Letras
Salvajes Número 6 2004
JOsé Repiso moyano
ARTHUR RIMBAUD: ¿ÁNGEL O DEMONIO? y ya no sé rezar A. Rimbaud
Sólo sufre quien siente la crueldad, no quien
vive cómodo con ella y la justifica. Rimbaud (Charleville, 1854–Marsella, 1891)
nació en una familia burguesa, muy estable económicamente, que le educó de una
forma muy autoritaria y fría. Al lado de esto, fue un niño prodigio, un niño
modelo, ejemplar en su comportamiento como estudiante, incansable luchador en
su interior por aprender, tímido, reservado, "jamás bullicioso", con
demasiadas exigencias e ideales que correspondían a sus carencias afectivas y a
su alcanzado nivel cultural: con sólo quince años ya había leído a casi la mayoría
de los pensadores franceses, algo que da una clara idea acerca del conocimiento
de la realidad para un niño de tan poco edad.
Rimbaud, por tanto, se encontró
determinado por una madurez desbordante al par que asfixiante, a la cual no le
compensaba siquiera un hálito de ternura, una confianza exterior, una respuesta
anímica que lo sostuviera satisfecho en su amor propio, no, sino chocó
directamente contra la dureza del sentirse solo, contra la incomprensión,
contra la prisa de los acontecimientos dejándole inadvertido, desahuciado,
“crispado en su perfección o en su modelo de sabiduría interior”: sus poemas
lamentablemente fueron “rechazados” para ser publicados en periódicos, no, no
tuvieron el trato merecido y, además, la publicación de “Una temporada en el
infierno” (1873) nunca recibió una decente o deseada consideración literaria.
No obstante, algo fundamental hay que
comprender en el fondo dada su singular niñez y condición, él se sentía como en un sueño, como un “elegido” –en su
ideal de niño-, “puro” -en cuanto a que lo había demostrado su primera u
original naturaleza-, con dotes de videncia -influido por su admiración a
Baudelaire– y reivindicador de una infancia “negada” que ansiaba luego lograrla
en la fuga, en la aventura o en la abstracción –en liberar la conciencia del
presente-. Porque para la elaboración de su célebre poema “El barco ebrio” ya
había leído a Julio Verne, ya había leído a los anarquistas y a los "utópicos"
del momento, a Rousseau, etc. Entonces,
únicamente le quedaba escaparse de casa y, aun niño, viajará por toda Europa a
expensas de lo que ello le supondrá el pasar por la desorientación, por la desprotección,
por el descubrimiento de... su inconsciente ingenuidad. Desde ahí, el juego por
creerse vidente se convertiría de pronto en un callejón sin salida: al darse
cuenta de que estaba donde nada ni nadie lo sacaría, en sus emociones vencidas,
aturdidas, y "burlado" y estereotipado ahora para la sociedad. Este
niño prodigio, así, cogió fama “del que no sabía lo que hacía ni lo que decía”,
del intratable, y se difundió esto por los poetas que frecuentaban con él,
éstos deseosos de sacarle “anécdotas” para etiquetarlo del “hacedor de
locuras”, del "impulsivo sin causa", y no de comprenderlo algo, de
ayudarlo realmente; lo que, como consecuencia, engendraba en él más rechazo,
más aislamiento interior, más respuestas imprevisibles por defenderse, o más
cólera por destruir tanta miseria para él: “No más vagabundos, no más guerras
vagas. La raza inferior lo ha cubierto todo –el pueblo, como dice la razón, la
nación y la ciencia”, “Execro la miseria”. Y como solución, en todo caso y en
el sentirse acorralado, prefería el embrutecimiento, no el defender esa justicia
en la que no confía o en tal o cual equilibrio que le favorece (“admiraba al
intratable forzado”); y... como solución la actitud suicida: “¡Fuego!, ¡fuego
sobre mí! ¡Ahí!, no me rindo –¡Cobardes! - ¡Me mato! ¡Me arrojo a los pies de
los caballos!”, “He engullido un estupendo veneno”.
No es cierto que “en su alma no hay
terreno moral” (*), llana y simplemente porque en toda su obra describe las
miserias y las injusticias y, por lo cual, por tal hecho probado, sabe de ellas
irremediablemente, las atiende, las considera al menos al haberlas sentido;
pero, bien, su cólera ya le asienta que “la moral es la debilidad del cerebro”
y “Tuve razón en todos mis desdenes: ¡puesto que me evado!” Ha tentado una desgracia que no tiene vuelta
atrás.
Tampoco se puede pensar que él odiara a
los demás o a la vida pues, conforme a eso, se hubiera encerrado en la
depresión y en la inacción sin ganas de nada; sin embargo, demostró una
actividad bastante inquieta por vivirlo y conocerlo todo (pocos han viajado en
un mínimo tiempo y en su juventud tanto como lo hizo él), o mejor: decir que se
movía más que una gacela por vivir y que nunca traicionó sus ideales, pero los
sufrió, los pagó con sufrimientos.
