Letras
Salvajes Número 6 2004
GABRIEL IMPAGLIONE
Abismarse hasta
agotar
la imagen allá arriba
y resplandecer de fresca
horizontalidad de azafranes,
de interminable hondura
en cualquier calle sin testigos.
Ser gota de lluvia
o pájaro que muere
de cielo roto.
O simple palabra
inútil
extraviada
entre zapatos de urgente
sinsentido.
El hombre,
definitivamente
ha perdido el reino
de los cielos.
La noche se cuela
entre las breves
urgencias consteladas
y nada importa, ni siquiera el sueño
o podría decir ni la vida incluso,
ahora que se estallan
el corazón en medio oriente
o se despedazan
a dentelladas en un hotel de mala
muerte
dos pobres cuerpos maltratados
por la ausencia.
Yo sabía una idea
como una muchacha desnuda
y a mano una guitarra servía el buen
vino
del canto vivo.
Tuve una moneda
para
desafiar el infortunio
y el amor que hundía su raiz inexorable
en las almas como en tierra fértil.
Pero ha cambiado el
siglo
y una mujer viene a preguntarme
por un poema acerca del apocalipsis
mientras otra mujer extiende labios
frutas frescas para humedecer
preguntas inútiles.
He dejado de fumar
de
comer
de
tener certezas
de escribir poemas
de
sentir que la libertad
es andamio compartido.
Y a veces me parece
que a esta hora
ya nada le importa
a nadie, digo, a casi nadie.
Y nada.
Según el horóscopo
este lunes de marzo era propicio
para excelentes negocios
amasar considerable fortuna
viajar a Kuala Lumpur
y ser admirado de repente
como si a uno le creciera como pelo
rubio una billetera
en la cabeza.
Yo lo lamento,
pero si habías depositado tus esperanzas
en este retazo de oráculo del siglo
veintiuno
has muerto definitivamente
de deudas y deudos
tristezas e imposibles y ayunos
y quietudes
de encadenadas horas huecas
estrepitosamente inútiles como un
horóscopo.
Asisto a la rigurosa
historia
de marzo en la plaza.
Combates aéreos
metralla entre las ramas
ocupación que blande
sus rayos rigurosos.
Llegan las
golondrinas
como una espada
y huyen los tordos
de los viejos plátanos.
Y la ciudad se duerme
mientras tanto
lentamente dura,
aguda seriamente,
grave
encerrada en sí misma
bajo los televisores.
Quiebro este silencio
de vastedad dormida
con una piedra dócil rodando calle
abajo.
La sigo anudado a su
estela de pianos,
de golpes en la puerta, de azar
desencontrado.
Ambos lo sabemos: el silencio
roe, muerde,
deshace las más duras armaduras. Vence.
A veces es un ácido
que perfora palabras,
que deja el alfabeto como trapo
quemado.
Entro en la noche sin
urgencia de umbrales
desafiando la ausencia en sus honduras.
Me llaman por mi
nombre de fantasma,
calle abajo, las agitadas voces de la
luna.
He visto ayer, tal
vez de mañana,
cerca de una hora precisa de pan
caliente
todavía, al hombre que pasaba
con sus hijos en la boca.
Rodaba en su
bicicleta sobre un hilo
de regreso urgente.
O volvía a llevar la
misma mirada de imposibles
rota.
A dejarla en la
cocina como una medalla,
un trofeo astillado, un punto de
partida.
Cargaba una bolsa
redonda, hinchada
de almuerzo y las manos en los brazos
y los brazos en los hombros
y los hombros rematando la ancha
espalda
transpirada.
Ay mi amor el hombre
que estrenaba
el brillo en los ojos, el aire en los
pulmones,
la honda y poderosa esperanza.
Lo hubieras visto!
No ví guitarra tan llena de auroras!
Caminaba sobre el
viento
con breves pasos circulares
y silbaba.
Iba detrás del
abrazo, del buen día,
como si lo arrastrara el alma.
Y a sus espaldas
flameaba una pared,
un torno, un crisol, una espiga!
Habrá sido un martes
de espadas,
o aquel jueves que los diarios
callaron,
pero lo vi
deambular por el residuo
y me preguntó la hora.
No hay apuro, me dijo
y fumamos,
la basura no tiene memoria.
Me llevé su mirada de
granito y cartón,
su rostro desatando los abismos,
y en ese espejo me conté los años.
Ay mi amor, si
supieras tanta palabra
inútil que ronda en los periódicos!
Hoy es lunes de mirar
distinto.
Silbaba y en su
camisa el viento fresco
era remolino de mesa servida,
un come despacio con sol afuera,
fiesta del pan que me ha llenado el alma.
La tristeza es un
canto inagotable,
todo lo rodea con su aire, lo tiñe y
quien padece
amor, hambre o ausencia,
se deshoja en calladas oquedades.
No supe hoy sino
huecos en los brazos
diminutas mordeduras en las horas
amores lejanos, soliloquios
trepados a violentas sombras.
He visto irse el día
indiferente
como una mujer que pasa en la distancia
con la mirada perdida en las palabras
que han volado.
Vengo a ovillarme en
el silencio,
a desandarme, a guarecerme de mí
mismo,
de las preguntas de siempre, del
ayuno que llega
y la esperanza.
Gabriel Impaglione. Nace en Morón, Buenos Aires, Argentina, en 1958. Periodista y
poeta radicado en Luján. Publicó Echarle pájaros al mundo (1994), Breviario de
Cartografía Mágica (2002), Poemas Quietos (2002), Bagdad y otros poemas (2003)
y Letrarios de Utópolis
(2004). Tiene en imprenta: Prensa Callejera y Cuentapájaros.
Actualmente produce Isla Negra, publicación literaria electrónica mensual y pgm radial semanal.