándola contra la pared y, sin quitarle ojo, retrocede para contemplarla desde el sofá con la atención que se presta a los cuadros expuestos en los museos, mientras toma aliento y se desprende de su abrigo.

 

-Ya han pintado. –Le dice él sentándose a su lado, convencido de que no se ha dado cuenta.- ¿Para qué es?

 

-¿Perdona?

 

-El corcho, ¿para qué es?

 

Eli le sonríe enigmática y, sin compartirlo con R, se dice que están mirando el corcho como si miraran un espejo que rescatara su imagen: los dos con vaqueros viejos; ella con las piernas cruzadas y la mochila muy cerca, a sus pies; y él con los dedos de las manos entrelazados y la expresión despistada que le caracteriza, rozándole el brazo izquierdo con el suyo derecho. Se ve a su lado, refugiados en la habitación, con las ventanas desnudas a la espalda y, más allá, el paisaje frío del invierno. Y lo besa entonces; un beso rápido que a él se le escapa cuando, al intentar inclinarse sobre ella para prolongarlo, Eli se agacha, abre la mochila y saca su carpeta.

 

-El corcho es para mi trabajo y esto también...  –Dice tendiéndole un fajo de fotocopias.- ¡Cuidado!

 

A R los papeles se le escapan de las manos y caen esparcidos por el suelo.

 

-¡Mierda! Lo siento. ¿Qué son?

 

-Da igual... son lugares de Sarajevo bombardeados durante la guerra.

 

-¿Qué piensas hacer?  - Le pregunta cogiendo una hoja al azar.

 

-No puedo decírtelo, pero tengo que hacerlo aquí, si tú me dejas...

 

Él tarda unos segundos en responder. Sin mirarla, con expresión reflexiva y la fotocopia como centro de su atención, no parece convencerle demasiado la idea.

 

-Así nos veremos todos los días.

 

-Así nos veremos todos los días. – Repite R.- Y yo no sabré qué coño estás haciendo...

 

-Intenta adivinarlo. Puedo darte una pista.

 

Se arrodilla sin esperar respuesta y no para hasta encontrar la reproducción desoladora de la biblioteca. Con ella en la mano, consciente de que R la observa, se pone de pie, busca en su bolsillo una cajita de chinchetas plateadas y utiliza una para clavar en el corcho la fotocopia.

 

-Este es el punto de partida.

 

R, desconcertado, se acaricia la barba de dos días y arquea las cejas antes de sonreírle vencido. A ella le da pena.

 

-Haz lo que te de la gana... puedes quedarte si quieres... ir y volver... haz lo que quieras, pero ahora ven aquí.

 

Lo mira con ternura desde el otro lado del mar de papel y, aunque intuye que R desconoce las razones que la mueven a acceder a su petición, avanza hacia él pisando las hojas. Se detiene cuando está muy cerca y se quita el suéter en silencio, dejándolo caer.

 

-Quítate también la camiseta.

 

-Tengo frío.

 

-Quítatela.

 

Hace lo que le dice. Él le sacude las rodillas.

 

-Te has llenado de polvo. El suéter también se va a ensuciar. Eres una descuidada.

 

La voz de R suena hueca. Ninguna palabra dicha así significa nada. Deja de inspirarle lástima. Instantáneamente, deja de sentir compasión. Sin embargo, aunque asiste a la escena con frialdad, desde la distancia, hay algo en su forma de actuar que la excita.

 

Permanece quieta, los brazos muertos y los ojos fijos en los dedos de R que le desabrochan los botones del pantalón y tiran de él. Colabora apenas descalzándose y flexionando las piernas para sacarlas de los camales. Se quita el sujetador. Espera mientras R mira su cuerpo indeciso. El cuerpo de Eli.

 

Desliza la mirada por sus formas pálidas y rotundas, vikingas; una mezcla de aristas y redondeces que roza el exceso. Avanza desde su nariz afilada hasta sus pechos. Descansa las manos en sus caderas, donde ella las rescata cubriéndolas con las suyas y le despierta fugazmente de su hechizo. R parece perdido. Ridículo en su inmovilidad, sentado todavía, vestido, con las gafas puestas; la frente brillante a causa del sudor. Para ella, es un hombre viejo.

