Letras
Salvajes Número 6 2004
marcos manuel
sánchez
VORAGO
Esa
mañana todo parecía normal. La misma sensación de sueño atrasado que me
invade de Lunes a Viernes a esas horas: las siete.
Consigo sacar de mí la energía necesaria para asearme y termino mirándome al
espejo del baño con expresión bovina. Malditas ojeras… ¿Qué quieren anunciar?
¿Una señal de alarma? Luz roja pulsante para avisar al propietario de ese
rostro demacrado que ha de cambiar sus hábitos, que su loca trayectoria como
trabajador durante doce horas al día es desaconsejable para la imagen. No
quiero pensar cómo me veré al cabo de diez años, cuando mi edad ronde esa
franja donde descubres con estupor que ya no eres el mismo, que una
transformación se ha operado en todo tu ser y te impide ser un optimista a
ultranza. Eso es lo que caracteriza a uno en la década del comienzo, de los
proyectos ilusionados, de las esperanzas en el futuro cuando aún el presente no
ha hecho mella en tu entusiasmo.
En fin, que salí del cuarto de baño con la única convicción de que
debía tomar café, un gran tazón de café humeante y dejarme llenar por ese
fluido que tonifica la sangre para que se activen los músculos y empiece a
tomar conciencia de los claroscuros de la realidad. El pasillo me parece más
largo que nunca y hago acopio de fuerzas para atravesarlo ¡Qué fastidio! Los
cojines del sofá están esparcidos por el suelo. Curioso, porque no creía
haberlos dejado así la noche anterior. Si hay algo que me molesta en esta vida
de soltero empedernido es lo poco que cunde cuando recoges la casa. Ya me
gustaría poder contratar una sirvienta pero los cuatro ochavos que gano no dan
para más.
Llegué al vestíbulo y vi que la luz se había quedado encendida, algo inusual pues
siempre reviso las luces antes de derrumbarme en el tálamo de mis sueños. Bah, un pequeño dispendio. Apagué justo en el momento en
que mis ojos habían captado el pequeño montón de cartas que yacían sobre el
mueble de la entrada. Como no me fío de mi memoria suelo dejar allí encima
aquello que debo llevarme sin falta al trabajo al día siguiente. Las misivas
guardaban un contenido de lo más dispar, empezando por el impreso de
suscripción al gimnasio del barrio y la domiciliación bancaria; sesenta euros
serían arrancados de mi cuenta cada mes por someterme a la tiranía de máquinas
y mancuernas. Tal era el complejo que me atenazaba debido a mis excesos
calóricos. Y es que no seré un manitas en la cocina
precisamente pero como gourmet debo hallarme entre los más difícilmente
saciables. Qué placer remojar el pan en la salsa de arándanos, en la mostaza de
Dijón o en el caldito del pato a la naranja. Y como
no hay una mujer que aguante a mi lado el tiempo suficiente para controlar mi
ansiedad gastronómica aprovecho cada ocasión para reconfortar mi atribulado
espíritu aposentándome ante una buena mesa.
Veo un sobre de color
amarillo que no me agrada en absoluto. Mis asuntos con el fisco me llevan por
la calle de la amargura. El sobre azul celeste que esta al lado me motiva mucho
más. Al fin he reunido los ochenta mil puntos del club de viajes para pasar un
fin de semana gratis en Ibiza. Quizá en esta época
del año esté mejor Tenerife. La playa del inglés me tiene hipnotizado, aunque
he de tener más cuidado la próxima vez que se me arrime una elementa como la Fani. Pues no quería la arpía que me la trajera aquí, ¡a mi
casita! para no sé qué monserga de cuidarme y todo ese lío que se hacen las de
mediana edad cuando ven que les va quedando cada vez más lejos eso de ser
madres.
Por otro lado, yo jamás
habría sospechado que ninguna mujer sensata fuera a interesarse por mí. Y la
verdad es que Fani no pisaba con los pies en el
suelo. Volaba y volaba entre los mundos rotantes de su imaginación y no
distinguía frontera entre su universo y la realidad. A mí me conviene que me
controlen un poco y mi vida con Fani habría terminado
por convertirse en un desatino.
Bien, sobre el mueble
del hall había más papeles, pero juraría que tanto estos como las cartas los
había dejado en orden el día antes. Le quité importancia pues aún sentía la
cabeza como si hubiese estado sirviendo de yunque a un herrero demente.