Eso es lo que ocurrió, que se decepcionó
por muchas cosas y, así, prefirió la soledad y el “inventar alucinaciones” como
medicina o como alivio para su lucha diaria. Verlaine, sí, le ofreció una mano
tendida, pero igualmente significó esa atención una prisión, una cárcel: le
arrinconó su independencia, le manipuló incluso su inocencia y, quizás, lo
encolerizó más. Rimbaud era aún un niño,
sólo un niño, el que “tenía más fuerza que un santo” (“Yo no he hecho el mal”),
acaso sumaba experiencias, acaso sumaba el mal percibido hasta el punto, tras
recorrer tantos fracasos, de repudiar su sociedad y la civilización: “Sí, tengo
los ojos cerrados a vuestra luz.
Soy una bestia, un negro. Pero puedo ser
salvado”. Ese “puedo ser salvado” precisamente conlleva e implica el no ser
cómplice de lo que la civilización haga, el desmarcarse, el no cuestionar la
conciencia -en ese caso de él- aunque sea errónea para la mayoría: “hay que
arrojar la podredumbre a un lado” para ir al “olvido de toda desgracia”, al
“morir de abnegación”.
En su obra, al respecto de su etiqueta
como "maldito", no se dirige a Satanás sino por despecho, ya que él
ama lo primigenio, al creador primero, lo puro (“Dios me da mi fuerza y yo
alabo a Dios” también dice), pero lo que más se acerque a eso, lo representado
en Oriente: “Volvía al Oriente y a la sabiduría primera y eterna”.
Tampoco se debe pensar –antes de un
análisis o de una verificación mínima-
que él fuera un grandilocuente sólo, un paranoico, y en grado tal que,
siempre, escribió de sus miserias, sacó sus trapos sucios, no tuvo miramientos
ni prejuicios para hacerlo, se desnudó sin duda ante nosotros y, es más,
reconocía sus defectos: “Era tan frívolo que le decía: Te comprendo”,
“Reconozco en esto mi sucia educación de infancia”, “Desde hacía mucho tiempo
me vanagloriaba de poseer todos los paisajes posibles”, “Creí haber adquirido
poderes sobrenaturales… En fin pediré
perdón”.
Por último, el Rimbaud real no se ha de
eludir en su máxima extensión, puesto que ha sido uno de los personajes
históricos que menos se ha defendido a sí mismo en vida: los prejuicios lo han
colocado de prisa en un lugar que no es el suyo. Su debilidad, su extrema
debilidad, sí, fue el conocer o el experimentar las crueldades del mundo
tempranamente y el tener miedo de morir así, sin la consolación que aquellos
tiempos no le permitieron: “Quiero volverme loco de rabia”, “¡No!, ¡no!, ¡ahora
me sublevo contra la muerte”, "Volveré con miembros de hierro, la piel
sombría, el ojo furioso", “Estoy en lo más profundo del abismo, y ya no sé
rezar”.
Asimismo, a los que aún quieren
cómodamente encajarlo en lo que les dé la gana les señalaré: Es muy fácil
cultivar una imagen sutil, bonita e inevitablemente hipócrita para, después,
cosechar premios o por lo mínimo veneración, gratas sonrisas, palmadas en la
espalda, elogios o lástimas por el hacer luchado “a los buenos usos y
costumbres” muy correctas; en cambio, Rimbaud sacrificó esa imagen hasta el
extremo de elegir refugiarse en el olvido, en el sin-premio: eso ya es una suma
humana de humildad, es decir, el haber luchado sólo a través de los
sentimientos con todas las consecuencias, con la fuerza de ellos, pero más por
el haberse atrevido desde niño a exponer las miserias de su necesitado interior
–imperfecto como el de todos cualitativamente, no nos engañemos- y las que le enseñó
la crítica sociedad de su época. No mucho más.
(*) Jacques Rivière en su prólogo algo malogrado a “Una temporada en el infierno”.
José Repiso Moyano. Nace en nacido en Cuevas de San Marcos (Málaga). Poeta, narrador y
ensayista español, Ha publicado: Cantos de sangre (1984), La muerte más difícil
(1994). Ha recibido los premios "Ángel Martínez Baigorri" de Navarra
y "Encina de la Cañada" de
Madrid. Es asesor literario de la colección Torre Tavira de Cádiz. Ha
colaborado en las revistas electrónicas Mecenas, Contra-tiempo, Poeliteratura,
Destino-X e Híbrido literario, entre otras. Además ha publicado en periódicos
internacionales como Adelante, El diario internacional, El ojo crítico,
analítica y Rebelión. También ha
colaborado en revistas de investigación.