 

Esa es la primera vez que Eli hunde sus dedos en los rizos blancos de R. Lo recordará luego, lo repetirá. R apoya la cabeza en su vientre y ella se recoge el pelo en una coleta con una de las gomas que lleva en la muñeca. Tiembla. Está helada. ¿Qué escribirá después? La sensación de frío acapara el noventa y nueve por ciento de su percepción. Calcula el porcentaje, se arrodilla entre las piernas de R, nota trozos de suelo roto que se le clavan en los empeines y las rodillas, escucha el ruido de la cremallera del vaquero de R mientras la baja. R sobra. No cuenta en la escena. Es un objeto más, un mueble más, igual que el sofá o las pilas de libros. Ella juega con R como jugaría con ellos, experimentando en el espacio extraordinario de la casa en obras, destruida. Al menos eso es lo que quiere creer.

 

Piensa: nada me importa. Ya no vale detenerse, no hay vuelta atrás. Ahora toca una felación. Describir una felación, vivirla. Retener en la memoria cada uno de los matices, desde el ambiente desolador al orgasmo de R y su cristalización en palabras y gemidos, en caricias... no resultará. La verdad se le quedará siempre entre las manos aunque intente deshacerse de ella exponiéndola por escrito. Las manos siempre esconderán secretos. Un número infinito de prismas no bastaría para captar la realidad, para llenarla de ojos. Sólo ella puede verla. Sólo R la mira.

 

“Leí en un libro de la biblioteca lo que alguien escribió en la pared de uno de los edificios de la Avenida de los Francotiradores durante la guerra. Escribió: Bienvenido al infierno. Leí también que Sarajevo se extiende a lo largo de un valle; una ciudad rodeada de montañas y cruzada por un río. Nunca pensé que el infierno pudiera ser  un lugar tan bonito”.

 

Lunes, ocho de la mañana. Casa de R. Él me despierta, tiene que irse a trabajar pero dice que puedo quedarme. No me besa, no hay ninguna muestra de cariño. Va con el tiempo justo y se limita a comentar sentado en el borde del sofá abierto, frotándose la cara con las manos para espabilarse, que estuvo muy bien “lo de la tarde anterior”. Yo no hablo, no tengo ganas de hablar. Adormilada bajo el edredón azul, le veo salir de la habitación descalzo, en calzoncillos y camiseta. Unos segundos después, en el baño, enciende la radio y abre la ducha. 

 

Con los sentidos de R ocupados, me siento por fin libre para mirar alrededor sin que él esté pendiente de mi reacción. Bregando contra mis párpados, que se resisten a permanecer abiertos, levanto la vista y me encuentro con un retazo de cielo color ceniza, única fuente de luz, ya que el lento avance de las reformas en el piso retrasa la llegada de la electricidad.  Las fotocopias continúan esparcidas por el suelo y el corcho, apoyado en la pared. La atmósfera en el interior es plomiza, lóbrega, como el cielo que lo ilumina desde fuera. Mezclo los ruidos de la calle con la visión de mi ropa arrugada y el helor que se extiende al acecho más allá del sofá. No me muevo. Trato de retener los detalles contemplando la posibilidad de que la situación, excepcional, no vuelva a repetirse. En ella nada cumple una pauta, nada la establece todavía. Podría tratarse de un sueño y desaparecer discretamente de la memoria conforme fuera avanzando el día. Cuando R regresa, aviva mi sensación de irrealidad.

 

Aparece recién duchado, perfumado, con el pelo mojado peinado hacia atrás e impecablemente vestido, pantalones de pana, cinturón de piel, suéter y zapatos marrones, lo que le confiere una apariencia de espectro, de alguien fuera de lugar, un visitante en su propia casa. Le digo que se ha convertido en un personaje en color dentro de una película en blanco y negro. Me sonríe por cortesía. Quiere irse. Pienso que nadie que le vea así puede imaginarse lo que R esconde, dónde vive.

 

Me deja un juego de llaves sobre una caja de cartón. Se despide, sus alumnas le esperan en la universidad, seguro que habrá muchas locas por él, pero algo le detiene antes de salir. Vuelve sobre sus pasos, se sienta de nuevo en el borde del sofá y tantea por debajo. “Aquí está la puta novela, casi se me olvida”. Se vuelve hacia mí y, dejando el libro sobre el edredón, me acaricia la frente y me sonríe de verdad.

 

-Me tengo que ir.

 

-¿Qué lees?

 

-El libro de las ilusiones, de Auster.

 

-Ya lo he leído, Auster es uno de mis favoritos. Te lo dije.

 

-¿Ah sí? ¿Y cuál es la última palabra?

 

-La última palabra es “Esperanza”, ya lo verás.

 

Juego.