“Procuraré restringir mis salidas nocturnas”, me prometía sin mucha fe en mí
mismo, en el momento en que abrí la puerta de la cocina. Una vez más, el
desorden se había hecho el amo de aquella fortaleza donde me encerraba para
diseñar mis especialidades culinarias favoritas. La noche anterior degusté unos
lomos de rape con grelos que quitaban el hipo, según reza el dicho, aunque en
honor a la verdad a mi el hipo me vino después por comer demasiado aprisa, que
he de reconocer que a veces me afano tanto con el condumio que degluto como si
empeñara mi vida en ello.
Pues nada, como no
consigo corregirme y dejo para el día siguiente eso de acondicionar la cocina,
cada mañana me enfrento al desolador panorama. Sin embargo, en aquella ocasión
detecté algo inusual. Se trataba de una sensación que flotaba en el ambiente,
como un rumor sordo que casi no se deja oír o una ráfaga de aire gélido que
encerrase multitud de cristales microscópicos que se frotaran entre sí
rechinando, una extraña carraca que estuvo muy cerca
de ponerme el vello de punta. Miré en el interior del recipiente donde echo la
ropa sucia y cerré casi instintivamente. El montón rebasaba el borde. Algún día
licenciaré la lavadora y meteré el aluvión de trapos en la lavandería, una
autentica comodidad. Al lado del artefacto lavador estaba el cubo de la basura,
con la tapa caída, algo que me revienta porque tantas veces como intento
ponerlo derecho y la muy ladina se empeña en precipitarse al suelo. “Es igual –pensé–, son muchos intentos frustrados de hacerle
restablecer el equilibrio y no voy a pretender ahora cambiar el sentido de giro
de su universo”. He de destacar que, si bien lo dejé pasar, un rescoldo quedó
adherido a mi memoria.
Más allá estaba la
cafetera, con su gastado recipiente de cristal a la espera de ser cargado con
la estimulante droga. Anhelaba paladear el caliente bebedizo y dejarme invadir
por el océano de sensaciones que provoca siempre en mi interior. Lo necesitaba;
aquel brebaje revitalizaría mi capacidad de percepción, tan apagada a aquellas
horas tempranas. Sujeto el asa del cacharro con gesto mecánico heredado del
ritual matutino pero qué sorpresa la mía cuando de forma ajena a mi voluntad
aquello se tuerce y acaba vertiéndose parte del contenido, un residuo caldoso
del día anterior.
–“Juraría que no he
hecho nada para provocar esto”– me decía a mí mismo, pillado por sorpresa. Mira
que hay veces en que eres consciente de tu torpeza, pero no era el caso. Tras
discurrir unos segundos sobre ello pensé que podía haberse debido al velo que
aún cubría parte de mis sentidos, por lo que decidí mantenerme alerta para
evitar más incidentes. De camino al fregadero con el jarro en la mano mis ojos
captan el cubo de la basura con su tapa torcida, la cual parecía tan contenta
en aquella postura. Me dio la sensación de que sonreía complacida por haber
conseguido la hegemonía sobre mí y haber vencido mi empeño de colocarla en su
sitio como Dios manda. Consigo eliminar los restos de café añejo vertidos que
parecían impregnarlo todo y me dispuse a preparar una nueva ración. Mi cabeza
necesitaba despejar las brumas. Si Fani hubiese
estado a mi lado me habría echado una mano, estoy seguro. Su desprendimiento de
la vida terrena no llega a tanto como para no auxiliar a un ser querido en
apuros. Se me ocurrió que no sería mala idea llamarla más tarde. Igual la
invitaba a tomar algo y después la llevaría al Auditorio. La Filarmónica de
Londres daba una serie de conciertos esa semana. Al menos manteníamos en común
nuestro gusto por la música sin estridencias, que para ajetreos ya tenemos
bastante con la vorágine de la vida.
Miré un momento por la
ventana y vi que el vecino se preparaba para algo
similar a lo que yo hacía y corrí la cortina. Cómo me complacería que emigrara
a otra latitud y que dejara la casa vacía. Ciertamente no me entusiasma
contemplar las intimidades de otros ni que ellos puedan contemplar las mías. –
¡Vaya con la cortina! ¿Dónde se habrá enredado?– me pregunté al notar que no
corría. Debí dar un tirón con un ímpetu poco conveniente pues con la brusquedad
del gesto arremetí contra el jarrón con flores que hasta un segundo antes había
permanecido erguido sobre la mesa en confiada pose. Mis reflejos respondieron
con acierto y mediante una finta que llevé a cabo con insospechada agilidad
conseguí evitar que la vasija se hiciese añicos. Lo que más me hubiera
disgustado hubiese sido contemplar el destrozo de ese objeto de cristal de
Bohemia, que encontré en una tienda escondida en las callejas de Praga. Bien es
verdad que lo había adquirido a menor precio por contener algún defecto (una
burbuja de aire alojada en la parte alta del cuello según me dijo la dueña del
local, una matrona oronda que olía un poco a repostería y chocolate caliente).
