Letras Salvajes                     Número 6                                        2004

 

 

 

LEIsie montiel

 

 

 

PEREGRINACIÓN

 

Detrás del mundo

siempre el sol a espaldas de la noche,

como  transeúnte  que  encubre  su  manía

de moverse a destiempo entre las gentes,

sin contar lentitudes o regresos.

 

Nada como partir al grado ilimitado

de ángulos concéntricos,

al ritmo crepitante de las hojas desiertas,

echadas en su margen de periplo

cangrejo.

 

Sorbo vagos rumores que llegan de los astros

de invisibles estelas

y,  como  presintiéndome,  se  elipsan  en  un  cielo

que se vuelve ventana,

puerta,

casa.

 

 

 

 

 

DESPEDIDA

 

Cansados de permanecer el uno sin el otro,

nos ponemos con el sol entre unas ramas viejas

que enmarañan su esfera para reír del tiempo

y, oscuros, casi muertos

vemos pasar las sombras de regreso

a su lecho.

 

Apenas mi falda rozando tu cuerpo,

tu  pecho  salvaje  sembrado  de  hierbas,

de humedad adherida mientras tú

desciendes

al ocaso incierto

que cuartean las horas.

Mis labios resecos de esperar

que vuelvan  hacia mí,

abiertas

las ostras carnosas

de tu  rostro  enfermo.

                                           

Suena un golpe seco al fondo, en las rocas.

 

Corro y sólo encuentro

-amante siniestro-

un  beso  de  sangre

sonriéndome.

 

 

 

 

 

ENSUEÑO

 

En instantes y lugares idénticos

he pisado tu sombra

y no has sentido mi consistencia.

 

Una isla se preña de pensamientos

también idénticos,

la arropan resacas que traen misterios

de ultramar.

Una sílfide se columpia por encima

   de los arrecifes

y al unísono canta murmullos

que se confunden con mi respiración.

De una gaviota

se desprendió un pañuelo blanco

y grande, muy grande...

 

Alguien encendió mi lámpara.

 

¿Acaso llegabas?

 

 

 

 

 

MICROBIOGRAFÍA

 

Yo nací un día de junio,

en el reverso de la estación que cae

sobre el hielo de los fiordos

y en el país donde le fuera concedido al bosque

crecer como una pausa verde

de sus lagos.

 

Por lo tanto el estío se acomoda en mis venas,

para luego fugarse de mi boca

convertido en palabra,

porque dentro de mí bullen nombre

que repiten el gesto de cada pulso vivo

y de la muerte.

 

Decir el mundo es más que ser humana,

el tránsito hacia Dios,

puerta entreabierta,

la perpleja verdad de ser mujer y al mismo tiempo

la tierra que me aparta

de cuanto está fuera de mí

con su luz propia.

 

No obstante amo mis límites,

los pies con que recorro el mapa construido

a fuerza de ambición, de locura y de sueño,

esa otra frontera de la que a veces dudo

si merece llamarse

inteligencia.

 

 

 

 

 

PLEGARIA POR LOS LUGARES NO COMUNES

Cuando te vayas al infierno en que no crees

voy a torcerle el cuello a la camisa

donde jugamos a ser Jano,

Cástor y Póllux,

o yo.

 

Diré mis oraciones con faltas ortográficas,

adrede,

para que te den ganas de venir a corregirme

con tus aires puristas

sin ser puro de alma.

 

Obsequiaré tus libros a los tontos

para que crean que no lo son;

tus viejos papeles huraños, tus cosméticos de marca menor

pero a buen precio.

 

Les hablaré mal de ti a los perros,

los únicos amigos que aprendiste a ganar

con el pan en tus manos,

sin tus manos.

 

Me beberé tus vinos a mi salud,

cuando vuelva a París

fuera de mis pactos contigo.

 

Ojalá que entonces no sepas que he llegado.

Dios te libre.

 

 

 

 

 

DISIDENCIA

 

No sé por qué los hombres convinieron

en llamar Tierra al planeta y no Agua,

pronunciarse a favor de las raíces

que se pierden, ingratas.

en sus nichos.

 

Yo hubiera preferido un nombre eólico,

un soplo más acorde con las estaciones

de los trenes que bufan siempre del mismo modo,

ya sean solsticios o equinoccios

los parajes de arribo

o de destino.

 

Yo me habría inclinado por una llama doble,

por la gota concéntrica que en escalas de azul, naranja

y amarillo

se suicida en un último punto de luz,

de cara al cielo,

y luego sentimos crecer de nuevo en el corazón

cuando, de noche, los ojos no saben

si continúan vivos.

 

De haber nacido agua

y no mujer de redondos relieves

con oasis mínimos,

me habría gustado llover a cántaros,

hasta el destierro.

 

No volverme cenizas en la tierra

para puro alimento del olvido.

 

 

 

 

 

ABRIL DE FIN DE SIGLO

 

Los demás salieron a morirse

y yo volví sola

a la casa que creció puertas adentro,

en el último rincón de un abril

bajo de cielo e inmisericorde,

como los murciélagos que mordían mis orejas

cuando aún no podían acusarlos.

 

Huelgan las habitaciones familiares,

las sillas andan de brazos caídos,

extrañando sus cuerpos.

Las mesas llevan el centro fruncido,

reniegan de las flores y de los inciensos

que solíamos poner cada mañana lunes,

para que Dios entrara

olvidado de nuestras faltas.

 

Ahora mamá ve orear ropas de menos

que nunca van a secarse detrás de sus ojos,

que nunca con el sol de siempre,

que siempre sin ellos, con nosostras.

 

Seguimos siendo, pero cuatro

como las paredes que nos abrazan

con sus retratos amados.

Seguimos viviendo,

a pesar de habernos muerto también

un poco cada día,

que es como batallar contra un sueño indigesto

donde vi el holocausto de una mala hora

y luego nada supe.

 

Pero volví vieja,

con todas las edades consumidas

de un zarpazo.

 

 

 

 

 

PERO SE ELEVA EL POLVO DE TU NOMBRE

 

Quiero habitar el paso que has dejado

con las fragantes lluvias,

en él mirar la imagen de la noche

que no abarcan mis manos.

Un retazo de tierra es lo que pido

donde afirmes tu espacio,

el color del fantasma que respiran

tus ojos náufragos.

Busco emprender el cielo

con un sueño en los labios,

roer cualquier canción que me apresure

a olvidar el silencio

en sus antiguas conchas.

Pero se eleva el polvo de tu nombre

y lo oscurece

el regreso que arrastro. 

 

 

Leisie Montiel Spluga.  Nace en Cabimas, estado Zulia, Venezuela, en 1970. Actualmente ejerce funciones docentes en la Escuela de Letras de la Universidad del Zulia, en el área de literatura latinoamericana. Ha publicado su trabajo poético en los libros de antología Donde la boca que te busca (1994), Atisbando llamaradas (1998) y Diez al azar: antología periférica de la nueva poesía venezolana. Ha publicado los poemarios El final de la noche es otro abismo (1994) y Puertas adentro (2002).  Ha publicado ensayo y poesía en prestigiosas revistas nacionales, latinoamericanas y europeas.

 

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