 

Cuando me quedo sola empiezo a trabajar con la cámara digital: primero las patas metálicas del sofá, luego las cortinas caídas y sucias, olvidadas en un rincón; los libros y las cajas de cartón, una estantería descoyuntada, el polvo, fragmentos de la cocina cubierta por una lámina oleosa de suciedad, cables, azulejos rotos, trapos mugrientos, un espejo manchado de pintura, una botella vacía de Jack Daniel’s, bolsas y vasos de plástico, los papeles esparcidos por el suelo... todo infectado por los rayos amarillos del sol que husmean como buitres por los rincones muertos y, atravesando las nubes de tormenta, se cuelan en las fotografías para llamar mi atención sobre la ciudad que parecía haber despertado con la intención de olvidarse de nosotros.

 

Me entretengo clavando en el corcho las imágenes de Sarajevo, formando un collage con huecos en blanco. Me doy cuenta de que, si el trabajo se prolonga, tendré que utilizar también las paredes porque el corcho se quedará pequeño.

 

Vuelvo a casa. La Maga me recibe en la puerta con cierta inquietud. Enciendo el ordenador y vacío el contenido de la cámara en el disco duro. Trato de contemplar las fotos con objetividad: la descomposición del hogar de R en blanco y negro.    

 

El tercer domingo me presento sin avisar, haciendo uso del juego de llaves que R me dejó sobre la caja. Las obras no parecen haber avanzado. Él ha salido. Llevo conmigo, de nuevo, un montón de fotocopias y, mezcladas con las imágenes de Sarajevo, me dedico a clavar en el corcho las fotografías del piso que hice el lunes anterior. Cuando lo lleno, continuo pegándolas con celo en la pared y llego hasta el techo ayudándome de una escalera oxidada que encuentro abierta en medio del pasillo. Al terminar, ya de noche, una de las paredes del despacho, la enfrentada al sofá, está completamente forrada de papel. Me siento en la oscuridad y la ilumino con la linterna. Desplazándola lentamente, destaco los restos de la biblioteca, el edificio de correos destrozado por los proyectiles, el efecto de las bombas sobre la sede de la Cruz Roja y la maternidad sarajevita, dos cadáveres anónimos pudriéndose en la Avenida de los Francotiradores, y también las instantáneas de la casa de R, que encajan a la perfección confundidas entre las huellas de los bombardeos. Contemplándolas en silencio, tengo la sensación de hallarme en el interior de una cueva utilizada por generaciones pasadas para pintar su historia. Me duermo. Sueño con la Maga paseándose por las calles tensas de una ciudad convertida en campo de batalla. Me veo a mí misma atrapada en una fotografía publicada en un periódico o clavada en la pared. R me despierta.

 

Vuelve de madrugada con el aliento oliéndole a alcohol. Me besa. Me desnuda. Me folla sin dirigirme la palabra y luego cae rendido.

 

A la mañana siguiente, antes de marcharse, analiza mi trabajo con actitud pedagógica y me explica, señalándome la imagen aérea del patio desierto de un colegio, que el 4 de agosto de 1992 un grupo de francotiradores disparó contra los críos que jugaban durante el recreo y posteriormente también contra los asistentes a su funeral, pero no distingue los detalles de su propia casa mezclados con los espacios del conflicto.

 

 

II

 

“Han pasado seis meses y es lunes otra vez. Seis meses y setenta metros cuadrados forrados de fotocopias han hecho falta para que R se diera cuenta de que estaba viviendo en un escenario de guerra. Anoche escuchaba en silencio el principio de mi ensayo - El 4 de marzo de 1992 tropas federales y unidades paramilitares serbias rodearon Sarajevo.- y de pronto le cambió la mirada que descansaba vaga sobre el centenar de fotografías colgadas en la pared. Aunque no me lo dijo, sé que identificó su casa. Dejó de prestarme atención. Se hundió en el silencio.

 

No sé nada de él. No sé si estaba triste antes de conocerme ni por qué me he comportado así; no sé si el experimento habrá servido de algo,  pero importa poco. He terminado ya. La reforma está acabada y R, en el centro de la cama, se niega a abrir los ojos. Me visto y le dejó el juego de llaves en la  mesita de diseño que ha colocado junto a la puerta. No le volveré a ver. Es primavera. R me contó que en el invierno de 1994 los francotiradores mataron a seis niños que jugaban en la calle. Mientras me alejo imagino la sangre sobre la nieve. Los niños siempre juegan”.

 

 

Marina Sanmartín.  Nace en España en 1977.  Narradora, crítica de cine y  periodista de temas de ciencia. En la actualidad es delegada en Madrid de la revista cultural Vulture.  Colaboradora en distintas publicaciones impresas y digitales: Era magazine, El embrujo de las siete puertas, portalmundos.com, Literaturas.com, etc.  Ha sido Jefa de prensa y coordinadora de la revista mensual EyG.  

 

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