Por eso no lo tenía expuesto en un lugar de la casa que fuese más visible.
Coloqué el jarrón en su sitio y volví hacia la cortina, para desatascarla de
una vez. El tirón no obtuvo otro resultado que el de rasgar la tela, esa
maldita tela que nunca me había gustado pero que había conseguido a tan buen
precio en el mercadillo del barrio. La barra no se contentó con mantenerse en
posición de equilibrio, sino que se salió de sus anclajes y se inclinó
peligrosamente sobre mí de modo que las argollas se fueron desprendiendo una
detrás de la otra para terminar esparciéndose por el grisáceo suelo de la
cocina.
Para completar mi
estupor comprobé que las baldosas estaban untadas por una pátina resbaladiza de
no sé qué vertidos recientes y eso me hizo resbalar cayendo hacia atrás. Mi
mano intervino pronta para sujetarme al mueble del fregadero pero sólo evité a medias el testarazo, rozando el borde de la mesa mi sien
izquierda, lo cual produjo en ella una brecha que comenzó a sangrar sobre la
ceja. Noté el espesor de la sangre bajando hacia el ojo y la primera gota mojó
la mesa. Rojo oscuro sobre blanco nítido. Me apoyé con las dos manos sobre el
tablero y así pude contemplar al causante del pringue que había sobre las
baldosas: la aceitera perdía su contenido a través de algún perverso orificio.
Deduzco que algo del extracto oliváceo tuvo que llegar al suelo, permaneciendo
apostado a la espera de que yo apareciera por allí.
Una especie de eco
rebotaba en el interior de mi cabeza. Una voz que era más bien un siseo, me
llenaba de vocablos apenas inteligibles. Palabras sueltas que recorrían mi
mente sembrando sombras de sospecha y oprimían mi ánimo para vaciarlo de
esperanza.
Me aproximé a la alacena donde guardo algunas
compresas y apósitos y me dispuse a aplicar una cura a la herida. Vi el cubo de la basura con su tapa tumbada, descaradamente
fuera de su lugar. Daba la impresión de mofarse con aquel circo que estaba
contemplando desde que mi presencia en la cocina desencadenara toda aquella
sucesión de infortunios. Miré con fijeza aquella tapa verdosa ¿o era gris? e
hice el propósito de contenerme pero con poca convicción, de modo que propiné
una patada al cachivache que más odiaba de todos los que poblaban la estancia.
Además, había algo indefinible que me hacía sospechar que esos objetos,
inanimados y pasivos por tradición, estaban experimentando algo similar a una
rebelión silente, un tácito acuerdo para ir todos a una en pos de una
disparatada conquista.
Suspiré profundamente.
Decidí ignorar lo que pasaba por mi imaginación y me acerqué a la cafetera para
servirme un poco del negro elemento, justo en el momento en que un sonido
procedente del interior de un armario llamó mi atención con un estruendo
ahogado. Abrí la portezuela y me encontré con una pila de platos que acababan
de caer abandonando como por arte de magia su anterior situación de equilibrio.
Tuve que arrimar precipitadamente el antebrazo al borde de la alacena para que
la pequeña avalancha no se desbordase y acabara con la vajilla echa añicos por
el suelo. Sin haber podido aún recomponer el estropicio, escuché el rumor de
otro derrumbe. Las sartenes se agolpaban contra el armario bajero que las
guardaba. No lo podía creer. ¿Estaba en medio de un asedio? Me agaché y traté
de recolocar esos cacharros, pero el que estaba encima de todos, una parrilla,
se deslizó sobre el informe montón y terminó dando vueltas alocadamente sobre
el gris de las baldosas. Intenté darle caza pero me incliné demasiado desde mi
posición de cuclillas y perdí el equilibrio.
Recuerdo que quedé
medio tumbado mirando perplejo hacia el lugar de donde había salido la pequeña
parrilla rebelde. Poseído por una rabia que había empezado a crecer en mí desde
que me herí en la sien, agarré el cacharro y lo lancé sobre el resto de sus
compinches de metal con tal ímpetu que dos sartenes más salieron despedidas de
su cubículo y fueron a embestir contra mi rodilla derecha. La punzada de dolor
fue instantánea, como si un millar de agujas se hubiesen entretenido en hurgar
frenéticamente en esa zona de mi cuerpo. El estallido de furia que me invadió
en aquel momento igualaba al sentimiento de impotencia que se había adueñado de
mí definitivamente. Lejos de tirar la toalla, empero, me afané en dar alcance a
la cafetera para tratar de recomponer mi estado de ánimo tan maltratado por… Ya
no me cabía duda acerca de que esa especie de confabulación de materia inerte
se debía a la conjugación de fuerzas extrañas antes que a la incapacidad de mi
cerebro para enviar órdenes más precisas al resto de mi organismo. Llené una
taza con el café pero con tan mala fortuna que me atraganté con aquel líquido
negruzco como la noche que embargaba mi mente. La tos me produjo espasmos y la
incapacidad para respirar se hizo patente cuando, por más que luchaba por sacar
de mi garganta al causante de mi asfixia, solo conseguía aumentar la congestión
de mi rostro, el cual parecía hallarse a un paso de reventar a fin de
posibilitar una salida al maligno estimulante evacuándolo por todos los poros.
En un último espasmo y cuando ya empezaba a nublárseme la vista, un estertor
arrancó de mí el diabólico atasco, resonando como un alarido desgarrado entre
las cuatro paredes de la cocina. Empecé a respirar con dificultad, apoyado con
las dos manos sobre la mesa blanca, donde se había esparcido mi baba negruzca
dejando sembrada la superficie con un rastro de fluido formado por cúmulos
viscosos que parecían estar animados de vida propia, exhibiendo sus seudópodos
temblorosos.
No puedo decir cuánto
tiempo permanecí en esa postura, inmovilizado y embotado. Recuerdo haber oído
los susurros que serpenteaban en mi interior; voces que parecían provenir de
los cacharros que me rodeaban:
–Te lo mereces por no
limpiarme cada vez que me usas, hablaba la cafetera.
–A mí me has relegado a
la cocina, donde nadie puede admirarme –se quejaba el jarrón.
–He intentado llamar
siempre tu atención echándome al suelo, pero te empeñabas en arrinconarme contra
la pared en lugar de ponerme sobre el cubo –censuraba la tapa de la basura.
–No pones cuidado cuando fríes sobre nosotras tus porquerías
grasientas y estamos llenas de carbonilla–
protestaban las sartenes.
Así, una machacona
retahíla reverberaba en mi mente, comenzando a invadirme una desazón mayúscula,
de una intensidad imposible de determinar, como si un cáncer recorriese
velozmente mis entrañas alcanzándome el cerebro para roerlo y apartarme cada
vez más de la cordura. Recuerdo que di varios pasos tambaleantes por la cocina,
ahogándome en un torbellino de hostilidad y rabia desatada que me empujó a
propinar todas suerte de golpes a mi alrededor.
Arremetí contra todo objeto que osara mantenerse en pie. La vajilla, el
microondas, cacerolas, parrillas, la cafetera, el frutero de cerámica… y a
continuación vinieron los armarios y sus tesoros: productos para la limpieza y
desinfección, abrillantadores, detergentes, desengrasantes...
Desparramé su contenido por todas partes al tiempo que comencé a gritar
desgarradoramente. Al final, mi garganta palpitaba en una emisión áfona e
ininteligible que acompañaba al estruendo de mis golpes.
Del resto ya no
recuerdo sino vagas imágenes de personas uniformadas que entraban en mi casa y
me llevaban con ellos entre convulsiones de mi cuerpo que se retorcía y agitaba
al igual que mi mente desbocada, incapaz de emitir un mensaje coherente.
Estoy sorprendido,
ahora que les escribo esto desde mi habitación de… aislamiento, creo que la
llaman; sorprendido porque, sin desfallecer en la ciénaga de mi locura he
podido contarles todo lo que me sucedió aquel día infausto, el día en que una
fuerza desconocida me empujó a los abismos de la oscuridad.
Marcos
Manuel Sánchez. Nace en Ciudad Real,
España, en 1961. Narrador y científico. Ha publicado la novela El primer
Clon (2003), que versa sobre la ética relativa a la clonación humana. Enfocada
como una aventura hacia la recuperación de la propia identidad, tiene como
fondo el conflicto ético que genera en la sociedad la posibilidad de clonación
de humanos. Es colaborador de la revista
Lateral. Su relato "Bitumen" ha obtenido mención como "Obra destacada
por el editor" en el concurso literario Espiral Ciencia Ficción
(2004). Su trabajo investigativo Synthesis and Reactions
of Novel Substituted Beta Hydroxy-Gamma Imino Esters. Tetrahedron Letters fue publicado por Oxford University Press en 1985.